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15 de Febrero del 2024
Historias
Lectura: 43 minutos
15 de Febrero del 2024
Juan Carlos Calderón

Director de Plan V, periodista de investigación, coautor del libro El Gran Hermano. 

Carlos Granés: estamos legitimando que una banda de matones se tome el Estado, imponga su ley y doblegue a la sociedad
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Carlos Granés (Bogotá, 1975), antropólogo colombiano, en Madrid. / Foto: David Castro / elperiodico.com

 

"Se necesita una voz unida, sobre todo para el tema de las drogas. Si América Latina no se une y tiene una sola voz para empezar el proceso de legalización, esto será eterno. La de ahora es la política más nefasta. Objetivamente uno puede ver que esta política no da resultados. Como países independientes somos insignificantes. En temas geopolíticos que nos competen a todos, como por una política más racional en cuanto a la droga, es el colmo que no nos unamos": Carlos Granés.


El antropólogo Carlos Granés (Bogotá, 1975) es quien más, desde una mirada latinoamericanista, ha rastreado el papel de las artes, las ideas y las vanguardias culturales en la invención de América Latina, con su premiado ensayo Delirio americano. Antes de este habría de evidenciar esa influencia en la contrucción de Europa, con El puño invisible. Ese puño de las vanguardias artísticas y culturales que precedieron y jalonearon a la política. Las corrientes vanguardistas abrirían los caminos para la política desde la plástica, la literatura, la educación, el cine, la música y los movimientos sociales. Esos vientos huracanados de hombres y mujeres rupturistas que desde la rebeldía y la insurrección de las ideas y las actitudes rompieron los moldes y los improbables destinos no solo de sus países, sino de sus continentes. Granés estuvo de visita algunos días en Quito, invitado por la Universidad San Francisco para dictar charlas magistrales y acercar su pensamiento y su obra a sus estudiantes, maestros y administradores. Él conversó con Plan V sobre el impacto del narco en nuestras sociedades y las perversas horas que ahora vivimos. ¿Hay alguna posibilidad de una ruptura en el probable destino de sociedades autoritarias, con cada vez menos libertades y manipuladas por el miedo? Estas son sus respuestas.

Portadas de dos ensayos de Carlos Granés.

Supongo que la mayoría de charlas en las que participaste en Quito se han referido al tema de la violencia, el narcotráfico y la inseguridad. Hay perplejidad de la sociedad ecuatoriana sobre este tema, porque el mito de la isla de paz se ha derrumbado ¿cómo has percibido lo que pasa?

Todos pecamos en América Latina de ingenuidad. Creímos que un fenómeno tan nefasto y poderoso como el narco, tan lucrativo y que siempre está en busca de nuevos mercados iba a quedar circunscrito a México, Colombia y quizás Brasil. Y que los otros países podían vivir tranquilos, creyendo que las fronteras hacían las veces de cordón sanitario para el narco. Bueno pues, nos hemos despertado a la realidad de forma abrupta, no solo en Ecuador sino en Chile. Son dos países que, a diferencia de sus vecinos, habían tenido décadas de paz, cierta tranquilidad social. Había tensión política, polarización, conflicto, pero el país era pacífico. No como en Colombia, donde el conflicto político degeneraba en violencia política y el narco infiltraba a todos los actores políticos. Aquí no. Ahora vemos que el narco no respeta fronteras, que solo ve oportunidades y, sobre todo, canibaliza a aquellos sistemas débiles, que no están preparados para enfrentarse a un enemigo de su calibre, perversidad y poder corruptor. Y Ecuador era como una presa fácil, precisamente por haber sido un país pacífico era un país que no tenía las defensas fortalecidas.

¿Y cuál crees que es lo más importante de proteger y fortalecer en estos momentos para nuestros países, frente al narco?

No sé si lo más importante, pero sí es prioritario proteger al aparato judicial, porque es el encargado de perseguir los delitos, de rastrear los focos de infección del narco hacia quienes lavan el dinero, establecen complicidades, ceden a la corrupción… ¿Cómo se hace eso? No lo sé, pero en Colombia tuvimos que adoptar la figura del juez sin rostro, jueces anónimos para cuidar sus vidas. Si cae el aparato judicial el país queda totalmente desprotegido ante el narco, porque la narcopolítica avanza a pasos acelerados en el Legislativo y tiene un enorme poder de corrupción para empezar a infiltrar a ciertos parlamentarios. Si al aparato judicial no se lo protege, muchísimo, el sistema empieza a fallar a paso acelerados.

¿La sociedad se acostumbra al narco, lo adopta como parte de su práctica social y la cultura?

