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3 de Mayo del 2021
Historias
Lectura: 20 minutos
3 de Mayo del 2021
Andrés Ortiz Lemos

Escritor y académico.

"Después olvidarán nuestros nombres": la inteligencia, durante el correísmo, fue tan chimba como todo lo demás
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Foto: Luis Argüello / PlanV

 

Después olvidarán nuestros nombres, de Juan Carlos Calderón, es un libro indispensable, especialmente para contrarrestar uno de los males recurrentes que agobian a nuestra sociedad, la falta de memoria.

Después olvidarán nuestros nombres. La historia del agente ratón y los espías salvajes (Ediciones Plan V, 2020), es un libro escrito por el periodista de investigación Juan Carlos Calderón. Parte del título recuerda aquella aventura de antihéroes literarios pensada por Roberto Bolaño: Los detectives salvajes.  Y sí, Después olvidarán nuestros nombres es una fábula de caballeros deslucidos y espías del sub desarrollo. Una comedia en el perfecto sentido de la palabra, si no fuera por el perturbador detalle de reflejar una historia real. El libro desnuda las flaquezas de un Estado completamente absorbido por la voluntad, los delirios y los berrinches de un líder único que, en su momento, parece no haber tenido empacho alguno en poner los cuerpos de seguridad estatal al servicio de una exuberante rencilla personal.

La trama de espionaje, deslealtad y uso arbitrario de recursos públicos, originalmente destinados a la seguridad nacional, descrita en el libro de Calderón, terminó transformándose en una tragedia para varios de sus protagonistas. La cárcel, el exilio, y la ruina personal, fueron el destino final de los eslabones más débiles en aquel hilo surreal, más parecido al episodio de una mala serie de malandrines, que a los oficios de un equipo de inteligencia profesional.   

El código Balda

Todo comenzó con un antiguo amigo de Rafael Correa; Fernando Balda. Su cercanía con el proyecto de la Revolución Ciudadana lo hizo acreedor a cargos políticos dentro del aparato gubernamental hasta el 2008, año en que diferencias con la distribución de dirigencias lo hace separarse de Alianza País. A partir de entonces, el activista se convierte en un crítico inmisericorde del régimen.

Balda es como esos ex amigos que todos hemos tenido en algún momento, que molesto por alguna discordia se convierte en una verdadera máquina de enunciación de secretos y confidencias. Las críticas al proyecto correísta fueron permanentes, pero mucho menos efectivas que los ataques personales a su antiguo coideario.

Balda no tardó en proclamar a los cuatro vientos un ambiguo incidente que supuestamente habría acontecido entre Xavier Herrería, uno de los afectados de la revuelta del 30 de septiembre, y el entonces Presidente de la república Rafael Correa. Según él y otros denunciantes como el ex asambleísta Galo Lara (quien, por cierto, probaría en su propia piel el peso de la furia del poder), Correa habría tratado de abusar sexualmente de Herrería en una visita de este último a su despacho, en Palacio de Gobierno. La supuesta víctima habría tenido que huir de la oficina del primer mandatario temiendo ser inducido a la fuerza en experiencias eróticas hasta entonces desconocidas para él. Se denunció el hecho. Balda, ni corto ni perezoso, difundió el relato desde todos los medios posibles como si se tratara de un trovador medieval anunciando las tragedias y excesos de los Borgia.


La persecución ordenada por Correa contra Fernando Balda, un político de bajo perfil, terminó en el fiasco de su secuestro en Bogotá organizado por la Policía y la Senain. 

Al supuesto desliz presidencial se le conoce como el “caso Mameluco”, y llegó a ser incluso fuente de indagación fiscal. Pero, ¿realmente pasó? ¿Es verdad que el primer mandatario de la República albergaba oscuros apetitos que solo podían satisfacerse a través de la fuerza?  ¿Fue nuestro ex Presidente un depredador insaciable, cuyos ardores bien podrían formar parte de una de las novelas del Marques de Sade, o del mismísimo Pushkin? No lo sabemos. La anécdota se parece al adorable felino del señor Schrödinger: podría ser o no ser.

Posiblemente no sea más que una vulgar mentira creada para entretener caballeros de imaginación sensible en una cantina, o tal vez no.  Podría ser falsa o verdadera. Lo ignoramos; y a menos que el ex Presidente publique su diario íntimo, movido por resplandecientes afanes de gloria literaria y realice una confesión completa de todas sus aventuras, probablemente nunca conoceremos la verdad.

