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18 de Enero del 2024
Historias
Lectura: 29 minutos
18 de Enero del 2024
Julio Oleas-Montalvo
Ciencia e incertidumbre: del progreso al colapso de la civilización del capital
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Foto referencial: Owen Barker / Pexels

 

Ni la ciencia positiva ni el interés compuesto han redimido a la humanidad, según auguró hace casi un siglo J.M. Keynes. Para una gran parte de la población del planeta las condiciones de vida actuales son peores o similares a las prevalecientes durante la Gran Depresión. En medio de la policrisis global, el debate político contemporáneo oscila entre dos extremos frenéticos y crispados: el progreso o el colapso.

Solo el ser humano puede mejorar su existencia, es decir dar más significado a su vida, por medio del aprendizaje. Una forma de aprender, con frecuencia la única, surge de una falsedad inicial. En este mundo esto ocurre una abundante cantidad de veces.
Kurt Gödel

En medio del desconcierto provocado por la gran recesión de la década de 1930, John Maynard Keynes escribió un ensayo en el que se preguntaba cuáles serían las posibilidades económicas de los tataranietos de las personas de su generación. Respondió que nadie necesitará preocuparse por el dinero; que el principal problema de la población será descubrir qué hacer con la abrumadora cantidad de tiempo libre. «Por primera vez desde su creación, el hombre deberá encarar su problema real y permanente [es decir] cómo ejercer su libertad sin las preocupantes presiones económicas, cómo ocupar su ocio, ganado por la ciencia y el interés compuesto» (Essays in Persuasion).

¿Este sería el más proverbial fracaso predictivo registrado en la historia del pensamiento económico? En todo caso, lo que interesa resaltar es la confianza de Keynes en el potencial de la ciencia económica. Todo comenzó a mediados del siglo XV con la invención de Johannes Gutenberg: la imprenta aceleró la difusión del conocimiento y el desarrollo de la ciencia. En 1517, con las críticas del monje agustino Martín Lutero a la doctrina y prácticas de la Iglesia Católica, inició la reforma de la que surgió el protestantismo alemán y escandinavo, y el presbiterianismo escocés de inspiración calvinista. Incentivos más prosaicos motivaron a Enrique VIII de Inglaterra a fundar en 1536 la Iglesia Anglicana.

Gutemberg y la invenvión de la imprenta. Archivo Getty Images

Este cisma redujo significativamente el poder de control ejercido por la Iglesia Católica desde el edicto de Tesalónica (380 d.C.), y precipitó a Europa a un largo periodo de violencia. Aparecieron diferencias políticas y económicas, así como nuevos retos para el conocimiento, hasta entonces refrenados por el Santo Oficio para la Doctrina de la Fe. En 1568 las provincias del norte de los Países Bajos desobedecieron a Felipe II de España, iniciando la Guerra de los Ochenta Años. En 1618 los príncipes de Bohemia se rebelaron contra Fernando II y eligieron al calvinista Federico V de Wittelsbach-Simmern, lo que provocó la Guerra de los Treinta Años.

Mientras católicos y protestantes se inmolaban en los campos de batalla, en el campo de las ideas se libraban otras disputas no menos decisivas. En 1620 Francis Bacon publicó el Novum Organum y De dignitate et augmentis scientiarium, en los que propugnaba el método experimental y el empirismo como bases del conocimiento. En 1632 Galileo Galilei publicó Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo Tolemaico e Copernicano. Cinco años más tarde, en 1637, René Descartes publicó Discours de la methode y en 1644 Principia philosopiæ. En 1651 apareció el Leviathan, or the matter, forme and power of a common-wealth ecclesiasticall and civil de Thomas Hobbes, con su teoría contractualista de la sociedad y la necesidad del estado soberano, dotado del monopolio de la fuerza.

Esos prometeos modernos redescubrieron el potencial del pensamiento racional, instalado en ambientes seglares más abiertos, en los nacientes estados-nación. Con los tratados de Westfalia, el Sacro Imperio Romano Germánico, Francia, España, Suecia, Dinamarca y los Países Bajos acordaron pacificarse y reconocer el principio de soberanía nacional, y la igualdad entre ciudades, electores y príncipes.

