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10 de Mayo del 2021
Historias
Lectura: 22 minutos
10 de Mayo del 2021
Pocho Álvarez

Cineasta.

Salto en corte: dislexias cinematográficas de equinoccio
1
¿Qué se busca con estos posicionamientos frente al poder?: ¿Una hegemonía como colectivo? ¿Una sola visión en sociedad con el poder? ¿Una sola línea editorial para el “crecimiento” cinematográfico a partir de la cercanía con el quehacer del gobierno de turno?


En estos días ha circulado en redes una carta de la COPAE al presidente electo Guillermo Lasso en su “despacho virtual”, felicitándole y manifestándole su voluntad expresa de trabajar con él y su gobierno, para convertir al Ecuador “durante su mandato”, en destino de producción cinematográfica, hacer del cine una industria de exportación para generar empleo e ingreso de capitales. 

Anteriormente, antes de la segunda vuelta, circuló un colorido escrito, “El Audiovisual Ecuatoriano ante las Elecciones”, un gráfico de quejas –ignoró, minimizó, fusionó, saboteó, impuso, desmanteló– del gobierno que se va y de demandas –garantice, defienda, sancione, recupere, proteja, asegure– al gobierno que viene, suscrito por las colectivas y colectivos de cineastas, como estilan hoy decir, la ACAPANA-CAM-ADG-ADEC-COOP DOCS-GALA-APAE-AETC.

Dos comunicaciones, dos visiones, la una en colectiva y la otra en solitario, dos posturas distintas respecto de la construcción de un mismo quehacer que no conjuga unidad, pero que comparten el mismo lecho.

Somos un plural de espaldas antes que de rostros

A más del tema, la coyuntura y las espaldas, ambas posturas comparten un mismo pedido y una misma devoción, le apuestan al poder como el espacio de gestión que resuelve los problemas.

Es que el poder ejerce una evidente seducción sobre el reflexionar, razonar y corazonar de estos colectivos. Por ello, para ese plural, la preocupación mayor es el cómo ¿Cómo nos acercamos al nuevo poder? El viejo poder, el correatomoreno con el cual cabildeamos para la Ley de Cultura, la creación del ICCA, la extinción de la Ley de Cine y del Consejo Nacional de Cine y la gestación del Decreto Fusión y nacimiento del IFCI ya es un ayer. Ahora hay un nuevo poder y hay que apostarle al nuevo gobierno. El problema es encontrar la vía más corta y efectiva, para estar casi en el poder, y en esa competencia de iniciativas que buscan cercanía se ensayan todas las propuestas, desde manifiestos de queja-reclamo, hasta misivas en tono de idilio.

Esto explica, a mi erosionada capacidad de entender la conducta colectiva de las y los cineastas, el por qué el abandono al nosotros, el por qué la prioridad al poder, el por qué no somos el cuerpo plural que desde adentro buscamos ser.

Eso explica la ausencia de comunicación, una carta, convocatoria o reflexión de diálogo sobre el uno mismo colectivo que habitamos y nos habita. Eso explica la diáspora de organizaciones en el cine ecuatoriano, más de diez, y el vacío que significa ese estado plural y su dinámica como nosotros. Eso explica la extinción de la ASOCINE y el abandono de su legado material, una casa y su memoria que a nadie interesa y que ahora habitada por fantasmas es testigo silenciosa de nuestra incapacidad de urdimbre. Somos un colectivo sin salud, su precaria existencia y debilidad, su silencio de pausa y la limitada capacidad de diálogo y de abrazo, se explica por su devoción al poder. El nosotros es un pretexto, una retórica vacía para pescar incautos. Interesa como premisa la promoción del dialogo con los gobernantes y no con el uno mismo colectivo que es raíz.

