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28 de Junio del 2023
Historias
Lectura: 23 minutos
28 de Junio del 2023
Julio Oleas-Montalvo
Democracia: anhelos, decepciones, desafíos
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Aunque el senador John F. Kennedy de Massachusetts no anunció formalmente su candidatura a la presidencia sino hasta el 2 de enero de 1960, había estado preparando el escenario por varios años. En esta foto, el candidato demócrata aspirante a la presidencia saluda a los aficionados después de una presentación en Seattle en 1959. Foto: BETTMANN/CORBIS Archivo

 

La democracia se basa en constituciones y reglas, tanto como en la buena fe y la confianza. Las primeras abundan, las segundas son cada día más escasas. Ha sido, en última instancia, el mejor intento de la civilización por poner en cintura al poder. Pero la globalización, las nuevas tecnologías y los cambios culturales la hicieron más abstracta, heterogénea y dispersa. Está en todas partes y en ninguna.

Creo que me hace falta agregarle
algo a la grapa, me quema la garganta
pero no se compara al fuego fatuo
que me quema el corazón

Andrés Calamaro

 

Las sociedades organizadas sobre la base de formas de integración redistributivas y de intercambio de mercado pueden legitimar su existencia de varias maneras. Una de ellas es la democracia, la manera preferida en la civilización occidental. La democracia no es un evento, no es algo que sucede, como un premio de un juego de azar. Es un largo y balbuceante proceso iniciado en Norteamérica y Europa a fines del siglo XVIII, que puede mejorar o degradarse en el día a día de la política.

Pero no es un proceso simple; en la práctica de la democracia toman forma real los principios fundamentales de las sociedades contemporáneas. Es el mortero que amalgama la soberanía con el republicanismo, el Estado con su pueblo. Y también el lugar de disputa de valores esenciales de la modernidad, como la libertad y la igualdad.

Ni en los momentos de auge del capitalismo ha dejado de ser una práctica fragosa, incluso en el centro del sistema, y más en su periferia. En estos días la situación es crítica: según la más reciente investigación de The Economist, solo 8% de la población mundial vive en democracias plenas, un retroceso de 0,9% luego de que en 2016 EE. UU. fuera catalogado como democracia deficiente. 36,9% de la población mundial vive bajo regímenes autoritarios, la mayoría en China y Rusia (Frontline democracy and the battle for Ukraine, Democracy Index 2022).

El International Institute for Democracy and Electoral Assistance (IDEA) sostiene que la pandemia, los conflictos violentos (en Ucrania, Etiopía, Myanmar, Siria y Yemen), las desigualdades sociales no resueltas, la estanflación, los fenómenos meteorológicos extremos provocados por el calentamiento global y la necesaria transición a la energía verde han iniciado «un nuevo statu quo, definido por una volatilidad e incertidumbre radicales» en el que sobresale «un declive de la fe pública en el valor de la propia democracia» (El estado de la democracia en el mundo 2022). Parecería que la democracia, uno de los logros más significativos de la civilización occidental, está desfalleciendo.

Un proceso vacilante y siempre inacabado

La antigüedad clásica nos legó la «potencia casi magnética» de la etimología de la palabra democracia, afirma el historiador Pierre Rosanvallon (Estudios Políticos n. 28, 2006). Pero no siempre tuvo esa potencia. En los años de la Ilustración evocaba desconfianza; el barón de Montesquieu destacó su carácter inestable, y cierta tendencia a corromperse, degenerando en oclocracia (gobierno de la plebe) o aristocracia (gobierno de la clase privilegiada). «Tomando la palabra en su rigurosa acepción, no ha existido ni existirá jamás verdadera democracia», sentenció Juan Jacobo Rousseau (El contrato social, 1762, libro III cap. 4). Sería una suerte que un «gobierno popular pudiera […] evitar los dos excesos, […] el espíritu de desigualdad que lleva a la aristocracia, y el espíritu de igualdad extrema que conduce al despotismo de uno solo», escribió Louis de Jaucourt en el artículo de la Enciclopedia dedicado a la democracia.