En los tres siglos siguientes el resto del mundo fue colonizado por el «matrimonio de la ciencia y el imperio», en palabras del historiador Yuval Noah Harari. En 1768 la expedición científica comandada por James Cook junto al botánico Joseph Banks inició la colonización de Australia, Nueva Zelanda y Tasmania. En poco más de un siglo las poblaciones aborígenes se redujeron un 90% y los sobrevivientes fueron sometidos a un duro régimen de opresión racial. Desde entonces «la revolución científica y el imperialismo fueron inseparables» (Sapiens: A brief history of humankind).

James Cook (1728-1779)

El sueño de Descartes

En la Era Moderna la razón y la evidencia empírica desplazaron a la fe y a la tradición como fundamentos del conocimiento. Al combinar el álgebra con la geometría, René Descartes (1596-1650) inventó la geometría analítica, base del cálculo infinitesimal y del análisis numérico, utilizados en ingeniería, física, economía y estadística. También elaboró varias leyes de movimiento que sirvieron de fundamento para el desarrollo de la física clásica.  

Para Descartes, la realidad es una creación de la mente —postulado esencial de la filosofía idealista—. Inventó la duda metódica: dudar de todo lo que no se puede demostrar de manera racional. Solamente no dudó de su propia existencia, lo que le permitió expresar el célebre aforismo cogito ergo sum (pienso, luego existo). Pero fue mucho más que un pensador de lo abstracto. También anticipó el potencial del modelo social tecnocrático, al profetizar que sería «posible llegar a conocimientos muy útiles para la vida […] conociendo la fuerza y las acciones del fuego, del agua, del aire, de los astros, de los cielos y de todos los demás cuerpos que nos rodean, tan distintamente como conocemos los oficios varios de nuestros artesanos, podríamos aprovecharlas del mismo modo en todos los usos a que sean propias, y de esta suerte hacernos como dueños y poseedores de la naturaleza» (Discurso del método).

Descartes tenía la convicción de que la ciencia produciría verdades absolutas. Si un argumento científico tiene datos numéricos y técnicas matemáticas, ¿cómo podría estar equivocado? Dos siglos después de publicado el Discurso del método (1637), la ciencia y la noción de progreso eran pilares fundamentales de la cultura de Occidente.

René Descartes (1596-1650)

Las matemáticas fueron determinantes. En el siglo XVII Galileo comparó al universo con un «grandísimo libro que tenemos abierto ante los ojos […] pero no se puede entender si antes no se aprende a entender la lengua, a conocer los caracteres en los que está escrito. Está escrito en lengua matemática y sus caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las cuales es imposible entender ni una palabra» (El Ensayador).

En los albores del siglo XIX, Pierre Simon Marqués de Laplace propuso que si una inteligencia «…pudiese comprender todas las fuerzas por las que la naturaleza es animada y la respectiva situación de los seres que la componen […]nada sería incierto, y tanto el futuro como el pasado estarían presentes ante sus ojos» (Ensayo filosófico sobre las probabilidades)..

Conocida como el «demonio de Laplace», esta proposición exalta el determinismo, es decir la creencia de que todos los eventos del universo están predeterminados por las leyes de la física. Esta comprensión de la realidad hizo posible predecir y controlar, y estableció para la ciencia su condición de instrumento del poder.

Al abrasar el determinismo laplaciano los científicos supusieron eliminar la incertidumbre, llenando el vacío dejado por la religión y sus certezas. Esta tarea se completó propugnando la separación entre el científico y su objeto de estudio, condición indispensable, se asumía, para preservar la objetividad. Se postuló que la demostración de la verdad era una consecuencia del método deductivo; es decir, un producto lógico de la razón humana, substituta de la fe medieval, pero –supuestamente– carente de referentes éticos.

Certidumbres efímeras

El sueño de Descartes es una metáfora de la «agenda oculta de la modernidad», según el filósofo Stephen Toulmin (Cosmopolis, 1990). En ella, el método racional y el avance de la ciencia y la tecnología producirían la verdad y posibilitarían el cumplimiento del destino de la humanidad anunciado por el sabio francés en el siglo XVII y ratificado a su manera en el siglo XX por J.M. Keynes. Destino ya anticipado en el libro del Génesis, 1: 28: «Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sojuzgadla; ejerced dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra».