“Mana hamutani”

No logro entender al comunicado de las ocho organizaciones que suscriben ese petitorio del audiovisual ecuatoriano, nacido de una auto contemplación llamada queja, y me sorprende la carta en soledad de la COPAE, casi un monólogo en el espejo, su ambigüedad de espíritu tan similar a la que un año atrás enviaron al Ministerio de Cultura, “objetando” el decreto fusión y al mismo tiempo sumisamente poniéndose a la orden para “aportar con su experiencia” en la construcción de la nueva institucionalidad que ahora buscan rescatarla.

Me pregunto ¿Qué se busca con estos posicionamientos frente al poder, una hegemonía como colectivo? ¿Una sola visión en sociedad con el poder? ¿Una sola línea editorial para el “crecimiento” cinematográfico a partir de la cercanía con el quehacer del gobierno de turno?

¿Implantar en tiempo pandemia y corrupción, de crisis económica y de distanciamiento, la “industria cultural”, la llamada economía naranja, como alternativa única para la cultura y el arte? ¿Dejar que arte y cultura sean adorno y espectáculo funcional al poder? Hecho que de alguna manera lo vivimos en el correatomoreno o, ¿El arte como radiografía de lo que somos como nosotros, un desafío que tenemos y que nos cuesta comprender?

El súbito despertar #no se detiene 

Lo más distante al creador, al arte y al artista son los apetitos del poder. Lo más cercano a la acumulación de capital y sus mafias es el poder.

Hace un año ya, el gobierno Moreno atropello la constitución con el decreto 1039 de mayo 2020. Más allá de este quebrantamiento a una Ley Orgánica y a la Constitución, lo cual es grave, el decreto fue un descalabro para la institucionalidad pública de la cultura en la mitad de la tierra y para la precaria unidad de las organizaciones que agrupan el quehacer cinematográfico del Ecuador (productores, directores, guionistas, documentalistas, mujeres, “pueblos originarios”, técnicos, etc. etc.) perdieron compás y perspectiva, visión de sí mismos y su papel frente al mañana. Fue lo que los geógrafos llaman un “divortium aquarum”, una división, un extravío.

La COPAE “objetó colaborando”, dio un paso al costado y se sumió en silencio. Las demás organizaciones se opusieron en indignación virtual y circularon comunicados en tono protesta, inclusive organizaron un encuentro virtual en la redes, El llamado  “Diálogo abierto con la Institucionalidad Cultural”, https://www.facebook.com/watch/live/?v=1049437682180784&ref=watch_permalink organizado por la colectiva CAM. En ese espacio, advirtieron al Ministro de Cultura de ese entonces, con una demanda a la Corte Constitucional por inconstitucionalidad del llamado Decreto Fusión, un hecho que hasta ahora, un año después, no ha ocurrido. Más pudo el confort de la normalidad del flujo de los fondos concursables que la indignación inicial.

Así, paulatinamente el alboroto fue pasando y el silencio fue conducta, aún después de la crisis institucional en la nueva arquitectura pública para la cultura, originada por la temprana renuncia del cineasta-productor, arquitecto, constructor del IFCI y primer director, cargo que también lo ejerció en el extinto ICCA como director fundador y sepulturero. (Caso único de un funcionario público, como para publicar en “Aunque Usted no lo crea” de Ripley).

La catarsis

Todos estos hechos, a los cineastas y sus organizaciones les dejaron sin voz, y como relato de los hermanos Grimm, el silencio sordo –que no se detuvo– les llevo a una abulia profunda donde la voz se durmió por casi un año, hasta que un día de abril el beso del “Príncipe Coyuntura Electoral” rompió el encantamiento y desde entonces #no se detiene.

Las dos posturas sobre el mismo tema tienen dos caminos. Por un lado, la COPAE le apuesta a una práctica individual, clientelar, cortesana y excluyente, que no construye colectivo, ni unidad, pero que lleva al abrigo del poder a ejercer influencia y capacidad de maniobra.

Por otro, las colectivas CAM-ACAPANA-ADG-ADEC-COOP DOCS-GALA-APAE-AETC, después de su manifiesto frente a las elecciones, en una suerte de minga, aseguran presentarán en las próximas semanas, a la Corte Constitucional, la demanda de inconstitucionalidad del Decreto 1039, una redacción de telenovela y drama que ha demorado, solamente doce meses y algunos días.

