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22 de Enero del 2020
Historias
Lectura: 15 minutos
22 de Enero del 2020
Juan Carlos Calderón

Director de Plan V, periodista de investigación, coautor del libro El Gran Hermano. 

Los círculos abiertos de La escalera de Bramante
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Fotos: Luis Argüello / PlanV

Leonardo Valencia (Guayaquil, 1969) en el centro de la escalera de Bramante, la escalinata cóncava y convexa que une el parvis del templo de San Francisco con la plaza.

 

Leonardo Valencia reflexiona sobre La escalera de Bramante, su novela más reciente, en la cual desentraña una época violenta de la mano de unos personajes que se sitúan en medio de la tensión entre el cielo y el infierno, entre su mundo propio y el mundo que les toca vivir, sin remedio.

La última novela de Valencia, autor de otras como El síndrome de Falcón, El libro flotante, El desterrado, Kazbek, Moneda al aire, La luna nómada...

La escalera de Bramante son las gradas que unen el parvis del templo de San Francisco con la plaza. El mundo de arriba y de abajo, el mundo del cielo y la tierra, de la oscuridad y la luz. Y en el centro, en medio de un círculo, el hombre. En el centro, Leonardo Valencia, el autor de La escalera de Bramante. Los círculos de las historias que viven sus personajes, Raúl y Abu, las troyanas, Laura, Rogelio, Landor y todos los demás, también se cierran, aunque algunas quedan sueltas, como esperando a ver por dónde les conduce su creador. Al pie de la escalera, en la Plaza de San Francisco, conversamos con Valencia.

Como en la escalera de Bramante, los círculos de tus historias también se cierran. ¿La historia termina?

En algunas partes de la novela se habla de la espiral, y más me gusta esa imagen que la de los círculos que se cierran. En realidad las historias no se terminan de cerrar, algunas historias siguen y no sabes qué va a pasar con algunos personajes. Qué pasa con Laura, con Rogelio que estuvo metido con el grupo subversivo. Tampoco se sabe con Álvaro o Abu, si finalmente seguirá yendo y viniendo de Europa, es un poco incierto. En el fondo son imágenes, pero la historia es mucho más compleja. Pero sirven como síntesis. Es el caso de la escalera de Bramante, sobre todo con un personaje que es Raulito. Este es un artista naif, que de pronto en su alucinación, en el centro de Quito, descubre esa imagen que lo lleva a hacer las cantuñas a pesar de que tiene una vida destrozada con el alcohol, por la vinculación de su familia con la guerrilla. En su alucinación él descubre una verdad, entra a la iglesia de la Compañía de Jesús, que es por fuera piedra y por dentro oro. Y sale la idea de la cantuña que es una piedra a la que se le inyecta oro. Y esa es una síntesis de su relación. 

Oro y piedra, arte, tensión, paradoja, así son estos personajes

Esta tensión está en todos los personajes. En el tema del arte que trata la novela, la relación de Raúl con su amigo Álvaro, quien tiene una idea muy europeizada muy intelectual del arte y que nunca llega a plasmar una obra artística, como sí lo hace Raulito.

Claro, Raúl es la piedra, la tierra, esa vida tan terrenal. Y Abu es el que viaja, el que ve mundo, el que está pensando en el arte europeo, en la monocromía del rojo, que es como tener una sola forma de ver el mundo...

Así es, es una reducción. Eso me interesaba mucho en esta novela: romper las ideas de una novela centrada en un narrador, en la psicología de un solo personaje. Mi novela es descentrada, no puedes decir cuál es la historia principal, todas tienen interrelación, pero eso era quebrar el discurso único. Ninguna otra novela mía ha tenido tanta combinación de registros de escritura. Porque el mundo es complejo. Y tampoco hay un solo lugar. Siempre se ha hablado en Ecuador, de la novela de la ciudad y en esta novela transcurre en cinco países. Lo que planteo es un reto para un mundo global. La experiencia de Ecuador son las grandes migraciones, desde mediados del siglo veinte tenemos migraciones masivas. Es un tema recurrente en mi obra, las migraciones, el nomadismo, los desplazamientos. Esta novela me exigió mucho abrazar estos mundos, no tenerlos separados. Estan descentrados, pero tienen vinculación; porque es ese mismo mundo, atravesado por fanatismos políticos, y otras visiones.