Pero las compactas certidumbres cartesianas comenzaron a resquebrajarse en el siglo XIX y la confianza de los científicos titubeó ante realidades que, nuevamente, parecían inconmensurables. Como Sísifo –el rey corintio condenado por los dioses a empujar cuesta arriba una inmensa roca que al llegar a la cima retrocede al punto inicial, para comenzar de nuevo– físicos, biólogos y matemáticos parecían encontrarse en el punto de partida, en medio de la efervescencia del progreso victoriano.

El relato sobre la evolución de las especies por selección natural presentado por Charles Darwin en 1859 (On the Origin of Species by Means of Natural Selection, or the Preservation of Favoured Races in the Struggle for Life) fue combatido con ferocidad por las religiones europeas. En el ámbito académico tampoco fue bien recibido: era una elocuente descripción retrospectiva, que no respondía a una pregunta crucial: cómo se producían las variaciones genéticas para que ocurra dicha selección. Y mientras esa pregunta permaneciera sin respuesta, no podía considerarse una teoría, en el sentido laplaciano, pues seguiría siendo incapaz de anticipar cómo continuaría, en el futuro, la evolución.

Imagen: Revista Mundo Prehistórico

En 1900, el matemático David Hilbert afirmó que no es posible demostrar a partir de los axiomas de la aritmética que una proposición y su negación sean ambas verdaderas. Esto se conoce como el segundo problema de Hilbert (entre otros 22), quien sostuvo que los axiomas de las matemáticas eran evidentes y que era posible la demostración de su consistencia.

Sin embargo, en 1931 Kurt Gödel demostró que, en cualquier sistema formal consistente (por ejemplo, matemático o lógico), siempre habrá verdades que no puedan demostrarse dentro del mismo utilizando sus propios axiomas y reglas de inferencia. Por lo tanto, cualquier sistema consistente será inevitablemente incompleto. Siempre habrá verdades en ese sistema que requerirán «algunos métodos de demostración que [lo] trascienden». Gödel estableció, con estándares incuestionables, que las matemáticas mismas son infinitas y que siempre serán posibles nuevos descubrimientos.

En 1915, Albert Einstein presentó una teoría que reformulaba el concepto de gravedad y proponía que la interacción gravitatoria era una deformación de la geometría del espacio-tiempo. Este cuestionamiento al mecanicismo newtoniano es más conocido como la teoría de la relatividad.

En 1924, el físico Louis de Broglie estableció que las partículas subatómicas pueden comportarse como tales o como ondas; esta dualidad expresa la insuficiencia de conceptos como ‘partícula’ y ‘onda’ para describir el comportamiento de los objetos a escala cuántica. En 1927, el físico Werner Heisenberg propuso el principio de incertidumbre: no se puede conocer con precisión y simultáneamente, la posición y el momento lineal de una partícula subatómica. En 1935, A. Einstein, Boris Podolsky y Nathan Rose formularon la paradoja EPR, denominada por Erwin Schrödinger entrelazamiento cuántico: los estados cuánticos de dos o más objetos se deben describir mediante un estado único que involucra a todos los objetos del sistema, aun cuando estén separados espacialmente.

Estas paradojas de la teoría cuántica cuestionaron la realidad y propusieron nuevos retos para comprender la naturaleza del universo. En 1934, Niels Bohr afirmó que la «gran tensión» soportada en esos años por la física «ha demostrado la insuficiencia de nuestras simples concepciones mecanicistas» y ha provocado el tambaleo de «los cimientos sobre los que estaba basada la interpretación usual de nuestras observaciones» (Atomic Physics and the Description of Nature). 

Por otra parte, separar al científico del universo en el que habita, disociar al observador de lo observado, condición indispensable de objetividad científica durante el siglo XIX, comenzó a verse como algo irreal. Conforme la ciencia se adentra en la materia, explica el físico Fritjof Capra, la naturaleza se muestra como una telaraña de relaciones entre las partes del conjunto; no existe una unidad básica, aislada. Y, de un «modo esencial», la telaraña incluye al observador, que es «el nexo final de la cadena de los procesos de observación». Las propiedades de cualquier objeto atómico solo son comprensibles «en términos de la interacción» entre el objeto observado y el observador. «La separación cartesiana entre yo y el mundo, entre el observador y lo observado, no puede hacerse cuando se trata con la materia atómica» (El tao de la física, 2005).