De esta forma en una suerte de rectificación tardía al silencio, dejadez y acomodo, a la hipoteca de los principios, aprovechando la nueva coyuntura política, ambas posturas buscan, en una carrera similar a la de la liebre y la tortuga, limpiar un rastro poco grato para la historia del cine ecuatoriano. Los solitarios COPAE en flirteo con el nuevo poder, corren por la derogatoria, desde el ejecutivo, y las otras colectivas/os, en una minga plural, corren -no sé si tardíamente- por la demanda de inconstitucionalidad. En esta suerte de competencia, no interesa, ni interesó consolidar una agenda común, un nosotros de lucha, una propuesta que construya consenso y unidad.

Caminando en retro

La reflexión serena sobre el proceso vivido, el marco jurídico y sus limitaciones, la implementación de la nueva institucional sus lecciones y experiencias, el impacto de los fondos concursables y sus consecuencias en la construcción y quehacer del cine en la mitad de la tierra no tienen cabida en este despertar.

Recuperar, más allá de las diferencias, la anterior institucionalidad, el “eficiente” ICCA y el “fracasado” IFAIC, es el objetivo que unifica a los cineastas. Una recuperación sin beneficio de inventario, acrítica y sin memoria, un regreso que omite en el recuento de la memoria, la eliminación de la Ley de Cine, su impacto y lo que significó el nuevo marco legal, la Ley de Cultura en vigencia desde hace cuatro años y algo más.

En ese sentido y para caminar hacia adelante, se vuelve imperativo, reflexionar y analizar críticamente el camino hecho como un nosotros inmerso en un marco institucional de política pública para la cultura y el arte en el Ecuador, el Ministerio de Cultura y la Ley de Cultura, el llamado Sistema Nacional de Cultura, el IFCI, antes ICCA e IFAIC, la CCE y los subsistemas, Creatividad y Memoria, en los cuales la Cinemateca Nacional no existe. La cooptación y centralización, la “rectoría” del quehacer cultural en el Ecuador desde el Ministerio de Cultura.

El RUAC como identidad de los llamados gestores culturales. Una disposición que consagra discriminación y exclusión. [Ser “ciudadano cultural”, “beneficiario” de la política pública para las artes y la cultura en Ecuador, significa ser parte del RUAC].

¿Hasta cuándo?

Catorce años de Ministerio de Cultura, catorce ministros. Resultado, un escenario en crisis, no solo por la pobre gestión de una novelería pública, la cartera de cultura, creada como ofrecimiento electoral sin estudio ni consideración respecto de la historia y la institucionalidad pública existente. Un escabroso proceso social que significo una década, más de cabildeos que de análisis sereno y responsable para tener un marco legal que respalde su accionar. Un empezar a caminar con ley en caída de más de cuatro años, cuatro ministros y la presencia de una dirección de tres cabezas como planificación, rectoría y ejecución.

  1. La Dirección de Gestión Cultural de la Presidencia de la República y su programa “Arte para Todos” hoy llamado “Arte en el aula” ejecutado con fondos del IFCI en convenio con la CCE desde el despacho mismo del último ministro de cultura del correatomoreno (con un presupuesto similar a la cartera de cultura).
  2. El Ministerio de Cultura y Patrimonio con su programa. emblema “Ecuador creativo” y su propuesta naranja, de industrias creativas y medidas fiscales como política pública (IVA 0% a servicios artísticos y culturales, devolución del 50% del IVA a productores audiovisuales, y la deducción del impuesto a la renta hasta un 150%, crédito “Impulso Cultura”, exención de tributos al comercio exterior de bienes para uso artístico y cultural , importados por personas naturales o jurídicas inscritas en el RUAC), junto al polémico programa “#desde mi casa” respuesta a la pandemia.
  3. La Casa de la Cultura Ecuatoriana, como un limbo naftalina ejecutor de contradicciones y disputas en su quehacer por los bienes patrimoniales de la “Matriz” frente al inaugurado “Núcleo de Pichincha”. Una confusa e interesada interpretación de la ley, el reglamento y el reparto administrativo, no solo de bienes sino también de los recursos para los núcleos a partir del presupuesto, el manejo y ejecución del programa “Arte para todos”, hoy “Arte en el aula”. Un espacio clientelar, anclado en el ayer, cooptado por argollas gerontocrática en repitencia, enancadas en puestos directivos reactivos a cualquier cambio, en especial el de las nuevas generaciones, llamadas “fuerzas obscuras”, por quienes se resisten a dejar el poder en esa institución.

