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12 de Agosto del 2019
Historias
Lectura: 21 minutos
12 de Agosto del 2019
Redacción Plan V
"Rehacer los partidos destruidos por Correa es una tarea urgente": Luis Verdesoto
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Fotos: Luis Argüello / PlanV

Luis Verdesoto tenía 24 cuando cuando se reestableció la democracia en el Ecuador en 1979. 

 

Verdesoto ha seguido, como académico y analista, los 40 años del periodo democrático que se instauró en 1979. Cercano asesor del ex presidente Jaime Roldós, fue testigo de los primeros años del proceso político y también de la década correísta. Aquí hace un balance de las últimas cuatro décadas con sus avances y retrocesos.

Luis Verdesoto ha seguido de cerca la política ecuatoriana durante buena parte de su vida. Hoy, cuando se desempeña como consejero del Consejo Nacional Electoral, pasa revista a los sucesos más importantes de los últimos 40 años del proceso que se inició en 1979, cuando asumió el poder Jaime Roldós Aguilera y el país volvió a la institucionalidad democrática, luego de casi una década de dictaduras militares. Tras unos primeros 20 años de cierta estabilidad y bipartidismo, la crisis económica de 1999 abrirá la puerta de la inestabilidad política, el autoritarismo correísta y la destrucción del sistema de partidos. 

¿Qué le dice este aniversario?

Los ecuatorianos no celebramos lo suficiente el origen de nuestro Estado. Una celebración tan importante debió tener más importancia y ser motivo de reflexión sobre lo que la nación aspira. La nación es un conjunto de elementos que nos llevan a vivir juntos, mientras el Estado es la forma institucionalidad de esa nación. Debimos festejar esos 40 años porque hemos vivido pacíficamente. Pero creo que ese festejo nos cuesta.

¿Debemos reflexionar sobre los efectos útiles de la democracia?

Creo que la democracia no tiene efectos útiles, es un procedimiento que nos permite convivir de forma pacífica y justa, para construir algo que tiene un futuro más allá de nuestra existencia individual. En el Ecuador no festejamos el Diez de Agosto con bailes y bebidas, cuando hay otros pueblos que festejan el hecho de ser estados. 

¿Fue el Diez de Agosto un Estado o un grito de rebeldía?

Fue un grito de rebeldía que tuvo dos años de permanencia institucional. Fue uno de los periodos de liberación más largos en América Latina y deberíamos recordarlo más. 

¿Cómo recuerdas los sucesos de 1979, cuando se retomó la democracia en el país?

En esa época era un muchacho joven que venía de la izquierda radical, estaba terminando mi maestría y tenía 24 años. Venía de la irrupción que fue el capitalismo petrolero, fue la década de más impresionante desarrollo capitalista en el país. En los años 70 la industria creció al 25% anual. Cuando entré a la universidad había más estudiantes universitarios que obreros industriales. Era un país de regiones, de pequeñas moléculas, un país sujeto a la tasa de ganancia de la Sierra versus la de la Costa. El petróleo produjo un equilibrio nacional en la ganancia. El país estaba ligado a la segunda reforma agraria, y había un Estado con una tutela fuerte pero sobria de la economía. Había empresas estatales un tanto singulares como un banco nacional de semen para el ganado. La construcción democrática no era un convencimiento profundo de los militares, y había posiciones variadas en las Fuerzas Armadas, en cuyo seno se inicia una puja con algunos elementos. La muerte de Abdón Calderón, que me parece fue un accidente, pues solo lo querían asustar, fue cometido por un sector duro de las Fuerzas Armadas, y a eso se sumó la masacre de Aztra, que dejó un precedente de intimidación en la clase obrera. Pero el miedo empezó a sentirse entre los sectores obreros gracias a estos actos de represión. En 1976 se fundó la Flacso, y la democracia era una cosa que todavía no tenía forma. En el escenario estaba Jaime Roldós, un populista con un discurso socialdemócrata, pero él quiso romper con el legado de Assad Bucaram y José María Velasco Ibarra.

En la matriz liberal estaba Raúl Clemente Huerta y había también una nueva Democracia Cristiana, en la que se encontraba Osvaldo Hurtado. Cuando Assad Bucaram no pudo ser candidato, y se produjeron algunos cambios, Hurtado aceptó la vicepresidencia a Roldós, quien era un populista de cuño distinto.

