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25 de Julio del 2022
Historias
Lectura: 19 minutos
25 de Julio del 2022
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

Aparece la gran novela de la Independencia
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El narrador sigue el periplo de Sucre, dando a él y a quienes le rodearon densidad novelística, es decir volviéndolos humanos, verosímiles, creíbles, a ellos y a sus circunstancias.

 

En la novela cobran vida Sucre, Abdón Calderón, Santacruz, Córdova o Lavalle y su principal antagonista, Aymerich. Salen del acartonamiento de “personajes históricos” y viven en las páginas y en la imaginación del lector, con personalidades propias y hondura sicológica.


En el Ecuador es casi imposible que una alta autoridad del Estado presente una novela, pero eso es lo que sucedió la semana pasada cuando el Dr. Íñigo Salvador, procurador general del Estado, presentó 1822, la novela de la Independencia, que aparece en las librerías en los catálogos de Editorial Planeta pero que, a mi manera de ver, ingresa a otra dimensión más trascendente: la de la Historia. Es una novela histórica, por supuesto, y lo dice sin ambages su título, pero es novela destinada a perdurar y a ser un referente para el futuro, pues no es exagerado decir que es la gran novela de la Independencia.

Ha habido un boom de novelas históricas en nuestro país, por lo que debemos alegrarnos, sin duda. Pero difícilmente hay en nuestra novelística algo parecido a lo que tenemos aquí: la narración de un período clave de nuestra peripecia, escrita con un estilo bello y reposado, gran conocimiento histórico y una verosimilitud tan consistente que no hay un momento en que el lector dude de que lo que está leyendo es real o no se deje llevar, interesado y hasta divertido, por las historias que se entrelazan.

Portada de la novela histórica "1822. La novela de la Independencia".

Pocas son las novelas con el tema de la emancipación política y, que yo sepa, ninguna sobre la batalla del Pichincha. En el siglo XIX vio la luz Relación de un veterano de la independencia, de Carlos R. Tobar, la tercera novela aparecida en la historia ecuatoriana, publicada por entregas hacia 1891 y editada completa en 1895 en la Imprenta de la Universidad Central. De ella dice Francisco Proaño Arandi que es “a la vez una novela histórica y costumbrista, con indiscutibles valores literarios, cuya segunda parte se centra, de manera dramática, en los trágicos acontecimientos del 2 de agosto de 1810 y sus secuelas”.

Pasarán décadas para que aparezca otra novela con el tema de la independencia, o mejor dicho sobre una de sus figuras descollantes, Manuela Sáenz, sobre la que se han escrito no una sino múltiples novelas, de distinta calidad literaria. Entre ellas encontramos La Caballeresa del Sol (1964) de Demetrio Aguilera Malta; La esposa del doctor Thorne (1988) de Denzil Romero; Manuela (1991) de Luis Zúñiga; Jonatás y Manuela (1994) de Argentina Chiriboga; La dama de los perros (2001) de María Eugenia Leefmans; La gloria eres tú, subtitulada Manuela Sáenz rigurosamente confidencial (2001) de Silvia Miguens; Manuela Sáenz. Una historia maldicha (2004) de Tania Roura; La otra agonía. La pasión de Manuela Sáenz (2006) de Víctor Paz Otero; Memorial de la ciudad de los espejos (2007) de la Dra. Marcela Costales, y Nuestras vidas son ríos (2007) de Jaime Manrique. (1991).

las novelas que se han escrito se centran en dos temas: el primer período de la independencia, el de 1809-1812, y Manuela Sáenz. No hay ninguna novela sobre los demás momentos del Quito insurgente ni sobre el pronunciamiento de Guayaquil del 9 de octubre de 1820. Y, hasta esta de Íñigo Salvador, nada había sobre la batalla del Pichincha.