Lo que sí sabemos es que el rumor lo enfureció. Muchos quienes habían promovido aquel supuesto incidente se convirtieron en receptores de un magno resentimiento. 

Raúl Chicaiza, el agente ratón

Fernando Balda se refugió en Colombia temeroso de que la enunciación constante de aquella desafortunada anécdota le causara problemas. Por supuesto, tenía más de un asunto pendiente, tanto con el Presidente como con algunos de sus altos funcionarios. Razones no le faltaban para ponerse a resguardo y sacar su humanidad fuera del alcance de sus ardientes enemigos.

Ahí es donde entra en escena Raúl Chicaiza, un policía con experiencia en inteligencia, contactado según su propia narración, por Pablo Romero, cabeza de la Secretaría Nacional de Inteligencia, Senain, para que realice una misión súper secreta, que nada tenía que envidiar a las emocionantes películas del agente 007 y las misiones imposibles cinematográficas.

Chicaiza viajó a Colombia en compañía de otros agentes y se contactó con Fernando Balda haciéndose pasar por un ejecutivo que buscaba comprar equipo electrónico para espionaje. Su misión era más delicada y parecía ir más allá que una simple persecución hacia alguien que se había excedido con sus palabras. Chicaiza menciona que, interpretando al personaje que representaba, llegó a estar incluso en reuniones en las que participaba el señor ex presidente de Colombia Álvaro Uribe. Aparentemente, su misión podría haberse proyectado mucho más allá de lo que se ha hecho público.

Las reuniones entre Chicaiza y Balda aparentaban ser las de un astuto espía, altamente entrenado, que se iba ganando poco a poco la confianza de su presa; sin embargo, la realidad era otra. Fernando Balda, mucho más alerta, empezó a pedir constantes colaboraciones económicas al supuesto ejecutivo que buscaba contactarse con él, es decir al ratón Chicaiza. Balda relata que se dedicó a darle baratijas y algunos aparatos electrónicos de poca valía, mientras solicitaba, constantemente adelantos en efectivo, donaciones y ayudas económicas a su supuesto cliente.

El cazador terminó pagando las cuentas de su presa. Balda después se jactaría de la facilidad como conseguía asistencias financieras de nuestro espía andino.

El cazador terminó pagando las cuentas de su presa. Balda después se jactaría de la facilidad como conseguía asistencias financieras de nuestro espía andino.

Durante esa dinámica algo ocurrió. Chicaiza empezó a sentir una especie de vértigo al ver el nivel de vida de Balda, sus contactos, sus anécdotas, sus varias aventuras. Probablemente lo envidiaba. Asumió su rol como agente de inteligencia como una forma de sentir algo de ese vértigo. No sabemos si fue por esta causa que descuidó algunos detalles de su misión.

Finalmente, el agente ratón y sus acompañantes contrataron una banda local para que hagan el trabajo sucio. Había que traer de vuelta a Balda como sea, y la manera más rápida era desde un secuestro. Las personas contactadas para cometer el plagio no eran las más inteligentes del mundo, tampoco las más cuidadosas. Tal vez se trataba de sujetos acostumbrados a acciones de poca monta. Lo cierto es que el secuestro salió mal. Balda fue rescatado por algunos taxistas, que al más puro estilo de la película “rápidos y furiosos” persiguieron al auto dónde lo llevaban cautivo y pusieron a los delincuentes en manos de la policía de Bogotá.

Los secuestradores fueron detenidos y no tardaron en hablar. Delataron a Chicaiza y sus amigos. La noticia no tardó en aparecer en medios de comunicación de Colombia y Ecuador, las revistas Semana y Vanguardia, para ser precisos. A partir de ahí los agentes involucrados empezarían a entender lo importante de leer las letras pequeñas antes de firmar un contrato.

El salario del diablo

Fernando Balda finalmente regresó al Ecuador, prácticamente expulsado por el gobierno colombiano que no tenía mayor interés en estar en medio de un tema tan poco ventajoso, y como anfitrión de un personaje que había despertado tanta polémica. Le esperaban varias denuncias por difamación y se enfrentó a procesos judiciales en el país. Al mismo tiempo, Balda no tardó en presentar demandas penales contra aquellos que intentaron secuestrarlo. Por supuesto las caras visibles fueron Chicaiza y algunos de sus colegas como la policía Diana Falcón.

