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8 de Marzo del 2019
Historias
Lectura: 10 minutos
8 de Marzo del 2019
Susana Morán
Dibujos para curar las huellas de la migración a Ecuador
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Fotos: Luis Argüello

La pintura se ha convertido en un refugio para la pequeña Anmelys que extraña su país.

 

Por Ecuador han pasado más de un millón de venezolanos en el último año. Pero solo 221.000 de ellos se han quedado en el país. Los caminantes prefieren otros países con costos de vida más baratos. Pero quienes se quedan, tienen hasta dos o tres empleos al mismo tiempo, viven situaciones de discriminación y el dolor de la separación de su tierra. Todo eso mientras se integran a una nueva cultura. Para Anmelys Figueroa, madre soltera, los desafíos son dobles, pero no imposibles. Esta es su historia.
Luis Argüello

Han pasado casi dos años desde que Anmelys Figueroa metió en una maleta su ropa y en otra el budare, la plancha de barro para asar arepas, junto a unas tazas de metal. Segura de que en Ecuador no encontraría un budare para su alimentación diaria y la de su familia, fue el primer objeto que se le ocurrió empacar después de tomar la difícil decisión de migrar.

Anmelys, quien es madre soltera, llegó a la terminal de Barquisimeto, ciudad occidental de Venezuela, con sus dos maletas. Sus hijos y padres la acompañaron a la estación para despedirla, en medio de llantos, en la madrugada del 20 de abril de 2017. Viajó en compañía de una amiga en transporte público. El primer bus que tomó fue el de Barquisimeto-San Antonio del Táchira y el último, el de Tulcán-Quito. Fueron cuatro días de traslado hasta su arribo a la terminal de Carcelén, en el norte de Quito.


El budare acompañó a Anmelys en su viaje a Ecuador. Sabía que lo necesitaría para alimentar a su familia. 

Viajó junto con una amiga, quien ya se le había adelantado en pisar tierras ecuatorianas. Su coterránea ya tenía un pequeño departamento en arriendo en Carcelén. Anmelys pasó con ella dos semanas y luego saltó a otra habitación cedida por otros amigos, de otro familiar. Como siempre ocurre, el más acomodado -cuando puede- le da una mano al recién llegado. Eso puede durar meses dependiendo de las oportunidades que se les presenten. En el antiguo asentamiento de migrantes venezolanos en el puente de Carcelén, las ofertas laborales iban desde trabajos por un par horas, por un solo día o por un par de semanas. Un permanente comenzar.

Anmelys ha laborado como ayudante de cocina, promotora de publicidad, peluquera y operaria en una fábrica de peluches. Nada cercano a su profesión de contadora pública. En algún momento de su estancia en Ecuador trabajó a estar en tres lugares todas las semanas. Todo con la finalidad de reunir dinero suficiente para traer a sus hijos de 9 y 15 años, que se quedaron en Barquisimeto.

A esta madre le tomó cinco meses ahorrar los fondos suficientes para traerlos. “Me compraba un pan y yogurt de 10 centavos para comer y así reunía para el arriendo y una garantía”. Los recibió en una habitación con una cama que había logrado comprar. Aún no tenía ni cocina. Amigos del trabajo o vecinos que conocían su historia le regalaron un colchón, una televisión, unas cobijas y unos edredones. Finalmente compró una cocina, que reemplazó a su reverbero. El hogar de a poco tomaba forma.


Miguel Antonio, el hijo menor de Anmelys, se distrae con la lectura, sus legos y la pintura. 

Sus hijos finalmente llegaron a Quito en septiembre de 2017. Logró inscribirlos en la escuela y en el colegio. Pero eso le obligó a trabajar más para alimentar a su familia y a proveerles de útiles y uniformes. Estuvo primero en un restaurante como ayudante de cocina, pero dejó ese negocio porque no le pagaban lo suficiente. Luego le llegó una oferta para ser promotora de publicidad, pero debía viajar por todo el país. La aceptó, sin pensar que eso afectaría a sus hijos.

Por el trajín, Anmelys siempre les dejaba preparando arepas en su budare. Ese primer objeto que empacó adquiría sentido: alimentar a su familia. Las arepas las almacenaba en un recipiente azul, quedaban listas para calentarlas con cualquier acompañado. Con dos arepas, el hambre queda bien calmado. Recuerda que nunca tuvo problema para adquirir la harina de maíz en Quito o la harina PAN como la conocen en su tierra. PAN son las siglas de Productos Alimenticios Nacionales de Venezuela.


Anmelys Figueroa nació en Barquisimeto, Venezuela. Ha logrado instalarse en Quito con electrodomésticos prestados, regalados y comprados por ella. Ella llegó a la capital solo con dos maletas. 

