Back to top
29 de Mayo del 2024
Historias
Lectura: 34 minutos
29 de Mayo del 2024
Julio Oleas-Montalvo
Externalidades, crecimiento y sostenibilidad
0

Imagen referencial: Canva

 

Los políticos y los economistas comprometidos con el crecimiento de corto plazo conciben la naturaleza como algo inerte, que debe explotarse para transformarla en bienestar, medido por el PIB, flujo que no considera el valor de irremplazables activos naturales destruidos por la sobreexplotación, la pérdida de biodiversidad, la contaminación y otros costos que afectan la salud y el bienestar humanos.

El concepto de producto interior bruto está obsoleto, y ahora debemos reflexionar sobre la relación entre la economía política neoliberal y la realidad.

Emmanuel Todd

El mercado es el eje de la civilización del capital. En el mercado –en sentidos abstracto y real– la gente se relaciona, compra y vende lo que necesita, y lo que la publicidad afirma que se necesita. La realidad ha sido embebida en el mercado. Este dispone de una ciencia y de una métrica que parecen ideadas para justificarlo. Es una ciencia desarrollada al margen de las leyes de la naturaleza y es una métrica ad-hoc empleada como propaganda política en la carrera del crecimiento. Lo que no calza en la realidad del mercado se considera una externalidad, invisibilizada en esa métrica.

La noción de externalidad no ayuda a la sostenibilidad. Pero al excluir las externalidades de la contabilidad nacional –la métrica del mercado– se generan sesgos estadísticos intolerables. Este ensayo explora las consecuencias de esa exclusión y especula sobre el origen de este sesgo teórico. Se insiste en la urgencia de repensar los objetivos y alcances del PIB y su metodología, sin despreciar los avances logrados, pero buscando trascender el paradigma del mercado.

La realidad: lo externo y lo interno

Adam Smith, el pionero de la ciencia económica, orientó el estudio de los fenómenos del mercado aislándolos de la realidad. Afirmó que «[el] trabajo anual de cada nación es el fondo del que se deriva todo el suministro de cosas necesarias y convenientes para la vida que la nación consume anualmente, y que consiste siempre en el producto inmediato de ese trabajo, o en lo que se compra con dicho producto a otras naciones» (La riqueza de las naciones, Alianza Editorial, 1996, p. 26). Su obra es una síntesis del pensamiento económico anterior a él. Pero olvidó un aporte fundamental de Richard Cantillon, extensamente desarrollado por la fisiocracia. Para Cantillon la fuente de la que se deriva toda riqueza es la tierra, y el «trabajo del hombre da forma a ese producto; la riqueza, en sí misma, no es más que el alimento, las comodidades y los placeres de la vida» (An Essay on Economic Theory, 1755, p. 21).

Al destacar el trabajo como la fuente de la riqueza material de la civilización, en lugar de la tierra, Smith orientó el desarrollo de la ciencia económica al margen de las leyes de la termodinámica y de otras leyes que gobiernan la naturaleza, sostiene el economista postkeynesiano Steve Keen, de la Universidad de Western Sydney, en un nuevo libro de próxima aparición.

En el siglo XIX el análisis científico ya descomponía los problemas complejos en sus partes esenciales. Alfred Marshall empleó esta metodología para elaborar su teoría del equilibrio parcial (Principles of Economics, 1890). Para explicar cómo se genera la oferta total de una rama industrial propuso que una productora o empresa «representativa» tiene acceso a las economías interna y externa de esa rama. Las economías internas, dijo, dependían de la eficiencia de cada empresa para organizar el trabajo y aprovechar la maquinaria; y las externas, del «desarrollo general de la industria», relacionadas con su localización y concentración, lo que podía facilitar mejor información, disponibilidad de mano de obra cualificada y eficiencia en el uso de la maquinaria especializada.

Esta distinción era una confirmación implícita del aislacionismo iniciado por Smith: concentró el objeto del análisis en la oferta, la demanda, los costos, los precios y el resultado esperado (el equilibrio, parcial y general). Todo esto ocurría en ese espacio ideal llamado mercado. Si algo no pertenecía al mercado no tenía importancia y, en la praxis de la ciencia económica, se desvanecería en la irrelevancia. Dicho de otra manera, Marshall estableció las fronteras ontológicas de la disciplina. Esta delimitación fue asumida sin dificultad por J. M. Keynes, discípulo de Marshall, el autor de La teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, presentada como una crítica radical a la economía neoclásica.

