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22 de Diciembre del 2022
Historias
Lectura: 27 minutos
22 de Diciembre del 2022
Juan Carlos Calderón

Director de Plan V, periodista de investigación, coautor del libro El Gran Hermano. 

Águeda Pallares: "yo le tenía miedo a Sucre"
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Águeda Pallares, en la sala de su casa, en Cununyacu, al oriente de Quito. Fotos: Luis Argüello / PlanV

 

El fuego interior es la novela que Águeda Pallares presenta sobre un Sucre íntimo, complejo y ferozmente humano. Ella penetra en la entraña del héroe y junto a memorables personajes sigue el camino de su epopeya, desde el corazón y el alma de quien empuño la espada para liberar a nuestros pueblos.


Águeda Pallares confiesa que Sucre primero la aburría como personaje de novela, luego le tuvo miedo y finalmente lo amó entrañablemente. Hasta ahora. En su casa de Cununyacu, ella vive rodeada de antigüedad. Vivo en otro siglo, dice. Sobre las viejas paredes se acumulan cuadros, donde destaca una pintura de Guayasamín de su abuelo Benjamín Carrión. Autora de novelas de época de la Colonia y la Independencia, ahora trae a sus lectores El fuego interior (Editorial El Nido, que dirige Valentina Febres Cordero). En esta entrevista cuenta cómo operó en ella ese proceso que pasó del aburrimiento al enamorammiento, de la mano editorial del maestro argentino Mat Guillan, quien firma la contratapa, y dice que "la liberación de un pueblo no solo está en los acontecimientos históricos sino en el aire que han respirado en esas planificaciones sobre los mapas, esos segundos de temor antes de salir al campo de batalla a jugarse la vida, en las mujeres valientes que lo han consolado y ayudado, y sobre todo en las zonas oscuras de un héroe verdadero, que sangra y cicatriza para revivir".

Ella recibió a Plan V en su casa, para llevarnos a ese personaje que vibra, y ama, que mata y teme, que es tan joven que parece inverosímil su capacidad estratégica en el campo de batalla, como en los salones donde fue homenajeado, en los lechos donde amó y fue amado y en la tierra donde protagonizó la epopeya libertaria.

Es interesante que una novela, al hablar de personaje archiconocido y con un destino trágico que conocemos, esté llena de misterio.

Portada de la novela, de la editorial El Nido.

Todo Sucre es un misterio. Me encanta novelar a pesar de que al comienzo no lo hice tanto, sino que investigué mucho. Me leí todas las cartas de Sucre y me pareció que toda su vida era un misterio. Él mismo lo es. Se mantiene siempre tras el Libertador, en un plano secundario, como que no quiere protagonismo. Al comienzo no quería meterlo en una novela. He estado novelando toda la historia del Ecuador desde la época de la Colonia, y aprendo mientras escribo porque no soy historiadora. Pero cuando llegué a Sucre dije no, aquí me detengo, porque este señor para mi era alguien que estaba en la moneda. No sabía si había ganado la Batalla de Pichincha, porque en el colegio nos contaban de Abdón Calderón, de Bolívar y se me hizo una confusión. Y me puse a estudiar, y fue un misterio desde que apareció para mi la primera vez. Desde el comienzo se presentó el enigma Sucre. Estudié toda su vida, las novelas que se han escrito sobre él, menos 1822 porque no alcancé. Leí todas sus cartas, donde más me detuve. Percibí que ahí se ocultaba mucho. Sucre era alguien que buscaba el bajo perfil, una persona que a pesar de sus triunfos, quiere que le dejen en paz.

Ese carácter hermético, como es calificado por los guayaquileños, que miran con suspicacia a ese general jovencísimo al que Bolívar les envía con el  encargo de, nada menos, proteger Guayaquil liberar Quito de los realistas.

Bolívar confiaba plenamente en él. Sucre era inteligentísimo y un estratega fuera de serie. Más joven y antes de ser general le hacía las estrategias a Miranda. Todos le tenían por una persona muy especial. Una vez Bolívar le mandó a comprar fusiles y le dieron la plata. Logró hacerlo, evitó que se los roben y entregó los fusiles y el vuelto. Pensaron que no habría vuelto, entonces se dieron cuenta de que era una persona de una honestidad a toda prueba.

A pesar de la ferocidad de la guerra de Independencia, era un general aunque tímido, empático, buscaba no imponerse sino conquistar y convencer.

