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19 de Julio del 2021
Historias
Lectura: 23 minutos
19 de Julio del 2021
Juan Carlos Calderón

Director de Plan V, periodista de investigación, coautor del libro El Gran Hermano. 

Gloria Ardaya: tenemos que salir de este tiempo de las cosas pequeñas
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Gloria Ardaya Salinas, investigador, política y escritora boliviana, desde su departamento en Quito. Fotos: Luis Argüello / PlanV

 

Gloria Ardaya, socióloga, politóloga e investigadora dice que en América Latina "el bien común no existe. Hemos perdido esa idea que teníamos de pensar el país, de qué país queremos. Porque no hay partidos políticos, porque no hay quién genere esa idea de hacia dónde queremos ir. América Latina ha perdido su puesto en el mundo".


Gloria Ardaya Salinas.

Política e investigadora social boliviana. Fue ministra de Estado y diputada en su país. Catedrática universitaria. Aborda los temas de política, sociedad y democracia en América Latina. Vive en Quito. 

Los grandes temas de nuestra región terminan atravesados por los impactos de la pandemia. Crisis sanitaria, migratoria, económica y humanitaria; para Gloria Ardaya, las consecuencias del COVID-19 son devastadoras, y aún no las hemos dimensionado ni evaluado. La investigadora social, académica y política boliviana habla en esta entrevista de estos temas, pero también de nuestras sociedades y gobiernos. Su ojo político nos dice que la región está en procesos de cambio, y que estos provienen de lo profundo de la sociedad, algo que los gobiernos en busca de hegemonías se niegan a ver.

¿Cómo interpretar este momento en América Latina, donde hay reacciones y protestas continuas de sectores populares, y un contrarrelato que habla de que es una manipulación de sectores de izquierda, chavistas, de Estados Unidos…? ¿En ambos lados hay un reduccionismo político?

Es importante asumir que América Latina es una, pero múltiple a la vez. No podemos hablar de generalidades de lo que acontece en la región. Pero a pesar de toda esa heterogeneidad, hay una agenda común. Somos uno, pero diversos. Asumirlo nos va a permitir un análisis más concreto de ciertos temas. Hay una agenda común que ahora está encabezada por la sanidad, por la epidemia; pero tenemos problemas de pobreza, no solo como consecuencia de la pandemia, sino también por una pérdida creciente de ingresos, desde 2014, y que la crisis actual ha agudizado. Tenemos problemas de seguridad y narcotráfico; en el caso concreto de Ecuador, aunque no es un país productor, tiene mucho que ver con el tema, y a veces no somos capaces de percibirlo como algo que está penetrando en toda la sociedad. Y tenemos problemas con la democracia, en varios sentidos: en su contenido, en su apropiación, en su desempeño y en sus resultados.

¿Qué tan relacionadas están estas agendas?

Hay muchísima interrelación. El tema financiero está muy ligado a la paralización de la economía de la pandemia, por los gastos extras que estamos teniendo. Aún no hemos evaluado las consecuencias de esta crisis, pero son demoledoras, fundamentalmente en lo que respecta a educación, que es donde se expresa la mayor desigualdad. Ya antes de la pandemia la calidad educativa en nuestros respectivos países era de mala a peor. Ahora no hay nombre para calificarla. Lo que la niñez y la juventud están perdiendo en temas educativos no lo vamos a recuperar nunca.

¿Qué es lo que le ha hecho la pandemia a la educación? Los resultados de las pruebas PISA son catastróficas...