Hay un problema ahí y es que hay una ciudadanía débil, poco interesada en los problemas públicos, la gobernabilidad y los efectos de un problema tan abrumador como el narco. (Una ciudadanía) que prefiere, casi por supervivencia, replegarse en la vida privada y que pase lo que tenga que pasar, que yo hago lo mío. Eso deja el camino despejado para que el narco empiece a corromper y nos acostumbremos a la corrupción. Se vuelve habitual y deja de escandalizar. Incluso puede haber una perversión de valores, como ocurrió en Colombia, donde finalmente todos sentían alguito de orgullo por Pablo Escobar. En el fondo del corazón decían: este cabrón era un genio, este cabrón se la jugó a los yanquis, burló todo el sistema policial del universo. Y, tonto el que no aprovechó eso. Entonces empiezan a darse mecanismos mentales como esos, que acaban, de alguna forma, legitimando, justificando lo injustificable que es que una banda de matones se tome el Estado, corrompa a todo el mundo, imponga su ley y doblegue al resto de la sociedad. Que es lo que intentó hacer Pablo Escobar, estuvo a punto de lograrlo y al final no lo consiguió. Eso, claramente va a tener un correlato en cultura, en Colombia lo tuvo. Tuvimos lo que Héctor Abad llamó la sicaresca antioqueña, hasta la náusea. Historias de sicarios que hablan un poco de esa perversión. Como es un tema taquillero, un tema que preocupa a todo el mundo, el gancho comercial es evidente. Entonces, si voy a escribir una novela por qué no me meto mejor en este tema, alimento un poco la porno miseria, lo cual finalmente hará click con las preocupaciones del posible lector. Alguien que no lee nunca puede que una novela sobre este tema sí le atraiga. Ha habido como un oportunismo comercial en Colombia. Pero llevamos tanto tiempo con el asunto que eso se diluyó y prácticamente nadie reincide, es una etapa superada. Tuvo su auge, tuvo dos buenas novelas, La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo y Rosario Tijeras, de Jorge Franco. Más allá de eso, lo que hubo fue gente que se subía a la estela de la ola intentando pescar alguna migaja, porque en el sector cultural solo hay migajas. Es una moda que pasa y que a nosotros, en Colombia, nos harta. Se hacen cosas buenas, incluso. La serie Narcos me aburrió, no la vi, me pareció que falseaba la historia, que la hacía truculenta, la exotizaba y no me aguanté un capítulo. Pero, por ejemplo El patrón del mal, que fue una serie colombiana sobre Pablo Escobar, fue buenísima. Aunque también tenía un toque perverso y es que —y era un problema de los guionistas, mejor dicho, del ser humano— es mucho más seductor el personaje malo que el bueno. Literariamente, hacer un personaje bueno es muy complejo. Entonces los personajes buenos de esta serie, que son de verdad los héroes cívicos de Colombia, aparecen como los pelotas, y uno lo que quiere es que los maten rápido para que salgan de escena y aparezcan los malos, que son los personajes bien hechos. Entonces tiene ese efecto perverso, pero está muy ligada a lo que de verdad pasó, se mete muy bien en la cabeza y en el corazón de Pablo Escobar.

Talvez porque siempre vemos personajes buenos-buenos y malos-malos y nunca ponemos los grises que tienen en sus vidas.

En El patrón del mal los personajes buenos son patéticos, y ese es un defecto enorme de la serie, los hacen tontos, bobalicones, sin vida interior, sin deseos ni contradicciones. Simplemente gente que sabe que va a morir y se encamina como un cordero al martirio. Son personajes muy débiles. Es lo que suele ocurrir con la literatura, que los personajes malos, quizá porque son más lejanos, despiertan más la imaginación y son más suculentos.

Más que nadie tú has reflexionado de cómo impacta el arte, la cultura en la vida de las personas. Y vemos que ahora, los relatos de nuestras vidas, nuestras narrativas son construidas desde los medios, las redes y todo lo que uno consume  y no alcanza a procesar. ¿Qué es lo que queda de la narrativa del narco, de estas series, de los narcocorridos, en las personas?