En la película de James Bond Die Another Day, el agente 007 es atrapado en Corea del Norte, y dejado solo a su suerte. Destino usual en las tramas de espías. “Esta es su misión, si decide aceptarla, pero si lo atrapan negaremos cualquier relación con usted”, es la cita que escucha el protagonista de Misión Imposible antes de cada nueva aventura. El espionaje andino en tiempos de la Revolución Ciudadana, al parecer tenía reglas parecidas, aunque trataran de disimularlo.

Cuando Chicaiza regresó al Ecuador, atribulado por su falta de efectividad en el secuestro a Balda, su superior Pablo Romero no se sintió feliz, pues la reputación de toda la Senain estaba en juego.

El agente Ratón se sentía nervioso sobre lo que podría suceder con él, todo el equipo de sabuesos de revista Vanguardia, dirigida por Juan Carlos Calderón, estaban tras la noticia y en poco tiempo sus acciones se difundirían masivamente. Había razones para preocuparse. En este contexto, sus superiores le informaron que recibiría una llamada de “Carlitos”; según Chicaiza “Carlitos” era  el supuesto nombre clave de Rafael Correa.

Según su relato recibió la llamada; se le prometía ayuda económica e institucional para salir del lío. Se sobre entendía que debía proteger las espaldas del Gobierno.

Las promesas ofrecidas por el compañero Carlitos (en el relato de Chicaiza) no solo que no se cumplieron sino que de hecho los agentes involucrados recibieron pases a lugares recónditos. A Falcón la mandaron a una de las zonas más conflictivas en la Costa, y a Chicaiza a sectores rurales. Pero eso no era todo; las causas penales en su contra ya estaban avanzando y ambos entraron en una repentina crisis económica. Tuvieron que vender sus cosas y sacar préstamos en cooperativas de la Policía para afrontar los juicios.

Bajo una fuerte presión, ambos decidieron dar una ronda de visitas a varios altos funcionarios del Gobierno, y aprovechar las rivalidades y conflictos entre ellos (la obra de Calderón los menciona, en caso que el prevenido lector quiera sumergirse en los detalles mientras lee el libro). Lo cierto es que Chicaiza y Falcón grabaron sus conversaciones con varios personajes públicos intentando usar la información como un comodín en futuros procesos.


Los ex policías Diana Falcón y Raúl Chicaiza, junto con su abogado, en una audiencia en su contra.

Los problemas judiciales de Fernando Balda en Ecuador le causaron algunos inconvenientes, pero estos se resolvieron en pocos meses; sin embargo para el agente "ratón" Chicaiza y sus amigos, el tema se extendería mucho más, significándole la ruina económica y profesional.

Ciertamente, los problemas judiciales de Fernando Balda en Ecuador le causaron algunos inconvenientes, pero estos se resolvieron en pocos meses; sin embargo para el agente "ratón" Chicaiza y sus amigos, el tema se extendería mucho más, significándole la ruina económica y profesional.

Pablo Romero, ex director de la Senain, se llevó la peor parte, enfrentando una condena de nueve años de cárcel.

Durante el segundo período de transición conocido como el “Trujillismo”, Chicaiza el "Ratón", se adhirió a la cooperación eficaz, comprometiendo ágilmente a varias altas autoridades en el caso Balda, incluyendo al ex presidente de la República. Buscando de esa manera aliviar las consecuencias de sus aventuras en el ambiguo mundo del espionaje criollo, sin embargo, aparentemente, varios de los beneficios prometidos no lo satisficieron.

En 2020, el "Ratón" Chicaiza decidió buscar refugio en Argentina, territorio gobernado por el kirchnerismo, donde no tardó en modificar varias de sus versiones. Allá, en la tierra de los alfajores y los piquetes emitió un nuevo discurso; sería el trujillismo el que, movido por una sed de persecución política y en aras de perjudicar a los candidatos afines a las tesis de la Revolución Ciudadana, le habría forzado a comprometer al ex Presidente de la República en el caso Balda.