El mes anterior a las primeras actividades revolucionarias de 1789, el líder de los girondinos, Jacques-Pierre Brissot, dijo que la democracia «es un espantapájaros del que los bribones se sirven para engañar a los ignorantes». Rosanvallon hace notar que esta palabra fue utilizada en los debates sobre el derecho al sufragio solo a partir de 1791. La que sí era usada con frecuencia era demócrata, como antónimo de aristócrata. Mientras tanto los moderados preferían hablar de gobierno representativo y los radicales abogaban por la soberanía del pueblo.

El jacobino Maximiliano Robespierre, miembro del Comité de Salvación Pública que gobernó Francia durante el periodo del Terror, era partidario de una intervención más directa del pueblo en los asuntos públicos. Para Robespierre solo en democracia el Estado «es verdaderamente la patria de todos los individuos que la componen» y Francia era el primer pueblo en establecer una verdadera democracia, en la que todos eran iguales (antes de que Alexis de Tocqueville publicara Democracia en América).

Maximiliano Robespierre, quien solo vivió 36 años en forma muy intensa. Retrato anónimo. Museo Carnavalet, París.

Luego de 1789, la palabra democracia adquirió sentido social y político, como resultado de la derrota de la aristocracia. La Revolución Francesa, más que un nuevo régimen político, produjo un nuevo tipo de sociedad, según Rosanvallon.

A su regreso de Norteamérica, en la cuarta década del siglo XIX, Tocqueville dijo que en EE.UU. «la democracia constituye el estado social, [mientras que] el dogma de la soberanía del pueblo constituye el derecho político». Constató que la primera era una «manera de ser de la sociedad», mientras que la soberanía del pueblo era una forma de gobierno.

«Lo que aman [los estadounidenses], con amor eterno, es la igualdad, se lanzan a la libertad por medio de impulso rápido y por esfuerzos repentinos y, si fallan la meta, se resignan; pero nada podría satisfacerles sin la igualdad, y antes consentirían en perecer que en perderla», dijo Tocqueville. Era una igualdad acotada por el color de la piel y por la geografía, al menos hasta la séptima década del siglo XX, a pesar de la derrota de los confederados en 1865.

Una vez liberadas del imperio británico (1776), las 13 colonias norteamericanas se autodefinieron como Estados soberanos e independientes. Sin un antiguo régimen contra el cual querellarse, los colonos de ascendencia europea no tuvieron que gastar energías reivindicando la igualdad. Esto facilitó, en el horizonte aparentemente infinito del «destino manifiesto», enfatizar en la libertad como principio democrático.

Trenton (25-XII-1776). Expulsados de Nueva York por los ingleses, Washington y su ejército se trasladaron a Nueva Jersey. Unos meses después cruzaron el río Delaware (como muestra el óleo de Trumbull) para asaltar una guarnición británica en Trenton, formada por mercenarios alemanes que se rindieron tras una breve lucha.

En Francia, el ala izquierda del espectro político prefería hablar de república o de soberanía del pueblo. El Dictionnaire Politique Enciclopédie du Langage et de la Science Politiques, editado en 1842 por E. Duclerc et Pagnerre, apenas si menciona que la democracia es la expresión final del principio de igualdad para, de inmediato, remitirla a los artículos sobre soberanía –el principio filosófico de la democracia– y república –su realización institucional y política. Los críticos de Tocqueville –los «doctrinarios»– propusieron hablar de «nueva democracia»; el diplomático François Guizot planteó que, en ésta, el régimen representativo limita todos los poderes, impera la igualdad civil y las libertades individuales, y la posibilidad de cualquiera para acceder a los cargos públicos.

En el siglo XIX desapareció la desconfianza imperante en el XVIII y todos pretendían ser demócratas.

«El banquero que se enriqueció en los sucios chanchullos de la Bolsa y el orador subvencionado que sube a la tribuna […] para defender los más chocantes monopolios, se dicen demócratas; el periódico que, cada día, se hace eco de las declaraciones aristocráticas, y que truena con más furor contra la libertad y la igualdad se dice demócrata; en fin, no son hasta los marqueses del noble suburbio, hasta los exjesuitas de todo tipo quienes se dicen también demócratas», escribió en 1835 el periodista e historiador socialista Albert Laponneraye.