Nadie habla de economías externas en la actualidad. Simplemente se dice externalidades. Junto a los bienes públicos y a la asimetría de información, son consideradas distorsiones –en teoría excepcionales– que impiden la asignación óptima realizada en los mercados libres. Una externalidad ocurre cuando el efecto de una decisión económica perturba a un tercero no involucrado directamente. Puede ser positiva, si el efecto de esa decisión (de producción, consumo o de otro tipo) genera un beneficio a un tercero, sin que este pague por él. O negativa, si esa decisión genera un costo a un tercero, que no es internalizado por quien lo genera. Si todo el efecto de una decisión económica se refleja en el precio, se entiende que el costo se ha internalizado (Ertola y Sturzenegger, Principios de economía, Universidad de San Andrés, 2023).

La teoría económica ha formulado varias opciones para contrarrestar las externalidades negativas. La primera es limitar la producción del bien o servicio que las genera. Noruega, por ejemplo, prohibirá la venta de autos a combustión interna a partir de 2025. Esta opción traiciona la tradición utilitarista de Jeremy Bentham, J. S. Mill y el mismo Marshall, de maximización del bienestar. Arthur Pigou propuso una solución «neoclásica» inspirada en su profesor y mentor –el mismo Marshall– que no interrumpía el funcionamiento del mercado: gravar con un impuesto a la industria causante de la externalidad negativa (Wealth and Welfare, MacMillan and Co., 1912).

Nadie habla de economías externas en la actualidad. Simplemente se dice externalidades. Junto a los bienes públicos y a la asimetría de información, son consideradas distorsiones –en teoría excepcionales– que impiden la asignación óptima realizada en los mercados libres.

Casi medio siglo más tarde Ronald Coase criticó la solución de Pigou. Coase creía que la presencia de externalidades no justifica las interferencias del gobierno –por medio de prohibiciones o de impuestos– en el funcionamiento del mercado. Llamó la atención sobre la naturaleza recíproca de las externalidades negativas: si alguien genera una externalidad, alguien es afectado (The problem of social cost, The Journal of Law and Economics vol. III, octubre de 1960). En consecuencia, si los costos de transacción fueran leves y el sistema judicial asignara adecuadamente las responsabilidades, las fuerzas e incentivos del mercado bastarían para generar soluciones eficientes, sin interferencia del gobierno. El ejemplo clásico: si una fábrica contamina el aire, los vecinos residentes podrían acordar un pago como compensación al daño causado por el humo, o podrían pagar a la fábrica para que deje de emitir el contaminante. El teorema de Coase no considera que una molécula de CO2 puede permanecer cientos de años en la atmósfera, y menos que ese gas es el principal agente del efecto invernadero.

El PIB, esa cifra proverbial

La teoría del mercado es excepcionalmente intuitiva: los consumidores demandan bienes o servicios ofertados por los productores. Esta interacción genera un precio que, bajo ciertos supuestos, equilibra oferta y demanda. A partir de una simple ecuación (valor = precio x cantidad) es posible sumar peras y manzanas, cobre y petróleo, derechos de propiedad intelectual y servicios de intermediación financiera, exportaciones menos importaciones, hasta llegar a una cifra única: el producto interno bruto (PIB).

El PIB mide el valor –monetario– de las actividades de las empresas que utilizan insumos para obtener productos. Los productos son bienes y servicios resultantes de los procesos de producción contabilizados en los flujos de transacciones de mercado durante un periodo de tiempo –generalmente un año. Si esos bienes y servicios no han sido transados en algún mercado, no cuentan. El cuidado del hogar, por ejemplo, si lo realiza una mucama, acrece al PIB. Pero si ella contrae matrimonio con quien la contrata, ese servicio ya no será contabilizado. La metodología de este prodigio estadístico se encuentra en el Sistema de Cuenta Nacionales 2008 (SCN) elaborado conjuntamente por Naciones Unidas, el FMI, Banco Mundial, la Comisión Europea y la OCDE.