La pandemia prácticamente ha paralizado el sistema educativo. Se está haciendo una educación online para la cual no estábamos preparados ni docentes ni alumnos; tampoco tenemos los recursos para acceder a ella. Se puede ver en Ecuador, en Bolivia, en todos nuestros países, familias con tres o cuatro niños en edad escolar que tienen un teléfono o una computadora. La educación online de por sí es mala porque no existe la capacidad de que estos niños atiendan como si fuera una clase presencial; no es lo mismo, no tienen la socialización. Puedo afirmar que el retraso, en todos los niveles, es dramático, excepto para quienes cuentan con mayores ingresos, que sí tienen la capacidad de acceder a todo tipo de tecnología. Acabo de hacer una evaluación en Ecuador, donde hay enormes regiones a las cuales no llega internet, o los padres no tienen la capacidad de comprar suficientes megas para que los niños puedan acceder a las clases virtuales. El tema también es dramático en términos de socialización de los niños. En Ecuador, la primera causa de mortalidad en niños y adolescentes es el suicidio. Son impactos que no estamos viendo. Hasta hace unos diez años la principal causa de muerte entre niños y adolescentes eran los accidentes de tránsito, pero ahora es el suicidio. No hemos estudiado el tema, pero es obvia su relación con el aislamiento, la escasa socialización, la violencia intradoméstica…

En Ecuador, la primera causa de mortalidad en niños y adolescentes es el suicidio. Son impactos que no estamos viendo. Hasta hace unos diez años la principal causa de muerte entre niños y adolescentes eran los accidentes de tránsito, pero ahora es el suicidio.

Tampoco hemos evaluado que las mujeres madres están asumiendo mucha más responsabilidad en las labores de cuidado. Ahora son ellas quienes controlan las tareas de sus hijos. Antes delegaban esa responsabilidad a la escuela. Otra cosa que no hemos evaluado es el trabajo: la gente no puede salir a laborar y quienes lo hacen reciben menos ingreso a cambio de jornadas más extensas, pues es la única posibilidad de mantener su empleo. Eso posiblemente no se vea mucho en Quito, pero si nos descentralizamos un poco notaremos que la gente está viviendo de lo poco que cultiva y del bono de las transferencias condicionadas que recibe del Estado. No hay que olvidar el incremento de la informalidad. El trabajo adecuado, como se lo llama, ha disminuido notoriamente en todos nuestros países. Bolivia encabeza las encuestas de informalidad. El 80 % de su PEA es informal, y eso supone que no tiene informalidad social, que trabaja muchísimas más horas y que tiene menos ingresos. Se ha incrementado el pluriempleo: gente que hoy trabaja cosechando y que mañana carga y descarga en un mercado, y pasado mañana la llaman para labores de construcción. Y hay un tema sobre los impactos que no quiero olvidar: hay un subregistro muy fuerte de muertes por COVID-19. Mucha gente no va a los centros de salud porque no hay capacidad y porque hay un estigma contra quienes enferman con este virus, y fallecen sin que esa muerte sea contabilizada dentro de las cifras de la pandemia.

La informalidad lleva a la vulnerabilidad, y la vulnerabilidad puede llevar a la ilegalidad. ¿Qué está pasando en este aspecto?

Los problemas se han incrementado en relación con inseguridad y narcotráfico. Ahora hay gente mucho más metida en la distribución, en el traslado; las mulas son mucho más frecuentes. Y el contrabando: más gente arriesgándose a pasar por las trochas, contrabandeando para tener un ingreso mínimo. Diría que la gente pobre, que se ha incrementado, vive con mucho menos que el salario mínimo.

¿Hay otro tipo de reacciones en el comportamiento y el hábito de las personas que haya revelado la pandemia?

Una de las cosas que observo es que la familia vuelve a tener una importancia fundamental. La familia se ha vuelto un refugio ante la crisis. Se vuelve a ella con cualquier pretexto: voy a cuidar a mis padres, voy a hacer esto, lo otro... Hay un reagrupamiento y una mayor cantidad de familias extendidas que se han unido para solventar la crisis.

Ese impacto demoledor, como dices, de la pandemia en América Latina, ¿tiene su correlato en la incapacidad y la corrupción de sus liderazgos?