En las sociedades humanas no existe nada parecido al nivel atómico o subatómico —aparte de la ficción metodológica ‘atomista’— consistente con otra ficción de la economía neoclásica: la economía de Robinson Crusoe.

Pero hay más, «el trabajo analítico [científico] está necesariamente precedido por un acto cognitivo preanalítico [precientífico] que abastece la materia prima para el trabajo analítico», dice J.A. Schumpeter (History of Economic Analysis). Ese acto cognitivo preanalítico recibe el nombre de «visión», la forma de decir ‘ideología’ en lenguaje schumpeteriano. Otra razón más para destacar la imposibilidad de disociar al observador de lo observado, por elaborado que sea el dispositivo metodológico de la investigación.

En estas condiciones, ¿cómo desvanecer la incertidumbre, o distinguir con claridad entre hechos y valores?

La ciencia, a pesar de la incertidumbre

Al constatar la imposibilidad de vencer a la incertidumbre, las ciencias dedicadas al estudio de la vida y de la materia inanimada optaron por integrarla en su fenomenología. La física asumió una visión multi paradigmática no excluyente enfocada a programas de investigación de largo plazo. El paradigma mecanicista de Newton continuó investigando el movimiento de los objetos a escalas macroscópicas. La física de Einstein (relativista) se enfocó en el movimiento a velocidades cercanas a la velocidad de la luz. Ha demostrado que el espacio y el tiempo están interrelacionados, que no son absolutos, y que la gravedad no es una fuerza, sino una consecuencia de la geometría del universo. La física de Planck, Bohr y Schrödinger (cuántica) se concentró en el estudio del comportamiento de la materia y la energía a escalas atómica y subatómica. Ha demostrado que la materia y la energía pueden comportarse como ondas o como partículas, que la realidad a escala atómica es probabilística y que es imposible predecir con certeza el comportamiento de las partículas individuales. Estos tres paradigmas coexisten, profundizando la comprensión de un universo multidimensional inentendible para la física newtoniana por sí sola.

Erwin Schrödinger. Foto: akg-images

Las omisiones del darwinismo comenzaron a enmendarse cuando Gregor Mendel demostró en forma experimental que las variaciones genéticas eran predecibles, pues obedecían a tres principios independientes: de uniformidad, de segregación y de recombinación. La evolución de las especies se consolidó como teoría científica gracias a la cadena de descubrimientos iniciada con el hallazgo de la nucleína a cargo de Friedrich Miescher, y de los nucleidos por parte de Phoebus Levene. Los genetistas Ronald Fischer, J. B. Haldane y Sewall Wright propusieron la teoría de la genética de poblaciones. La explicación de cómo se transmite la información genética de una generación a la siguiente sería imposible sin el descubrimiento de la estructura del ADN realizado por James Watson y Francis Crick. Motoo Kimura, responsable de la teoría neutralista de la evolución molecular, propuso que la mayoría de las mutaciones son neutrales, lo que significa que la selección natural no es el único factor que impulsa la evolución molecular. Esta secuencia de éxitos demoró casi un siglo; el filósofo de la ciencia Imre Lakatos la habría calificado como un programa de investigación científica progresivo (La metodología de los programas de investigación científica).

En el ámbito de las ciencias sociales y humanidades el avance también ha sido significativo. Matei Dogan y Robert Pahre incluyen en este grupo a la filosofía. Aunque no existe consenso sobre las fronteras de las ciencias sociales, afirman que la sociología, la antropología, la ciencia política, la economía, la psicología social y la historia constituyen su núcleo. Pero, asumiendo una definición amplia y no dogmática, también incluyen a la psicología, geografía, demografía, arqueología y lingüística, que suelen considerarse ciencias de la naturaleza (Las nuevas ciencias sociales: la marginalidad creadora).

Según Dogan y Pahre, la innovación en las ciencias sociales es más frecuente y produce mejores resultados en la «intersección de las disciplinas», donde puede ocurrir la «combinación de dos especialidades contiguas».