Su gobierno fueron 21 meses de aprendizaje democrático. La transición pactada con los militares, en especial con el almirante Poveda, se plasmó en la redacción de dos constituciones, basada una en la Constitución de 1945, que tenía la intención de acercarse a la izquierda y una nueva Constitución. Todos aprendimos a ser demócratas, empezando por los militares y las fuerzas políticas del centro hacia la izquierda. Ese aprendizaje costó mucho, hubo novatadas de manejo, una arremetida de Estados Unidos, y el inicio de un Estado en manos de civiles.

¿Qué era ser demócrata en ese momento?

Había una valoración intuitiva de lo que era ser demócrata. Se pensaba más en la dinámica de los enfrentamientos que en los acuerdos. Luego del tema de Aztra y de las medidas económicas recientes había un escenario político en donde no habían cuadros para renovar el Congreso cada dos años. Se desarrolló la idea de que el Congreso lo que debía hacer era bloquear. Los cuadros que estaban en política tenían una complejidad discursiva muy alta, había figuras como el propio Roldós, como León Febres Cordero, como Rodrigo Borja. El propio Febres Cordero se resume como un hombre político. Había dos ideas básicas: lograr un bipartidismo como en Venezuela y en Estados Unidos y la otra lograr la planificación estatal. El primer plan de desarrollo es bastante cartesiano, y tanto el bipartidismo cuanto la planificación fracasaron. Al final, se produjo un sistema de mediana fragmentación. 

¿Cómo afecta a la política el conflicto con el Perú en 1981?

Hubo otras dificultades, como el conflicto con el Perú y las Fuerzas Armadas no tenían experiencia bélica. Hubo que comprar armas ante el temor de un ataque peruano sobre Quito o el bloqueo de Esmeraldas. Se temía cómo llegar a negociar con el Perú y había dificultades para conversar con el nuevo Gobierno de Estados Unidos, que encabezaba Ronald Reagan. Roldós buscó un diálogo con los Estados Unidos, y llegó a haber una propuesta para disolver el Congreso y lograr un semiparlamentarismo. Se pensó también en una alternabilidad entre las fuerzas políticas, que efectivamente se fue produciendo, un ejercicio pendular de la política. 

"Había dos ideas básicas: lograr un bipartidismo como en Venezuela y en Estados Unidos y la otra lograr la planificación estatal. El primer plan de desarrollo es bastante cartesiano, y tanto el bipartidismo cuanto la planificación fracasaron".

¿Qué características tuvo ese ejercicio pendular?

Tuvo varios puntos de continuidad, a pesar de los cambios de gobiernos. La tutela estatal no fue desmontada por Febres Cordero, sino tiempo después por Durán Ballén. El movimiento obrero se organizó y se mantuvo hasta la época de Durán Ballén. El ingreso de los independientes en la política que se inició en la época de Durán Ballén, tenía la intención de afectar un sistema de partidos con vocación estatal. Se pensaba que partidos grandes eran lo mismo que crecimiento estatal, pero esto no fue cierto. Hubo un cambio de sensibilidad en la gente sobre la corrupción, pienso que puede haber habido la misma corrupción en tiempos de Febres Cordero que en los de Durán Ballén, pero la sensibilidad de la gente, en especial, de las clases medias en la política, fue cambiando. Para esa época las clases medias estaban en partidos como la ID, la DP y el PSC en Guayaquil. 

¿Cuál fue el rol de la prensa? En el caso de Diario Hoy se evidenció una postura periodística contra la corrupción.

El Diario Hoy fue la primera y más importante expresión de la mediatización de la politica. Recuerdo un líder político que iba a Hoy a dar entrevistas porque le parecía mejor que hacer trabajo político. El Universo no tenía presencia en la Sierra y los noticieros de TV empiezan a incidir en política. Creo que en esa época la calle como germen de poder se fue perdiendo. Aparece el movimiento indígena desde antes del Gobierno de Borja, fracasa Alfaro Vive que es la última expresión de una izquierda paramilitar, entre otros aspectos durante los primeros 20 años de la democracia. 

En 1995 hay una nueva guerra con el Perú, el escándalo de Dahik y la llegada de Bucaram...

El caso de Dahik evidencia la nueva sensibilidad frente a la corrupción, y unas nuevas Fuerzas Armadas que logran sentar en la mesa de negociación al Perú. La última guerra con el Perú motivó pensar nuevamente sobre la nación, y se convoca una Asamblea Constituyente en 1998 con la intención de que las instituciones paren la crisis económica. Se lanza un esquema de mercado con deficiencias de sus operadores. 