Aquí hay dos problemas. El primero es la crisis de los sistemas partidarios, y no es de ahora, sino que se ha profundizado. En general, quienes hacían política y circulaban la política, quienes pensaban hacia dónde dirigirnos y cómo se constituía la comunidad política, eran los partidos. Al no existir eso, y sobre todo con los gobiernos del Socialismo del Siglo XXI, diría que se exilió a la política del mundo público. Cuando se exilia y se intenta destruir a la política, no puede haber formulación de un proyecto de país, y creo que falta en toda Latinoamérica.

Los niveles de pobreza, de desinstitucionalización y anomia de nuestras sociedades es profundo porque lo que predomina ahora es el sálvese quien pueda, por encima del sentido de comunidad, de pertenencia a una nación.

Hace unos 10 o 12 años, Brasil formaba parte de los países en franco desarrollo, con los BRIC. Ahora, ¿qué es ese país? Hace 50 años Argentina era una de las economías más grandes del mundo y en la década de los cincuenta del siglo pasado era la octava economía mundial. Tenía el mejor modelo de sustitución de importaciones. Ahora se debate en una crisis profunda. Los niveles de pobreza, de desinstitucionalización y anomia de nuestras sociedades es profundo porque lo que predomina ahora es el sálvese quien pueda, por encima del sentido de comunidad, de pertenencia a una nación. El bien común no existe. Hemos perdido esa idea que teníamos de pensar el país, de qué país queremos. Porque no hay partidos políticos, porque no hay quién genere esa idea de hacia dónde queremos ir. América Latina ha perdido su puesto en el mundo.

¿Cómo se excluye a la política de lo público?

Para mí, la política es pensar deliberadamente el futuro. Es decir, yo quiero para Bolivia, para Ecuador, esto y en este lapso. Y uno de los grandes males que nos ha hecho el Socialismo del Siglo XXI es eliminar esa posibilidad por la sobreideologización y la política vista como eliminar al enemigo. En ese contexto no puedes construir nada, porque el resentimiento y el odio no construyen proyecto. Y lo estamos viendo en el caso boliviano. Desde que subió, el presidente Arce, se ha dedicado no a gobernar, sino a perseguir a quienes fueron parte del anterior gobierno. Y la expresidenta está ilegalmente detenida, porque si tienes que acusarla debes hacerle un juicio. No hay Estado de derecho para nada. Tenemos una sobreideologización que ha permitido que la democracia no sea eficiente, porque estamos dedicados a perseguir al otro, en vez de hacer gestión de políticas públicas.

¿Por ejemplo?

Desde hace 40 años, Ecuador ha tratado de eliminar la desnutrición infantil; sin embargo, resulta que sigue siendo el segundo país con mayor desnutrición infantil en América Latina. ¿Qué pasa con las políticas públicas y la ausencia de institucionalidad en este tema? También entre los ricos hay desnutrición. Algo debe estar pasando para que tanta inversión no dé resultados, pero no hemos sido capaces de evaluar esas políticas. Ecuador tiene una infraestructura envidiable: escuelas, hospitales… pero son mal usadas. Se hicieron las escuelas del milenio con capacidad para 1200 estudiantes, asisten 400, se usa medio turno, no se usan en la tarde... Hay despilfarro, el uso de los bienes públicos como si fueran privados; ha vuelto un tema clásico de la sociología: el patrimonialismo. Quienes nos gobiernan y nos han gobernado usan la cosa pública como si fuera patrimonio personal. Ahí se evidencia el gran despilfarro que hay en toda esa inversión en infraestructura pública.

Siempre hago una encuesta para preguntar: ¿cuál es la política pública más importante de tu país en estos 40 años de democracia? De Ecuador me llegan a mencionar hasta 100, pero no hay una sola que haya sido apropiada por la población y que haya sido exitosa.

No hemos sido capaces de diseñar las políticas públicas y luego llevarlas a su fin. Siempre hago una encuesta para preguntar: ¿cuál es la política pública más importante de tu país en estos 40 años de democracia? De Ecuador me llegan a mencionar hasta 100, pero no hay una sola que haya sido apropiada por la población y que haya sido exitosa. Vuelvo al tema de la desnutrición: 40 años trabajando sobre eso y el problema sigue, y afecta no solo en la talla y el peso de las personas, sino en sus capacidades intelectuales.