Es una buena pregunta y difícil. Lo que puedo asegurar con certeza es que el efecto no es unidireccional. Nadie entra a una iglesia y se vuelve cristiano, nadie lee una novela de piratas y se vuelve un corsario. Ahora, de que la cultura tiene un efecto en la sensibilidad, en las ideas y en los valores, no hay duda. Es ambigua, es a largo plazo, tiene que pasar por este proceso de creación de relatos, de nuevos valores y nuevas actitudes. Eso es, finalmente, lo contagioso: los valores y las actitudes. Si, por ejemplo, se enarbola la imagen del narco pícaro, que se sale con la suya, que tiene mujeres, con una actitud de desparpajo, desinterés, anomia… eso es muy seductor. No es solamente matar, sino la vida aventurera, obviar la norma, cierta rebeldía, desprecio por la cobardía. Entonces sí hay un juego de valores que se transmiten a partir de ciertas actitudes, que se trasmiten a través de los medios y de la cultura, que puede llegar a impactar. En Colombia todos hemos estado expuestos a los mismos contendidos y los efectos son muy disímiles. Entonces no se puede decir que es unidireccional ni que para prevenir a los jóvenes hay que prohibirlos.

Hay esta idea de que frente a esos mensajes hay que decirles qué pensar.

Creo que lo que hay que formar es criterio, para que haya un consumo cultural con bases, con niveles de lectura. Es el debate del momento en Chile. El Festival de Viña del Mar tiene como invitado a Peso Pluma, el nuevo hit mundial del narcocorrido. Entonces se armó un debate porque el festival es público. ¿Qué significa? ¿Que el Estado está trayendo a un promotor del estilo de vida narco, de exaltación del modo de vida de los mafiosos? Entonces quieren cancelarlo. Creo que con este escándalo le han hecho un gran favor a Peso Pluma. El escándalo es contraproducente para quienes intentan cancelar, porque lo hace prohibido, o sea más seductor. Independientemente de eso, uno puede ir y cantar. Finalmente es un producto cultural comercial, es una actuación, una representación, no está adoctrinando y estoy a favor de que vaya y cante, y más bien formar conciencias para definir lo que es: un chico haciéndose rico con un tema de moda, que atrae por lo controversial, polémico y prohibido. Porque después: ¿debería el Estado prohibir la pornografía? Se puede hacer ese salto. Podría prohibir cualquier contenido que considere moralmente peligroso. Se avanzaría en un camino realmente nocivo.

En esta cultura de la cancelación que se da en Estados Unidos, Europa, es muy fácil caer en estos criterios que te dicen qué debes pensar y qué no. Pero también hay perversión en esos mensajes del narco, ¿no crees que esa frontera entre lo bueno y lo malo se ha difuminado?

Sí. Además hay un apetito moralizante exacerbado. En América Latina menos que en Estados Unidos, donde hay un nuevo puritanismo que intenta arreglar los problemas sociales cancelando aquello que no me gusta, que me ofende, me molesta o me agrede. Eso está convirtiendo a esa sociedad en supremamente intolerante, porque no hay posibilidad de dialogar con aquello que no te gusta, ni con valores opuestos y no hay posibilidad de generar callo, porque la vida social es enfrentarte sistemáticamente a lo que no te gusta.

¿Por qué sucede esto? Pensábamos que ya estábamos al otro lado, que esa historia de intolerancia había quedado atrás. ¿Por qué volvemos a esto?

Es difícil de saber. Creo que, por un lado ha sido una moda intelectual gringa, la idea poscolonial de deslegitimar todo el proyecto ilustrado moderno, todas las ideas de universalidad, todas las ideas de mérito, todas las ideas de que lo que menos importa es tu aspecto físico sino lo que eres capaz de hacer, lo que tienes en la cabeza, tus actitudes y valores. Ahora no, lo que importa ahora es lo que el mundo ve: tu color de piel, tu orientación sexual… Ha habido un cambio brutal porque el proyecto ilustrado, dicen los teóricos poscoloniales, simplemente fue una estrategia de imposición de la mentalidad y los valores europeos sobre el resto del mundo. No estoy para nada de acuerdo. Creo que esa forma de pensar dio herramientas muy útiles para la emancipación de los pueblos oprimidos. El pensamiento ilustrado fue un arma emancipatoria, y lo sigue siendo, pero ahora se lo está viendo con perversidad. Entonces se ha dado un repliegue en lo particular: ¿De qué es aquello de lo que no tengo duda?, de mi raza. Entonces se ha recuperado un concepto nefasto que había estado en desuso mucho tiempo, el concepto de raza, de género, de sexo, y empieza a contar menos qué dice y más quién lo dice. Como que no puedo aspirar a un horizonte de racionalidad neutral, porque las reglas de juego están trucadas a favor del hombre blanco, entonces sencillamente yo renuncio a entrar ahí y enuncio mi subjetividad y esta debe ser respetada, valorada y, por supuesto, que nadie se meta conmigo porque lo cancelo. Cada uno de nosotros se convierte casi en una reserva natural, donde nadie debe meterse porque se debe preservar un sistema virginal.