Imagen referencial: Canva

El párrafo 1.7 del primer capítulo del SCN reitera el rumbo dado a la economía por Smith en el siglo XVIII y confirma la frontera ontológica fijada por Marshall en el XIX: «[el SCN] registra los intercambios de bienes, servicios y activos que se realizan […] en forma de transacciones. Al mismo tiempo registra otras transacciones que representan la forma de pago del intercambio, que puede consistir en un bien, servicio o activo de valor similar, pero que habitualmente consiste en algún tipo de derecho económico, incluidos los billetes y monedas». Es decir, enumera los elementos constitutivos del mercado.

El SCN establece una secuencia de cuentas que comienza con las «corrientes»: desde la de producción de bienes y servicios (cuyo resultado es el PIB), de generación de ingresos y su distribución y redistribución, y de utilización de esos ingresos: consumo o ahorro.  Pero toda la energía de los expertos suele concentrarse en el cálculo del primer saldo: el PIB, cifra que acapara la atención de los políticos y de la gran mayoría de personas. El FMI estima que en 2022 el PIB mundial habría sido de USD 96,3 millones de millones: la suma de las sumas de todas las transacciones realizadas en los mercados de bienes y servicios de todos los países en ese año. El crecimiento del PIB es tan importante en la civilización del capital que incluso se lo proyecta a futuro: en 2024, por ejemplo, Ecuador prácticamente no crecería, mientras que Venezuela crecería 3,2%. El gráfico 1 muestra que para 2026 las tasas de crecimiento de los seis países seleccionados convergerán a un rango de 2–3%. Y del cuarto año en adelante solo son un albur cuya única utilidad sería apaciguar los espíritus animales de J. M. Keynes.

El crecimiento del PIB es tan importante en la civilización del capital que incluso se lo proyecta a futuro: en 2024, por ejemplo, Ecuador prácticamente no crecería, mientras que Venezuela crecería 3,2%.

El cálculo del PIB es indispensable. Pero concentrar la atención y las expectativas de prosperidad y sostenibilidad de la humanidad en él sería como que a un empresario solo le interesasen los ingresos y gastos, y le tuviese sin cuidado la situación patrimonial de su empresa, es decir los balances de activos, pasivos y capital.

El PIB no (des)cuenta las externalidades

En 2023 la economía de Guyana creció 38,4% mientras que la de Ecuador lo hizo al 1,4%. No es que Guyana sea muchísimo más productivo que Ecuador. En 2015 ExxonMobil inició en ese país un proyecto de exploración muy exitoso, y desde diciembre de 2019 exporta petróleo. Las reservas de petróleo de Guyana se estiman en 11.000 millones de barriles. Al quemarse para generar energía, ese petróleo produciría unas 3,3 millones de toneladas de CO2 que se esparcirán en la atmósfera, acelerando el calentamiento global.

Lo que para Guyana podría ser un milagro, es una gigantesca externalidad negativa para el planeta. Guyana recibe regalías del consorcio formado por ExxonMovil-Guyana (filial de la gigante norteamericana), Hess Corporation y China National Offshore Oil Corporation (CNOOC). Quien realmente explora, extrae y exporta el petróleo es ese consorcio que, como cualquier empresa que genera externalidades negativas, ha privatizado sus beneficios y ha socializado sus costos.

Imagen referencial. ExxonMovil

Para el SCN las externalidades son «repercusiones en terceros que no están comprendidas en el valor de las transacciones monetarias entre dos unidades económicas o que se derivan de acciones de estas unidades en ausencia de cualquier transacción monetaria». En consecuencia, «pueden dar lugar a una amplia diversidad de transferencias implícitas». Este sistema contable las considera como servicios negativos, prestados sin el consentimiento de las unidades afectadas; serían «la antítesis de una transacción de mercado», por lo que no se las contabiliza. Sin embargo, reconoce que las externalidades medioambientales pueden afectar el bienestar y el crecimiento económico, y en 2008 anticipó que se desarrollaría una «cuenta satélite que está siendo mejorada para tratar de responder a dichas cuestiones» (SCN 2008, Cap.1 párrafo 1.82)

Muchos grupos ambientalistas han acogido con entusiasmo la noción de externalidad negativa. Lo que ha tenido un efecto narcotizante: si se la asume en forma contable, parecería que el ajuste de la tasa de un impuesto, el afinamiento de una regulación o la creación de un nuevo mercado  serían suficientes.