Esto sucede mediante un proceso de dos fases: primero, de especialización, que fragmenta disciplinas completas en subdisciplinas; y segundo, de recombinación de los fragmentos híbridos, una vez que la primera fase alcanza sus límites naturales. Consideran que existen procesos de hibridación mediante difusión de conceptos, préstamo de métodos e influencia de las teorías. Los casos más exitosos serían la sociología histórica, la confluencia de la biología y las ciencias sociales y la economía política internacional.

Una síntesis simétrica de dos disciplinas maduras sería improbable. Más probable es la predisposición dominante de una de ellas sobre las demás, como ha ocurrido con la economía del mainstream. Esta disciplina sostiene la necesidad de emular la metodología cartesiana y el mecanicismo newtoniano, y sigue predicando la objetividad del positivismo. En un ensayo publicado en 1953, Milton Friedman endosó la distinción decimonónica de John Neville Keynes: «…una ciencia positiva […], un cuerpo de conocimientos sistemáticos sobre lo que es; una ciencia normativa o regulatoria […], un cuerpo de conocimientos sistemáticos sobre criterios de cómo debería ser; un arte […], un sistema de reglas para lograr un fin determinado». Y a continuación reitera que «…en principio, la economía positiva es independiente de cualquier consideración ética o juicio normativo. […] trata sobre el ‘ser’, no sobre ‘lo que debería ser’. Su meta es proveer un sistema de generalizaciones que puedan ser usadas para hacer predicciones correctas sobre las consecuencias de cualquier cambio de las circunstancias. […] En pocas palabras, la economía positiva es, o puede ser, una ciencia ‘objetiva’ en, precisamente, el mismo sentido que cualquiera de las ciencias físicas» (Essays in Positive Economics).

Revestida de esta autosuficiencia decimonónica, la economía neoclásica prefirió el hermetismo. Por un lado, excluye a cualquier otra interpretación analítica de los problemas económicos, si no se ciñe a sus propios supuestos metodológicos. Es decir, si no asume su misma visión preanalítica, en la terminología de J.A. Schumpeter. El mainstream ha marcado una línea divisoria entre dos economías: por un lado, la ortodoxa y por otro, un abigarrado conjunto de concepciones económicas (postkeynesiana, marxista, institucional, feminista, conductual, de la complejidad, cooperativa, …) etiquetadas como heterodoxas. División que sería inconcebible en la física, ciencia arquetípica para la economía ortodoxa.

El mainstream no tolera la hibridación compartiendo conceptos y métodos. Simplemente asume el análisis de fenómenos extraños a su dominio esencial (el mercado) mediante sus propios referentes teóricos. La producción intelectual de Gary Becker es la mejor prueba de este talante avasallador, cuya explicación estaría en los ámbitos de la hegemonía cultural y política del sistema capitalista.

Incertidumbre y nuevas ciencias

Ni la ciencia positiva ni el interés compuesto han redimido a la humanidad, según auguró hace casi un siglo J.M. Keynes. Para una gran parte de la población del planeta las condiciones de vida actuales son peores o similares a las prevalecientes durante la Gran Depresión. En medio de la policrisis global, el debate político contemporáneo oscila entre dos extremos frenéticos y crispados: el progreso o el colapso.

La gran depresión en 1929

Mientras tanto, el cambio climático avanza, aunque fanáticos religiosos o políticos conservadores no crean en el origen antrópico de sus causas fundamentales. La realidad es eso que sigue ahí, aunque uno no crea en eso. En marzo de 2023 la estación de Mauna Loa registró 421 ppm de CO2, la concentración más alta desde que se llevan registros (1958). Y en 2023 el aumento de la temperatura en superficie a escala mundial, por encima de los niveles de 1850 a 1900, fue de 1,48°C . Negar los fenómenos conducentes al colapso es absurdo, porque nadie puede medir lo que no existe.

Toda investigación empírica –científica– tiene dos fases unidas por una hipótesis. La primera es un problema descriptivo y de métrica: determinar la existencia de los fenómenos, describirlos y documentarlos en forma rigurosa. La segunda es un problema demostrativo: indagar si esos fenómenos pueden explicarse por medio de mecanismos causales –las hipótesis– descritos en los conocimientos disponibles.