El fin del periodo de Durán Ballén es el inicio de una época caótica. Los tres años entre Bucaram y la crisis bancaria son determinantes. ¿Qué pasó con lo consolidado en 20 años previos?

Creo que son realmente diez años entre 1996 y 2006 en los que ocurren varias cosas que van desmontando lo logrado en 20 años. Jamil Mahuad no quiso gobernar con la Constitución de 1998, su intención era lograr un acuerdo estable con el Partido Social Cristiano, un acuerdo regional. El de Hurtado había sido un gobierno serrano, mientras que el PSC era el eje de las fuerzas costeñas. Mahuad se da cuenta de que la Constituyente no para la crisis, y se produce una explosión territorial y florecen las ideas sobre la descentralización y las autonomías. Todos los elementos de crisis se reunieron en la crisis de 1999. Hubo un empobrecimiento extraordinario, los pobres se hicieron más pobres, la gente emigraba y empieza la diáspora. Pero esa diáspora de dos millones de personas ayudó al país a combatir la crisis, las clases medias pagaron con sus ahorros, muchas personas en esa época no pudieron entrar a la acumulación de las clases medias. La migración logró la inserción internacional del Ecuador, pasamos a exportar recursos humanos. A más de la mayor crisis nacional, hubo una crisis de actores políticos. Los indígenas y los militares eran los únicos que tenían que decir. Los militares crearon tres sucesiones presidenciales por medio del Congreso y se institucionalizaron tres derrocamientos. 

Entonces aparece Lucio Gutiérrez y otras figuras políticas como Gustavo Noboa y Alfredo Palacio... ¿Cuál fue el transfondo de los golpes de Estado?

Lucio Gutiérrez es una expresión de que las Fuerzas Armadas se dedicaron a hacer la tutela de su ganancia, de que nos les desarmen lo que ganaron en la guerra en el Perú. Al final el Ejército terminó haciendo lo que no podía hacer el Congreso. Los actores políticos ya no existían, la ID estaba en una crisis profunda, ninguno de los otros partidos tenía capacidad política. Solo los gobiernos locales tenían un vigor extraordinario, por ejemplo Cañar que empieza a recibir ingresos de los migrantes y se empieza a pensar a gobernar sobre lo local. Hay una nueva sinergia entre las provincias en el interior del país, se crea un canal de desarrollo entre Santo Domingo y Guayaquil, que se convierte en un eje del desarrollo agrario. También hay un eje entre Guayaquil y Manabí, y otro en el norte de la Amazonía. Esos ejes locales ayudan a sacar al país de la crisis, y en 2002 el Ecuador empieza a bajar la extrema pobreza. Esos desarrollos locales se evidencia en Cuenca, en Ambato, en Quevedo y Babahoyo. También se duplican los cantones, aumenta la población del país y eso genera una red de 50 ciudades en el país que moderniza al sistema político. La ID y el PSC estructuraron municipios de gran fortaleza en la Sierra y la Costa. Entre 2002 y 2006 hay una modernización conservadora, muy dúctil y muy útil. 

¿Había un vacío de la representación política nacional frente a esta dinámica?

Los indígenas y los movimientos de mujeres no tenían capacidad de movilización central, al igual que el empresariado. Había un vacío y es así cuando llega alguien que tiene la intuición de ver que el país está en una etapa de crecimiento, y de que los ecuatorianos somos caudillistas, entregamos todo a una persona. Es la marca del velasquismo. Esta figura propuso administrar el consumo a cambio de los derechos democráticos. Era alguien que intuía cosas. Y ese alguien fue Rafael Correa, quien le dijo al Azuay, por ejemplo,  minería versus tranvía. Nos propuso un canje de consumo a cambio de derechos. Lo que no llegó a preveer era la corrupción. 

Correa plantea una campaña contra la partidocracia, a la que acusó de la crisis... ¿cómo lo capitalizó?

Sí, tenía todo el contexto para hacer lo que terminó haciendo. El país no tenía suficiente bienestar, había una clase política sin capacidad, un germen de corrupción que asustaba a todos. El autoritarismo y la oferta de orden vino con un intento de refundar el Estado y de cambio de la clase política. Toda una generación política joven se hace cargo del Estado y vemos un acto de personalismo extremo que fue el que él lideró. Al mismo tiempo, fue el mayor edificio de corrupción en toda la historia, sus hombros eran muy amplios en realidad, el manejaba a cinco contabilidades paralelas de empresas. Su capacidad de clientelismo era enorme y sólida. Por eso tenía aparatos de corrupción.

