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2 de Septiembre del 2013
Historias
Lectura: 16 minutos
2 de Septiembre del 2013
Fermín Vaca
Periodista político. Es editor de PLANV. Ha trabajado en los principales periódicos de Ecuador en la cobertura de política y actualidad. 
El mal presagio del 'Chucho' Benitez
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El presidente Correa llegó al Coliseo Rumiñahui, en Quito, para dar el adiós al futbolista.

 

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Antonio Valencia, crack del fútbol internacional, observa el féretro

 

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Un amplio despliegue policial se hizo evidente durante todo el funeral.

 

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Los vendedores informales reaccionaron con rapidez a la tragedia y ofrecían camisetas, pósteres y DVDs con las mejores jugadas

 

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Los hinchas reaccionaron con dolor frente a la muerte repentina

 

A Christian Benítez le sonrieron tempranamente la fama y la fortuna: la muerte no quiso quedarse atrás. No obstante, su repentino fallecimiento permitió mostrar el poder del fútbol en nuestra sociedad.

Cuando no estaba en el exterior, Benitez se refugiaba en su casa del norte de Quito. Se trata de una elegante mansión de cuatro pisos, ubicada en el sector de Ponceano alto.

Han pasado ya casi dos meses de la repentina muerte del prematuramente fallecido futbolista Christian “Chucho” Benítez. Y el luto de los hinchas parece seguir, no precisamente por su desaparición física, sino por lo que parece un mal presagio: tras el pobre desempeño de la Selección de Futbol, el silencio se ha adueñado de casi todas las tardes en las que los futbolistas no han podido lograr los resultados esperados, lo que los aleja de clasificar al próximo mundial de fútbol. Es como si la muerte de "Chucho" hubiera sido un muy mal presagio. Uno de esos "heraldos negros" que mencionaba el poeta César Vallejo. La ostentación de poder que hizo el fútbol ecuatoriano durante la muerte de Benítez, al parecer, no se comparece con sus pobres resultados en la cancha. 

Cuando no estaba en el exterior, Benitez se refugiaba en su casa del norte de Quito. Se trata de una elegante mansión de cuatro pisos, ubicada en el sector de Ponceano alto.

La casa, pintada de blanco y con amplios ventanales, acogía al futbolista, su esposa y sus pequeños hijos, y era el cuartel general de dos familias afroecuatorianas dedicadas completamente al fútbol: la suya propia –su padre también fue futbolista– y la de los Chalá, la familia de su mujer. Se habían conocido en uno de los muchos entrenamientos de fútbol que constituían la vida cotidiana de Benítez.

Tras entrar a la casa, de fino portón de madera y vidrio, los invitados al círculo íntimo del futbolista internacional podían pasar a una sala de estar donde se exponían fotos, camisetas, recortes de prensa y otros recuerdos de la meteórica carrera del joven esmeraldeño. Compartía la sala de estar con sus hermanos y cuñados, también vinculados al negocio del fútbol, con quienes disputaba interminables partidas de juegos de vídeo. Que también eran de fútbol, obviamente.

La casa, donde se adivinaba la mano de un diseñador de interiores, destacaba por un sobrio buen gusto en las áreas sociales y por amplios espacios en las privadas.

En la cochera, dos Ford Explorer de color oscuro y vidrios polarizados eran los medios de transporte del futbolista y su séquito. Diríase cualquier familia de clase alta quiteña, que vivía con comodidad y una cierta ostentación, en una urbanización donde los nuevos millonarios del fútbol habían decidido invertir sus ganancias en bienes raíces.

Tanto la fama cuanto la fortuna sonrieron tempranamente a Benítez, y la muerte no quiso quedarse atrás. Su historia, sin embargo, tiene antecedentes, como la de que aquel joven de Ancón, que creció también entre la pobreza tropical, logró triunfar en el exterior y vio la faz de la muerte en un paraje remoto, distinto por muchas razones a los paisajes de su tierra. Alberto Spencer, antes que él, hizo del fútbol una mina de oro, y, también, murió lejos, muy lejos de su tierra.