El avance del sufragio universal (1913 en Noruega, 1917 en Rusia y Uruguay, 1919 en EE.UU. y Alemania, 1946 en Francia…), siempre repudiado por los regímenes totalitarios (de extrema izquierda o derecha), ayudó a expandir por el mundo un concepto de democracia que evoca una sociedad refractaria al autoritarismo y expresa libertad.

Varias mujeres se manifiestan a favor del voto femenino en Francia, en los años 30. Foto archivo de Getty Images

Democracia exhausta

Luego de la Segunda Guerra Mundial, EE.UU. monopolizó el ideal de la democracia; empleó su diplomacia –y la institucionalidad internacional– para promocionarla en el paquete tecnológico del desarrollo, presentándola como si fuera indisociable del libre mercado. Sería lo deseable, pero la realidad no confirma esta ligazón. El milagro económico de Corea del Sur, por ejemplo, ocurrió bajo el mando de las dictaduras militares de los generales Park-Chung-hee (1961-1979) y Chun Doo-hwan (1980-1988). El inimitable éxito surcoreano comenzó con una drástica reforma agraria, políticas proteccionistas de apoyo a la industrialización por sustitución de importaciones, no recurrieron a la inversión extranjera y nacionalizaron el sistema financiero. Otro ejemplo: el experimento neoliberal más drástico del siglo XX, ejecutado por los Chicago Boys con la tutela de Milton Friedman, fue comandado por el dictador chileno Augusto Pinochet con el apoyo explícito del secretario de Estado Henry Kissinger (https://bit.ly/43KiVUi). Y, más recientemente, China, Singapur y Vietnam han logrado prosperidad económica, revistiendo con apariencia de legitimidad al comunismo.

El modelo chileno se basa en gran medida en las políticas neoliberales aplicadas bajo el régimen militar de Augusto Pinochet (1973-1990).

La diplomacia norteamericana tiene otras prioridades y, para conseguirlas, no ha reparado en usar la democracia y sus atributos como coartada, o simplemente los ha ignorado. Por ejemplo, durante la ocupación indonesia de Timor Oriental, calificada como genocidio por la Universidad de Oxford; o al negociar el tratado de cooperación económica y militar de junio de 1974 con Arabia Saudita, una monarquía teocrática (https://bit.ly/43HIghA).

Transcurrido medio siglo de prédicas disonantes de la realidad, en 2006 Irving Horowitz, profesor de la Rutgers University, admitió que «todavía no hay consenso […] sobre lo que constituye una democracia. La única superpotencia mundial promueve retórica y militarmente un sistema político que permanece indefinido» (The National Interest n. 83). Hasta que el 6 de enero de 2021, EE.UU. perdió su menguada credibilidad como exportador de ese sistema cuando las hordas extremistas del presidente Trump invadieron el Capitolio, símbolo del ideal y de la práctica alabados por Tocqueville hace dos siglos.

La principal conclusión de "IDEA" es que la fe de la ciudadanía en la importancia y eficacia de las instituciones democráticas está en declive. El desencanto de la gente se debe a que no han demostrado que puedan ofrecer lo que la gente necesita, como lo evidencian la carencia de soluciones a los retos actuales.

El informe de IDEA propone que «las democracias [en plural] se definen como regímenes que celebran elecciones que cumplen normas mínimas de competitividad y sufragio». Para medir su calidad investiga cinco atributos: representatividad, es decir la equidad y libertad de acceso al poder político; derechos fundamentales, es decir respeto a las libertades civiles y acceso de la población a recursos para una participación activa en la política; control efectivo del poder ejecutivo; administración imparcial, con decisiones políticas implementadas de manera equitativa y predecible; y, participación política de la sociedad en distintos niveles.

La principal conclusión de IDEA es que la fe de la ciudadanía en la importancia y eficacia de las instituciones democráticas está en declive. El desencanto de la gente se debe a que no han demostrado que puedan ofrecer lo que la gente necesita, como lo evidencian la carencia de soluciones a los retos actuales.

