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16 de Mayo del 2021
Historias
Lectura: 12 minutos
16 de Mayo del 2021
Diego Pérez Ordóñez

Quito, 1970. Doctor en Jurisprudencia por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador; Profesor de Derecho Constitucional y de Derecho Político en la Universidad San Francisco de Quito (1999- ) y editor de la revista Iuris Dictio (1999-2012); Miembro de número del Instituto Iberoamericano de Derecho Constitucional - Sección Ecuador (2018- ); columnista de El Comercio (2003-2014) y colaborador de Mundo Diners. 

La negra espalda de Tomás Nevinson
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Javier Marías, escritor español de amplia y reconocida trayectora, que presenta su última novela. Foto: ECD Confidencial Digital

 

Tomás Nevinson es la más extensa y la más cuestionadora del poder de las novelas de Javier Marías, porque implica una discusión sobre el papel del Estado, de la licitud del uso de la fuerza, de los venenos del fanatismo ideológico y cierta nostalgia del mundo de fines del siglo XX


En medio siglo de cuidadosa trayectoria literaria, Javier Marías ha logrado consolidar uno de los acervos más trascendentes de la época contemporánea. Reconocido también como traductor, ensayista, columnista y editor, Marías ha elevado la novela a la categoría de arte. La novela, pues, como vocación de estilo, mecanismo estético para asegurar la coagulación del tiempo y como pariente cercana de la arquitectura, en cuanto a las perspectivas, luces y sombras, y levantamiento de complejas estructuras.

Por lo menos media docena de sus novelas (Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí, Todas las almas, Negra espalda del tiempo, la trilogía de Tu rostro mañana, Berta Isla y ahora Tomás Nevinson) merecen la consagración de la historia de la literatura y la afirmación de la maestría de Javier Marías.

Portada del último libro de Javier Marías, escritor español.

Un excéntrico a la inglesa, pasa los folios en una vieja máquina de escribir, resiste increíblemente los embates de la tecnología, vive en el Madrid de los Austurias aislado entre libros y fetiches, como soldados de plomo o piezas que recuerdan a sus escritores favoritos, y mantiene posiciones políticas tajantes, que han generado no pocas polémicas en los últimos años (en particular entre feministas, nacionalistas o ingenuos).  Marías también, a lo largo de estas décadas, ha inquirido en las distancias entre el español y el inglés, como lenguas alejadas, ha puesto en la mesa las distancias culturales entre Inglaterra y España y se ha ganado, es fácil de entender, críticas gratuitas por evidenciar esta dicotomía.

Tomás Nevinson, su reciente novela, supone varios giros de importancia. Sorprende inicialmente por su tamaño, 680 robustas aunque generalmente ágiles páginas. Implica también un giro estilístico: el exitoso deseo de Marías por alejarse de las complejas y largas frases, de los espesos párrafos y de las densidades que en su momento heredó de sus tres principales maestros, Juan Benet, William Faulkner y Josef Conrad. No se trata de que Marías haya renunciado al estilo, se trata de que lo ha alivianado, de que por el momento ha renunciado a barroquismos y mayores complicaciones. Finalmente, Marías ha logrado magistralmente una larga novela de pensamiento, una exploración —en capas— acerca de muchos de los temas que desde siempre le han sido tan caros: el secreto, la identidad, la culpa, la nostalgia del pasado, las relaciones en pareja y el transcurrir del tiempo.

Paralelamente, Tomás Nevinson es la novela más política de Marías, empeñado en reflejar la vida y los avatares del último cuarto del siglo XX, el papel del poder en las relaciones humanas; en su opinión, las bondades de los tiempos pasados (mayores niveles de tolerancia, menores niveles de crispación) y las consideraciones que vienen atadas al poder, como la delación, la extorsión, el secreto y el espionaje. Nos recuerda Claudio Magris lo siguiente: “Guardar el secreto. El secreto y su custodia son un elemento fundamental de la potencia, del poder. Uno de los grandes escritores que ha afrontado la ambigüedad del secreto, su revelación y su custodia es Javier Marías.”

Por lo menos media docena de sus novelas (Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí, Todas las almas, Negra espalda del tiempo, la trilogía de Tu rostro mañana, Berta Isla y ahora Tomás Nevinson) merecen la consagración de la historia de la literatura y la afirmación de la maestría de Javier Marías.

A breves rasgos, y sin riesgo de develar el desenlace, Tomás Nevinson narra la historia de un agente secreto bilingüe y binacional —hispano-inglés— que recibe por sorpresa una inesperada propuesta para volver a la acción. Su antiguo superior y reclutador, el siempre siniestro Bertram Tupra, lo convence de que, por razones de índole superior, es necesario encontrar a una colaboradora de grupos terroristas (IRA y ETA) con el objetivo de prevenir nuevos atentados. Tomás Nevinson, a quien ya conocemos como personaje de la anterior novela de Marías, Berta Isla, enfrenta múltiples encrucijadas, que pasan por el disyuntiva ética (anunciada en la primera línea) respecto de la posibilidad de matar una mujer, dejar su plácido trabajo en la legación inglesa de Madrid y acercarse, de ser posible, a Berta y a sus hijos en crecimiento. Para Nevinson, además, aceptar esta opaca nueva misión —no se sabe si ha sido ordenada por los servicios secretos, o si Tupra actúa por su cuenta— supone reintegrarse casi a ciegas a los vericuetos del espionaje, a las incertidumbres de los operativos de inteligencia. Nevinson parece aceptar la misión con tibieza de corazón, sabedor de los riesgos y zonas grises, pero atraído por la adrenalina.