Es fue su gran triunfo y su gran derrota, porque por eso mismo le cogieron una terrible envidia. Un muchacho de un pueblo, al oír mis historias sobre Sucre me comentó que la guerra, en vez de hacerle un asesino más, lo ennobleció. Me pareció la mejor calificación. La guerra lo ennobleció. Su propósito no era matar, era la independencia, la libertad, nunca hizo la guerra por adueñarse de un país. Siempre estuvo entre sus propósitos tener un hogar, quería mucho eso, y también la libertad. Pero él sabía que Bolívar nunca le iba a dejar retirarse.

En la novela, Bolívar aparece muy severo con Sucre; como un padre, pero severo.

Como eran en esa época. Yo le decía a mi editor, Mat, que estaba dejando muy mal parado a Bolívar, pero él me dijo que lo estaba dejando muy bien, porque sin Bolívar no había Sucre. Al obligarlo a asumir las batallas, Bolívar hizo de Sucre lo que es hasta ahora.

Hay una paradoja entre este guerrero, duro, noble, respetado, y su vulnerabilidad emocional en muchas cosas, en el amor, en sus relaciones.

Sucre se resentía por todo. En sus cartas, Bolívar advierte a sus destinatarios: cuidado le digan al general Sucre porque se resiente. Le renunciaba a cada rato, pero Bolívar lo amaba y lo necesitaba y le pasaba por alto. Eso es lo que descubrí y percibí de Sucre.

¿Cómo entraste al personaje?

Al principio Sucre me parecía un personaje aburrido. Estaba fascinada escribiendo la historia de Juan Salinas, de Carlos Montúfar, pero cuando eso se acabó encontré que la independencia no era sólo eso. En el colegio nos enseñaron esa historia, pero la mayoría no sabíamos de qué nos estaban hablando ni cómo eran ellos, ni cómo era una batalla. Nos contaban como que era un grupo de señores que se fueron al Pichincha, y no sabíamos lo que había detrás de esas batallas, años de sudor, de preparación, de hambre, de muerte. Mi intención no era hablar sobre Sucre, sino, como novelista, rescatar a los no conocidos, a los olvidados, porque todos los que gestaron nuestra independencia están olvidados. Entonces yo estaba sentada en el patio de mi casa y mi hermano Manuel llegó con un gringo viejísimo. Entonces se fijó en un cuadro antiguo de Sucre que tenía colgado y en el que nunca me había fijado, y el gringo me dijo: Sucre es el mejor, se va a sorprender. Y no me dijo nada más. Esa noche busqué en el Kindle publicaciones sobre Sucre. Me bajé una de Alfondo Rumazo González, me quedé loca. Pero no era lo que quería y me preguntaba ¿cómo hacer de esto una novela? Fui a Guachalá, a la casa de un pariente, y era un solsticio de verano y vi cómo un rayo se filtró en la casa y apuntó directamente un retrato pequeño de Sucre. Y eso ya me pareció fantástico. Entonces me dije que debía escribir sobre él. Me salieron como seiscientas páginas. Pero sentía que algo faltaba. No he tenido nunca un editor o algo parecido. Le di a leer a una amiga muy inteligente, me felicitó por la investigación pero me dijo que parecía un informe a la nación o un ensayo y que tenia que machetearla casi toda. Hablé con Valentina Febres Cordero, de Ediciones El Nido y le dije que necesitaba ayuda y que estaba perdida. Entonces me presentó un editor de Buenos Aires, Mat Gillan. Él me dijo que yo era una novelista, no una historiadora. Debía entrar en el personaje y lograr que los lectores se metan en el personaje. Trabajamos muy duro dos días a la semana, una hora cada vez. Y me recomendó hacer tres libros, y por eso El fuego interior quedó como la primera de una saga sobre Sucre. Él me dijo que sea valiente, yo le decía que no podía, que tenía miedo porque no estaba hablando de cualquier señor, sino de Sucre. Y me dijo que no importaba, porque era un ser humano, y me dijo que me meta dentro de él, que no le tenga miedo. Yo le tenía pánico a Sucre. Le tenía miedo a él y a que me manden presa por contar cosas como que Sucre hacía el amor. Hazle hacer el amor, me dijo mi editor, si no sigue siendo un héroe de cartón.

Me gustó mucho en la novela los pincelazos de erotismo, sobre todo en las mujeres, en una época de que, creemos, no vivían el amor. Eran soldados, estaban en guerra…

Hacían el amor y mucho, creo que más que ahora. El amor era lo único que había. El erotismo siempre está latente en las mujeres, aunque vistan de negro. No se puede quitar y me atreví a quitarles el vestido negro. Es difícil para una mujer de mi edad, pero no me importó.