Tania Roura también escribiría una novela sobre otro personaje, la esposa del mariscal Antonio José de Sucre, con el título: Mariana Carcelén, una historia en el Estrado (2007). Otra novela histórica, con hartas dosis de ensayo especulativo, es la de Carlos Paladines, sobre la hermana de Espejo y esposa de José Mejía Lequerica, Manuela Espejo. La obra lleva por título Erophilia, conjeturas sobre Manuela Espejo (2001). De su parte Háblanos, Bolívar, novela de Eliécer Cárdenas, “vertebra una trama hasta cierto punto policial, indagando en torno a la verdad subyacente a la muerte del Libertador, en aquel trágico año de 1830”, según Proaño Arandi. Concuerdo con él en que, “sin embargo, la novela de mayor espesor estilístico y argumental publicada en los últimos años en relación con el proceso de la emancipación es Mientras llega el día, de Juan Valdano, obra que inquiere en los días previos a la matanza del 2 de agosto de 1810, profundizando en las causas de la tragedia y en el ambiente de la época”. Esta novela, que apareció en 1990, fue llevada al cine, bajo la dirección de Camilo Luzuriaga, en el 2004, con el auspicio de la municipalidad de Quito. A inicio de la siguiente década apareció la novela Insurgencia, de Luis Miguel Campos (2011), a la que destrozó Hernán Rodríguez Castelo la noche misma de su lanzamiento, por sus “gratuitas fabulaciones históricas” acerca del papel de Manuela Espejo y otras mujeres en los hechos de 1809 y que fueron los españoles quienes más muertos tuvieron el 2 de agosto de 1810.

En resumen, las novelas que se han escrito se centran en dos temas: el primer período de la independencia, el de 1809-1812, y Manuela Sáenz. No hay ninguna novela sobre los demás momentos del Quito insurgente ni sobre el pronunciamiento de Guayaquil del 9 de octubre de 1820. Y, hasta esta de Íñigo Salvador, nada había sobre la batalla del Pichincha.

Como sabemos, las novelas históricas son novelas que tienen como escenario un período de la historia y que intentan transmitir el espíritu, las costumbres y las condiciones sociales de una época pasada con detalles realistas y fidelidad (que en algunos casos es solo fidelidad aparente) al hecho histórico. La obra puede tratar sobre personajes históricos reales, como Yo, Claudio (1934) de Robert Graves, o la reciente Yo soy Roma (2022) de Santiago Posteguillo sobre Julio César, o puede contener una mezcla de personajes ficticios e históricos. Puede describir una época, con los avatares de varias familias, como la saga de Los pilares de la Tierra, de Ken Follet (1989)  o puede centrarse en un solo evento histórico, como El Asedio (2010), la fatigosa novela de Arturo Pérez Reverte, que dramatiza el sitio que sufrió Cádiz en los años 1811 y 1812 por las tropas napoleónicas, en el transcurso de la guerra de independencia española, y que no es una narración histórica propiamente dicha sino una donde los sucesos reales son solo el telón de fondo de las acciones de diferentes personajes que configuran una red de historias paralelas (policíaca, aventurera, folletinesca, científica, de espionaje) que se entrecruzan, y que a mí, lo confieso, me resultaron bastante aburridas (con todo lo gran novelista que es Pérez Reverte, por cierto).

Bien. La de Íñigo Salvador es una narración de lo sucedido durante el año que va de mayo de 1821 a mayo de 1822, el de la lucha final por la independencia de lo que hoy es el Ecuador. Es decir, el relato novelado de la Campaña del Sur, aquella que emprendió el general Antonio José de Sucre por orden del presidente-libertador Simón Bolívar para apoyar a Guayaquil y liberar la totalidad de la Audiencia de Quito. El narrador sigue el periplo de Sucre, dando a él y a quienes le rodearon densidad novelística, es decir volviéndolos humanos, verosímiles, creíbles, a ellos y a sus circunstancias.

En la novela cobran vida Sucre, Abdón Calderón, Santacruz, Córdova o Lavalle y su principal antagonista, Aymerich. Salen del acartonamiento de “personajes históricos” y viven en las páginas y en la imaginación del lector, con personalidades propias y hondura sicológica, junto con otros personajes, que no han sido objeto de la preocupación de los historiadores, pero que se vuelven igual de reales, en sus afanes, luchas, deseos o desengaños.