The Economist, por su lado, afirma que, aunque «con frecuencia los términos libertad y democracia se consideren intercambiables, no son sinónimos. La democracia puede ser vista como un conjunto de prácticas y principios que institucionalizan y, de este modo, en último término protegen la libertad».

Así, ese baluarte del capitalismo invisibiliza el otro principio sustancial de la democracia: la igualdad.
El Democracy Index 2022 (publicado desde 2006) ofrece una instantánea del estado de la democracia –concebida como garante de la libertad– en 165 países. Evalúa cinco características: proceso electoral y pluralismo; funcionamiento del gobierno; participación política; cultura política; y libertades civiles. Y con los resultados de esta evaluación clasifica los países en cuatro categorías: democracias plenas (países que respetan las libertades políticas y civiles y que practican una cultura política adecuada: 8% de la población mundial), democracias deficientes (países con problemas de gobernanza, bajos niveles de participación y cultura política subdesarrollada: 37,3% de la población mundial), regímenes híbridos (países con elecciones irregulares y corrupción política: 17,9% de la población) y regímenes autoritarios (países sin pluralismo político, con frecuencia gobernados por dictaduras: 36,9% de la población mundial)

The Economist considera que en la región andina Chile es la única democracia plena; Colombia es una democracia deficiente; Bolivia, Ecuador y Perú son regímenes híbridos; y Venezuela es un régimen autoritario. Entre 2006 y 2022, en esta región el promedio del índice de The Economist ha bajado de 6,2 a 5,5

Nicolás Maduro Foto: Reuters / Leonardo Fernandez Viloria / Archivo

Futuro complicado

Hace poco el financista George Soros se preguntaba si la democracia podrá sobrevivir a los desafíos del futuro inmediato (Project Syndicate, 06/06/2023). Identifica tres factores perturbadores: la inteligencia artificial (IA), el cambio climático y la invasión de Rusia a Ucrania. En estos días se debate con intensidad los beneficios y peligros que acarrea la IA. Soros asegura que es una amenaza para las sociedades abiertas. Recoge los temores del pionero en el desarrollo de la IA y vicepresidente de Google, Geoffrey Hinton. Luego de renunciar a su trabajo (3 de mayo del 2023), Hinton hizo varias advertencias sobre los peligros de la IA. Su mayor preocupación es que internet se llenará de fotos, videos y textos falsos que el usuario promedio no podrá saber si son verdaderos (https://bit.ly/3NdNgU6).

Plataformas como Facebook, Twitter o YouTube se valen de algoritmos para que sus usuarios las usen más tiempo, mientras que la IA crea una realidad propia, en la que no es necesario distinguir lo correcto de lo incorrecto. Aplicada a una campaña política, su objetivo sería cambiar el comportamiento de los votantes. Si esta habilidad se asocia a la capacidad de análisis de la big data, de empresas como Cambridge Analytica (https://bit.ly/3PlelYf), las técnicas de manipulación del comportamiento y microfocalización serían mucho más eficaces. Supóngase que un partido político se vale de una empresa que utiliza IA para maximizar la votación de su cliente. Los otros partidos también lo harán. Al final de la campaña, no la ganará una persona, sino una máquina. «La elección ya no sería democrática, aunque hayan ocurrido todas las actividades ordinarias de la democracia —los discursos, los anuncios, los mensajes, la votación y el conteo de votos—» (https://bit.ly/3Xl9J6o).

Plataformas como Facebook, Twitter o YouTube se valen de algoritmos para que sus usuarios las usen más tiempo, mientras que la IA crea una realidad propia, en la que no es necesario distinguir lo correcto de lo incorrecto. Aplicada a una campaña política, su objetivo sería cambiar el comportamiento de los votantes.

En el 2024 habrá una elección general en EE.UU., crucial para el mundo entero. El financista no duda que la IA tendrá un papel importante, ya que «es muy buena en la producción de desinformación y deepfakes, y habrá muchos actores malintencionados». Y ¿quién puede asegurar que estos dispositivos tecnológicos no estén interfiriendo en la voluntad de los ecuatorianos que votarán en el referéndum y elecciones de agosto?