¿Qué sentiste tú al escribir sobre esto?

Me encantó, porque encontré que dentro de mi hay eso. Yo ya había escrito sobre eso antes, pero no era un personaje como Sucre. Acabé de oír a un señor que ha escrito una biografía sobre San Martín, pero que no había escrito sobre sus amores porque hasta tal punto no se debe topar a un héroe. Y a mi héroe ya lo topé. Con Tomasa Bravo eso es más patente, una relación más cruda, porque ella sí es una mujer patriota, casi soldado, que le ayuda mucho, en cambio Marianita Carcelén es una niña bien. La heredera más rica de Quito.

Tomasa empieza la novela con su expedición a ver a los patriotas que llegaban a Guayaquil y hay esa tensión erótica.

Mi editor, Mat, me decía: «novelá ché, piensa cómo es un hombre, no importa si es Sucre, cuántos años tenía, ¿qué les gusta a las mujeres?». Yo fui joven y sé lo que nos pasa a las mujeres y lo que nos sucede cuando vemos a un chico guapísimo. Imagina en esa época, esos soldados, los oficiales, uniformados, guerreros, deben haber perdido la cabeza. Y no fue tan simple como que doña Josefina tal se casó con el general tal; tiene que haber habido muchas cosas. Hazlo real, me dijo mi editor, quítale lo acartonado. He leído mucho sobre las novelas del Siglo XIX, una de ellas sobre Josefina, que era la pareja de Napoleón y se contaba que cuando estaban en una prisión de Francia entraban los verdugos y con las listas de quiénes iban a ser ejecutados y los señalaban y la gente lloraba y la única manera de sentirse vivos era haciendo el amor, y todo el mundo lo hacía. El último momento antes de morir. Si estás en una guerra, mañana puedes morir, y tener un poco de amor es vital porque tu novio se va para siempre o lo matan.

Mi editor, Mat, me decía: «novelá ché, piensa cómo es un hombre, no importa si es Sucre, cuántos años tenía, ¿qué les gusta a las mujeres?». Yo fui joven y sé lo que nos pasa a las mujeres y lo que nos pasa cuando vemos a un chico guapísimo.

El personaje Sucre era un tipo que no rehuye a las fiestas, en Guayaquil lo agobian de invitaciones, en Quito lo mismo luego de Pichincha. Bolívar, luego de la derrota de Huachi, le ordena salir de ese ambiente.

Sucre era muy mesurado, no bebía, solo justo lo necesario. Tenía que estar en sus cinco sentidos. Era el tipo más responsable. No dejaba de trabajar, escribía muchas cartas. El libro donde están todas sus cartas se llama Por propia mano. Luego llegó a tener ayudantes.

El general se ganaba a las personas. Cuando triunfa en Pichincha, él y sus oficiales se hospedan en una casa de una familia rica, realista, que no aceptaban que esos “asesinos masones” cohabitaran con ellos. Pero él termina por ganarse a la familia, sobre todo a la dueña de casa.

Me encantó eso. Cuando Sucre llegó a Quito él escogió esa casa porque estaba al frente de la marquesa de Solanda. Y eran realistas, pero luego sus anfitriones lloraron cuando él se fue. Eso lograba él y lo que quería es que, una vez hecha la independencia, el país sea lo más armónico posible. Por eso perdonaba mucho, lo cual le criticaban. Además de su buen corazón, a él le parecía una estupidez fusilar a todos los enemigos, porque sabía que tendrían que convivir en la misma sociedad.

Las novelas de época son complicadas porque se requiere mucha investigación sobre los hábitos, la vestimenta, los lugares. Reconstruir esto no es fácil ¿cómo hiciste para esta novela?

Mi abuelo (Benjamín Carrión) me regalaba siempre literatura, libros del Siglo XIX.  Me regalaba Maupassant, Balzac… y esos son enciclopedias descriptivas de la vida de la gente. La moda, los muebles, y eso era igual para Francia que para Ecuador, porque la gente se hacía traer las cosas de la casa desde Europa. Antes de escribir nada de esto me encontré un libro, que es la cosa más divina, y es un libro de inventarios, hecho por el coronel Manuel Matheu y Herrera. Era una reconstrucción de la casa del marqués de Maenza, en Quito, y al leerlo sentía que estaba viviendo ahí. Cuenta hasta cuántos ladrillos rotos hay en esa casa, las macetas de geranios, los cuartos  y el estrado de la marquesa, que tenía un artesanado de pan de oro. El estrado era un cuarto para uso femenino exclusivamente. Como una costumbre árabe que se quedó en España. El estrado era un espacio donde solo entraban mujeres y tenían cojines en el suelo y se sentaban a charlar y hacer sus labores, y tomaban chocolate bajo el calor de los braseros. No sé si lo hice bien, pero me parece que así vivían. Viví también en Guachalá y siento que lo antiguo tiene como un imán sobre mi. Vivo en otro siglo.