Montecristi es el fin de un pacto político, pero, ¿cuáles fueron sus límites?

Montecristi nos contó un cuento, el de la participación social. Se dijo que era una pacto social, pero realmente fue de reestatización primario. El Gobierno militar era totalmente estatal, esto fue una cosa híbrida que solo significó un Estado del gasto. Correa administró todas las redes clientelares con base en el despilfarro político. Al mismo tiempo hubo una clase media dispuesta a ceder, a consumir, pero totalmente pasiva. Ese fue el gran chantaje de Correa: entregar la libertad  a cambio del consumo.

¿Cómo fue posible en eso en un país con luchas libertarias?

Es posible porque cuando te empapelan con billetes es posible. Correa contaba cada sábado un mundo que no existía. Era una ficción de totalitarismo democrático. Correa no pudo tomarse todos los municipios, pero logró un pacto de transferencias y de control. Les da plata aunque no hay un control total en el interior. El Gobierno siguió estructurando la obra pública y lo hizo bien, aunque con delirios de autócrata. 

Sin embargo, Correa no logró el control total, ¿ a qué se debió eso?

A que no hay un modelo. Esto no es Corea del Sur, solo lograron cosas insignificantes como Yachay. Pensó en la minería y se demoró en la introducción del capital minero. Miraban hacia el Perú, Correa es un Fujimori a la ecuatoriana. Mi temor es que tengamos una crisis política similar a la peruana, los partidos están pobres de legitimidad. 

¿Cuáles son los coletazos del periodo caudillista de Correa? ¿Cuál es el escenario futuro?

En primer lugar hay una clase media que sustentó ese caudillismo. Esa clase media está tratando de sostenerse. No podemos seguir sin partidos como está ocurriendo en el Perú actualmente. Se debe sanear el sistema electoral, se debe permitir que los sujetos se expresen. El país tiene que insertarse económicamente, ahora Estados Unidos está preocupado por la presencia de China y su sistema de penetración en la región. China presta sin condiciones, presta caro pero no impone una receta. No tenemos las condiciones de desarrollo de Perú o de Colombia, que tienen ya un camino hacia el Pacífico, el Ecuador debe tal vez pensar en un modelo como el de Uruguay o Panamá como centro financiero, pero creo que no tenemos condiciones para eso. No hay capacidad de diálogo entre los partidos, la comunidad internacional sabe que no somos plenamente democráticos, debemos tener un buen sistema electoral. El Ecuador debe repensarse, debe respirar profundo y pensar en dónde estamos situados.

¿En su criterio, cuál es el balance final de estas cuatro décadas?

Hicimos bastante pero no somos concientes de ello. Acortamos las brechas de género. Modificamos infraestructuras, introdujimos formas de modernidad, tranzamos en nuestros conflictos sin violencia política. En 40 años colonizamos la Amazonía y la Costa, creamos ciudades intermedias y grandes redes de desarrollo y de pequeños emporios económicos en todas las regiones. Todo eso lo hemos construido en la última democracia, mientras en el mundo hay ecuatorianos hijos de migrantes que ya son profesores de universidad. Nuestro desafío ahora es saber hacia dónde vamos, estamos en un mar de inequidades y el barco no puede seguir a la deriva. 

¿Cómo buscar un destino colectivo en un país donde nadie confía en nadie?

Es verdad, somos un país con alta desconfianza. Desconfiamos de la élite política, no tenemos desconfianza étnica porque somos un país de mestizos. En democracia hay una sola fórmula, intentarlo las veces que sean necesarias. Estoy escribiendo una carta a mi nieto, en donde estoy contando todo esto y los detalles de este proceso. Tengo una gran frustación de los productos políticos que he presenciado. Debemos todos remar de un mismo lado y no caóticamente, la democracia es la única forma de vivir en paz, con disciplina orgánica. Hay que encontrar placer en las instituciones. Nuestra colectividad no es moderna todavía y por eso vivimos con una cierta angustia. Hay que hablar en colectivo, pero con el reconocimiento de las especificidades y de que podemos vivir juntos. 

¿Su visión no es típicamente de clase media cuando hay una realidad de confrontación permanente?

Las democracias se asientan en clases medias que sean actores de tolerancia, que ordene las partes institucionales. Hay que hacer un especie de frente de actores institucionales que estén dispuestos a un orden libre que permita acomodar las instituciones. Ahora soy un hombre de 65 años y creo que las curvas de los ciclos vitales te dan nuevas perspectivas. 

 

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