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3 de Junio del 2024
Historias
Lectura: 5 minutos
3 de Junio del 2024
Carlos Vásconez
Informe para el lector kafkiano
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Franz Kafka

 

En su obra hay tristeza y desesperación por igual, pero lo que más hay es un sentido remoto de la fantasía. Fue eso, en suma. Un escritor de fantasía que no soportó identificar a la voz de su padre en la vitalidad de sus libros. Por eso (¿por qué si no?) pidió que fueran una ofrenda al fuego, para no sentirse tan él.

En el mundo, la gente ya no habla en kafkiano, y este es un problema. Cuando no es el habla, son los hechos. De él, de Franz Kafka, se ha escrito hasta el hartazgo, en intento -dizque- de descubrir lo esencial. Él quería recrear el mundo. El mundo se ha recreado con él. Todo admirador del checo formuló teorías que lo que buscaban en el fondo era ser dignas de pertenecer al universo kafkiano.

Todo crítico o ensayista eso es lo que anhela en verdad, que su palabra se vuelva una prolongación del corpus de lo estudiado o analizado. Este es de por sí un hecho curioso y paradójico, y sabido de sobra es que la paradoja es la que salpimienta la vida.

La literatura desprecia las hagiografías. Prefiere la descripción veloz de cómo alguien sujeta un libro antes de leerlo a la modificación del espíritu o del alter ego que da como resultado su lectura. La de Franz Kafka oscila en estas preciosidades de orden acaso superficial. Lo decía Eduardo Mendoza: “Kafka fue un mal escritor, y él mismo lo sabía”. Porque la obra del checo no se forjó para ser leída con detenimiento ni minuciosidad, sino con rabia y ansiedad, como si se la estuviera despojando de sus prendas. Kafka nunca habría querido ser Henry James o Joseph Conrad, aunque a veces tampoco quería ser Franz Kafka. Leerlo es un acto de regocijo que deja esa estela de dolor, porque es como si se nos extirpara un apéndice, una extremidad. Eduardo Mendoza escribe para quienes leen La metamorfosis preguntándose qué fue lo que merendó Gregorio Samsa la noche previa a su transformación.

Los tormentos de su padre. Las postergaciones de su matrimonio con Felice Bauer. El posible hecho de haber conocido a un joven y pertinaz, Adolf Hitler, bajo cuyas órdenes morirían sus hermanas en un campo de concentración y la ruindad que adivinó en sus discursos (Hitler hablaba a la perfección el germano; Kafka destruyó el idioma para que el pueblo no comprendiera aquellos convincentes discursos). Su salud eternamente quebrantada. Las ganas incumplibles de formar una familia. Su insomnio. La urgencia, que habitaba en forma de cosquilleo constante y tortuoso en las yemas de sus dedos, de escribir todo el tiempo, de convertirse en palabra, en hecho creador. La voluntad que lo poseía de construir un puente entre los tiempos, de traer a la época moderna los mitos griegos o yihadistas.

Para que el mundo se rehaga, hay que levantarlo de las cenizas. Para levantarlo de las cenizas, hay que quemarlo. Para quemarlo, hace falta el fuego de un autor que reescriba la historia, que mienta que todo, fuera de ese libro, estará bien. Que sus lectores le crean.

Esta era su realidad. Su verdadera vida era otra. En su obra hay tristeza y desesperación por igual, pero lo que más hay es un sentido remoto de la fantasía. Fue eso, en suma. Un escritor de fantasía que no soportó identificar a la voz de su padre en la vitalidad de sus libros. Por eso (¿por qué si no?) pidió que fueran una ofrenda al fuego, para no sentirse tan él, a quien “le dio escribiendo” dos cartas de disculpa dirigidas a un hijo de nombre Frank, cartas que este hijo leyó con nervio, con la predisposición a, por eso, perdonarlo.

Para que el mundo se rehaga, hay que levantarlo de las cenizas. Para levantarlo de las cenizas, hay que quemarlo. Para quemarlo, hace falta el fuego de un autor que reescriba la historia, que mienta que todo, fuera de ese libro, estará bien. Que sus lectores le crean.

Un detalle último. El joven Franz demostró que la cantidad y la impetuosidad son también una forma de la calidad. Su hacha que quebraba el agua congelada sobre la que caminaba era la palabra que lo conducía a su más hondo misterio.

“La misión del hombre es hallar lo que nos hace indestructibles y que tenemos en algún lugar adentro nuestro. El problema es que, mientras buscamos lo que nos vuelve indestructibles, nos vamos destruyendo”. Lo sabía: al escribir era un genio; cuando no, el tímido estudiante de Derecho que no podía mirar a los ojos de las chicas.

Leí por primera vez a Kafka en el 96. Un médico rural. Lo leo hoy con el mismo asombro, cuando en
el mundo se hacen guerras más que amores. No leer a Kafka es permitirle al mundo que se adueñe de sus postergaciones y predicciones. No leerlo es permitir que el mundo se trague a sí mismo.

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