De hecho con el tiempo se hizo más accesible. Cuando recién llegó al país, la harina solo la encontraba en los supermercados. Pero después vio que las tiendas de su barrio ya disponían de ella: la demanda de sus connacionales hacían que los pequeños comercios se abastezcan de ese alimento prioritario en la dieta de los nuevos visitantes.

Un venezolano puede comer arepa tres veces al día. Pero Anmelys ha adquirido la costumbre de alimentarse de arroz al mediodía y a veces en el desayuno. El arroz con huevo fue un nuevo plato para ella. Mientras tanto, en su país, la arepa se ha vuelto un lujo. Solo la pueden comer quienes tienen familias en el exterior que les mandan dinero para comprarla.

Aunque la alimentación estaba solucionada, sus niños no le perdonaban sus ausencias. La madre, de 38 años, debía viajar cuatro días a la semana. Una prima los atendía y los recibía del colegio y de la escuela. Otras veces su vecina le ayudaba a ver, por medio de las cámaras de seguridad, si llegaban sus hijos a casa. La familia estaba en el mismo país, pero casi no se veía. Sus hijos volvieron a sentir la ausencia de la madre. Y le reclamaron atención. Un día, Anmelys se levantó a la medianoche -instinto de madre- y vio que su hija mayor no estaba en el cuarto.  La encontró en la azotea llorando. La niña extrañaba a sus abuelos y a su patria. Las dos lloraron. La familia estaba pasando por una crisis:

“Luego de un tiempo ellos empezaron: ‘yo quiero mi escuela, mi casa, mis abuelos’. Yo tenía casa en Barquisimeto. Yo tenía carro, que lo vendí para venirme para acá. Pero, ¿qué hacía con eso si no tenía para la comida? Con un sueldo básico de Venezuela te compras 5 productos para todo el mes. Medicina y colegiatura eran imposibles. Estaba invivible”.

Más tarde hicieron cambios. Pasaron de un solo cuarto a un pequeño departamento por pedido de su hija. Encontraron uno, cercano a la Av. Occidental. Tiene una sola habitación, un comedor y una cocina. También un cuarto de lavado, que fue tomado por su hija mayor como su habitación. La adolescente necesitaba su espacio, dice su madre. En una visita, una amiga le ofreció una cama más. Y calzó perfecta en la pequeña habitación de forma triangular. El colchón es prestado.

Anmelys hija es a quien más le ha costado acostumbrarse a la nueva ciudad. Ha encontrado refugio en el arte. Su pared está adornada de dibujos sobre papel blanco. Ha pintado árboles. Uno de ellos divide un día de una noche. En el día, el árbol está lleno de hojas; en la noche, sus ramas están secas. Su madre dice que para la niña el proceso ha sido rudo. “Ahora lo hace para sacar lo que tiene adentro, ella sentía mucha responsabilidad y por la falta del padre”. Su hijo también ha dibujado más y se ha convertido en fan de minecraft, un juego para construir nuevos mundos.


La familia no olvida su país, pero entienden que por ahora la migración es una opción para sobrevivir. 

Anmelys abandonó su trabajo como promotora y consiguió otro en una fábrica de peluches, cercano a su hogar. Así consiguió estar más tiempo con sus hijos. Pero allí hubo otros problemas.

Ingresó como operaria para cortar las telas con láser. Pero su temple alejado de las quejas y su capacidad de resolver problemas, le dieron la oportunidad de ganarse la confianza de sus superiores y de recibir un mejor trato. “Fui creciendo, me querían poner como jefa de departamento, pero los amigos ecuatorianos no me dejaron. Me hacían la vida cuadros”.

No resistió la presión y prefirió volver al restaurante, que lo combinó con dos trabajos más. Desde que llegó al Ecuador nunca ha tenido dinero para comprar cosas extras, por fuera de sus gastos esenciales de arriendo, comida y educación. “Debía, debía, pero por suerte me esperaban el arriendo”.


Los hijos de Anmelys estudian en centros cercanos. Se han encontrado con más compañeros venezolanos. 

Anmelys asegura que volverá a Venezuela cuando la situación mejore. Mientras tanto espera que la Cancillería tramite pronto su pedido refugio, que ha quedado en silencio administrativo. Esa es una aceptación tácita de la solicitud, pero tampoco le permite legalizar su permanencia en Ecuador. Su esperanza es revalidar su título como contadora y lograr un trabajo estable. Eso la desespera.  Mientras tanto cree que su estancia en el país la ha llenado de experiencia. “Hay personas buenas y malas. Hay personas que si no te pueden ayudar económicamente, te reconfortan con palabras”.

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