Imagen referencial. elciudadano.news

Soros es muy pesimista con respecto a la IA, pero apuesta a que Ucrania ganará la guerra, lo que reducirá las tensiones entre China y EE.UU. En ese escenario, los líderes mundiales podrán concentrarse en combatir el cambio climático, explica. ¿Ingenuidad o malicia? En todo caso, miopía cortoplacista. No es verdad que el presidente Biden solo quiera someter a Putin y restablecer el statu quo en Taiwán. Si lo quisiera, se abstendría de calificar de dictador a Xi-Jinping (incluso si lo fuera) y no desconocería el principio de una sola China, aceptado por la comunidad internacional desde hace cuatro décadas. Para algunos la guerra es un gran negocio, aunque esté causando sufrimientos terribles, tenga consecuencias económicas de alcance mundial y acelere el calentamiento global, pues los esfuerzos de descarbonización han pasado a segundo plano.

Es evidente que a la OTAN no le interesa terminar esa guerra. Medios de prensa de prestigio ya analizan cómo EE.UU. podría ganar la guerra nuclear a Rusia. Por desgracia –dice Noam Chomsky– la política norteamericana y de la OTAN ofrecen muchos posibles escenarios «para una rápida terminación de la sociedad humana». En este caso ya no sería necesario discutir sobre las dificultades o el rumbo que pudiera tomar la democracia en el siglo XXI. Si los líderes de occidente no estuvieran comprometidos con poderosos intereses económicos, la única manera prudente y racional de terminar con la guerra sería mediante la diplomacia y la negociación política.

Soros se equivoca cuando afirma que el cambio climático es un factor perturbador de la democracia. Es al revés: ha sido la práctica real de los mecanismos de la democracia –como la entiende The Economist– en el centro y en la periferia del sistema capitalista, la que ha facilitado las políticas públicas que nos están conduciendo al colapso civilizatorio. El Grupo Intergubernamental de Expertos de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático afirma que en el 2100 el planeta será 2,5° a 2,7° más cálido de lo que era antes de la revolución industrial. El hielo de Groenlandia, la Antártida y los Himalayas se derretirá provocando una subida de 10 metros en el nivel de los mares. Los grandes biomas del planeta se alterarán por completo, el permafrost se descongelará, la biología marina disminuirá intensamente y las zonas habitables cambiarán. Probablemente las regiones ecuatoriales se tornarán inhabitables.

Cuando las políticas para combatir el cambio climático han interferido con el libre mercado, los afectados han logrado evitarlas recurriendo a prácticas más o menos democráticas o a otros expedientes no confesables. Tal vez el caso más evidente es el del lobby petrolero, que por casi 40 años ha entorpecido la migración a la energía verde.

Cuando las políticas para combatir el cambio climático han interferido con el libre mercado, los afectados han logrado evitarlas recurriendo a prácticas más o menos democráticas o a otros expedientes no confesables. Tal vez el caso más evidente es el del lobby petrolero, que por casi 40 años ha entorpecido la migración a la energía verde. Pero también el capital financiero, los agronegocios, la industria del transporte, el extractivismo, y el consumismo –indispensable para mantener la acumulación en el sistema—. 

La democracia se basa en constituciones y reglas, tanto como en la buena fe y la confianza. Las primeras abundan, las segundas son cada día más escasas. Ha sido, en última instancia, el mejor intento de la civilización por poner en cintura al poder. Pero la globalización, las nuevas tecnologías y los cambios culturales lo hicieron más abstracto, heterogéneo y disperso. Está en todas partes y en ninguna. M. Foucault tiene razón cuando dice que el poder está fragmentado y se refracta en la política. Y en estas condiciones es más fácil trasladar la capacidad de decidir de la sociedad a «tiranías privadas que no rinden cuentas […] Se llama libertad en el discurso orwelliano contemporáneo», sentencia Chomsky (https://bit.ly/42VRJRd).

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