Esa cuenta debía ser el Sistema de Contabilidad Ambiental y Económica 2012, SCAE, elaborado por Naciones Unidas, OCDE, Comisión Europea, FAO, FMI y Banco Mundial. El SCAE es un manual de 376 páginas en el que la palabra externalidad se puede leer en una sola ocasión en el párrafo 4.154 del capítulo 4, en el que se inhibe de considerar impuestos que gravan externalidades negativas según su magnitud (los impuestos tipo Pigou), por los «difíciles problemas de medición». Y enseguida asume como criterio «la respectiva base imponible», es decir, el valor sobre el que se aplica un impuesto.

Muchos grupos ambientalistas han acogido con entusiasmo la noción de externalidad negativa. Lo que ha tenido un efecto narcotizante: si se la asume en forma contable, parecería que el ajuste de la tasa de un impuesto, el afinamiento de una regulación o la creación de un nuevo mercado (como sugiere Coase) serían suficientes.

La realidad es más complicada que el mercado

En el mercado (representado por el círculo de color crema en el gráfico 2) se produce para ganar dinero destinado a consumir o a pagar impuestos. La teoría lo presenta casi como una entelequia, pero en realidad cada mercado es una institución que gestiona los derechos de propiedad de quienes intervienen en él, y que confiere estabilidad a la producción de bienes y servicios, a su consumo y a los eventuales saldos de este proceso (la variación de existencias y el ahorro).

El ahorro sirve para adquirir activos que acrecen a las cuentas de acumulación. Estas registran los flujos que afectan los asientos de los balances inicial y final del periodo contable. La metodología establece que al final de esta secuencia, los balances muestran el valor de los stocks de activos y pasivos en poder de la sociedad, al comienzo y al final del periodo contable. Si el consumo es mayor que los ingresos, el ahorro será negativo, lo que reducirá los activos… una reducción del patrimonio.

Los activos son entidades poseídas por alguien (un individuo, una empresa, un país) con la intención de producir beneficios futuros. Según el SCN son de dos tipos: financieros (oro monetario, dinero y depósitos, títulos de deuda, préstamos, participaciones de capital…) y no financieros. Estos últimos pueden ser producidos en las actividades económicas y no producidos, como los activos ambientales –como los llaman el SCN y el SCAE (los recursos naturales de los ambientalistas, o el capital natural de los economistas neoclásicos). Los activos ambientales son los recursos minerales y energéticos, la tierra, los recursos del suelo, los recursos madereros (cultivados o naturales), los recursos acuáticos (cultivados o naturales), otros recursos biológicos y los recursos de agua (superficial, subterránea y del suelo).

Los activos financieros y no financieros (desde una fábrica o una autopista, hasta un bosque cultivado o una granja piscícola) producidos en las actividades económicas pertenecen al círculo de color crema en el gráfico 2. Los activos no financieros no producidos se encuentran en el ambiente (el óvalo de color celeste en el gráfico 2). El gráfico 2 representa el intercambio de flujos de insumos naturales (incluidos los servicios ambientales) y de residuos que opera entre el mercado y el ambiente.

Lo que no se cuenta no existe

Puesto que los servicios ecosistémicos no son «capturados totalmente» en los mercados, ni adecuadamente cuantificados en términos comparables al capital producido y a los servicios económicos, no están bien representados en los ámbitos políticos. Esto «podría comprometer la sostenibilidad de los seres humanos en la biosfera», advirtieron hace 25 años Robert Costanza y un grupo de científicos empeñados en reunir información para valorar el capital natural y los servicios ecosistémicos (The value of the world’s ecosystem services and natural capital, Nature vol. 387, 15/mayo/1997).

Al realizar este ejercicio de agregación de alcance global tropezaron con complicados problemas conceptuales y empíricos. Identificaron 17 servicios ecosistémicos renovables (decidieron agrupar bienes y servicios ecosistémicos) que soportan las funciones ecosistémicas indispensables para asegurar la vida en la biosfera (desde la regulación de la temperatura y las precipitaciones globales hasta la provisión de usos no comerciales –representados por la flecha verde en el gráfico 2). No consideraron en sus cálculos la atmósfera y los minerales y combustibles no renovables.

El capital natural de este ejercicio está constituido por los stocks de materia o información –existentes en un momento específico– que proveen flujos de servicios ecosistémicos susceptibles de usarse para transformar otros materiales, con el fin de incrementar el bienestar humano. El uso de esos flujos puede o no dejar intacto el stock original materializado en bosques, depósitos minerales, la atmósfera… o almacenado en la información genética de las especies vivas y en los ecosistemas. Los servicios ecosistémicos son flujos de materiales, energía e información que emanan de los stocks de capital natural. Combinados con las manufacturas y los servicios proveídos por el capital humano, producen bienestar.