¿Por eso se te hizo más fácil escribir esta novela? Por ejemplo, un chico de esta época no sabría qué es una carta o un vivac.

Ahí tiene que jugar la imaginación del lector. Un libro como este puede suscitar ese interés. A los 14 años leía Los tres mosqueteros. No te imaginas el interés que tenía. Yo me iba al cine con el libro y entre que cambiaban los carretes de la película leía el libro. Pensaba que estaba enamorada de Luis XIV. El Siglo XIX me parecía moderno. Me es muy fácil ambientarme en esa época. El libro de Matheu y Herrera describe la hacienda La Ciénega. Todo, los potreros, cómo el huerto era de pura cebolla, los apios…

Hay un escena de Sucre en una cacería de un venado que puede resultar extraña.

Mi editor me dijo que Sucre era demasiado bueno. Yo tenía lo de Pasto, pero no quería contarlo, ni a Mat. Llegué a amar tanto a Sucre que no quería que nadie hablara mal de él. Le dije a Mat que Sucre no tenía casi cosas malas. Algo malo tiene que tener, me dijo, no puede ser tan bueno. Si es tan bueno, pierde fuerza, pierde todo. Se me ocurrió una cacería que se llamaba corrida de venados, porque era con caballos que estaban entrenados para seguir al venado. Está en un libro de Pedro Fermín Cevallos. Mi idea era poner a Sucre ante un ser indefenso, como un venado y que, a pesar de todo, dispare. Pero pude ambientar todo esto en el páramo. Cuando recién me casé fui mucho a los páramos, que eran iguales más o menos. No habían cambiado mucho. Vi ese páramo, me gustó y me apasionó, monté en los caballos, vi a las mujeres en la cocina, sus vestidos elegantes, de colores alucinantes, bellas a pesar de su pobreza. Nunca he cazado pero acompañé muchas cacerías. La de la novela es distinta porque nunca he visto caballos tras los venados.

Ahora lo de Pasto. ¿El asesinato de Sucre tiene que ver con la feroz y cruel pacificación de los pastusos hecha por Sucre? En ese capítulo se siente la crueldad de la guerra.

Leí todo el parte de Sucre y me di cuenta que eso fue un cosa terrible para ellos también, no solo para los pastusos, que eran terribles y crueles. Los soldados patriotas no fueron tan apertrechados, y los pastusos les ganaron. No podían creer que habían hecho retroceder a Sucre. Pero el general no se iba a dejar, ahí sale el «campeón», su actitud era por la victoria. Se queda en un pueblo cerca de Pasto y espera que le lleguen los refuerzos y ahí renueva el ataque. Está relatada también la épica de la subida a una pared de roca de quinientos metros de altura, hacen un puente sobre un río bajo un baño de balas, con la suerte que en esa época la precisión de las armas era pobre. Los soldados de Sucre estaba furiosos. En la guerra el botín es la paga de los soldados. Mi editor me lo hizo repetir muchas veces hasta que él, como lector, sintió la guerra.

Sucre sufre también de fiebres, constantemente.

Parece que tenía algo malo en el pecho. Ahora ya se dice que todo lo que tiene que ver con los pulmones es por penas, y el sentía la presión porque bajo su mando estaba la responsabilidad de derrotar a los pastusos, que si los dejaban ellos terminaban por tumbar todo lo hecho, se acababa todo. Por eso también fue la batalla de Ibarra, a donde Bolívar fue solo.

Sucre fue muy querido por Quito, porque fue el general que los libró del cruel régimen de terror que se dio luego de la masacre del 2 de agosto de 1810.

Fueron doce años terribles, feroces. Los quiteños trataban de hacer la guerra, pero no tenían idea. Fueron muchas derrotas acumuladas y tenían miedo de luchar. A un antepasado mío lo mataron así. Le cortaron la cabeza, le pusieron en una jaula.

Cortar y colgar las cabezas, como ahora vemos en las cárceles, ya se hizo en la tiranía española.

Así es, los españoles colgaban las cabezas.

¿Marianita deja ir a Sucre muy fácilmente a Lima?

