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19 de Abril del 2023
Historias
Lectura: 25 minutos
19 de Abril del 2023
Julio Oleas-Montalvo
¿Crisis civilizatoria o el ocaso de Occidente?
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 Si la civilización del capital pudiera continuar en su camino hacia su realización, debería recurrir al liderazgo de quien ha sido el principal beneficiario de la globalización: la Nación del Centro (Zhongguo: 中央國 / 中央国), o Gran País de las Nueve Provincias (州大國 / 九州大国), como se autodenominaba China antes de que Occidente le privara de su capacidad para auto representarse. En la foto, Shanghai, China. Hanny Naibaho hannynaibaho / Unsplash

 

Desde que EE.UU. decidió protegerse de la superioridad económica de China declarándole la guerra comercial, y el Reino Unido reasumió su insularidad aprobando el Brexit, la globalización ya no es una prioridad de Occidente.


En el relato oficial, las raíces de la civilización occidental se remontan a la Grecia antigua, donde habrían aparecido las primeras sociedades avanzadas. También a Roma, inmenso imperio comprendido entre Inglaterra, África del Norte y el Medio Oriente que, al desintegrarse, se fraccionó en los territorios medievales donde aparecieron varias culturas. El Renacimiento y el siglo de los descubrimientos reunificaron la región y, con el desarrollo de la ciencia, la tecnología y el capitalismo, surgieron los estados-nación europeos y luego Estados Unidos, el núcleo de Occidente.

Quienes sostienen esta narrativa no admiten que el sistema económico dominante –el capitalismo– pudiera convertirse en una civilización. Samuel Huntington, por ejemplo, asume que Occidente es un grupo de países comprometidos con la democracia, el imperio de la ley y los derechos humanos. El autor de El choque de civilizaciones (1996) señala que esos países deberían conformar un sistema de seguridad colectivo para proteger sus intereses compartidos. Huntington no hace referencia explícita al hecho de que el capitalismo también es uno de esos compromisos e intereses compartidos. Una civilización es un proceso más complejo y de más larga duración que un sistema económico.  

El capitalismo dio sus primeros pasos en el siglo XVI, con el avance de las relaciones salariales y de la mano de los banqueros y mercaderes de las ciudades libres de Florencia, Venecia y Génova. En su forma inicial se llamó mercantilismo, y su objetivo era acrecentar el poder y la riqueza del monarca acumulando metales preciosos mediante superávits de la balanza comercial. Para conseguirlos, los jóvenes estados-nación europeos desplegaron medios lícitos e ilícitos: el proteccionismo comercial y también la rapiña y la piratería. La propiedad privada de los medios de producción fue ungida como fundamento del sistema en el que los empresarios –los propietarios– contratan trabajo y obtienen ingresos con los cuales acumulan capital y/o los reinvierten para generar ingresos adicionales —el tan anhelado crecimiento económico—.

La propiedad privada de los medios de producción fue ungida como fundamento del sistema en el que los empresarios –los propietarios– contratan trabajo y obtienen ingresos con los cuales acumulan capital y/o los reinvierten para generar ingresos adicionales, el tan anhelado crecimiento económico.

Conforme maduraba, el capitalismo perfeccionó el individualismo y se autoproclamó como la opción racional de organización social. Tras la Segunda Guerra Mundial asumió pretensiones universalistas y enfrentó al socialismo real con la misma decisión en Berlín que en las penínsulas de Corea o Indochina. Y, con la aceleración de la globalización impulsada desde Occidente en las décadas finales del siglo XX, trató de convertirse en la única opción civilizatoria de la humanidad.

Pero la convergencia económica y tecnológica de la globalización no condujo al orden singular ambicionado por Occidente. Más bien ha producido la conjunción de varias crisis, superpuestas y sinérgicas, y con estas, al choque anticipado por Huntington. Sin considerar la crisis climática –lo que no implica desconocerla– este corto ensayo se elabora bajo dos supuestos: (i) los seres humanos somos iguales, sin importar su condición, procedencia o creencia política o religiosa; y (ii) las culturas de las sociedades humanas pueden ser muy diferentes, pero ninguna posee condiciones éticas superiores a las demás. A continuación se reflexiona en torno a la noción de civilización; a la evolución del capitalismo, pretendiendo encontrar su forma civilizatoria; y al muy improbable futuro de esa pretensión, incluso sin considerar la crisis climática.