Son tres las candidatas a ser colaboradoras terroristas; Nevinson debe conocer o, de preferencia, intimar con las tres, informar a Tupra y tomar las medidas que fueran del caso. El primer hilo de tensión está en el análisis de cuál de las tres parece ser la cómplice del terrorismo; el segundo, en que Nevinson, cuyas capacidades de espionaje han mermado por la edad, hace el trabajo no de la forma más diligente y siempre arrastrado por la culpa. Culpa de cumplir las órdenes de matar a una mujer, con información limitada y opaca. Culpa de abandonar una vez más a su familia y culpa de no saber si en realidad, al ejecutar las órdenes, previene un mal mayor.

Marías, para lograr lo anterior, ha planteado el dilema ético en una especie de prefacio de la novela: la necesidad y la posibilidad de matar a una mujer, aunque fuera por causas aparentemente justas. El inicio de «Yo fui educado a la antigua y nunca creí que me fueran a ordenar un día que matara a una mujer» engrosa la lista clásica de inicios marianos, como el «Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda» de Mañana en la batalla piensa en mí  o el «Cuando se oyó la detonación, unos minutos antes de que la niña hubiera abandonado la mesa, el padre no se levantó en seguida…» que inauguró Corazón tan blanco. Esos comienzos impactantes de Marías dan la razón a Amos Oz en su conocida teoría de que todo inicio de un relato supone también el comienzo de una relación contractual entre autor y lector, un pacto secreto de lectura futura. En Tomás Nevinson la fórmula inicial anuncia el principio del disyuntiva, los primeros pasos del conflicto, a la vez que una promesa del extenso relato de un narrador de estirpe.

Tomás Nevinson es la más extensa y la más cuestionadora del poder de las novelas de Javier Marías, porque implica una discusión sobre el papel del Estado, de la licitud del uso de la fuerza, de los venenos del fanatismo ideológico y cierta nostalgia del mundo de fines del siglo XX.

De otro lado, Tomás Nevinson supone una novela que piensa de acuerdo con la concepción de Milan Kundera. “…la reflexión novelesca, tal como la introdujeron Broch y Musil en la estética de la novela moderna, no tiene nada que ver con la de un científico o un filósofo; diría incluso que es intencionadamente afilosófica, incluso antifilosófica, es decir, ferozmente independiente de todo sistema de ideas preconcebidas; no juzga; no proclama verdades; se interroga, se sorprende, sondea…jamás abandona el círculo mágico de la vida de los personajes; se nutre y se justifica por la vida de los personajes.”  Sin discusión, estamos frente a una novela de pensamiento, cimentada en los largos soliloquios de Tomás Nevinson, a veces desdoblado en el personaje de Miguel Centurión, la identidad que usa en la inventada ciudad provinciana de Ruán en la que, por coincidencia, viven las tres candidatas. Marías, en línea de Kundera, ni sentencia ni aclara la verdad. Narra los hechos, pone la mesa y construye una novela ondulante que propone toda la gama de grises.

En este aspecto, es más una novela de deliberación que una novela de espionaje, en el sentido de que Marías, en los dilatados monólogos de Tomás Nevinson especula sobre los efectos de la marcha del tiempo (“El tiempo suprime el tiempo, o el que viene borra al que le deja sitio y se fue; el hoy no se suma al ayer, sino que lo suplanta y lo ahuyenta, y en esa esfera sin apenas memoria la continuidad difumina  qué fue antes y qué después…”).

También, como dijimos, es protagónico el papel del peso de la culpa, en el caso de Nevinson guiado por la imposibilidad de haber formado una pareja, digamos, tradicional, de haber erosionado la relación con sus hijos y de haber asumido una misión secreta y opaca que podría implicar la muerte de una persona, en principio, para evitar algo peor, como un atentado terrorista. Nevinson, en relación con lo anterior es un agente secreto que envejece, que madura a medida que procura cumplir con su extraño encargo, que se decepciona del sistema y que experimenta repetidos remordimientos («No quise recordar el pasado, porque sí, yo había sido como él decía, y sí, me había tornado escrupuloso en mis años de remembranza, de inactividad y estupor».) Nevinson peina canas, se muestra inseguro. Duda y reconsidera sus pasos.

Tomás Nevinson es la más extensa y la más cuestionadora del poder de las novelas de Javier Marías, porque implica una discusión sobre el papel del Estado, de la licitud del uso de la fuerza, de los venenos del fanatismo ideológico y cierta nostalgia del mundo de fines del siglo XX que, en criterio de Marías era menos cruel, más bipolar y menos absurdo que el presente: «… son tiempos que juzgan y condenan los pensamientos, las intenciones y las tentaciones, los del siglo pasado no eran tan histéricos ni autoritarios».  Es también una novela abundante y rica en la cual Marías tiende puentes con los temas que siempre le han sido tan preciados, la pesquisa sobre los entresijos del idioma, la relatividad de la identidad, la captura de los tiempos y el poder de la incógnita.

GALERÍA
La negra espalda de Tomás Nevinson
 


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