Probablemente la eficiencia del agente Ratón en las artes de la inteligencia internacional no fueron las más resplandecientes, pero al parecer aprendió, paulatinamente, que la palabra de un ex agente tiene bastante poder a la hora de poner en aprietos a más de un personaje público. ¿Se dio cuenta que ese tipo de testimonios también se pueden capitalizar? Eso se quedará como un interrogante  y está en manos del lector tener la última palabra. Lo cierto es que sus testimonios dieron un vuelco de telenovela; ahora resultaba que el señor Julio César Trujillo, entonces presidente del CPCCS y figura con poder plenipotenciario, lo había presionado para que empañe el buen nombre de Rafael Correa y desprestigie a su proyecto.

Aquella nueva versión, sin embargo no fue defendida con demasiada convicción; cuando algunos  periodistas preguntaron a Chicaiza si él había hablado con Correa, el ratón prefirió no contestar.

En el exilio, el agente ratón parece haber encontrado un reducto de tranquilidad. ¿Cómo financia su estadía fuera del país? ¿Hizo las paces con sus antiguos contratantes? Son preguntas que quedarán en el aire.

Mis conclusiones

El libro de Juan Carlos Calderón se basa en una investigación exhaustiva sobre el caso Balda y otros acontecimientos sucedidos a la par, que develan el uso autoritario y abusivo de recursos del Estado para contrarrestar sujetos o colectivos que podían amenazar los intereses de la Revolución Ciudadana o del mismo presidente de ese entonces. En mi opinión es uno de los trabajos más interesantes en torno al correato, principalmente por las siguientes razones:

1. En Después olvidarán nuestros nombres, Calderón desnuda el funcionamiento de la organización en torno al correísmo; no se trata simplemente del “Caso Balda”, en realidad se hace visible cómo los recursos y la institucionalidad del Estado estuvieron disponibles, ya sea para la defensa de un proyecto político o para los conflictos personales del mandatario, en más de una ocasión saltándose lo legitimo y lo legal.

2. El correísmo no solamente fue un proyecto polémico por causa de los escándalos relativos a la corrupción como los casos “Odebrecht”, “sobornos”, “Petrochina” y otros, sino que de hecho también por causa de varios atentados contra los derechos humanos, siendo el caso Balda solamente uno entre tantos. Se hará indispensable profundizar en los eventos que conocemos e indagar hasta llegar a aquellos que aún no se conocen.

El libro de Juan Carlos Calderón se basa en una investigación exhaustiva sobre el caso Balda y otros acontecimientos sucedidos a la par, que develan el uso autoritario y abusivo de recursos del Estado para contrarrestar sujetos o colectivos que podían amenazar los intereses de la Revolución Ciudadana o del mismo presidente de ese entonces.

3. Se descuidaron las verdaderas necesidades relativas a la seguridad del Estado por satisfacer las rencillas personales del jefe de Gobierno. Vamos a ser sinceros, fuera de ironías; ¿no les parece lamentable que uno de los aparatos más importantes relativos a la seguridad del país haya enviado un grupo de agentes a hacer el ridículo frente a un activista político astuto y burlón en el extranjero? El mismo Chicaiza reconoce que durante su contacto con Balda fue convencido para desembolsar sumas de dinero público (las cifras varían de acuerdo a quien relata el suceso, Balda o Chicaiza). Al final se lideró un operativo que parece haber sido organizado por los tres chiflados, hasta el punto que un grupo de taxistas armados con bastones lo terminaron desarmando. ¿Qué pasaría si el país realmente hubiera necesitado los oficios de aquella oficina de inteligencia? El chasco del caso Balda también demuestra el lamentable estado de nuestras instituciones durante el correato.

4. El trabajo de Juan Carlos Calderón es un proverbio sobre el salario que recibieron algunos desafortunados colaboradores del correísmo; desde el antiguo jefe de la Senain confrontado a varios a varios años de cárcel, hasta el policía Ratón y sus amigos; arruinados económicamente por causa de los juicios que tuvieron que atravesar, afectados laboralmente, e incluso exiliados. Muchos de ellos eran simplemente funcionarios públicos que recibían órdenes y que una vez que las cosas se pusieron difíciles fueron abandonadas a su suerte por quienes daban las órdenes, y estos a su vez, nunca rindieron cuentas por este tipo de casos.

Después olvidarán nuestros nombres, de Juan Carlos Calderón, es un libro indispensable, especialmente para contrarrestar uno de los males recurrentes que agobian a nuestra sociedad, la falta de memoria.

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"Después olvidarán nuestros nombres": la inteligencia, durante el correísmo, fue tan chimba como todo lo demás
 


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