Chicago, Estados Unidos. Foto: Sawyer Bengtson / Unsplash

Civilización: palabra engañosa

Las palabras tienen significado dentro de contextos históricos específicos. Civilizar (el verbo) es anterior a civilización (el sustantivo), definido por la RAE como el conjunto de costumbres, saberes y artes propios de una sociedad humana. Fue acuñado, muy probablemente por primera vez, en 1756 por Víctor Riqueti, marqués de Mirabeau. Para este economista fisiócrata, la civilización era impulsada por la religión. Los enciclopedistas consideraron que Riqueti estaba equivocado, pues pensaban que la religión era, naturalmente, contraria a la civilización.

En la corte de los Luises la palabra civilización denotaba el proceso generador de la cortesanía y maneras asociadas a las normas de estatus de la nobleza. En Alemania, el término equivalente era Kultur, palabra no asociada a la nobleza, sino a la clase media y a las universidades. En el siglo XIX, conforme avanzaba el dominio de Europa, civilización se convirtió en sinónimo de imperialismo. En la historiografía europea este proceso se entendió equivalente al progreso esparcido por Occidente al resto del mundo. La forma más sofisticada de expresarlo era referirse a la «misión civilizadora»; la forma más racista, a la «responsabilidad del hombre blanco».

Cuando los europeos encontraron a otros, distintos a ellos, en especial en el siglo de los descubrimientos, su poderío los subordinó a las normas e instituciones europeas. Esta historia es inseparable de la construcción de la noción de civilización occidental. Además, más allá de esta mácula, no existe un acuerdo mínimo sobre qué es una civilización. El politólogo Aldun Karahanli de la İbn Haldun Universitesi de Estambul constata que solo en Europa se han dado al menos ocho definiciones diferentes (Transcending The Imperial Concept of “Civilization”: Recalling the Concept of al-Umran, Mizanu’L-hak: Islami Ilimler Dergisi 12, junio de 2021: 377-402).

Para Oswald Spengler, famoso por La decadencia de Occidente (1918), la cultura es como un organismo vivo que nace y crece hasta llegar a su cima; luego comienza la fase de civilización, en la que se degrada y declina hasta morir. Al hacer este descubrimiento copernicano, el historiador y filósofo alemán admitió que la cultura occidental no tiene una condición privilegiada frente a las culturas de la India, Babilonia, China, Egipto, México… La única verdad histórica, según él, es que las civilizaciones cumplen un ciclo de crecimiento, madurez y decadencia.

Cuando los europeos encontraron a otros, distintos a ellos, en especial en el siglo de los descubrimientos, su poderío los subordinó a las normas e instituciones europeas. Esta historia es inseparable de la construcción de la noción de civilización occidental.

Fernand Braudel, el historiador más importante del siglo XX, autor de Civilización material, economía y capitalismo, siglos XV-XVIII (obra monumental en tres tomos, entre otros 67 títulos de su autoría), asume que las civilizaciones son sociedades, economías, zonas culturales, formas de pensar, áreas geográficas y, sobre todo, continuidades históricas de larga duración.

Más operativa es la definición de Norbert Elias, en su juventud asistente de Karl Mannheim y autor de El proceso de la civilización (publicado en alemán en 1939). Elias analiza la evolución de las sociedades europeas desde el Medioevo hasta la Modernidad. Este sociólogo de origen judío sostiene que la civilización es un proceso histórico en el que interactúan estructuras conductuales y de poder, disciplinas individuales y organizaciones sociales que forman y transforman regímenes. Este proceso único y total, en constante movimiento hacia adelante, tiende a expandirse y a colonizar. Es diferente a la cultura, que puede desarrollarse en más de una dirección, representada en el arte, la literatura, los sistemas filosóficos y la religión. El ámbito de la cultura suele ser el de la nacionalidad, mientras que la civilización tiene alcances mayores. El proceso civilizatorio se basa en la transformación de la personalidad, de las identidades y hábitos en los que se sustenta la construcción social y cultural, y que suscitan la modernización.