Dado que todos los países del mundo siguen empeñados en el crecimiento económico, dentro de un medio físico finito –la Tierra– la marcha hacia el colapso es irreversible. «… nos enfrentamos a serios problemas medioambientales, energéticos, climáticos, geopolíticos, sociales y económicos que han alcanzado hoy en día puntos de no retorno. Pocos lo dicen, pero todas estas ‘crisis’ están interconectadas, se influyen y se aumentan una a otras», precisan el biólogo Pablo Servigne y el experto en transición ecológica Raphaël Stevens, autores de Colapsología y de Otro fin del mundo es posible.

Ahora bien, toda civilización ha colapsado sumida en el caos y la confusión, nos lo recuerda el escritor Christopher Ryan. «¿Por qué presumir que la nuestra romperá este patrón? Hay una diferencia, sin embargo: Mientras Roma, Sumeria, los mayas, el antiguo Egipto, la Isla de Pascua y las otras terminaron en colapsos regionales, la civilización que ahora está implosionando en nuestro alrededor es global» (Civilized to death).

Servigne y Stevens consideran que hace falta un análisis de conjunto de cómo sería el colapso, de cómo podría desencadenarse, de sus implicaciones sociológicas, psicológicas y políticas, así como un análisis sistémico de la situación económica y biofísica del planeta. Todo esto con el objetivo de «…aclararnos acerca de lo que nos pasa y podría pasarnos; es decir, dar un sentido a los acontecimientos».

Un colapso civilizatorio implica muchas preguntas. «¿Qué sabemos del estado global de la Tierra? ¿Y del de nuestra civilización? […] ¿Pueden la convergencia y la perpetuación de las ‘crisis’ arrastrar a nuestra civilización a una vorágine irreversible? ¿Hasta dónde puede llegar todo esto? ¿En cuánto tiempo? ¿Podremos conservar las formas políticas democráticas? ¿Es posible vivir un colapso ‘civilizado’ de una manera más o menos pacífica? ¿Será el final inevitablemente desafortunado?»
Y esto requiere «…una auténtica ciencia aplicada e interdisciplinar» que integraría la colapsología.

Descartes puede ayudar una vez más: la conciencia de nuestra ignorancia es parte importante del problema. Entonces, es esencial el redescubrimiento de la ignorancia –si se prefiere, la anulación de la soberbia característica de la ciencia positiva– en la práctica científica y en la educación. El sabio francés no fue un cartesiano simple, como lo confirma el párrafo final del Discurso del método, donde confiesa que no trabajaría en proyectos que «no pueden servir a unos sin dañar a otros». El progenitor del método científico nunca se desprendió de su ética… algo superfluo para los cultores de la ciencia positiva –con el apologeta de John Neville Keynes a la cabeza.

Esta ciencia aplicada y multidisciplinaria persistirá en el objetivo fundamental del conocimiento científico: convertir lo aparentemente contradictorio, no demostrado, inaplicable, fantasioso o místico, en algo sistemático, demostrado, aplicable y evidente. Pero ya se sabe que la ciencia no es neutral, ni la que estudia la materia, ni la que estudia la sociedad y menos la que analiza el pasado. Desde la expedición de James Cook hasta la carrera espacial durante la guerra fría prueban que la ciencia es un instrumento de poder… de la misma forma que en la actualidad la economía del cambio climático es un instrumento del cartel mundial de los combustibles fósiles. Una colapsología fructífera y equitativa solo será posible tras el divorcio de ese matrimonio entre ciencia e imperio puesto en evidencia por Harari.

Y más importante, «¡Qué desgarrador!», anticipan Servigne y Stevens «… comenzar a entender, y después a creer en la posibilidad de un colapso, al final, equivale a renunciar al futuro que nos habíamos imaginado. Supone la destrucción de esperanzas, sueños y expectativas que llevábamos forjando desde la más tierna infancia, o que teníamos para nuestros hijos». En general, supone recurrir a la teoría de la alienación de Ludvig Feuerbach, y usarla como antídoto contra la dogmática del crecimiento y del mercado. Entonces, «…la mera racionalidad no basta para tratar un tema de tal calibre», advierten los promotores de la colapsología.

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