Puesto que los servicios ecosistémicos no son «capturados totalmente» en los mercados, ni adecuadamente cuantificados en términos comparables al capital producido y a los servicios económicos, no están bien representados en los ámbitos políticos.

Teóricamente sería posible generar bienestar humano sin capital natural ni servicios ecosistémicos «en ‘colonias espaciales’ artificiales», pero es una posibilidad remota y costosa. La Tierra, concluyen Costanza et al., es una «proveedora muy eficiente y barata de servicios de apoyo a la vida humana», es insustituible: «Un capital natural igual a cero implica un bienestar humano igual a cero porque no es posible sustituir por completo el capital natural con puro capital no natural». 

La metodología de valoración se basa en la disponibilidad a pagar por los servicios ecosistémicos. Esta opción era inevitable: el valor de muchas formas de capital natural y de servicios ecosistémicos no es trazable con facilidad en mercados operativos, o simplemente no existen mercados. Una gran parte de las contribuciones de los servicios ecosistémicos al bienestar humano constituyen bienes públicos en estado puro: benefician directamente a los seres humanos sin pasar por la economía monetaria (como el aire y el agua puras, la formación de suelos, la regulación del clima, el tratamiento de los residuos, los valores estéticos y la buena salud).

Con estas aclaraciones, el valor anual de los servicios ecosistémicos se estimó que oscilaría entre USD 16 millones de millones y USD 54 millones de millones, con un promedio de USD 33 millones de millones Esta cifra era 1,8 veces mayor que el PIB mundial del año en el que se publicó ese estudio (1997).

Si fuese posible internalizar esos costos el PIB global de ese año se debería incrementar en al menos USD 33 millones de millones. Es más, si se pagara la contribución de esos servicios a la economía global, el sistema mundial de precios sería completamente diferente. Para comenzar, los precios de los bienes primarios que directa o indirectamente incorporan servicios ecosistémicos serían mucho más altos. La estructura de pagos a los factores –salarios, tasas de interés y utilidades– cambiaría en forma dramática.

Costanza et al. no han sido los únicos en investigar el valor de las externalidades no consideradas en el cálculo del PIB. En 2013 el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) contrató a la consultora privada Trucost para valorar el capital natural sin precio consumido por grandes empresas (Natural Capital at Risk: the top 100 externalities of business, https://bit.ly/3V4dxcw). Sin precio significa que no existen mercados; es decir, que esas empresas se benefician gratuitamente de un bien o servicio ambiental.  

A diferencia del estudio dirigido por Costanza, el de Trucost tiene un enfoque empresarial. Los precios de las materias primas de la década previa a 2013 habían anulado un siglo de bajos precios en términos reales, lo que incrementaba el riesgo por sobreexplotación de capital natural no valorado cada vez más escaso. Los daños causados por el cambio climático y el cambio de uso del suelo también generan externalidades económicas, sociales y ambientales para las empresas.  

Trucost desarrolló un modelo insumo-producto ampliado. Clasifica al capital natural en dos grupos: de mercado, como materiales no renovables (los combustibles fósiles y las materias primas de origen mineral); y activos que no tienen precio, proporcionados por bienes y servicios renovables finitos, como el aire puro, el agua freática o la biodiversidad. El modelo sirve para monetizar «el valor del capital natural que no tiene precio consumido en la operación estándar de la producción primaria (agricultura, pesquería, minería, forestería, petróleo y gas) y en algunos procesos primarios (cemento, acero, pulpa y papel, petroquímicos) […] excluyendo eventos catastróficos». El objetivo era proveer una visión de «alto nivel sobre dónde se encuentran los riesgos del capital natural y qué significarían para la rentabilidad empresarial en un ambiente regulatorio más sostenible». Dicho de otra manera, cuánto costaría a esas empresas un sistema regulatorio más estricto.

Las limitaciones del PIB, como indicador de progreso social, e incluso de rendimiento económico, fueron advertidas por Joseph Stiglitz, Amartya Sen y Jean-Paul Fitoussi en 2008.  Destacaron la omisión de actividades al margen de los mercados (como el trabajo de la mujer en el hogar), la insuficiente medición de las externalidades, el agotamiento de los recursos naturales y la destrucción de la biodiversidad.