Pero Spencer cerró sus ojos de edad avanzada y enfermedad frente al lago helado de Cleveland, mientras que la prematura y repentina muerte de Benítez, en el minúsculo, desértico y fabulosamente rico emirato petrolero de Qatar, provocó la semana de los lamentos.

Se lamentó, con luto unánime, la prensa deportiva, como siempre incapaz de tomar distancia de sus fuentes, cuyas figuras se vistieron de negro de pies a cabeza, molestia que en su discreto dolor no se tomaron ni la viuda ni las tías del muerto sino hasta el último día del funeral cuasi oficial que le dieron.

Fue una semana de lamentos: se lamentaron quienes sintieron sinceramente su muerte, en especial, sus allegados. Se lamentó una gran cantidad de aficionados al fútbol que, acostumbrados a pensar que lo suyo es una especie de religión universal, generalizaron su pena incluyendo al país entero y se olvidaron –con la desmemoria vernácula– que a punta de insultos racistas le hicieron cerrar su cuenta de Twitter.

Se lamentaron, desde el Gobierno, de no contar en nuestra Fuerza Aérea con un avión de gran autonomía y velocidad supersónica, para poder traer a costa del erario público el cadáver, convertido por la propaganda oficial en una especie de reliquia bendecida, de la manera más rápida, como para no complicar la agenda gubernamental de la semana. Malas noticias: no está ya más disponible el Concorde. Se lamentaron en la Cancillería, donde además de la asistencia consular a la que tiene derecho todo ciudadano ecuatoriano en el exterior no escatimaron esfuerzos ni durmieron –véanse sus tuiteos a las tres de la mañana– para monitorear el vuelo de las reliquias del jugador y –casi se les olvida mencionarlos– de su mujer y sus hijos.

Se lamentó, con luto unánime, la prensa deportiva, como siempre incapaz de tomar distancia de sus fuentes, cuyas figuras se vistieron de negro de pies a cabeza, molestia que en su discreto dolor no se tomaron ni la viuda ni las tías del muerto sino hasta el último día del funeral cuasi oficial que le dieron.

Se lamentaron los canales del Estado, que desplegaron todos sus presentadores, sus camiones para microondas, sus parabólicas, sus grúas para levantar las cámaras y hacer tomas aéreas cual transmisión de los premios Oscar.

Se lamentó la Iglesia católica, con el arzobispo primado de Quito a la cabeza, quien vestido de púrpura y con un ejército de sacerdotes y monaguillos no dudó en legitimar la dudosa ortodoxia y poca teología del “pase del Chucho a jugar en el equipo del cielo”.

Se lamentaron, también, las Fuerzas Armadas y la Policía, dándole honores cuasi heroicos al jugador, con toques de silencio, guardia de honor de cadetes con sables desenvainados, caravanas con sirenas y el anuncio de por lo menos 1500 policías en un operativo gigantesco para un funeral que no se había visto en Quito desde la triste mañana de 1981 en que llegaron los despojos del presidente Roldós.

Y, por supuesto, el zar del futbol, su médico y su abogado, se multiplicaban en los medios, el aeropuerto, el cementerio, el Coliseo, aparecían en todas las tomas, en todos los momentos, ora anunciando que de su bolsillo traerán los restos, ora dando la primicia de que la muerte del infortunado jugador fue accidental, “para tranquilidad de todos” o señalando rotundos los tópicos más repetidos por todos quienes tomaron la palabra: “era tan alegre, que no se les olvide”.

Como ocurre casi siempre con las muertes repentinas de quienes, en criterio general, aún no debían morir, se empezó a especular enseguida sobre las causas: desde las más probables hasta las más descabelladas. Se dijo primero que peritonitis mal tratada por médicos incompetentes. Se insinuó que Qatar, cuyo índice de desarrollo humano –y se presume sus médicos– están casi a la par del de Europa Occidental, no contaba con galenos adecuados o estaban distraídos por su mes sagrado. Se acusó, con base en los testimonios de la viuda, hasta de negligencia e indolencia médica. El zar del fútbol despachó a su médico de cabecera, cuya estadía en Qatar fue cubierta por el equipo anfitrión. Y, para mayor abundamiento, anunciaron una “segunda autopsia” hecha por médicos nacionales en el cementerio, que demoró dos horas el funeral.