Si cae el aparato judicial el país queda totalmente desprotegido ante el narco, porque la narcopolítica avanza a pasos acelerados en el Legislativo y tiene un enorme poder de corrupción para empezar a infiltrar a ciertos parlamentarios. Si al aparato judicial no se lo protege, muchísimo, el sistema empieza a fallar a paso acelerados.

¿Estas formas de cancelaciones tienen su origen en la idea de superioridad moral de un sector sobre otro? 

Todos tenemos un elemento estético y moral. Hay cosas que nos repugnan estética y moralmente. No podemos desprendernos de eso. Esa moralidad nos puede ayudar a convivir con los demás, a crecer personalmente. Pero la moralidad también tiene un aspecto perverso: pretender escalar peldaños a partir de ver al otro como un ser moralmente repugnante, como que no está a mi altura. Eso finalmente da excusas para no tenerlos en cuenta, cancelarlos. Y ahora, ¿quién es el que tiene la superioridad en el mundo contemporáneo? Quien ha sufrido, la víctima. La víctima se ha convertido en el nuevo ente acusador que dice: yo he sufrido por culpa de ustedes.

Mencionabas en Delirio americano sobre el peronismo y el indigenismo, que perduran por su opción de hablar en nombre de la víctima.

Ese victimismo es el fuego que alimenta el populismo. Los movimientos populistas intentan incluir a los excluidos en el proyecto nacional. A los que se han sentido marginados, despreciados, que han sufrido prejuicios. Ellos, justamente toman estas víctimas y las meten en su caudal electoral, porque es importante que sean votantes, y por ende al proyecto nacional. ¿Cómo? Diciendo que ha llegado el pueblo sufrido, el pueblo verdadero, a quitarle finalmente a una élite extranjerizante y opresora el poder. Todo redentor latinoamericano tiene alguna víctima que redimir.

Pero aquello está basado en hechos. América Latina es el continente más excluyente y desigual del mundo. Tienes una base de realidad, pero creo que las élites, al menos en Ecuador, construyen una coraza de indolencia y, además,  también se victimizan respecto de las otras víctimas que reclaman sus derechos.

El proyecto liberal latinoamericano, que dejó cosas muy buenas, como la separación de poderes, o el voto universal, tuvo un defecto de fábrica tremendo, heredado de ciertos prejuicios raciales decimonónicos que no se superaron, al menos no en América Latina. En 1850, Juan Bautista Alberdi decía: denme un roto, un gaucho o un cholo, los pongo cien años con la mejor educación y no vamos a sacar de ahí un zapatero inglés. Era una idea absolutamente despreciativa del hombre americano. Suena escandaloso y lo es, pero en su contexto era incluso progresista, porque al menos no los consideraba esclavos, mientras en Estados Unidos seguía vigente el esclavismo y cualquier liberal yanqui, contemporáneo de Bautista Alberdi, defendía a esclavitud. Él no lo hacía, pero claramente tenía un panorama racial de la sociedad supremamente nocivo. Y ese esquema no fue realmente combatido. El primero que dijo: ojo, ¿ustedes se quejan de que el hombre americano se rebele?, es porque ustedes lo han despreciado y no lo han conocido, fue José Martí en 1891. Fue el primero que dijo: ¿qué esperaban? Ustedes nunca han ido a preguntar al hombre americano cómo vive, qué quiere, cómo quiere ser gobernado, no le han preguntado jamás. Le han impuesto constituciones aptas, dice Martí, para gobernar a franceses e ingleses pero no para América. Los prejuicios han seguido sistemáticamente y no  han permitido que estas personas marginadas entren a ser parte del proyecto nacional. La gran venganza ante el liberalismo fueron los movimientos populistas o nacionalistas de los 30, fueron dictaduras filofascistas, pero nacionalistas. Tenían como misión integrar a los marginados y, como mínimo, instrumentalizarlos. Maximiliano Hernández Martínez, que fue un déspota fascista, que mató comunistas como loco, fue indigenista. Promovió la cultura indigenista, como fachada progresista de un gobierno fascista.

El proyecto liberal latinoamericano, que dejó cosas muy buenas, como la separación de poderes o el voto universal, tuvo un defecto de fábrica tremendo, heredado de ciertos prejuicios raciales decimonónicos que no se superaron, al menos no en América Latina.

¿Cuál ha sido el correlato cultural sobre esto? ¿En la literatura se ha expresado el populismo? Leonardo Valencia ha planteado la influencia del Grupo de Guayaquil en una literatura sobre la víctima. Pero creo que ningún escritor puede escapar de la realidad de América Latina.

