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11 de Diciembre del 2023
Historias
Lectura: 20 minutos
11 de Diciembre del 2023
Julio Oleas-Montalvo
El «Nobel de economía» y la revancha de la economía neoclásica (1)
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Paul Samuelson: El judío que ganó el Nobel de economía en 1970.

 

Los detractores de Alfred Nobel lo llamaban «mercader de la muerte». En realidad fue un hombre que combinó su inventiva y conocimientos con la visión de un singular empresario también interesado en la literatura, en la paz y en la beneficencia.


La única prueba satisfactoria de una teoría económica es su capacidad predictiva

Lawrence Klein (economista)


El progreso de la ciencia es el resultado de las derrotas de los defensores de paradigmas estancados en el tiempo frente a los promotores de renovadoras metodologías que generan nuevo conocimiento. La más conocida ocurrió en el siglo XVI entre copernicanos y ptolomeicos, en torno a la estructura del universo: la Iglesia Católica respaldó el modelo desarrollado en el Almagesto de Ptolomeo, el texto estándar de astronomía desde el siglo II d. C., hasta que Nicolás Copérnico presentó en mayo de 1543 su texto Sobre las revoluciones de las esferas celestes. Pero el cambio de modelo, del geocéntrico al heliocéntrico, no fue inmediato. Por su parte, el papado tardó varios siglos en reconocer la injusta persecución a Galileo Galilei acusado de apoyar la herejía copernicana.

También la tecnología y sus efectos –el peso de la realidad, si se prefiere– obliga a abandonar unos conocimientos para asumir otros. Esto suele ocurrir de manera imperceptible, durante mucho tiempo, lo que plantea varias preguntas: Qué antecede a qué: la realidad al conocimiento, ¿o este a la realidad? Cuando la ciencia explica la realidad, esta lo antecede; cuando predice algo, sucede lo contrario. Explicar y predecir son los dos objetivos del conocimiento científico. Entre realidad y conocimiento existe una correspondencia biunívoca, relativamente independiente. Pero ¿qué ocurre cuando la realidad cambia y el conocimiento permanece estancado?

Este sería el caso de varias disciplinas científicas surgidas en el siglo XIX, insuficientes para explicar la realidad del siglo XXI, e incapaces de predecir –desde cada uno de sus compartimientos estancos– las consecuencias de las actividades humanas en la era del Antropoceno.

Este ensayo explora cómo, en la segunda mitad del siglo XX, una escuela de pensamiento económico nacida en el siglo XIX, la economía neoclásica (EN), recuperó su condición de paradigma dominante. Luego se indagará las consecuencias del triunfo de la EN.

La herencia del magnate de los explosivos

Un ferrocarril avanzando hacia el horizonte del progreso bien podría representar la historia del siglo XIX. Inglaterra inauguró el primer tren en 1825, tenía 17 km y comunicaba el puerto de Stockton con la ciudad industrial de Darlington. La expansión de los ferrocarriles se aceleró en la segunda mitad de ese siglo gracias, entre otras cosas, a la dinamita. Para 1890 los rieles instalados en todo el mundo recorrían más de 1,5 millones de km.

La dinamita fue inventada por Alfred Nobel en 1866. Era más potente que la pólvora y menos peligrosa de manipular que la nitroglicerina. Un año después, la patentó en Inglaterra y Noruega. A lo largo de su vida Nobel estableció 90 fábricas, en más de 20 países (https://bit.ly/46g0GXl). Elaboraba municiones y otros explosivos de uso militar. Cuando murió, sin descendencia, tenía 355 patentes a su nombre. Sus detractores lo llamaban «mercader de la muerte»; en realidad fue un hombre que combinó su inventiva y conocimientos con la visión de un singular empresario también interesado en la literatura, en la paz y en la beneficencia.

La dinamita fue inventada por Alfred Nobel en 1866. Era más potente que la pólvora y menos peligrosa de manipular que la nitroglicerina. Un año después, la patentó en Inglaterra y Noruega.

Cuando la ciencia explica la realidad, esta lo antecede; cuando predice algo, sucede lo contrario. Explicar y predecir son los dos objetivos del conocimiento científico. Entre realidad y conocimiento existe una correspondencia biunívoca, relativamente independiente. Pero ¿qué ocurre cuando la realidad cambia y el conocimiento permanece estancado?