En este andar de infancia implementando la ley, cuatro años y algo más, no se ha logrado conformar, peor aún consolidar, el llamado Sistema Nacional de Cultura, ni siquiera se ha reformado el pésimo Reglamento a la Ley Orgánica, realizado al apuro y contra reloj –en las postrimerías del gobierno de Correa– por el entonces Ministro de Cultura y Patrimonio encargado, Andrés Arauz, candidato perdedor a la presidencia de la república.

Reingeniería por lo menos

Es tiempo de iniciar una reingeniería del marco legal y la institucionalidad pública de la cultura y de sus instituciones de gestión. Es hora de que la cultura como concepto incorpore en el Ecuador la tierra y el ambiente, el ser biótico, su valor espiritual y la defensa del territorio y su naturaleza como la matriz que sostiene nutre y alimenta al ser cultural y sus imaginarios únicos y diversos, expresión de nuestra riqueza humana. Debemos incorporar al marco de la ley el concepto de los pueblos originarios su lectura humanidad, su memoria y concepción del otro. Debemos proteger su oralidad y su visión respecto del otro que es uno mismo.

Debemos construir un marco jurídico para el quehacer artístico, amplio, holístico descentralizado y autónomo que facilite la independencia de gestión, la capacidad de planificación, decisión y ejecución de las iniciativas locales. Alentar la vigencia de las tradiciones, la sonoridad y la lectura, los espacios donde se cultiva la música, la memoria viva y la memoria escrita, los libros, y los instrumentos musicales propios, las orquestas sinfónicas, los museos, bibliotecas, la iniciativa artística en diversidad. Nunca más una OSNE sirviendo de telón de fondo, amenizando, la vanidad de Carondelet.

Cabe preguntarnos ¿Sirve el Ministerio de Cultura para este propósito? ¿Hace sentido su presencia para el arte y la cultura en el Ecuador?  A más de entregar recursos en los fondos concursables, disponer de un presupuesto próximo a los 20 millones de dólares y ser la meca para la vanidad de algunos intelectuales y artistas ¿Cuál ha sido su aporte real en estos catorce años de funcionamiento? Esa pregunta nos lleva como respuesta al reto que tenemos por delante, cambiar esa institucionalidad, su concepto y su arquitectura.

Cultura y Arte no deben ser considerados parte del espectáculo de propaganda y promoción del gobierno. Por lo tanto, urge cuestionar al menos, esa dualidad institucional poco eficiente como rectoría y quehacer en la cultura y el arte, el Ministerio de Cultura y la Casa de la Cultura, dos membretes que son tropiezo.

Es hora de que los artistas, los cineastas e intelectuales, pensemos como un plural incluyente que puede y debe conciliar sus pasos para ser visión y acción de perspectiva.

Consolidar el diálogo como nosotros

Para ello hay que llamar y convocar a los que no están, a los distantes y están ariscos, acercarlos para construir en diferencia, de frente y de cara al mañana el consenso de futuro que queremos construir como plural.