El politólogo internacionalista canadiense, Robert Cox, tiene una aproximación mucho más sencilla, pero no por ello menos profunda, a un tema muy complejo (Thinking about civilizations, Review of International Studies 26, 217-234). La civilización, afirma, es ese casi inconsciente, y dado por hecho, sentido común que expresa la idea de la realidad, compartida por la gente. Esa idea de la realidad encierra la noción de lo que está bien y es apropiado en el comportamiento ordinario; y ese sentido común incluye una guía normativa para actuar y una percepción de la objetividad (o la realidad externa al observador).

El sentido común, que es diferente según la época y el lugar, está moldeado por las respuestas colectivas prácticas de la gente a sus condiciones materiales de existencia. Una civilización resultaría del ajuste entre las condiciones materiales de existencia –incluidas las organizaciones económicas y políticas– y los significados intersubjetivos –la compartición de experiencias, emociones y significados que permiten a los individuos relacionarse de manera profunda. No en sentido marxista vulgar, pues Cox acepta que diferentes conjuntos de significados intersubjetivos podrían ajustarse a circunstancias materiales similares.

Entonces la civilización es algo que la gente lleva en sus cabezas, es eso que ilumina la comprensión del mundo. Y la comprensión del mundo de gente diferente es diferente, el sentido común de una gente es diferente al de otra, y sus nociones de la realidad son diferentes.

La civilización del capital

Europa ha civilizado a los no europeos (los otros) desde 1492. Estudiar este proceso genera mucha controversia. Entre otras razones porque desde su origen la noción de civilización fue parte de un proyecto imperialista. A lo largo de la historia, los civilizados se han arrogado la obligación moral de civilizar a los incivilizados. En este sentido, como concepto, Occidente ha servido como expresión de la autoconciencia de Europa y de su proyección en el mundo. Mundo que, sumariamente, fue dividido entre civilizados y bárbaros, modernidad y atraso, desarrollados y subdesarrollados.

Esta visión de la realidad fue convertida en un proyecto político que ya operaba a todo vapor en la segunda mitad del siglo XIX. La Conferencia de Berlín (15 de noviembre de 1884 a 26 de febrero de 1885) reunió a Alemania, Bélgica, España, Francia, Reino Unido, Portugal, Italia, Dinamarca, Países Bajos, Estados Unidos, Rusia, Noruega, Suecia y los imperios otomano y austrohúngaro con el fin de repartirse el continente africano. Bélgica recibió algo más de 2,3 millones de km2 en el centro de África, extensión 76 veces más grande que el territorio del estado belga. Ocho años antes, Leopoldo II, rey de Bélgica, había constituido la International African Association, el brazo administrativo de ese proyecto humanitario, como lo llamaron en Berlín. Con un bizarro sentido del humor, el monarca bautizó su colonia con el nombre de Estado Libre del Congo.

"Asumo el trabajo en el Congo en interés de la civilización y para el bien de Bélgica" había declarado Leopoldo (https://bit.ly/40LaTZg). Por recibir los dones de Occidente, el Estado Libre del Congo debía compensar al gobierno belga extrayendo caucho y marfil. Esta tarea era controlada por la Force Publique (el ejército privado de Leopoldo). Si un congoleño adulto no lograba extraer la cuota de caucho asignada, la Force Publique mutilaba a su hijo; si la aldea en la que habitaban se resistía, la Force Publique la arrasaba. Leopoldo II se convirtió en uno de los hombres más ricos de Europa, mecenas de la monumental arquitectura de Bruselas, la ciudad sede de la Comunidad Europea. Sus exigencias civilizatorias cobraron la vida de entre 10 y 13 millones de africanos incivilizados.

La realidad contemporánea es el resultado de la reestructuración del mundo según las conveniencias de Occidente. Cuando la modernidad se extendió sobre el planeta, los otros –las sociedades no occidentales– fueron forzados a someterse a una relación jerárquica.

La realidad contemporánea es el resultado de la reestructuración del mundo según las conveniencias de Occidente. Cuando la modernidad se extendió sobre el planeta, los otros –las sociedades no-occidentales– fueron forzados a someterse a una relación jerárquica. El proceso civilizatorio ha implicado procesos de representación y de re-creación del colonizado –vencido– por el colonizador –vencedor—. El vencedor asume que el vencido es incapaz de auto representarse y, en consecuencia, tiene que representarlo.

