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5 de Abril del 2022
Historias
Lectura: 16 minutos
5 de Abril del 2022
Julio Oleas-Montalvo
Ucrania: el escenario del choque de civilizaciones
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Una mujer llora junto a su casa tras un bombardeo en Kiev. El Ejército ruso carga contra infraestructuras civiles para forzar al presidente ucranio, Volodímir Zelenski, a negociar y a capitular. Después de la masacre de civiles en Bucha, se ha acusado a Putin de críemenes de lesa humanidad  Foto: Emilio Morenatti. AP

 

La ideología suele fungir como solvente de los valores, de la ética, de la verdad y de la justicia. Para Biden, Putin o Xi Jinping está en juego el dominio geopolítico del mundo, pero para la humanidad está en riesgo su supervivencia. En tiempos de crisis civilizatoria el enemigo de mi enemigo no es mi amigo. Hoy, más que nunca, es crucial tener muy claro quiénes son los enemigos de la humanidad.


En el siglo XX los rusos visitaban Europa a bordo de sus carros blindados. Con ellos Kruschev ocupó Budapest para sofocar la revolución húngara (1956) y Brézhnev ahogó la primavera de Praga (1968). En 1989 Gorbachov pareció dejar atrás ese bárbaro impulso. Pero el 24 de febrero Putin dijo al mundo que a Rusia solo le interesa su pasado, que el presente y futuro de un planeta en crisis no es su problema. 

La guerra y sus atrocidades reaparecieron, una vez más, en el continente cuna de la civilización occidental, cuando la globalización nos tenía acostumbrados a que esas demostraciones de barbarie ocurran en Afganistán, en Yemen o en Irán. Las consecuencias ya están presentes, la invasión a Ucrania está causando profundos impactos económicos. El desabastecimiento de productos alimenticios y materias primas provenientes de Rusia y Ucrania provocará hambrunas; el transporte de mercancías entre Asia —en especial China— y Europa ha sido alterado y costará más. Todo parece conducir a un rebrote inflacionario mundial en medio del cual se redibujarán las relaciones internacionales.

La primera globalización del capital terminó al estallar la guerra, en 1914. La segunda ha sido más resistente. Tuvo el impulso del capitalismo totalitario de China, y se sostuvo con sangrientas intrusiones imperialistas en Afganistán, Irán, Irak, Libia, Siria y Yemen —todas alentadas por la voracidad energética del mundo desarrollado—. La globalización iniciada en la década de 1980 pudo asimilar la crisis financiera del 2008; incluso trató de recuperar la “normalidad” luego de la pandemia del 2020. Pero el ataque a Ucrania la condena a un nuevo fraccionamiento de los espacios económicos del planeta.

¿Justificar o mentir?

Putin es responsable de la primera guerra en la época de la escasez de la energía fósil, anticipada en 1956 por Marion K. Hubbert. El 24 de febrero pasado no había ninguna posibilidad de que Ucrania sea admitida en la OTAN, lo que habría sido una “línea roja” intolerable para Rusia. Volodimir Zelensksy ganó las elecciones del 2019 con más del 73% de la votación; el gobierno ucraniano es totalmente legítimo. No es verdad que Ucrania sea la única culpable de los atentados a los derechos humanos registrados en Donest y Luganks. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos todas las partes interesadas habrían cometido desmanes que bien podrían calificar como genocidio (Ukraine crisis: UN sounds alarm on human rights in east, 15 May 2014).

Putin justifica su “operación militar especial” como medio para desnazificar Ucrania. En Grecia, Amanecer Dorado obtuvo en 2012 más de 425 mil votos con los cuales 18 neonazis se convirtieron en legisladores. El neonazi eslovaco Marian Kotleba, líder del Partido Popular Nuestra Eslovaquia, ganó las elecciones con 55,5% de los votos. El partido neonazi Jobbik es la tercera fuerza política húngara con 47 diputados en la Asamblea Nacional. El neonazi Partido Nacional Democrático tiene varios representantes en el Bundestag alemán. La Unidad Nacional Rusa, de ideología neonazi, tiene miembros en 250 ciudades y en Lituania, Letonia, Estonia y Ucrania. En esta última existen otros tres movimientos neonazis; Zelensksy no milita en ninguno de ellos.


Imagen: Rebelion

Si se acepta la afirmación de Putin, Rusia estaría facultada a invadir prácticamente cualquier otro país europeo.

El ex jefe de la KGB miente al afirmar que Ucrania reclama territorios rusos. Crimea era territorio ucraniano, ocupado y anexionado en 2014 por Rusia. Luganks y Donest también son reconocidos por la ONU como ucranianos, pero albergan a una población considerable de origen ruso que desea pertenecer al invasor, lo que le conviene para consolidar su posición geoestratégica en el Mar Negro.