Debemos dejar el confort de ceder al poder, a los amigos y “artistas en funciones públicas”, la iniciativa, la creatividad de lo que somos, queremos y podemos ser. Es hora de no dejarnos seducir por la melodía del gobierno y los cantautores de turno, le había dicho meses atrás a una querida compañera, colega de sueños. Debemos sostener y apoyar desde lo público las iniciativas comunitarias que dan respuesta a los nuevos escenarios y modalidades de difusión y distribución del cine y el audiovisual. Impulsar las plataformas virtuales existentes. Crear, aunque sea de una forma virtual, lo que nunca tuvo el cine ecuatoriano como iniciativa pública, la sala de estreno.

Empujar el proceso de autonomía de la memoria audiovisual del Ecuador. La Cinemateca Nacional no es de la Casa de la Cultura, ni de la Presidencia de la CCE, es del Ecuador y del cine ecuatoriano que lo alimenta. Por lo tanto, no puede, ni debe estar sujeta a los intereses personales de la autoridad de turno. Debe tener, al igual que la Biblioteca Nacional, independencia de planificación y gestión, autonomía financiera, capacidad de autogestión y decisión propia. Debemos pensar que el cine, más allá de la coyuntura política y de los siempre escasos fondos del estado, es una economía en proceso que genera, nutre y despierta creatividad artística económica y de realización humana. Es una actividad suscitadora como archivo, memoria o diario de rodaje y estreno que alimenta.

Es momento de salir del silencio y la exclusión que hemos construido al amparo de la Ley Orgánica de Cultura, para muchos el nirvana, el espacio perfecto e intocable de la política pública. Debemos ser críticos con la perfecta institución, con el pasado al cual queremos regresar, el ICCA y su experiencia de los fondos concursables como única fuente de financiamiento desde lo público. Debemos preguntarnos ¿Qué dinámicas (de)generó en los actores culturales, en los cineastas y sus conductas?, los carruseles, las sagas temáticas las repeticiones y las vivezas criollas ¿Cuál ha sido el impacto de la entrega anual de fondos durante catorce años en la construcción de la actividad, en el quehacer de obras e iniciativas artísticas, cinematográficas y culturales del país, en la creación de públicos propios y en la llamada conducta de los actores culturales?

Volver, volver, volver

En esta realidad de dos posturas que no concilian, la COPAE y el resto, o la soledad y el colectivo, lo que está detrás es la concepción del cine como política pública y su quehacer desde lo público y eso es lo que debemos discutir a fondo y de manera frontal mirando la perspectiva, buscando el nosotros como raíz que sostiene y permite crear y crecer en una sociedad compleja, excluyente, racista y corrupta, diversa y multicultural, 

Si la pandemia nos devela la normalidad de una civilidad en crisis, si nos señala que el problema es esa normalidad, debemos hacer una pausa y reflexionar que nuestras distancias y exclusiones son el problema y que la unidad y creatividad será la clave para sostener la lucha y el cambio. En consecuencia, debemos interiorizar el nosotros como perspectiva, como cimiento de un mañana y no el compadrazgo político de la coyuntura. Somos los únicos que debemos y podemos construimos hacia adentro, no como pronombre plural, sino como sustantivo. La oportunidad de cambio, de reorganización del espacio público de la cultura y el arte, somos nosotros y los otros nosotros que habitamos y nos habitan.

Regresar a la normalidad es el problema del mundo, han señalado varios pensadores y filósofos a propósito de las circunstancias de crisis y muerte que rodean y nos agobian como sociedades o colectivos.

En nuestro caso, regresar al ayer del correatomoreno en la cultura, al ICCA y esa normalidad, es el problema. Pudimos luchar contra esa erosión regresiva de nuestros derechos que sepultó la ley de cine y el derecho a nuestro propio espacio y sueños, sin embargo no lo hicimos. La oportunidad pasó.

¿Qué hacer?

Hacia atrás ni para tomar impulso, dice un sabio y antiguo adagio popular. Los cineastas y sus organizaciones tenemos la palabra hacia el nosotros en este Lasso coyuntural que nos habitará los próximos cuatro años. Por lo tanto, es imperativo tejer hacia adentro una renovación, un cambio, alma adentro.

 

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