Curiosamente fue primero el arte que la política lo que se jugó por esto. Porque todas estas dictaduras de los 30, que tuvieron algún tipo de sensibilidad nacional-popular, vinieron después de las vanguardias (culturales) latinoamericanas. Las vanguardias fueron el primer movimiento, cultural y político, que reivindicó al indígena, al negro, al campesino, al mestizo, al cholo, a todos estos personajes, y los puso como eje central de sus obras.

Ahí tenemos obras icónicas. Huasipungo en el caso ecuatoriano.

Totalmente, hay obras icónicas. Incluso movimientos políticos, como el indigenismo peruano, que fue una mezcla de marxismo y vanguardia. Entonces mezcló de forma muy interesante ideas políticas con ideas culturales, para modernizar al indio para que se convierta en el nuevo proletariado y que hiciera la revolución. Intentaron modernizarlo a través de lo cultural, del arte, con imágenes de indios con sus atuendos, dueños de sus territorios, dinámicos, poderosos, con una reivindicación identitaria. Eso fue un intento plástico y cultural de rescatar a estos personajes nacionales, que tuvo dos consecuencias: la primera, no buscada, acabar con el latinoamericanismo. Los vanguardistas quisieron buscar el ADN de América Latina, el personaje que expresara esas virtudes y esas actitudes que pudieran unir al continente. ¿Y qué pasó? En Argentina dijeron que era el gaucho, en las Antillas dijeron que era el negro, en los Andes dijeron que era el campesino andino, en Perú era el indio y eso acabó en una implosión de identidades y particularidades. Ese movimiento ayudó a consagrar los nacionalismos, no el latinoamericanismo que era la meta inicial. Y después, claro, vinieron los caudillos nacionalistas y se apropiaron de esa cultura nacionalista, sin fricción alguna con la izquierda porque ambos eran nacionalistas. Hubo una empatía perfecta para encajar cultura y nuevas propuestas revolucionarias-nacionales de derecha en los años 30. Y sí, hubo toda suerte de experimentos plásticos, literarios interesantísimos. Quedaron novelas importantísimas, pero que a larga generaron eso que Leonardo Valencia diagnóstico con precisión en El síndrome de Falcón: eran reivindicaciones de la víctima nacional, del personaje nacional oprimido que debía ser salvado en la literatura, no en la realidad. En la literatura tenía que ser salvado por completo, protegido, elevado, idealizado. Y eso inoculó a la cultura un mal tremendo: el deber moral.

¿Y el deber moral es pernicioso?

No hay nada más pernicioso para la cultura que el deber moral, porque la estanca, crea escuelas, jerarquías y grandes popes que van a decidir que alguien se está desviando de la intención moral que debería tener el arte. Eso pasó en México, en Perú, en Ecuador. Este deber moral se convirtió en una lápida, sobre todo para los jóvenes, que no tienen la misma sensibilidad moral o han visto que las cosas han cambiado o no, que la literatura ha sido inane para mejorar la condición del indio, que solo ha servido para crear reputaciones literarias o para atraer gringos, como fue el caso del muralismo mexicano. Uno de esos muralistas, Orozco, lo criticó fuertemente. Él dijo: estamos haciendo arte para gringos, los campesinos tienen afiches de María Félix en sus casas. Esas críticas hicieron explosión, volaron la tapa de ese deber moral y hubo un nuevo periodo de libertad estética en los 60, del que Ecuador se quedó relegado. De ahí que Leonardo Valencia en los años 90 haya tenido que seguir dando esa pelea. Esa pelea se dejó de dar en Colombia en los años 60, con Marta Traba, que tuvo mucha influencia, en Argentina con Cortázar y Borges. El boom latinoamericano, mejor dicho, acabó ese debate.

Quería volver al tema del indigenismo. Ecuador tiene el movimiento indígena mejor organizado e influyente política y socialmente de América. Y tenemos ahora a una dirigencia indígena muy vinculada al mariateguismo. Leonidas Iza y su grupo plantean el comunismo indoamericano. ¿Por qué el mariateguismo ahora, en este siglo?