La guerra y sus atrocidades reaparecieron en el continente cuna de la civilización occidental, cuando la globalización nos tenía acostumbrados a que esas demostraciones de barbarie ocurran en Afganistán, Yemen o Irán.

Y también miente cuando acusa a Ucrania de querer armas nucleares. En 1994 esta transfirió a Rusia 5.000 bombas nucleares, 176 misiles balísticos intercontinentales y 44 bombarderos con capacidad nuclear, a cambio de la garantía de no emplear contra ella la fuerza, y de respetar su integridad territorial y su independencia política. Luego firmó el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, abandonado por EE.UU. en agosto del 2019. Según el New York Times, la intención del entonces presidente Trump para proceder de esta manera habría sido contrarrestar el arsenal nuclear chino, el rival que en realidad temen los norteamericanos en el largo plazo.  

La ideología suele fungir como solvente de los valores, de la ética, de la verdad y de la justicia. Para Biden, Putin o Xi Jinping está en juego el dominio geopolítico del mundo, pero para la humanidad está en riesgo su supervivencia. El irresponsable avance de la OTAN sobre las fronteras rusas, solapadamente alentado desde la era Clinton, es tan condenable como la invasión a Ucrania, y tan sospechoso como el silencio chino. En tiempos de crisis civilizatoria el enemigo de mi enemigo no es mi amigo. Hoy, más que nunca, es crucial tener muy claro quiénes son los enemigos de la humanidad.

Energía, sanciones y crisis ambiental

El 78% del consumo energético del mundo sigue siendo no renovable y sigue incrementando el efecto invernadero. En el último año los precios del petróleo han aumentado 70%, mientras la extracción solo creció 6%. La Agencia Internacional de Energía (AIE) estima que en los próximos años la demanda de petróleo crecerá unos 10 Mb/d (millones de barriles por día) por año, a despecho de los acuerdos de Glasgow para enfrentar el cambio climático. La escasez de petróleo es consecuencia de la caída libre en la producción mundial, no de las sanciones a Rusia (https://bit.ly/3NDwL2Y). El pico de la curva de Hubert ocurrió en el 2018; en el 2021 el déficit de la oferta mundial de hidrocarburos respecto a la demanda fue de 3%, en este año podría llegar al 10% y en el 2025 será de 13 Mb/d.

La invasión a Ucrania es parte de una crisis estructural que conjuga la escasez energética con la certeza de la inminencia del fin de la era de los combustibles fósiles. Como nunca, el diésel ya cuesta más que la gasolina. Arabia Saudita sale a los mercados internacionales a comprar diésel y el 1 de abril China suspendió sus exportaciones de combustibles. Todo esto indica que no se trata solo de un shock de precios.


Foto: Stock

El bloqueo del suministro ruso a Europa abriría un mercado cautivo para los costosos hidrocarburos norteamericanos. De ocurrir, este enroque petrolero no será ni fácil ni rápido. Desde el 2019 EE.UU. exporta crudo y gas natural obtenido mediante fracking.

Al reducir la oferta disponible de energía, las medidas contra Rusia agravarán este escenario y alterarán todos los mercados del mundo. El petróleo es un bien muy fungible, las sanciones terminarán siendo inútiles, y afectando a todos. Rusia ya ha colocado su petróleo en la India, y esta saldará sus compras en yuanes chinos, debilitando más el mercado de petrodólares. EE.UU. ya evalúa sancionar a India, lo que solo ahondará las diferencias entre occidente y oriente.

El bloqueo del suministro ruso a Europa abriría un mercado cautivo para los costosos hidrocarburos norteamericanos. De ocurrir, este enroque petrolero no será ni fácil ni rápido. Desde el 2019 EE.UU. exporta crudo y gas natural obtenido mediante fracking. Esta oferta, sumada a la de la OPEP, redujo los precios y la inversión. En el 2020 la pandemia del Covid-19 llevó el precio del WTI a cifras negativas. Así, entre el 2014 y el 2022 unas 600 empresas norteamericanas se declararon en quiebra. Hoy día la infraestructura del fracking opera al 60% de lo que lo hacía antes de la pandemia.

No es que los señores del fracking no piensen como capitalistas, ocurre que su método de extracción (la fractura hidráulica) requiere de arena rica en sílice, cada vez más escasa, y que para obtenerla genera graves impactos ambientales —desde la destrucción de ecosistemas hasta la desaparición de islas—. El precio de esta arena se ha triplicado, lo que hace más costoso el proceso. 