La de Íñigo Salvador es una narración de lo sucedido durante el año que va de mayo de 1821 a mayo de 1822, el de la lucha final por la independencia de lo que hoy es el Ecuador. es decir, el relato novelado de la Campaña del Sur

Precisamente este 21 de julio, en una columna que publica el diario El País, el gran novelista colombiano Juan Gabriel Vásquez discute sobre “las noticias que traen las novelas”, aunque dice que “la naturaleza de estas noticias siempre ha sido difícil de definir. Desde luego, no se trata de la información que buscamos en el periodismo o en la historia, por muy preciada que sea; no se trata de una información cuantificable ni que pueda confirmarse empíricamente, y muchos de los malentendidos acerca de las novelas surgen cuando se espera de ellas esa información. Por supuesto, cualquier lector atento cerrará El jugador de Dostoievski sabiendo más que antes sobre casinos, y probablemente aprenderá con La defensa de Nabokov muchas cosas que no sabía sobre el ajedrez. Pero si eso es todo lo que el lector obtiene —o todo lo que buscaba—, decir que ha perdido el tiempo es quizás un eufemismo cariñoso”.

“La novela que llamamos histórica”, continúa Vásquez, “ha sido a menudo víctima de este tipo de malentendidos. De nuevo: todos los lectores de La guerra del fin del mundo recogerán datos interesantes sobre la revolución de Canudos en el Brasil decimonónico, y no puedo sino alegrarme de que lo hagan, del mismo modo que todos los lectores de Wolf Hall aprenderán mucho sobre la corte de Enrique VIII. Pero tanto Vargas Llosa como Hilary Mantel, sospecho yo, quieren mucho más que ser tan precisos como la historia: quieren, sobre todo, contarnos algo que la historia no nos cuenta. La mejor historia es insustituible como fuente de cierto tipo de informaciones. ¿Qué sentido tendría utilizar la ficción para dar a los lectores más de lo mismo? La única razón de ser de la novela, dice Hermann Broch, es decir lo que sólo la novela puede decir. Las noticias que nos dan las novelas de A. S. Byatt o de Sebald o de Javier Marías —sobre el pasado, sobre el presente, aun sobre el futuro: pensemos en Tu rostro mañana— no se encuentran en ningún otro lugar del mundo”. Hasta aquí Vásquez.


Íñigo Salvador, actual procurador general del Estado, a quien le tomó nueve años hacer esta novela. Foto: Editorial Planeta

El propio Joseph Conrad, en su ensayo sobre Henry James, postula la superioridad de la novela como medio de conocimiento sobre la historia, y cito: «La ficción es historia, historia humana, o no es nada. Pero también es más que eso; se asienta sobre un suelo más firme, al basarse en la realidad de las formas y la observación de los fenómenos sociales, mientras que la historia se basa en documentos y en la lectura de textos impresos o manuscritos —impresiones de segunda mano. La ficción está más cerca de la verdad».

Me parece que el punto está claro, y no es necesario abundar en ello. Quizás si me alargué es porque yo mismo soy historiador y novelista, y este es un punto crucial. Pues bien, lo que importa ahora es asegurar al lector de 1822, la novela de la independencia que va a obtener muchos datos de  estrategia militar, de armas, incluso sobre cómo se disparaba un fusil de la época, pero, aunque es curioso y divertido todo ello, lo que más aprenderán es, como dice Vásquez, “algo que la historia no cuenta”: la relación del adolescente Abdón Calderón con las mujeres, la prepotencia de Lavalle, los amores de Sucre en Guayaquil, el malgenio de Aymerich, el drama de los hermanos que estuvieron en bandos contrarios… noticias “que no se encuentran en ningún otro lugar del mundo”.

Porque Íñigo escribe de los grandes personajes, pero también de las vidas de gentes que nunca habían sido importantes. Y así la historia se completa y, como dijo Conrad, “la ficción está más cerca de la verdad”

Y esa es la primera pregunta que hice al autor: “¿Cómo creaste esos personajes?, ¿qué te llevó a ponerlos en tu novela?”. Y allí es que confesó que le tomó nueve años escribirla. Y que para ello recorrió los lugares donde se produjeron las batallas de la Independencia: Samborondón, pero no la vía a Samborondón, donde hoy están las bellas urbanizaciones de la gente pudiente de Guayaquil, sino el pueblo, 40 km más allá, con sus casas, su río y sus canoas; y Cone, Yaguachi, Huachi y Tanizagua, Tapi y Pichincha. Y que subió, altímetro en mano al Panecillo y a la Cima de la Libertad. Pero que, sobre todo, escribió y reescribió, cada noche, de diez a doce de la noche o a una de la mañana, figurándose todo lo que pasó y lo que podía haber pasado.

lo que importa ahora es asegurar al lector que va a obtener muchos datos de  estrategia militar, de armas, incluso sobre cómo se disparaba un fusil de la época. pero, aunque es curioso y divertido todo ello, lo que más aprenderán es, como dice Vásquez, “algo que la historia no cuenta”.