Hay registros varios, en primera persona, en tercera persona, incluso en la misma conversación en estos dos personajes, Raúl y Álvaro (Abu). ¿Cómo los situas? ¿Por qué son estudiantes de arte y de una época determinada?

No exagero con esto: yo llego a entender lo que escribí cuando lo he terminado. Yo creo que escribimos con un plan consciente en una parte, pero en lo demás lleva de por medio muchas cosas: culturas, experiencia, época histórica, la misma fuerza del lenguage que te marca una época. Estos dos personajes representan, a mi modo de ver,  esa relación entre amigos. De alguna manera esta novela surge de la muerte de amigos míos. Lo que uno recuerda de los amigos son las conversaciones. Tenía un amigo muy querido que murió, siempre que yo volvía al Ecuador hablaba con él; ese mecanismo del habla, de la conversación, te lleva a muchas cosas. Soy el primer sorprendido con las lecturas que se están haciendo de esta relación. El amigo se va deteriorando (Raúl) y va perdiendo la memoria, y uno obviamente se va a preocupar de recordarle cosas para ayudarlo. Pero también esto de recordar tiene que ver con el hecho de que a veces olvidamos ciertas épocas históricas, las cosas que pasaron.

¿Y qué es lo que quieres recordar?

Lo mio era tratar de entender esa época en la cual yo era adolescente. Cuando pasó en Ecuador todo este tema de la guerrilla. Yo estaba aún en el colegio cuando escuché las noticias del secuestro de Naim Isaías. No entendía qué pasaba exactamente, no estaba metido en política. Y aún si lo hubiera estado no se sabía qué pasaba.  La información, la claridad, vino luego. No me interesaba entender el hecho en sí, no quería hacer una crónica sino una novela donde se descubre ese horror que es el punto donde la realidad se fisura, y ahí descubres que de pronto tienes a un familiar o a alguien cercano vinculado a alguna barbaridad. Siempre se habla del héroe o del trasgresor, pero ¿y las personas que están en torno a él? ¿Las que se ven afectadas? ¿Quién habla de ellos?

La novela tiene muchas insinuaciones. Queda insinuado que el personaje Dacal tiene un papel en la represión y otros personajes que pasan por los hechos y prefiguran la época. Y uno que vivió ese tiempo, del bar del Mao Tse Tung Viteri, de esa generación, pero con los nombres cambiados. 

Por eso es literatura, por eso no es crónica. No quise poner los mismos nombres. Hubiera sido muy fácil pero hubiera condenado a la novela a un solo tipo de lector. Yo quiero que la novela llegue a otros lectores que no conocieron esos hechos pero que puedan sentir ese terror, esa sensación, esa angustia, esos personajes terribles que se puedan crear a partir de una ficción que debe ser leída más allá del lector que conoció el tema. Son pocos los privilegiados que conocen los lugares de los cuales habla una novela; esta se preocupa por abrir ese aspecto a los lectores y trasmitir esa experiencia humana.

Las charla intensa, profunda, morosa entre dos amigos, donde se cuentan cosas y saltas de pronto a los informes de Taltibio, ese personaje extraño, por extranjero, que enviaba informes filosóficos a la Isla.

Son personajes que estuvieron aquí. ¿Cuántas intromisiones de Cuba, de Israel no tuvimos? En el aspecto político, y eso también dice la novela, no vivimos en un mundo aislado. Hay mucha injerencia. Lo sabemos, los rusos, los estadounidenses, los cubanos. Y vemos que los grupos que actuaron aquí estaban profundamente nutridos por Colombia. Así que no podemos hablar de compartimentos-estancos, de unidades cerradas. Es un mundo interrelacionado y tenemos que verlo así para entender lo que está pasando en el mundo y en nuestro país.


La obra de Leonardo Valencia ha sido traducida a varios idiomas. El vivió en Barcelona, España muchos años. Ahora reside en Quito.

Hablemos de Landor. Tiene la fórmula para pintar un trozo de carne, que no incluye el rojo. Eso me llamó mucho la atención; pero lo que me conmovió mucho de la novela es el lenguaje, esa erudición que tienes sobre el mundo de la pintura. Uno aprende mucho sobre eso.

