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15 de Julio del 2022
Historias
Lectura: 13 minutos
15 de Julio del 2022
Carlos Vásconez
Ernesto Carrión, de Gepetto
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Foto de Ernesto Carrión: zendalibros.com

 

"Ulises y los juguetes rotos" se inscribe con prestancia en la novela coral latinoamericana, en donde las voces confluyen, se entreveran y, al cabo, dicen lo que este pueblo clama. Es una novela de varios argumentos, de tesis irrefutables, a pesar de que continuamente se contradicen. Una novela como nuestra gente, abierta, disparatada, apasionada, y lo mejor, con palabras traficadas, vendidas, jodidas.


No existe una razón clara que determine el devenir de una novela al empezarla. Según lo que han contado los grandes novelistas de la historia, dígase Faulkner, James o Conrad, el arte de narrar largamente está ligado casi siempre a la propia sorpresa del autor en tanto crea. La historia misma, o acaso el lenguaje, suministra al creador de los recursos necesarios para alcanzar cierto objetivo. También puede ser la furia, la vehemencia o el empeño lo que apoye subterráneamente al gesto creativo.

En Ernesto Carrión, el fuero interno que lo mueve desde sus años de poeta novel y siempre laureado, queda más que de manifiesto, no solo por su gestión prolífica de escriba, que en estos tiempos es extraña, ya que más bien se piensa que es conveniente reservar las palabras hasta que demos con las precisas para tal o cual circunstancia. Carrión corrige esta aseveración, que es lapidaria para muchos, al escribir sin tregua, y hallando justamente la palabra exacta en ese torrente verbal que procede, justamente, de su vena poética. Nunca fue alguien contenido, nunca fue alguien que prefiera el recato. En sus novelas, algunas de ellas magníficas dentro del género, hay un caudal de palabras y de imágenes que a veces sobrecoge al lector, pero que nunca lo deja indiferente. La última novela, Ulises y los juguetes rotos (Seix Barral, 2022), es otro modelo suyo para armar. Pero para armar un novelista que no se detiene ni ante lo inamovible.

He usado el término “última” y presiento que es un error. Seguramente Carrión tiene ya en carpeta una o dos obras más que pronto verán la luz, que estarán compitiendo en algún certamen novelístico o que sencillamente ya estarán en proceso de edición. Es prolífico y prolijo, dos términos que se emplean a mansalva hoy en día para definir a los autores que no le temen a ofrendar su voz a los cuatro vientos.

Su última novela se introduce cabalmente en el orbe de las novelas polifónicas. Varios personajes la fecundan, en una suerte de rompecabezas que nos remonta de inmediato a Los detectives salvajes, de Bolaño, o, incluso, a otros juegos literarios como La vida instrucciones de uso, de Perec o Mientras agonizo, de Faulkner, en donde se entrelazan puntos de vista, opiniones y circunstancias a priori adversas. Porque la narrativa de Carrión es siempre la antesala de un suceso nefasto, que a veces sucederá y a veces no, lo que importa muy poco. Lo que de verdad importa es ese “dejarnos en suspenso” ante lo que parece inminente: la desdicha, la ausencia de buenos momentos venideros.


Una magnífica novela más de Ernesto Carrión. Quizá decir que un libro fue escrito por él, con su honestidad, con las ganas de resucitar a Cerati.

Sus personajes descabellados entran en el universo de los escritores con total prestancia. Quiero decir que sus caracteres, en especial los psicológicos, son muy bien planteados, al punto que se le hace fácil al lector dilucidar quién es quién, aunque compartan un mismo fin.

En esta, como en otras obras de su pluma, Ernesto Carrión nos habla de un escritor que es uno más entre un grupo de escritores, todos ellos signados por el mismo sueño: ser famosos de la noche a la mañana. En el fondo, hay una crítica feroz por parte suya a todo escritor joven, o aprendiz de escritor, que cunde por nuestras latitudes y aspira o a consagrarse como el novísimo Charles Bukowski o, si hila más fino, un John Fante, quien por supuesto fue siempre mejor escritor que Bukowski (ambos lo sabían).

Sus personajes descabellados entran en el universo de los escritores con total prestancia. Quiero decir que sus caracteres, en especial los psicológicos, son muy bien planteados, al punto que se le hace fácil al lector dilucidar quién es quién, aunque compartan un mismo fin. Esto da cuenta de un oficio inequívoco en el autor, quien además ha colocado con inteligencia ciertos rastros de su devenir literario, una carrera que en su caso está cerca de cumplir cinco lustros como autor de publicaciones serias. No nos cuesta nada imaginar a Ernesto viviendo lo que escribe, aunque sepamos de sobra que lo que escribe es ficción en estado puro. El lenguaje, amplio, directo y certero es un animal que usa nuestra mirada como su terreno de entretenimiento y alimentación. Es como si al pasar de página lo que estuviera por venir necesitara de lo anterior para robustecerse, y no fuera a desperdiciar la ocasión.

Una novela de crece según se avanza, con un inicio entre escritores, que parecerían formar parte de un club de perdedores al póker, empeñados en saber quién se la pasará peor en un internado, o en una subvención a manera de beca por el FONCA para producir literatura, y todos ellos están decididos a llegar al Olimpo de las letras. Entre ellos, hay personajes con quienes nos podemos identificar (en mi caso personal, obviamente con Ulises, hasta que resuelve perder la paciencia o la compostura, y entonces me puedo identificar doblemente), muy de carne y hueso, con quienes, de no ser muy parecidos a nosotros, nos iríamos a la primera intentona a beber cerveza en la primera taberna esquinera que encontráramos en el DF.