El indigenismo de José Carlos Mariátegui es un fenómeno muy interesante, porque mezcla muchos elementos. Primero, Mariátegui es expulsado por la dictadura de Augusto Leguía (Perú ) a Italia en el momento del ascenso del fascismo. Un momento en que la estetización de la política tiene una influencia tremenda. Es decir los grandes movimientos de masas estetizados, uniformados, las marchas con antorchas, todos estos elementos que son una performance de fuerza amenazante. Por otro lado estaba Gramsci y la revista El nuevo orden, que era un marxismo que daba muchísima importancia a la cultura. Gramsci decía que los marxistas tradicionales daban mucho énfasis a la estructura económica, lo que hay que cambiar es la súperestructura, son las ideas, las imágenes, todo lo que afecta a la conciencia. Y Mariátegui vuelve al Perú, en el auge de las vanguardias latinoamericanas y dice: bueno, hay que aclimatar el marxismo a suelo americano, peruano, mediante la cultura, y hay un foco cultural muy fuerte de poesía, de plástica, con José Sabogal; debe ser, además occidental. Mariátegui era pro occidental, era un tipo ilustradísimo, un marxista en el sentido tradicional, un internacionalista. Porque en América Latina el marxismo ha sido nacionalista, una contradicción tremenda. Él era internacionalista y decía que América Latina debía contagiarse de la vitalidad europea. ¿Cómo carajos aclimatar el marxismo a una lugar donde el nacionalismo juzgaba muy negativamente todo intento de importar una idea extranjerizante? El marxismo no tenía nada que ver con la realidad peruana, ¿cómo aclimatarlo? Pues tratando de demostrar que en el pasado se vivió un proto comunismo. La definición que hace Mariátegui del pasado prehispánico, del incario, parece coincidir con algunos preceptos del marxismo y dice que este no era ajeno al Perú. Y dice: nosotros ya vivimos un estado comunista, proletario pero con indios, poderoso, que se autoalimentaba, con jerarquías, donde no había diferencias de clases. Y dice que se podía volver a incorporar el marxismo, teniendo en cuenta que no habrá una clase obrera, pero sí una clase campesina e indígena, que hará la revolución. Entonces lo que se necesita es un Lenin indígena que guíe a las clases indígenas. Esa es la versión del indigenismo marxista que crea y adjudica al indígena el nuevo rol del proletariado. Luis Valcárcel fue más radical y dijo que hay que promover la bajada del Perú auténtico al Perú falso para que se tomen la costa (que la Sierra se tome Quito), tuvo fantasías violentas de revolución violenta.

No hay nada más pernicioso para la cultura que el deber moral, porque la estanca, crea escuelas, jerarquías y grandes popes que van a decidir que alguien se está desviando de la intención moral que debería tener el arte. Eso pasó en México, en Perú, en Ecuador. Este deber moral se convirtió en una lápida, sobre todo para los jóvenes.

Es lo que vivimos en Ecuador en octubre del 2019 y junio del 2022.

Exactamente, la toma de las ciudades. Esa fue la fantasía de Luis Valcárcel, pero en Perú nunca se llegó a dar, en Ecuador sí. Fue menos violenta aquí que en las fantasías de Valcárcel, porque él decía: eso se resuelve con sangre y solo puede quedar sobre la tierra uno: o los blancos o los indígenas. Y esa es la fantasía que ha rondado por sobre algunos caudillos peruanos. Antauro Humala dice que solo son peruanos los que tienen piel cobriza. Todo aquel que no la tiene no es peruano. Y tiene sueños fascistoides de extermino de aquellos que no se ajusten a sus cánones de nacionalidad. Bueno, ese fue el proceso del indigenismo. Sin embargo, hay otra cosa que suena raro para el indigenismo actual. Y es que Mariátegui decía: dejemos de joder con la Colonia. Ese es un hecho histórico inmodificable. Meternos allá con cosas como que nos oprimieron y nos colonizaron la cabeza. Por cierto, Mariátegui era el intelectual más colonizado intelectualmente, tenía cosas mussolinianas, de George Sorel, Gramsci, Marx, ninguna de sus fuentes era propiamente americana. Y sin embargo hizo uno de los movimientos culturales y políticos más americanos posibles. José Uriel García, otro indigenista cuzqueño, decía: indio es todo aquel que ha sido domesticado por el Ande. Todo aquel que ha llegado al Ande, ha sentido su poder y se ha plegado al Ande para trabajarlo. Lo de menos es su color de piel, todos somos indios. Era una visión más realista de la realidad racial e histórica del continente. Mariátegui decía que dejemos de joder con la Colonia, que es un hecho histórico inamobible. Lo que hay que producir son nuevos hechos históricos. En ese sentido era un utopista progresivo. Hoy, el indigenismo se asocia más al decolonialismo y es una utopía regresiva, de deshacer todo el proceso de modernización y rescatar saberes, valores, modos de vida autóctonos no contaminados por el estilo de vida moderno.

Volviendo a las vanguardias, en la actualidad ¿qué posibilidades les otorgas en medio de una potentísima industria cultural?