Yo creo que ella era, como dicen ahora, «plástica». Hija de su tiempo, pero esa mujer sufre una evolución, porque a ella la han acusado hasta de haber matado a Sucre. Creo que es la mentira más grande. La acusan incluso de haber tenido amores con el coronel Barriga mientras Sucre estaba en Ayacucho. Y sabemos que Barriga peleó con Sucre en Ayacucho. Con Marianita estuvieron seis años separados, ya cuando eran novios. Es mucho que en seis años ella no se haya casado con otra persona. Sí hubo coqueteo con alguien, le contaron a él, pero Sucre también tuvo mujeres allá. Y mantuvieron el amor. Imagínate lo que hubiera sido esa pareja. A Sucre lo mataron en Pasto y, según mi punto de vista, lo mataron todos los generales. Porque cada uno de ellos quería tener un pedazo de ese territorio, lo que pasó después, cuando la Gran Colombia se disolvió. El único que les ponía un pare era Sucre, y todos lo odiaban, no lo soportaban. Leí las cartas de los generales, incluso el general Flores. Entonces era más fácil contratar a alguien para asesinarlo.

Con Marianita estuvieron seis años separados, ya cuando eran novios. Es mucho que en seis años que ella no se haya casado con otra persona. Sí hubo coqueteo con alguien, le contaron a él, pero Sucre también tuvo mujeres allá. Y mantuvieron el amor. Imagínate lo que hubiera sido esa pareja.

Hay varios otros personajes entrañables en la novela, como por ejemplo Caicedo, el ayudante de Sucre.

Caicedo es una hombre que aparece dos o tres veces en la historia de Sucre. Cuando lo mataron y cuando Sucre  se va al Congreso de Bogotá, en el viaje del no retorno. Este hombre, me dije, tiene que ser alguien que ha estado todo el tiempo con él. Incluso cuando mataron a Sucre estaba Caicedo, que como todos, salió disparado. Caicedo tomó toda la plata que llevaba Sucre, y fue a un pueblo y pagó a unos peones para que dejen escondido el cuerpo del general. Ahí hay otra historia. Deja los restos en un lugar, cavan un hueco y lo esconden y señalan el lugar con una cruz. Caicedo vuela a Quito, le cuenta todo a la marquesa y ella, que estaba entonces con el coronel Barriga, muy amigo de Sucre, decide ir a traer el cadáver de su esposo. Manda a un tal Aráuz, que era el mayordomo de la hacienda, manda a Barriga y a Caicedo. Solo viajaban de noche, tener los restos de Sucre era importantísimo, había que cuidarlos. Encuentran el cadáver, lo guardan en una caja y lo tienen oculto durante mucho tiempo. Y la marquesa simula un entierro, pero pone ladrillos dentro del catafalco. Supongo que era como un mito, querían evitar una adoración a Sucre, lo cual sí ocurrió. Quito es la ciudad que más amó a Sucre. Diez años después de la muerte de Sucre, Apolinar Morillo cae preso en un lugar de Colombia, lo traen a Quito y el rato que pasan por donde mataron a Sucre, la mula que lo llevaba se espanta, y Apolinar se asusta y confiesa que mató al general.

Tipán, el indio, que aparece levemente en la historia como un informante, en la novela toma un rol fundamental en la victoria patriota.

El está por la independencia desde la época de Salinas, de Montúfar, de Manuela Cañizares. Trabajaba con el marqués de Selva Alegre. Luego ayudó a Sucre, y quise dar vida a ese personaje. He conocido muchos hombres parecidos. Me casé en 1972 y fui a vivir en una hacienda que tenía páramos, eran unos tipazos. Eran personajes increíbles, y creo que Tipán debió ser el mejor, el más valiente. Esa gente cuidaba al ganado en la intemperie del páramo, bajo la lluvia. Era un espía, nadie le tomaba en cuenta porque era un indio, tal como ahora creemos que los que barren o sirven la comida o manejan un taxi son invisibles. Cuando te sientas a comer crees que la comida llega mágicamente a la mesa y no sabes lo que hay detrás, las compras, el trabajo. En todas esas cosas me he fijado porque tengo mentalidad de novelista.

¿Cómo fue recibida la novela?

Me ha sorprendido mucho. No soy una escritora conocida, nunca me habrás oído estar entre los escritores ecuatorianos y me ha parecido increíble la recepción. El otro día era la una de la mañana y me escribieron mensajes, y dije Dios mío algo le pasó a mi hija y leo el mensaje: «Águeda, acabo de terminar la novela».

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Águeda Pallares: "yo le tenía miedo a Sucre"
 


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