Acumulada la crisis sistémica, estructural e histórica a la demolición de la pandemia, al parecer los gobiernos no miden o se desconectan de la calle y de los impactos que tiene esta situación en la vida de las personas. Entonces se sorprenden de las reacciones en Bolivia, Perú, Chile, Ecuador, Colombia… Son cosas que pasan aparentemente sin una racionalidad.

Vuelvo al tema inicial. Creo que la desestructuración de los partidos políticos nos ha llevado hasta aquí. Estos no supieron reinventarse y siguieron rondando con su visión en el Estado más que en la sociedad; en cómo capturar al Estado pero sin trabajar con la sociedad, y no tenemos Estados sin sociedades. En muchos de nuestros países, la sociedad no existe, no es considerada como tal. Creo al mismo tiempo que, no solo por la pandemia, sino por varias condiciones, América Latina está cambiando, no sabemos hacia dónde. El movimiento de octubre de 2019 en Bolivia hizo renunciar a Evo Morales. Las elecciones de 2021 sacaron a Correa de la dirección del Estado ecuatoriano; no digo que lo eliminaron, y tampoco digo que se ha eliminado a Evo Morales, pero puedo asegurar que ninguno volverá a ser presidente. Las sociedades van cambiando, y esas hegemonías que se construyeron alrededor del Socialismo del Siglo XXI, por la inmensidad de recursos que hubo en esa coyuntura, no se van a volver a dar.

Hay una paradoja en esto: si hay una desestructuración de los partidos, el de la Revolución Ciudadana y el MAS han sido y son fuertes.

Pero eran partidos estatales, no tenían sustento en la sociedad. En Ecuador se pagaba a la gente para que fuera a concentraciones que parecían masivas. No olvidemos que con los ingresos que tuvieron esos países, el empleo se triplicó o cuadruplicó. Entonces lo que construyeron fueron deudores y no ciudadanos, y la democracia necesita de ciudadanos. No podemos hablar de democracia sin ciudadanía, no podemos hablar de Estado sin sociedad y no podemos hablar de democracia sin demócratas. Porque aquí hay otro tema, y es que quienes nos gobernaron no eran demócratas, nunca lo fueron.

¿Qué es ser un demócrata?

Es gobernar para el conjunto de la sociedad, no solo para quienes votaron por ti; es admitir una oposición. Los mejores gobiernos son aquellos que tienen una oposición muy buena. Es aceptar la pluralidad; es decir, que somos diversos pero que tenemos un objetivo común. Aceptar que en toda sociedad hay disensos, pero no por eso vamos a ser enemigos, ni te voy a perseguir o a excluir de sus beneficios. América Latina está cambiando políticamente. En Ecuador el correísmo fue hegemónico y perdió las elecciones. En Bolivia el MAS fue hegemónico, ganó las elecciones pero con otra gente, con otra visión, no sé si mejor o peor, pero es una cosa distinta, ya no es la misma. Hegemonías que se agotan. El uribismo hegemónico en Colombia también se resquebraja en sus propias fisuras. Porque las sociedades cambian, no somos estáticos. Acordémonos que en los años setenta pensábamos una cosa y en los ochenta otra; incluso en Cuba se ven cambios en los movimientos sociales. El movimiento San Isidro no está reivindicando mejores salarios, sino aspectos mínimos de la democracia, como las libertades. En Bolivia, el movimiento de Las Pititas buscaba respeto al voto, no al fraude; no pedía más salarios, agua potable, sino que se respetara el voto. En Colombia el eje es que se respete la vida, no se está reivindicando un aumento salarial.

Estamos viviendo, como decía el autor boliviano Sergio Almaraz, «el tiempo de las cosas pequeñas». Y creo que tenemos que salir de ese tiempo de las cosas pequeñas para pensar en
cómo construir la comunidad política.