La producción y procesamiento de bienes primarios analizados en este estudio tendrían costos de capital natural no valorado equivalentes a USD 7,3 millones de millones, o 13% la producción global mundial de 2009. El carbón es el mayor enemigo de la humanidad. La mayoría de estos costos se debe a emisiones de gases con efecto invernadero (38%), seguida de uso de agua (25%), uso de la tierra (24%), contaminación aérea (7%), contaminación de tierras y agua (5%) y residuos (1%). Las industrias consideradas en el estudio de Trucost no serían rentables si pagaran por el capital natural utilizado.

La hoja de balance planetario

Las limitaciones del PIB, como indicador de progreso social, e incluso de rendimiento económico, fueron advertidas por Joseph Stiglitz, Amartya Sen y Jean-Paul Fitoussi en 2008.  Destacaron la omisión de actividades al margen de los mercados (como el trabajo de la mujer en el hogar), la insuficiente medición de las externalidades, el agotamiento de los recursos naturales y la destrucción de la biodiversidad (Report by the Commission on the Measurement of Economic Performance and Social Progress, 2008). Stiglitz, Sen y Fitoussi aconsejaron priorizar la medición del bienestar en lugar de la producción.            

El PIB sintetiza la competencia por el crecimiento económico entre los estados-nación, dentro del modelo de mercados autárquicos. Para evitar la crisis civilizatoria en la que nos encontramos, es necesario medir los flujos de energía y materiales intercambiados entre el mercado y la biosfera, y la disponibilidad de stocks de activos ambientales –el término técnico para englobar a la naturaleza. Las economías nacionales serían el punto de partida hasta abarcar el planeta entero, y la meta sería la sostenibilidad, no el crecimiento. Si el PIB requiere un sistema unidimensional de valoración, la sostenibilidad requiere métricas multidimensionales y pluralidad de valores.

Esta migración necesita el impulso de una nueva narrativa económica: una historia simple, atractiva y fácil de entender, difundida en los medios de comunicación, para modificar las decisiones individuales y colectivas, y cambiar las expectativas y comportamientos, como propone Robert Shiller -profesor de la Universidad de Yale en Narrative Economics. How Stories go Viral & Drive Major Economic Events (Princeton University Press, 2019). 

Esta historia comenzaría por reconocer que la humanidad abusa de un planeta vivo.

Desafortunadamente, los políticos y los economistas comprometidos con el crecimiento de corto plazo conciben la naturaleza como algo inerte, que debe explotarse para transformarla en bienestar, medido por el PIB, flujo que no considera el valor de irremplazables activos naturales destruidos por la sobreexplotación, la pérdida de biodiversidad, la contaminación y otros costos que afectan la salud y el bienestar humanos.

Imagen referencial: Canva

Las autoridades de los gobiernos desconocen lo que está ocurriendo con los stocks de activos ambientales porque no disponen de hojas de balance nacionales que evidenciarían las consecuencias de las externalidades (contaminación, erosión ambiental, desigualdad) aupadas por políticas deficientes, que encubren prácticas empresariales predatorias.

Sería una migración que relativice el paradigma smithiano-marshalliano aceptando que «los mayores problemas de nuestro tiempo -la energía, el ambiente, el cambio climático, la seguridad alimentaria, la seguridad financiera- no pueden entenderse aisladamente. Son problemas sistémicos, es decir que todos ellos están interconectados y son interdependientes», como afirman el físico Fritjof Capra y el químico Pierre Luigi Luisi. Y que evidencie la irresponsable insuficiencia de la economía del cambio climático, según la cual, luego de una pequeña inversión en fuentes de energía limpia (¿2% del PIB?) en los próximos años, se podrá disfrutar de un crecimiento infinito del PIB mundial. Esta sobrerrepresentación del capital producido desconoce que la biodiversidad y los recursos naturales no renovables (aire, agua, bosques, mares y espacios), esenciales para el bienestar, están siendo destruidos a una velocidad sin precedentes.

Andrew Sheng, del Instituto Global de Asia, en la Universidad de Hong Kong, propone elaborar una «hoja de balance planetario» para describir la verdadera situación de los flujos y stocks de todo, incluso de la «biodiversidad y del capital natural. Todavía no disponemos de toda la información necesaria para elaborar ese balance, pero sí podemos paso a paso elaborar un nuevo mapa como base para discutir objetivos compartidos, desafíos y soluciones, en forma colectiva con la cada vez más abundante información económica, financiera, ambiental, social y gubernamental» (The One-Earth Balance Sheet, NOĒMA, https://bit.ly/4bUb9uM).