Ese lenguaje coloquial, desinhibido, no cae nunca en lo vulgar, aunque parecería que camina sobre esa línea. Esta impresión se ve diezmada al momento en que se avanza con la historia. Como en otras novelas de Ernesto Carrión (Incendiamos las yeguas en la madrugada o Cursos de francés), la intensidad lingüística, y por lo tanto las imágenes más contundentes aparecen de súbito ante el lector veraz luego de acomodarnos a su ritmo y estilo narrativo. Aunque atrapante desde un principio, sus obras mejoran en calidad en el transcurso de las mismas. Quizá no ocurra lo mismo con La carnada, su novela anterior, cuyo temple narrativo casi no varía desde el principio, siendo un rara avis en su producción, sin que esto reduzca su calidad en lo absoluto. Es más, tengo la firme certeza de que La carnada pasará pronto a formar parte de las grandes novelas ecuatorianas de todos los tiempos, junto a un par más de nuestro autor.

Aunque atrapante desde un principio, sus obras mejoran en calidad en el transcurso de las mismas. Quizá no ocurra lo mismo con La carnada, su novela anterior, cuyo temple narrativo casi no varía desde el principio, siendo un rara avis en su producción, sin que esto reduzca su calidad en lo absoluto.

He hablado antes, hablo ahora también, de la cercanía inevitable de Ulises y los juguetes rotos con Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Por ejemplo, en Bolaño hay un personaje fundamental llamado Ulises (Lima); todos los Ulises parecerían estar abocados al olvido, nadie son, al fin y al cabo. En Bolaño y en Carrión el sexo no siempre es placentero, pero es un deber para con el propio cuerpo, “la única forma de corresponderle la tortura que es vivir”. En Bolaño existen los Real Visceralistas, en Carrión la Orden Teutónica. Y el humor, ese desesperado humor que campea por igual en ambas obras.

La cantidad de alusiones es simplemente un efectismo para la crítica, porque al cabo lo que importa es la valoración estética de una novela que nos deja entrever que hay que dejar la tela para cortar en manos de Carrión.

La novela es fragmentaria, contada desde varios puntos de vista. Blancanieves o el Tramoyista, quien además de todo le hace hablar a la cabeza de Borges, una cabeza de mármol que incluso tiene debates en Twitter, que no piensa perder. Y a quien se le increpa que ni siquiera es la cabeza de Borges, o un recuerdo del viejo ciego y genial argentino, sino solo una pieza de mármol.

En uno de los diálogos más reveladores de Ulises y los juguetes rotos, se lee:

-A mí lo post mortem no me interesa. Ni un poquito antes. Porque pienso en Bolaño y solo me perturba imaginarlo escribiendo tres libros al mismo tiempo, haciendo poesía y novela, y enviando a concursos para poder mantener a su familia. ¿Todo para qué? Para alcanzar la fama y morir cinco años después.

A continuación, se leerá una crítica al mercado del libro, que es una crítica a la opinión lectora en general, sobre todo la latinoamericana. Porque Carrión no deja de ser contestatario, no deja cabeza sin cortar (con decir que cortó la de Borges), y cuando se refiere al autor de Los detectives salvajes hay el presentimiento en uno de que está hablando en clave de sí mismo, de sus hábitos de poseso al escribir, algo que, por otro lado, recetaba el autor chileno, escribir en estado de gracia, como Kafka, como Faulkner cuando en quince días redactó, de pies a cabeza, Mientras agonizo.

Carrión no deja de ser contestatario, no deja cabeza sin cortar (con decir que cortó la de Borges), y cuando se refiere al autor de Los detectives salvajes hay el presentimiento en uno de que está hablando en clave de sí mismo, de sus hábitos de poseso al escribir.

Vale subrayar los diálogos, cuya vitalidad es la columna vertebral de esta novela. No escatima esfuerzos, por lo que sus diálogos son significativos y un resumen de sus auténticos pensamientos. “Recuerda escribir como si estuvieras dando un resumen”, sugirió Borges. Cuando estos personajes hablan, respetan sus turnos, no se superponen, porque lo que leemos es un fragmento de lo dicho, que es a su vez un fragmento de lo pensado. Son escritores y lo van a dejar en claro, así tengan que arrugar muchas hojas mentales y echarlas al cesto:

  -…Cualquier novela es la prueba irrefutable de que el ser humano está jodido.
  -¿Y un poema?
-Bueno, un poema es la prueba de que el ser humano, además de estar jodido,
es masoquista.

Ulises y los juguetes rotos se inscribe con prestancia en la novela coral latinoamericana, en donde las voces confluyen, se entreveran y, al cabo, dicen lo que este pueblo clama. Es una novela de varios argumentos, de tesis irrefutables, a pesar de que continuamente se contradicen. Una novela como nuestra gente, abierta, disparatada, apasionada, y lo mejor, con palabras traficadas, vendidas, jodidas.

En definitiva, una magnífica novela más de Ernesto Carrión. Quizá decir que un libro fue escrito por él, con su honestidad, con las ganas de resucitar a Cerati (mordedor de “la manzana envenenada”), con un modelo perfecto de escritor ecuatoriano dado al acabose, y así ampliando la tradición que dejó bien sembrada Roberto Bolaño, sea el mayor de los elogios.

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Ernesto Carrión, de Gepetto
 


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