Es difícil que el sustantivo civilización pueda ser aislado de su función imperialista y de su contenido normativo. Como sostiene la filósofa inglesa Miranda Fricker, más bien la pregunta relevante sería hasta qué punto ese concepto es parte de la injusticia epistémica ejercida contra quienes los vencedores consideran que son incapaces de disponer de sus propios conocimientos (Epistemic Injustice: power and the ethics of knowing, 2007). En la década final del siglo pasado Susan Strange, catedrática de relaciones internacionales de la London School of Economics, y promotora de la escuela británica de economía política internacional, notó que en las relaciones internacionales se estaba imponiendo una corriente civilizatoria que llamó civilización de los negocios (business civilization), auténtico motor de la globalización. La ideología de la civilización de los negocios se nutre en las escuelas de negocios alrededor del mundo, en el periodismo económico y en la retórica política de los países poderosos, replicada con devoción por los grupos dirigentes de los países dependientes.

La civilización de los negocios está organizada de manera informal por una nebulosa de entidades interrelacionadas que generan política económica internacional. Entre las principales: la Organización Mundial de Comercio, el Fondo Monetario Internacional, el Banco de Pagos Internacionales, el Banco Mundial, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, y entidades como el G7 o los BRICS, o el Foro Económico Mundial de Davos.

Cox afirma que esta corriente civilizatoria trasciende las civilizaciones preexistentes, aunque no deja de ser una especie de retoño de Occidente, enraizada principalmente en Estados Unidos. La civilización occidental, liderada por Estados Unidos y Europa, privilegia el espacio sobre el tiempo. La orientación espacial se encuentra implícita en el concepto sincrónico de mercado, y tiende a copar todos los espacios del planeta. La idea de El fin de la historia, de Francis Fukuyama, brota de esta asimetría: la noción de que con la globalización se ha alcanzado la etapa final de la sociedad humana, y nada más es posible, excepto más de lo mismo.

Slavoj Zizek, el mediático filósofo y crítico cultural esloveno sostiene que la declaración de Fukuyama naturaliza el capitalismo. Una teoría económica universalista y abstracta, la llamada corriente principal o economía ortodoxa, cumple en la civilización de los negocios el mismo papel que el monoteísmo absolutista en el ascenso de Occidente. Con este referente ideológico, el individualismo y la competitividad son las características básicas de la conducta humana. El correlato social de este culto es el pensamiento único; y la sociedad, cuya existencia en la práctica se torna irrelevante, sería apenas un subproducto civilizatorio, una ilusión creada por la mano invisible.

Las estructuras de poder pueden identificarse con facilidad, así como las disciplinas individuales y las organizaciones que han transformado la personalidad, las identidades y los hábitos de una gran parte de la humanidad.

Esta corriente civilizatoria bien podría llamarse civilización del capital, al menos si se toma como referente teórico el trabajo de Norbert Elias, pues se trata de un proceso histórico único y total, con una tendencia natural a expandirse y colonizar. Las estructuras de poder pueden identificarse con facilidad, así como las disciplinas individuales y las organizaciones que han transformado la personalidad, las identidades y los hábitos de una gran parte de la humanidad. Como puntualiza Cox, este proceso ha generado un nuevo sentido común, y una noción de la realidad que rehúsa entender las interacciones de la gente con el ambiente. Es decir, asume la normativa social y la noción de lo correcto funcionales a las lógicas de acumulación y crecimiento económico del capitalismo. A Braudel le sorprendería la velocidad de su avance, ciertamente, pero no se puede afirmar que el proceso –en el sentido de Elias– ya esté consumado. 

El futuro de la civilización del capital

Hace cuatro décadas, la primera ministra británica Margaret Thatcher, recordada precursora del neoliberalismo, proclamó que no había alternativa. Esa arenga, repetida una y mil veces por los medios de comunicación, se convirtió en verdad revelada, que ya es parte del sentido común de Occidente (en el sentido dado por Cox al término, valga la redundancia), y que ofusca la comprensión del mundo de cientos de millones de seres humanos. En su intento de transformarse en una civilización universal, Occidente pretende que inevitablemente –todas– las sociedades serán compelidas a ajustarse a los requerimientos del mercado, del capital y de la globalización. Se harían, en consecuencia, cada vez más y más parecidas, y la civilización del capital se habría convertido en la realidad única del mundo.