Como se ha visto, el mayor defecto de los sistemas nacionales de contabilidad es la inconsistencia estadística entre flujos y stocks. Esto es consecuencia, en parte, de la importancia dada a los flujos de ingreso, consumo, importaciones y exportaciones, y no por falta de metodología –al menos en valores monetarios. Las autoridades de los gobiernos desconocen lo que está ocurriendo con los stocks de activos ambientales porque no disponen de hojas de balance nacionales que evidenciarían las consecuencias de las externalidades (contaminación, erosión ambiental, desigualdad) aupadas por políticas deficientes, que encubren prácticas empresariales predatorias.

En la actualidad cada país soberano se conduce como si sus políticas monetarias, fiscales y de consumo ocurriesen en aislamiento, con consecuencias únicamente para sus ciudadanos. Como no existe una autoridad internacional, nadie recopila información fiscal y monetaria de alcance global para saber si lo que hace cada país es consistente con los objetivos de desarrollo sostenible (ODS).

Desde 2008 la mayoría de los países del G20 elabora balances para entender las relaciones entre flujos y stocks sectoriales e internacionales. Pero la mayoría de los 89 países que disponen de estadísticas hechas según el SCAE lo hacen en forma incompleta y solo 34 ha desarrollado cuentas de los ecosistemas, según un reciente informe de la OCDE sobre capital natural y biodiversidad.

En la actualidad cada país soberano se conduce como si sus políticas monetarias, fiscales y de consumo ocurriesen en aislamiento, con consecuencias únicamente para sus ciudadanos. Como no existe una autoridad internacional, nadie recopila información fiscal y monetaria de alcance global para saber si lo que hace cada país es consistente con los objetivos de desarrollo sostenible (ODS), a nivel planetario. Para solucionar esta carencia se podría crear un nuevo sector natural (¿institucional?) para los sistemas contables nacionales e internacional que podría «mantener registros de la cantidad de ‘transacciones’ en términos de emisiones/captura de carbono, utilización de recursos naturales, contaminación y más», sugiere Sheng.

La base técnica para acatar la sugerencia de Sheng se encuentra en los capítulos 10, 11, 12, 13, 16, 20 y 29 del SCN y en los capítulos III, IV y V del SCAE. Pero habría mucho más por hacer, en especial estandarizar conceptos, marcos contables y normas de divulgación. El trabajo de compilación de la hoja de balance planetario supera a cualquier individuo o grupo, pues la información de base será multidimensional y multidisciplinaria. En el ámbito político, sería necesario crear en la estructura de Naciones Unidas una entidad responsable del proyecto, o empoderar a la entidad más preparada para ejecutarlo.

La hoja de balance planetario permitiría identificar dónde están los desequilibrios más agudos y peligrosos. Muchos, como el bienestar y el ingreso ya son obvios. Pero otros, como las conductas consumistas y su relación con la contaminación y las emisiones de carbón, o los atascos de las redes globales y cadenas de suministros, todavía no han sido estudiados a profundidad.

 

GALERÍA
Externalidades, crecimiento y sostenibilidad
 


[CO MEN TA RIOS]

[LEA TAM BIÉN]

Carlos Pólit dice que no huyó de Ecuador en 2017 e insiste a la Corte que lo libere hasta su sentencia
Redacción Plan V
Atentado a Trump: el camino a la Casa Blanca está allanado
Ugo Stornaiolo
Crimen organizado, delincuencia común e invasores asechan las áreas protegidas
Redacción Plan V
Agencia minera propone a la UAFE firmar un convenio tras la investigación sobre las exportadoras fantasmas de oro
Redacción Plan V

[MÁS LEÍ DAS]

Una red de empresas fantasmas en Ecuador exportó 500 millones de dólares en oro
Por Plan V y medios aliados
Feria del Libro de Quito: el chasco del periodismo cultural
Miguel Molina Díaz - Escritor
El correísmo no pierde tiempo en su intento de hacerse de la Judicatura
Redacción Plan V
José Serrano habla de narcotráfico y relaciona a Ministro de Agricultura
Redacción Plan V