Es muy difícil que surjan vanguardias de verdad si inmediatamente van a ser fagocitadas por las industrias culturales. Si el capitalismo y el dinero van a estar de por medio, determinando prestigios, circulación e importancia. Si algo funciona en la industria cultural es valioso artísticamente hoy en día. El mejor escritor es el que más vende. Y eso se lo pone muy difícil a propuestas realmente disruptoras, que no van a ser complacientes, sino agresivas y por lo tanto no van a ser fácilmente asimiladas por la industria cultural, que es un negocio y necesita que el público se vea complacido, no agredido, y la vanguardia es agresiva, tiene ese elemento particular de no plegarse a los valores dominantes.

¿Es posible ahora esa vanguardia que rompa lo establecido, como a inicios del siglo pasado?

Es difícil, porque surgen e inmediatamente son captadas por las industrias. Todo lo que tenga impacto, lo que genere movimiento y atención es rapidísimamente captado. Tengo fresco un ejemplo, el de los artistas británicos de los 90. Damien Hirts y todos estos, que fueron muy chocantes, los prohibieron. Rudy Giuliani impidió que expusieran en Nueva York. Ahora ellos son multimillonarios. Hirts hizo una subasta en Christie’s que rompió todos los récords. Eso que parecía disruptivo atrajo la atención de los mega millonarios que querían hacerse con esas obras y las catapultaron a la cumbre del mercado. A veces esos intentos de rebelarse son atajos para llegar a la cima del capitalismo, eso también suele ocurrir.

Pero eso hace sentido, porque si no expresaran algo que conmueve al público estas obras no tuvieran el valor que tienen.

Al consumidor del Siglo XX si hay algo que le fascina es consumir rebeliones. Es un producto muy apetecido. Todos los impulsos, sobre todo los jóvenes sediciosos, se calman consumiendo grupos culturales rebeldes, ropa rebelde, pósters rebeldes, parafernalia rebelde, y los multimillonarios también porque mientras más ricos quieren ser niños más traviesos, más niños malos, demostrar que a pesar de ser la élite del mundo tienen gustos transgresores. Y estas obras disruptivas son compradas inmediatamente por los dueños del mundo, que son los que compran el arte que está peleando contra los dueños del mundo. He conocido obra de Daniela Ortiz, la artista más radical peruana, más decolonial, que critica el maltrato a las empleadas domésticas, por ejemplo. Conocí su obra porque un multimillonario peruano expuso su colección y ahí la tenía. Es muy raro que uno llegue a conocer el arte rupturista de mano de un multimillonario, que no sé si lo entiende o no o le parece simpático, pero el arte limpia, crea fachadas.

Es muy difícil que surjan vanguardias de verdad si inmediatamente van a ser fagocitadas por las industrias culturales. Si el capitalismo y el dinero van a estar de por medio determinando prestigios, circulación e importancia. Si algo funciona en la industria cultural es valioso artísticamente hoy en día. El mejor escritor es el que más vende.

¿Cómo ves a América Latina hoy? Has mostrado las etiquetas para nuestro continente, el de la esperanza por ejemplo, y ahora tenemos esta perplejidad por no saber qué hacer con lo que tenemos ahora, como la migración, la violencia, las salidas autoritarias y fascistas que se instalan en la sociedad y en el cultura.

Pasamos por un momento muy jodido. Solo mira a los presidentes de América Latina en el poder. AMLO, de izquierda; Petro de izquierda, Boric, Milei de derecha y Bukele. Los cinco son mesías, son salvadores de su patria. Los cinco no llegaron a gobernar sino a cambiar la historia de sus países, tienen una imagen desmedida de sí mismos, a algunos incluso su país les queda corto y quieren ser líderes globales. Petro, por ejemplo quiere salvar a la humanidad del cambio climático. Son personajes poralizadores a muerte, que quieren salvar la patria y lo que hacen es desintegrar la sociedad. Quieren cambiar la historia, con capacidades de gestión mínimas, excepto Bukele que ha mostrado una capacidad pavorosa, pero Petro tiene una capacidad de gestión mínima, patética, su popularidad está por los suelos, lo mismo Boric a quien se le cayó la Constitución y se quedó sin programa de gobierno, su capacidad de gestión es nula. No tienen gente preparada, han querido llevar al pueblo a las instituciones pero estas necesitan gente técnica que conozca cómo hacer las cosas. (Pedro Castillo quiso llevar al pueblo a las instituciones y en Perú se dejó de hacer pasaportes, porque nadie sabía hacerlos, durante tres o cuatro meses). Es un atajo torpe querer hacer justicia a costa de la operatividad de un Estado. Todo esto sumado a focos claramente dictatoriales, que no me dan mucha esperanza: Cuba, Nicaragua y Venezuela que lo único que hacen es expulsar gente, favorecer al narco y potencian todos los problemas que estamos viendo: corrupción, migración  narcoviolencia y son escapadero para gente corrupta. Tenemos a esos tres países que juegan en contra del resto del continente. No solo generan parte de los problemas del  continente, sino que además se unen al narco y le hacen daño a nuestras sociedades. Es muy complicado porque son problemas continentales a los que se le dan soluciones nacionales. El latinoamericanismo, del cual también me siento partícipe, es un mero blof retórico de hermandad latinoamericana y cumbres, la realidad es que hay poca cooperación entre países, hay poco interés entre países; ahora matan a un candidato ecuatoriano, ahhh, nosotros ya pasamos por esas y ahora arréglenselas ustedes. No hay mucha conciencia de que es un problema global y se necesita una voz unida, sobre todo para el tema de las drogas. Si América Latina no se une y tiene una sola voz para empezar el proceso de legalización, esto es eterno. Es la política más nefasta. Objetivamente uno puede ver que esta política no da resultados.