En su testamento dispuso que su dinero sea usado para premiar a físicos, químicos, fisiólogos o médicos que durante el año previo «hayan otorgado el mayor beneficio a la humanidad»; al escritor que haya producido la obra literaria «de tendencia idealista» más destacada; y a la persona que haya conseguido «el más grande o mejor trabajo para lograr la fraternidad entre las naciones…». Ordenó que los físicos y químicos fueran nominados por la Academia Sueca de Ciencias, los fisiólogos o médicos por el Instituto Karolinska, los literatos por la Academia de Estocolmo y los promotores de la paz por un jurado de cinco personas elegidas por el parlamento noruego. En junio de 1900 se estableció la Fundación Nobel y, desde entonces, ha premiado a 864 personas y a 22 organizaciones.

En la década de 1930 Hitler prohibió aceptar sus nominaciones a los químicos Richard Kuhn, Adolf Butenandt, y al médico Gerhard Domagk. En 1954 Linus Pauling no aceptó su nominación al Nobel de Química en protesta contra la política nuclear de Estados Unidos. Pauling fue premiado con el Nobel de la Paz ocho años más tarde. En 1965 el médico estadunidense Richard Feynman también renunció a su nominación porque creía que el premio debía ser compartido con su colega Julian Schwinger;

Solo 7% de los galardones han sido otorgados a mujeres.

El Nobel de literatura registra siete rechazos. En 1968 Yasunari Kawavata rehusó recibirlo, como protesta por la política externa de Japón en detrimento de Corea. En 1970 Alexander Solzhenitsin aprovechó su nominación para denunciar la situación política de la Unión Soviética. Boris Pasternak no pudo recibirlo en 1958, presionado por el gobierno soviético. En 1973 Henry Kissinger, el secretario de Estado de los presidentes Richard Nixon y Gerald Ford, fue nominado al premio Nobel de la Paz, pero no asistió a la ceremonia, argumentando que no podía aceptarlo por provenir de un comité que también había premiado a Mao Zedong. 

El Nobel de literatura registra siete rechazos. En 1968 Yasunari Kawavata rehusó recibirlo, como protesta por la política externa de Japón en detrimento de Corea. En 1970 Alexander Solzhenitsin aprovechó su nominación para denunciar la situación política de la Unión Soviética. Boris Pasternak no pudo recibirlo en 1958, presionado por el gobierno soviético.

A pesar de estos entuertos, luego de un siglo la Fundación Nobel ya era la más prestigiosa ONG en ese ámbito. Sus galardonados se convierten en celebridades del mundo científico cuyos nombres se asocian a importantes avances: físicos como Albert Einstein (teoría de la relatividad), Niels Bohr (teoría del átomo) o Werner Heisenberg (principio de incertidumbre); químicos como William Ramsey (gases nobles), Marie Curie (elementos radiactivos) o Ada Yonath (estructura del ribosoma); médicos como Alexander Fleming (penicilina), John Macleod (insulina) o Salvador Luria (replicación del ADN).

Albert Einstein, el físico teórico más influyente de la modernidad, nació en Alemania en 1879.

El mecenazgo de Alfred Nobel solo alcanzó a una parte de la realidad: la estudiada por las ciencias relativas a la materia inerte –física y química– y a la materia viva –fisiología y medicina—. Siempre estuvo interesado en la literatura (él mismo escribió poesía) y su empatía con la baronesa Bertha Sophie Felicita von Suttner (premio Nobel de la Paz en 1905) le persuadió a incluir en su voluntad testamentaria a los promotores de la paz. Pero no dejó galardones para las ciencias sociales, las ciencias de la mente, todas las ciencias formales (matemáticas, lógica, estadística, econometría, ciencias actuariales, etc.) y la filosofía.  

El Nobel que no es, pero que se le parece…

Cada octubre –desde 1969– académicos y políticos del mundo entero esperan la nominación del «Nobel de Economía». En la actualidad ningún físico, químico, fisiólogo o escritor puede competir con el despliegue mediático otorgado al economista premiado. Se trata en verdad del «Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel», pues la economía nunca estuvo en el radar del químico sueco.

Al cumplirse 300 años de fundación del Sveriges Riskbank (el banco central sueco), el economista Assar Lindbeck aconsejó al gobernador Per Asbrink establecer un premio en memoria de Alfred Nobel. El gobierno sueco lo aprobó y los directivos del Banco de Suecia crearon su propia fundación. La Real Academia Sueca de Ciencias nomina a los galardonados mediante un proceso de selección similar al de los premios Nobel de Física y Química; la recompensa monetaria es equivalente (https://bit.ly/3R4ZAsM), y es entregado por el Rey de Suecia en una ceremonia espectacular, como si fuera un auténtico Nobel.