Pero, por el momento, las probabilidades de consumar ese proyecto civilizatorio son tan remotas como las probabilidades de que las políticas de desarrollo sostenible auspiciadas por Naciones Unidas eviten el colapso ambiental. Y no por el absurdo de perseverar en la política de crecimiento económico ad-infinito, dentro de un medio físico finito, sino porque el motor de su avance se ha detenido. Desde que EE.UU. decidió protegerse de la superioridad económica de China declarándole la guerra comercial, y el Reino Unido reasumió su insularidad aprobando el Brexit, la globalización ya no es una prioridad de Occidente.

La salida de Inglaterra de la Unión Europea singnificó el desbaratamiento de la globalización. en la foto, una protesta contra el Brexit en Londres. (Reuters)

Si la civilización del capital pudiera continuar en su camino hacia su realización, debería recurrir al liderazgo de quien ha sido el principal beneficiario de la globalización: la Nación del Centro (Zhongguo: 中央國 / 中央国), o Gran País de las Nueve Provincias (州大國 / 九州大国), como se autodenominaba China antes de que Occidente le privara de su capacidad para auto representarse.

Los más notorios estados-civilización (China, India y Rusia) estarían hartos de la imposición, en nombre del universalismo, de los valores occidentales. También estarían dispuestos a resistir la injerencia occidental en sus asuntos internos. De hecho, China, Rusia e India ya desafían el orden internacional liberal.

Occidente ha dominado el mundo los últimos dos siglos, mientras que durante los 18 siglos anteriores las únicas potencias eran China e India (no había surgido la economía global, evidentemente). Cuando China ingresó a la OMC (2001), su economía representaba 6,7% de la economía global, mientras que la de Estados Unidos representaba 20,5% (https://bit.ly/3A1uxVL). Veintidós años más tarde, en 2023, ya tiene la economía más grande del mundo, con 18,9% del PIB global (PPA), mientras que la de Estados Unidos se ha reducido al 15,4%, según el FMI (https://bit.ly/3L4epca).

India es considerado un estado-civilización, por su historia, cultura, influencia mundial y población. Foto: Luis Argüello / Archivo

El mundo estaría presenciando el inicio de una nueva etapa histórica, en la que los estados-nación verían erosionar su condición de actores fundamentales de las relaciones internacionales para dar paso a los estados-civilización. Estos son civilizaciones desarrolladas en áreas geográficas específicas, con culturas distintivas, economías e instituciones políticas y sistemas de gobierno propios. Han sido históricamente grandes, influyentes y estables. El resurgimiento de China sería prueba de esto, en opinión de Zhang Weiwei, director del Instituto de Estudios de China de la Academia de Ciencias Sociales de Shanghái. India y Rusia también se consideran a sí mismas estados-civilización. Turquía y hasta Estados Unidos podrían sumarse a la lista. Y, hace poco, el presidente Macron ya anunció la disposición de Francia para guiar a Europa hacia una renovación civilizatoria. Eventualmente, esta iniciativa serviría para corregir el error notado por el político portugués Bruno Maçães, quien anota que "las sociedades occidentales han sacrificado sus culturas específicas en aras de un proyecto universal".

Los más notorios estados-civilización (China, India y Rusia) estarían hartos de la imposición, en nombre del universalismo, de los valores occidentales. También estarían dispuestos a resistir la injerencia occidental en sus asuntos internos. De hecho, China, Rusia e India ya desafían el orden internacional liberal, de forma que "el orden global vertical, con Occidente en la cúspide, está transformándose en un orden horizontal, en que Occidente y el resto, en particular China, están a la par entre sí en términos de riqueza, poder e ideas", según Zhang Weiwei (https://bit.ly/4098bMF). 

¿Y los otros? Los otros hemos sido reducidos a mercados donde Occidente o China colocan manufacturas y créditos internacionales, y a almacenes donde esas dos opciones civilizatorias se abastecen de materias primas, metales y energía. Los otros habitamos los territorios disputados por dos promesas vacuas: de un lado, las promesas de la democracia formal, el imperio de la ley y los derechos humanos como camino para cerrar las brechas que nos alejan del desarrollo; de otro lado, la luminosa promesa de participar en la Iniciativa de la Franja y la Ruta, la pieza central de la política exterior de Xi Jinping, estrategia planetaria del estado-civilización emergente para consolidar el neodependentismo en el siglo XXI.

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