Pero seguimos insistiendo en ello. Tenemos todos los motivos para justificar una relación muy cercana y potente con Estados Unidos, porque aparentemente no ves otra salida,. ¿Nos vamos a aliar con Rusia, con China? Siempre la vocación por la dependencia y no nos vemos a nosotros como continente. No he escuchado a ningún presidente ecuatoriano hablar de una política común en cuanto a las drogas.

Como países independientes somos insignificantes. Y no nos unimos, entiendo lo difícil unir a un continente con tres dictaduras, pero en temas geopolíticos que nos competen a todos, por una política más racional en cuanto a la droga, es el colmo que no se haya hecho. Entiendo que dentro de cada país hay sectores conservadores que se escandalizan mucho con el tema. Y por eso ningún presidente se atreve a plantear el tema de frente, ex presidentes sí, pero ni Petro lo ha hablado directamente, y en la ONU dijo eso pero bla, bla, bla.

¿Y Brasil, nuestro gigante escondido? Ese sería un peso específico.

Pero está ensimismado. Al ser un continente su lógica es introspectiva, si acaso le interesan Argentina y Uruguay, pero no tiene una visión americanista. La tuvo con Lula cuando Fidel Castro vivía, porque Lula idolatraba a Castro. Ese faro, para la izquierda, servía de aglutinante, pero sin Castro a Lula le importará bastante menos y estará más preocupado por el bolsonarismo y los dramáticos problemas internos. Y ahora veremos el efecto Bukele, que eso es lo que se nos viene.

¿Qué es Bukele?

Es un populista, tecnócrata, utopista. Velasco Ibarra se subía a un balcón y se metía en la Presidencia. Este se mete en tik tok y llega a la Presidencia. La lógica comunicativa es distinta pero es el mismo caudillo que se comunica directamente con la masa, sin intermediarios. Que sedujo a los salvadoreños con esta idea muy vanguardista de las criptomonedas, de convertir a la costa salvadoreña en un sitio tecnológico, crear una ciudad con las bitcoin, que es una fantasía típicamente de artista de vanguardia, una nueva ciudad, algo que no le ha salido del todo bien, pero paralelamente rompió su complicidad con las maras, y empezó a perseguirlas de modo implacable saltándose toda la legalidad y cualquier noción de derechos humanos. Y, claro, es efectivo, porque las dictaduras son efectivas en eso. En el mundo árabe no se roba porque cortan la mano al ladrón. Evidentemente eso es efectivo, pero no se dan cuenta del lado perverso, que para hacer eso ha roto la legalidad del país, y es solamente la legalidad del país la que va a permitir sacarlo a él; sin legalidad se va a quedar el tiempo que quiera.

En este contexto, ¿tiene aún sentido el concepto de república?

Tengo un gran amigo, politólogo, Alberto Vergara, que tiene un libro justo al respecto, que se llama La república traicionada. Y él dice que lo más revolucionario hoy en día sería volver a respetar los valores de la república: igualdad, libertad y ciudadanía. Una ciudadanía basada en esa libertad e igualdad. Solamente eso: igual acceso a las instituciones, sin importar el bolsillo, supondría una revolución benéfica en América Latina, y tiene razón. La verdad es que ya no tenemos más opciones. Durante el Siglo XIX se discutió mucho si nuestro camino debía ser el de la monarquía constitucional, incluso San Martín era monarquista o Andrés Bello en algún momento. Creo que no tiene sentido volver a esa discusión, somos lo que somos, países mal hechos. Tratemos de arreglarlos y terminemos de hacerlo bien, sin darle paso al delirio.

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