No son pocos quienes afirman que esta iniciativa fue una «artimaña» publicitaria, a pesar de la oposición de los descendientes del inventor de la dinamita (https://bit.ly/3RbCpNT). En 2001, el año del centenario de los premios, cuatro miembros de la familia Nobel publicaron una carta en el Svenska Dagbladet argumentando que el premio de Economía degrada y desvaloriza a los verdaderos Nobel. En 2004, tres prominentes científicos suecos miembros del comité Nobel insistieron en que ese premio «disminuye el valor de los otros premios Nobel» (https://bit.ly/3RbCpNT). Según ellos, los logros de la mayoría de los economistas ganadores son tan abstractos y desconectados del mundo real que carecen por completo de sentido. Al comentar sobre este tema, en un ensayo publicado en Nature (v.455, 30/10/2008), el jefe de investigación de Capital Fund Management y profesor de física de la École Politechnique Jean Philippe Bouchard, afirma que, comparado con la física, «…parece justo decir que el éxito […] de las ciencias económicas ha sido decepcionante. Los cohetes vuelan a la luna; se extrae energía de cambios insignificantes en la masa atómica. ¿Cuál es el logro insignia de la economía? Solo su recurrente inutilidad para predecir y evitar las crisis…».

Eran años de disputa entre keynesianos y neoclásicos. En consecuencia, era necesario controlar quiénes serían galardonados. Lindbeck, el ideólogo del premio, presidió el comité nominador durante varios años.

«El premio de economía […] es un golpe de relaciones públicas de los economistas para mejorar su reputación», declaró en 2005 Peter Nobel, sobrino biznieto de Alfred (https://bit.ly/47ibQvG). Pero las artimañas publicitarias siempre tienen un propósito. En la década de 1960 los banqueros y empresarios suecos comenzaron a presionar para liberar los mercados. Querían relajar el control del Banco de Suecia, pero la ciudadanía creía que se trataba de un intento de transferir «el control sobre los asuntos económicos de un gobierno elegido democráticamente y ponerlo en manos de los intereses de las grandes empresas […] sin la molesta interferencia de los sindicatos, votantes y funcionarios electos» (https://bit.ly/3RbCpNT). Para respaldar ese objetivo, el banco necesitaba difundir que su credibilidad no se basaba en el apoyo político, sino en la ciencia, explica el historiador económico Philip Mirowski. Para el Banco de Suecia, el premio ratificaba la supuesta eficiencia científica que tendría una entidad liberada de controles políticos y de intromisiones keynesianas en los negocios privados.

Eran años de disputa entre keynesianos y neoclásicos. En consecuencia, era necesario controlar quiénes serían galardonados. Lindbeck, el ideólogo del premio, presidió el comité nominador durante varios años. En alguna ocasión había dicho que la regulación del mercado inmobiliario era la manera más eficiente de destruir una ciudad, salvo por los bombardeos (https://bit.ly/3RbCpNT).

Los primeros premios fueron entregados a académicos de la talla de Paul Samuelson, John Hicks o Wassily Leontief. En 1974 fue nominado el austriaco Fredrick Hayek, acérrimo crítico del keynesianismo. Angus Deaton –otro premiado por el Banco de Suecia en 2015 comenta que, si en la década de 1970 le hubieran preguntado por Hayek, habría respondido que «probablemente estaría muerto», y que «su premio Nobel lo resucitó intelectualmente […] y lo hizo famoso, dándole a su trabajo renovada influencia…» (Economics in America, Princeton University Press, 2023). Para los «austriacos», desde Karl Menger en el siglo XIX hasta el ideólogo del anarcocapitalismo Murray Rothbard en el siglo XXI, la economía deriva de la lógica y solo se puede conseguir teorías económicas sólidas a partir de principios lógicos fundamentales (https://bit.ly/3G6azw3). La observación de la realidad no sería necesaria por lo que, a partir de razonamientos perfectamente lógicos, proponen abolir el estado en favor de la libertad individual, la propiedad privada y el libre mercado.

Milton Friedman, famoso economista monetarista, recibió el premio dos años más tarde, en 1976. Era colega de Hayek en la Universidad de Chicago y, aunque con diferentes fundamentos teóricos, ambos apoyaban firmemente la independencia política de los bancos centrales. Los directivos del Banco de Suecia no podían pedir mejores pregoneros (https://bit.ly/3RbCpNT).

De la crisis del keynesianismo al triunfo de la economía neoclásica

En la década de 1960 los herederos de la tradición neoclásica iniciada en la segunda mitad del siglo XIX por W.S. Jevons, L. Walras, A. Marshall y W. Pareto comenzaron a cuestionar la pertinencia científica y el dominio intelectual de la economía y de la política económica ejercido por el keynesianismo. Cuando se entregó por primera vez el premio «en memoria de Alfred Nobel» (1969) la relación entre la tasa de desempleo y la tasa de crecimiento de los salarios nominales (la curva de Phillips) daba señales de agotamiento, y comenzaba una nueva etapa de crisis del pensamiento económico.