El fin de la globalización

Según Enrique Fanjul, del Real Instituto El Cano, el riesgo geopolítico adquirirá gran protagonismo, lo que afectará más a las empresas que a los gobiernos. La confianza empresarial disminuirá, perturbando las inversiones. El escenario más probable será el de un mundo con dos grandes bloques: uno democrático en occidente y otro formado por el eje Pekín-Moscú, de corte autoritario. China no ha condenado el ataque a Ucrania, lo que puede entenderse como un apoyo implícito a un Putin que, en realidad, está guerreando para evitar el bloqueo norteamericano a la Nueva Ruta de la Seda, el ambicioso proyecto que pretende conectar la región de Wuhan, Xian y Lanzhou en China oriental con Roterdam y Amberes en Europa.  

En el corto plazo las perturbaciones en los mercados de energía, alimentos, bienes agrícolas y en las rutas comerciales generarán fricciones entre los países de la coalición sancionadora, especialmente si los costos se perciben desproporcionados. Rusia buscará exacerbar estas fricciones con retaliaciones.

Por otro lado, si Rusia ha actuado como lo ha hecho, una operación similar de China en Taiwán no parece imposible, lo que alteraría otras cadenas de suministros, justificaría nuevas sanciones contra el potencial invasor y dañaría la reputación de las miríadas de empresas que operan en/con China. En el mejor de los casos, el desacoplamiento económico chino será lo más probable.

En el mediano plazo el petróleo seguirá siendo determinante para la acumulación del capital. En menos de ocho años EE.UU. habrá agotado sus reservas de hidrocarburos, lo que explica la reciente visita de los norteamericanos a Caracas, la capital del país con las reservas más grandes del mundo (503.806 Mb). Un repliegue que reivindica una vez más la antigua doctrina Monroe.

En el corto plazo las perturbaciones en los mercados de energía, alimentos, bienes agrícolas y en las rutas comerciales generarán fricciones entre los países de la coalición sancionadora, especialmente si los costos se perciben desproporcionados.

La industria bélica se frota las manos. Entre el 2014 y el 2021 la ayuda militar de EE.UU. a Ucrania llegó a USD 2.700 millones, pero desde el 24 de febrero ya han comprometido otros USD 1.000 millones. 30 países más han brindado a Ucrania asistencia militar, incluidos USD 551 millones donados por la Unión Europea. Los pertrechos recibidos contienen 25.000 chalecos y cascos antibalas, rifles, lanzagranadas, más de 20 millones de rondas de munición y 800 sistemas antiaéreos Stinger. Otros 100 “sistemas aéreos tácticos no tripulados” (drones capaces de realizar espionaje o de convertirse en bombas voladoras) serán enviados dentro de poco. Con esta ayuda, desde el 16 de marzo la resistencia ucraniana ha destruido más de 400 tanques y otros 2.000 vehículos rusos qué, sin duda, serán reemplazados cuanto antes, con inversiones que pudieron destinarse a propósitos menos destructivos.


Foto: BBC News / Getty Images

Pocos días después de los primeros ataques aéreos contra Kiev, en el parlamento alemán el canciller Olaf Scholz abrió una nueva era en la política exterior europea. Propuso crear un fondo militar de USD 112.000 millones para gastar en armamento, y asignar más de 2% del PIB a la defensa. El 69% de los votantes apoya la propuesta del gobierno, que generará un déficit de financiamiento de € 25.000 millones en el 2022 hasta € 35.000 millones en el 2026. Si el parlamento finalmente aprueba la propuesta de Scholz en junio próximo, Alemania saltaría al tercer lugar en el mundo en gastos bélicos, solo detrás de EE.UU. y China, pero delante de India y Rusia.

La industria bélica se frota las manos. Entre el 2014 y el 2021 la ayuda militar de EE.UU. a Ucrania llegó a USD 2.700 millones, pero desde el 24 de febrero ya han comprometido otros USD 1.000 millones.

La industria de la guerra está de fiesta. El 23 de febrero —un día antes de la incursión rusa en Ucrania— una acción de Lockheed Martin Corp. costaba USD 388,9; el 1 de marzo ya costaban USD 456,1. Las acciones de la alemana Rheinmetalln subieron de € 96,7 a €156,6 (https://bit.ly/3JmhWid). Gracias a la “operación militar especial” de Putin, las empresas de armamentos del mundo han aumentado sus ganancias en 10%, con beneficios superiores a los USD 82.000 millones en tres semanas de conflicto.

Antes del 24 de febrero el mundo pretendía recuperar la “normalidad” arrebatada por la pandemia del Covid-19. Incluso la ONU mantenía su entusiasmo por la sostenibilidad del desarrollo. Ambos objetivos requerían de descomunales volúmenes de inversiones que ahora se desviarán a los —aparentemente— más urgentes requerimientos de seguridad, dentro de los nuevos bloques geopolíticos. Si las inversiones para combatir el calentamiento global nunca recibieron el compromiso requerido, hoy han sido relegadas al grupo de los objetivos prescindibles. Así, la predilección por el pasado demostrada por Putin fracciona la globalización del capital y acelera la crisis civilizatoria.

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