¿Y en Ecuador…?

Creo que Ecuador es un país de centro y que hacia eso están caminando los gobiernos de la región, versus los gobiernos del Socialismo del Siglo XXI, que tarde o temprano van a caer. Los gobiernos y algunas oposiciones no reconocen esos cambios porque la sobreideologización nos ha enseñado que los grises no existen. No creo que en América Latina se vuelvan a imponer gobiernos como los de Centroamérica en la década de los ochenta. Creo que vamos caminando hacia la centralización de la política. Creo que el chavismo quisiera ir mucho más allá de donde va, pero no tiene ni los recursos ni la sociedad. El presidente Luis Arce, en Bolivia, quisiera hacer tabla rasa con la oposición, pero no puede ni podrá, porque tenemos una sociedad que no está en permanente funcionamiento, pero ante hechos concretos aparece y reivindica derechos básicos de la democracia.

Una democracia inconclusa…

No olvidemos que tenemos tareas inconclusas para la democracia. Más derechos: derecho a la vida, a los servicios básicos, a la libertad de expresión, y fundamentalmente nos falta muchísima institucionalidad, porque siempre hemos pensado en el Estado como aparato. Ves el edificio, pero adentro no hay nada. Ecuador tiene el aparato, pero no capacidades técnicas y mucho coyunturalismo. Cuenta con muy buena capacidad para atender emergencias, pero no para formular y ejecutar las políticas públicas. Se ha invertido montón de dinero en discapacidad, pero no hay un solo análisis que nos diga cuáles son las principales discapacidades en el país y, fundamentalmente, no hay un estudio sobre discapacidad mental.

¿Cómo apuntalamos la democracia, tal como es?

Hay que confiar más en la democracia, hablar más de ella. Una de las cosas que me impresiona es que la palabra democracia está ausente en el vocablo cotidiano, en el discurso político y social; no se habla de democracia. En Bolivia hablamos mucho de democracia y la ponemos por delante siempre. Nuestra tarea pendiente es consolidarla, hacerla más fuerte, más institucional, más plural. Es común en Ecuador decir: «Yo por ese de derecha, jamás…»; «Yo por ese de izquierda, jamás…». He tenido un montón de debates aquí por el tema del voto nulo. Para mí es impensable votar nulo; sé que es un derecho, pero para mí implica no asumir la responsabilidad.

Se apela mucho a esa responsabilidad cívica ahora con la pandemia, pero creo que la reacción contraria es que la gente no se siente integrada en las decisiones ni tomada en cuenta. Y me quedo en la pandemia porque lo que menos hay en la lucha contra la enfermedad es sociedad, participación ciudadana: o somos indisciplinados o víctimas, o somos deudores de los favores del Estado porque nos cuidan o nos dan la vacuna; no hay organización social, solo dictados policíacos.

No solo la policía es responsable de esto, todas las autoridades tienen que ser corresponsables. Para mí es fundamental la corresponsabilidad cívica en lo que acontece. Y hablo de lo bueno que acontece. Le vuelvo a echar la culpa a la falta de partidos políticos. Hay liderazgos emergentes que no dan cuentas a nadie ni de nada. Cuando había partidos, estos asumían las responsabilidades y recibían premio o castigo. Estamos viviendo, como decía el autor boliviano Sergio Almaraz, «el tiempo de las cosas pequeñas». Y creo que tenemos que salir de ese tiempo de las cosas pequeñas para pensar en cómo construir la comunidad política. Y cuando hablo de comunidad política, hablo de la inclusión de todos: los que pensamos distinto, los que pensamos igual, los que tenemos la piel amarilla, blanca o negra.

* Esta entrevista fue publicada originalmente en la revista Andina, #4, de la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Quito. https://www.uasb.edu.ec/wp-content/uploads/2021/07/Revista-Andina-N4-Jul...

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