Hayek tuvo gran influencia sobre Margaret Thatcher, primera ministra británica entre 1979 y 1990. Friedman fue asesor económico de Ronald Reagan, presidente de EE. UU. entre 1981 y 1989, y monitoreó el experimento de los Chicago Boys en Chile, durante la dictadura cívico-militar de Pinochet. Para dar cuenta del estado de bienestar montado luego de la segunda guerra mundial sobre fundamentos keynesianos, Thatcher y Reagan se inspiraron en las ideas de estos dos galardonados. En esos años, de «ciencia extraordinaria», como diría el filósofo de la ciencia Thomas Kuhn, apareció, junto a los prestigiosos premios Nobel, el premio del Banco de Suecia, para catalizar la revolución científica consagratoria de la EN como el paradigma dominante durante el auge de la ola de globalización de fines del siglo XX.

Hayek tuvo gran influencia sobre Margaret Thatcher, primera ministra británica entre 1979 y 1990. Friedman fue asesor económico de Ronald Reagan, presidente de EE. UU. entre 1981 y 1989, y monitoreó el experimento de los Chicago Boys en Chile, durante la dictadura cívico-militar de Pinochet.

El premio del Banco de Suecia ha sido recibido por 94 economistas; dos tercios son ciudadanos norteamericanos. Solo tres mujeres han sido nominadas: en 2009 Elionor Ostrom, en 2023 Claudia Goldin y en 2019 Esther Duflo (junto a Abhijit Banerje y Michael Kremer). Casi la mitad de todos los premios se han concedido a especialistas en microeconomía, teoría monetaria y financiera, mercados y subastas (ver gráfico). Especialistas en macroeconomía y teoría del equilibrio general han recibido el 14% de todos los premios y otro 12% han sido expertos en métodos cuantitativos.

Al gratificar casi exclusivamente a cultores de la EN, el premio del Banco de Suecia contribuyó de manera significativa a redefinir la metodología y las herramientas empleadas por los economistas, trazando los parámetros fundamentales de la disciplina: (i) Enfoque atomístico del mundo para entender la realidad económica a partir de las decisiones de los individuos; (ii) Los agentes económicos (los individuos) siempre tratan de optimizar algún objetivo, es decir, hacer el mejor o más efectivo uso de un recurso o de una situación; y (iii) Los agentes económicos ajustan su comportamiento hasta que, basados en su juicio individual,  alcanzan el resultado considerado por cada uno como óptimo, y ya no encuentran motivo para alterar su comportamiento, lo que produce un equilibro estable.

Casi 30 años más tarde, al final de la primera década del siglo XXI, a David Romer, de la Universidad de California en Berkeley, le parecía evidente que la Academia Sueca había excluido sistemáticamente a los economistas situados en los márgenes ideológicos de la corriente principal del pensamiento económico –cuyo núcleo teórico es la EN. En la práctica, el comité del premio decidió qué es «buena Economía» y qué no lo es y, en consecuencia, también decidió que la mayor parte de investigaciones importantes en esta disciplina –si no todas– han sido ejecutadas por economistas de esa corriente de pensamiento económico, comenta Romer (https://bit.ly/3R4ZAsM).

Esta visión general de la economía se complementó admirablemente con la actividad normalizadora cumplida al otro lado del Atlántico desde fines del siglo XIX por la American Economic Association (AEA) mediante sus publicaciones (en especial American Economic Review y Journal of Economic Literature). Esta actividad delimitó la «matriz disciplinaria» del remozado paradigma, que define cuáles son los problemas de investigación, cómo investigarlos y cuáles serían los resultados esperados. No es coincidencia que 25 de los 62 economistas norteamericanos laureados con el premio del Banco de Suecia también hayan sido presidentes de la AEA.

Todo esto constituye un «colegio invisible», en el que solo habitan los cultores de la EN y la doctrina que la fundamenta. El resto, desplazados a los márgenes de la corriente principal, como Raúl Prebisch, Joan Robinson, Theotonio Dos Santos, Piero Sraffa, Manfred Max-Neef, Michel Kalecki, Herman Daly, Samir Amin, Arghiri Emanuel, Nicholas Georgescu-Roegen, Robert Costanza, Joan Martínez-Alier, Steve Keen, Anwar Sheikh y un largo etcétera, son los heterodoxos, nunca habitaron ese colegio invisible, o fueron expulsados de él y, en consecuencia, nunca recibieron, ni recibirán, el premio del Banco de Suecia.

GALERÍA
El «Nobel de economía» y la revancha de la economía neoclásica (1)
 


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