El resultado es magnífico. La creación poética, lingüística de esta novela es notable. Me quedó claro desde mi primera lectura, porque tuve la suerte de ser uno de sus “lectores cero”, es decir del manuscrito: “esta novela está muy bien escrita”. Me gustan, en especial, sus descripciones, breves y vívidas.

Para que lo aprecien, pongo dos o tres ejemplos cortos:

“El sol se acerca al cenit y filtra su luz por entre las copas de los árboles en estrechos haces que proyectan monedas doradas sobre la hojarasca del angosto sendero. El rumor de la ligera brisa es el único sonido que a esta hora interrumpe el silencio.- Francisco Eugenio Tamariz repara en la insólita quietud del instante. Ni la llamada de un ave, ni la estridente algarabía de los insectos, ni…” (p. 106).

“Trae la canoa llena de la pesca del día y algo de fruta que los árboles le han extendido desde la orilla. Entre los plateados sábalos y guanchiches amontonados en el plan de la canoa, un enorme bío boquea sus últimos estertores. Arrinconados en la proa están los arpones de madera de guachapelí, delgados y rígidos como el acero. Melitón no falla un solo tiro porque sabe de instinto lo que piensa cada pez: las rápidas contorsiones del bocachico no le sirven para escapar porque Melitón ha lanzado su dardo hacia el lugar en que el pez estará un segundo más tarde”. (p. 114).

“Los cascos de los caballos campanean sobre el pavimento húmedo de la calle del Comercio, que atraviesa la villa de sur a norte, acompañados del retintín de los herrajes de riendas y monturas y el traqueteo de los sables en los estribos”. (p. 274)

Estos, y muchos más ejemplos que podrían espigarse en el libro, no son resultados del azar, son muestras de una voluntad de estilo, de un trabajo dedicado, casi diría artesanal, con el que se han construido los párrafos para insertar en ellos el adjetivo preciso, el sustantivo apropiado, la construcción bella. Aunque ya en la mente del lector debe haber resonado, repita en alta voz el último de los párrafos citados. ¿No oímos los caballos traspasando la villa?, ¿no oímos el retintín y el traqueteo? Aquí Íñigo incluso logra, a través de la onomatopeya hacernos oír lo que describe.

Pocos escritores logran esos efectos. Como se trata de caballos, me viene a la memoria el sublime verso de Virgilio que mi maestro, el P. Miguel Sánchez Astudillo (yo no alcancé a ser alumno del P. Aurelio Espinosa Pólit, pero sí del mejor de sus alumnos, Sánchez Astudillo) nos hacía notar como ejemplo excelso de la onomatopeya: “Cuadrupedante putrem sonitu quatit ungula campum” (Virgilio, Eneida, 598), en que oímos galopar a los caballos (su traducción sería: “el sonido de los cascos de los de cuatro patas bate el campo polvoriento”). “Cuadrupedante putrem sonitu quatit ungula campum”. Eso es Virgilio. Pero Íñigo va por la senda.

Varias cosas quedan por señalar, pero al menos quiero resaltar una: la estructura de la novela. Siendo una narración de un periplo muy conocido, no había posibilidad de crear una estructura distinta que la lineal y cronológica; no cabían flashbacks o saltos de tiempo. Pero Salvador encontró una forma de narrar muy apropiada, con capítulos cortos y secuencias que suceden en simultáneo o una tras otra (a las que titula precisamente “Momentos más tarde” o “En ese mismo instante”, para guiar al lector). Logra así agilidad, ritmo e interés, le da una cualidad cuasi cinematográfica, pues el cine contemporáneo brinda pedazos de acciones simultáneas en diferentes escenarios a fin de que el espectador (en este caso, sería el lector), reconstruya en su mente la hilación de la historia.

En resumen, la novela de Íñigo Salvador es una obra acabada, de gran factura que sin duda se volverá un referente de aquí en adelante.

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Aparece la gran novela de la Independencia
 


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