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23 de Noviembre del 2023
Historias
Lectura: 7 minutos
23 de Noviembre del 2023
Marlo Brito Fuentes

Escritor

Los jóvenes escriben desde el dolor
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Jakk Cabrera y algunos de sus libros. Fotos: Cortesía

 

La nueva generación de escritoras y escritores ecuatorianos ha definido su personalidad literaria con otros parámetros, con otras semióticas y con otros universos, muchos de ellos originalísimos, al punto que se los ha bautizado con ciertas etiquetas como “gótico andino” y “neogótico ecuatoriano”.


En los últimos años se ha producido una especie de explosión de la literatura ecuatoriana. Escritores y escritoras jóvenes publican con feroz asiduidad en las editoriales locales y, sobre todo, una generación reciente dio el salto hacia la fama internacional, colocándose en el ranking de las mejores obras escritas en español.

Siendo justos, esto nunca antes había pasado y, tal como planteó en su momento Leonardo Valencia en El síndrome de Falcón, más como deseo que como presagio, esta generación de nóveles escritores y escritoras dejaron muy atrás las mochilas del “boom” y de los íconos nacionales, incluso me atrevo a decir que jamás estuvieron en sus espaldas como peso y carga, como sí lo estuvieron escritores precedentes. El propio Valencia tuvo que titular su libro de ensayos con la figura de aquel personaje real que cargó en sus espaldas a Joaquín Gallegos Lara, uno de los escritores más influyentes de principios del siglo XX, quién sabe si tratando de exorcizar al monstruo.

Nada de esto parecería que figura en la producción literaria actual y la juventud ha definido su personalidad literaria con otros parámetros, con otras semióticas y con otros universos, muchos de ellos originalísimos, al punto que se los ha bautizado con ciertas etiquetas como “gótico andino” y “neogótico ecuatoriano”.

La literatura gótica surgió a fines del Siglo XVIII, donde los escritores “reivindicaban el exceso y la exageración, lo recargado y retorcido, el caos frente al orden, lo pagano frente a lo cristiano. Se trataba en esencia de un subterfugio romántico para huir de la sordidez y fealdad de la cruda realidad, y recrear exaltadamente el pasado más tenebroso, oponiendo el irracionalismo y la barbarie al materialismo ateo que trajo consigo la Ilustración” (Marcela Álvarez, revista La Gaceta del CUSur, 17 de julio 2020).

en los últimos años se ha producido una especie de explosión de la literatura ecuatoriana. Escritores y escritoras jóvenes publican con feroz asiduidad en las editoriales locales, y una generación reciente dio el salto hacia la fama internacional, colocándose en el ranking de las mejores obras escritas en español.

En cambio, esta etapa de la contemporaneidad se reviste de algo parecido, pero con un condimento fatal: lo recargado y retorcido son una especie de revelación de lo que realmente ocurre en la calle, en los hogares andinos, en el recoveco íntimo de seres que —Oh, el horror del espejo— podríamos ser tú o yo, volviéndose un testimonio vivo y descarnado de nuestra realidad, donde una habitación puede ser peor que la Penitenciaría del Litoral.

Lo dirían a viva voz los cientos de mujeres y niñas que han muerto por mano de sus victimarios hombres. Lo dirían a viva voz los cientos de víctimas del crimen organizado y sus atrocidades. Lo dirían a viva voz los miles de víctimas del latrocinio público cometido por políticos de toda laya a plena luz del día —la ideología y la vergüenza les dejó de importar— y que ocasionan pobreza, miseria y sus más abyectas consecuencias, a toda la sociedad.

De allí, de esa materia gris que nos provoca espanto, los jóvenes escritores construyen sus historias y personajes y por esa singular naturaleza, tienen muchas veces que emparentarse con ese dolor, sufrir en carne propia y —como cuenta la leyenda sobre Caspicara y su Cristo— recoger el mínimo detalle que solo es posible en el instante mismo.

Rafael Narbona (@Rafael_Narbona), escritor y crítico literario, también lo dice fuerte y claro: “¿Qué es lo que mueve a un escritor? Creo que una herida. La belleza casi siempre nace de una experiencia dolorosa. Por eso habla Rilke del ángel terrible. Yo escribo porque perdí a mi padre a los ocho años y, desde entonces, no he dejado de mirar fijamente a la muerte”.

Para situarnos en la escena, he tomado como referencia la producción literaria de Jakk Cabrera, que acaba de publicar su última novela En la mitad está el reino. Lo miro como un escritor a tiempo completo, dedicado a una carrera febril por construir unas historias descarnadas, como para leerlas en voz alta en un patíbulo o en una cama, lugares que las más de las veces son la misma cosa.

Jakk Cabrera. En la mitad está el reino. Foto: Cortesía

Allí la novela logra algo fundamental: construir personajes memorables —y eso es ya un signo de madurez—, vestirlos de realidad, llenarles de los olores de la calle, pero no de cualquier calle, sino de la calle Alaska en particular, convertida en el teatro de operaciones, en aquel “lugar” que me hace recordar a la “Santa María” de Onetti, una calle que podría ser de cualquier ciudad de América Latina, con la belleza de sus esquinas, con la giro elegante de sus conversaciones, pero también con la podredumbre de sus almas.

Manuel Pinta es eso, un apostador empedernido,  sin lluvia, sin padre, nunca ladrón, con un código moral muy de su estirpe, una especie de fundador de Alaska, su calle, su cosmos, su reino; pero además están la madre, el Cuervo, Rebeca, el paralítico, Fausta, Anselmo, fundantes de una hermandad: “La Hermandad del Polvo”, donde “el cielo o un puñal hay que ganárselos”.

En el argumento, cuyos detalles voy a dejar a discresión de los lectores, encuentro un hilo conductor de poesía viva, labrada en la carne, a veces escupida al descuido, como una sentencia de muerte que se rumora al paso, a la que solo se puede prestar atención en los intersticios, en las fisuras, en los silencios, en las confidencias y similitudes que vamos encontrando —como lectores— con nuestras vidas, donde claramente “la luz enfoca solo a los miserables”.

Pero luz al fin, derrota toda bruma, porque aclara el paisaje de la calle Alaska, desde cuyos balcones se puede ver la sucia ciudad y su escatológico porvenir, porque tal como reflexiona uno de sus personajes, “el socialismo real apesta. El fingido también”.

Nota final: La obra salió a la luz bajo el sello de la editorial independiente Alectrión (@editorialalectrion), que hace parte del fenómeno literario contemporáneo y que tiene mucho que ver con aquella búsqueda de difusión de la nueva producción literaria, al margen y/o por fuera de las grandes industrias culturales.

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