Me apasionó siempre la pintura. Yo pintaba de muchacho y me gusta mucho. Pero en el fondo hay más cosas: esa preocupación de que para pintar un trozo de carne no necesariamente hay que usar el rojo; vivimos en una época en que se esta simplificando al arte. Se lo utiliza, se lo instrumentaliza; pareciera que con poner un mensaje en una pared ya hacemos una obra de arte, y no es verdad. La obra artística exige despliegues mucho más complejos. Lo de la pintura del trozo de carne es para entender que el arte no es lo que parece a simple vista, hay muchas cosas detrás, mucho trabajo. Y hay más cosas: en mi percepción del mundo soy más visual que auditivo. Y en el fondo la pintura es una representación del mundo, de la realidad, y un pintor con talento introduce un elemento perceptivo y enriquece nuestra mirada. A veces es un color, un tratamiento sobre las figuras. Esa percepción de que la realidad se puede representar tal cual, es falsa.  Lo que vemos son miradas de individuos. 

Podemos hablar así de las cantuñas, esas piedras que Raúl transforma en obra de arte.

La Compañía es una gran cantuña. Si la ves, por fuera es pura piedra y por dentro es puro oro. Tenemos oro en el núcleo de nuestra piedra, y él lo descubre a partir del delirio. Los procesos creativos no son racionalizados totalmente. Abu los quiere racionalizar pero Raúl no, es más intuitivo, pero tiene también una formación artística, pero se deja arrastrar por esa intuición. Y pasa con los artistas que se han liberado y tienen una voz propia, es porque no se lo pensaron mucho. Se escucharon primero, y luego lo pensaron. 

Este personaje, Raúl, es este hombre atormentado, y Abu tiene esta formación aeuropeo. Sitúas estos personajes en dos mundos distintos; el delirio del uno y la racionalidad europea. 

En realidad los dos tienen grandes problemas. Porque al final si bien Raúl logra estas obras artísticas, la vida se le destroza. La tensión entre ellos fue surgiendo en la medida que escribía la novela. Porque finalemente el que se va a Europa es un ecuatoriano también, con una serie de conflictos de identidad e idealiza ese lugar. Uno de los mitos de los ecuatorianos al irse fuera del país es la idealización; como si afuera estuviera el paraíso, pero muchas veces el paraíso es el infierno. Abu representa la crítica a esa idea de que el paraíso está afuera. A veces puede ser una destrucción total y es lo que le pasa a Abu, porque nunca llega a desarrollarse con plenitud y cuando regresa a su país es cuando empieza su propio camino.

La novela recoge esa complejidad del mundo, y su lenguaje es muy potente. Cada frase tiene un sentido propio y eso es muy logrado. Pero para mi la novela puede llegar a confundir, por los cambios de registro.

Bueno, eso lo busqué a propósito, porque a todas esas voces no podía uniformarlas. Ese es el gran riesgo y encontrar las voces adecuadas no es fácil. Por ejemplo, son muy distintos los monólogos de las troyanas que tienen todo un sentido, a los informes de Taltibio que son apolinios. Las voces de las  troyanas son caóticas, pero es que la realidad es así. Cómo puedes contar la historia de esta chica que entra finalmente a la guerrilla y que se le trastoca el mundo, vivir la clandestinidad. Eso de hacer los mantos, que son esos relatos para ocultarse, ¿qué pasa en la mente de esos individuos? En eso encontré una cosa que es una manera de ver el mundo, porque en el fondo todos vivimos lo mismo: armamos relatos de nosotros mismos. Me interesó ese personaje, porque siempre se pinta a los guerrilleros como héroes, y esas son situaciones maniquéas. Yo leí varios libros de memorias sobre el tema. Uno el de Vera Grabe, del M-19 y contaban lo increíble que era para ellas que hicieran la revolución para cambiar al mundo y dentro de la guerrilla encontraron los mismos esquemas patriarcales, porque ellas como mujeres tenían que cumplir un rol. Estaban condenadas. Entonces dar cuenta de esa crisis de identidad, de represiones de identidad que nos quieren imponer es problematizarlo; las cosas no son en blanco y negro. Entonces el lenguaje, y esa es la maravilla de la literatura, nos muestra toda esta ebullición. En mi novela me interesaba generar toda esa turbulencia, que se sintiera toda esa plenitud del lenguaje. Si no tuviera ese lenguaje, solamente me remitiera a esa historia para lectores que ya la conocen, historia que finalemente será olvidada pero el lenguaje estará ahí, en la problemática humana. 

¿Y la escalera de Bramante?

Esa va a perdurar. Fíjate en la plasticidad de esa escalera, es de piedra pero parece que estuviera en movimiento. Es una maravilla. 

GALERÍA
Los círculos abiertos de La escalera de Bramante
 


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