Se abrían paso a empujones, como de costumbre, los custodios de los altos cargos de la República, moviendo sus autos hasta el corazón mismo del complejo de la Concentración Deportiva de Pichincha, pitando y gritando que dejen pasar al funcionario tal o al ministro cual.

La causa oficial: “enfermedad degenerativa coronaria”, algo tan inusual y asintomático que, según los cardiólogos que diligentemente entrevistaron los reporteros de los canales del Estado, (uno, para ilustrar a la hinchada, hasta apareció haciendo una ecografía a un paciente que se prestó) sólo se puede detectar con tomografías computarizadas y resonancias magnéticas de tórax y abdomen, exámenes que no se hacen rutinariamente. La conclusión solemne del zar del fútbol: “estaba condenado a morir”. Como todo el mundo.

Mientras el poder, en forma unánime, se lamentaba del fin de Benítez, una larga fila daba tres vueltas y media al Coliseo Rumiñahui. El escenario deportivo, casi nunca usado para su fin primario, que ha visto desfilar estrellas internacionales a falta de un auditorio para conciertos de los artistas de moda, se convirtió en improvisada capilla ardiente. Algunos comedidos locutores de televisión advertían que estaba prohibido tomar fotos del muerto, que se harían requisas de celulares en las puertas, como en el funeral de Hugo Chávez.

A primeras horas del primer día del velorio, daban una sola vuelta al Coliseo los hinchas, a juzgar por sus camisetas, de El Nacional y la Selección de Fútbol. En su mayoría hombres jóvenes, universitarios o colegiales de vacaciones. Pero cuando empezó a caer la tarde y la gente salió de sus trabajos, la fila se triplicó, y en ella se veía todo tipo de personas: desde padres de familia con niños hasta ancianos. Eso sí, pocos estaban vistiendo el luto riguroso de los periodistas del fútbol. Lucían sus camisetas tricolores.

Se abrían paso a empujones, como de costumbre, los custodios de los altos cargos de la República, moviendo sus autos hasta el corazón mismo del complejo de la Concentración Deportiva de Pichincha, pitando y gritando que dejen pasar al funcionario tal o al ministro cual. Se abrían paso también entre la multitud los buses de los futbolistas, como los del Deportivo Quito, o de El Nacional. Los custodios vestidos de traje oscuro, con los audífonos de sus radios en los oídos y las armas mal disimuladas en el abdomen, se angustiaban para abrir paso al Presidente, a los ministros, a los asambleístas, y a todos los afortunados con escolta que empezaron a llegar pasadas las 17:30. Y cuando llegaron las autoridades, los hinchas que entraban rápido por un lado del coliseo y debían salir por el otro igual de rápido ya no pudieron ingresar, creciendo la cola mientras caía la noche.

Mientras adentro del coliseo seguían los lamentos oficiales, amplificados por la maquinaria propagandística del Estado –que tomaba primeros planos de los rostros compungidos de las más altas autoridades de la República, las Fuerzas Armadas y la Iglesia católica–, afuera había serenidad y respeto. Había un tumulto que un puñado de policías, algunos de ellos montando caballos encabritados, trataba de controlar. Pero era un tumulto sin lágrimas.

El ambiente era de plaza popular, de partido dominical. Los vendedores ambulantes, con esa capacidad de reacción que los hace unos sobrevivientes en cualquier época del año, ya tenían la mercancía adecuada: la solvente industria de la piratería audiovisual editó para la noche del primer día miles de copias de un DVD con tomas de las jugadas de Benítez. Las vendían a un dólar, a veces, con un póster –se precisaba que original, en cartón, porque otro pirata ya había pirateado ese póster y había una copia en material menos duradero– junto con camisetas. El póster original tenía esta leyenda estridente: “Porque los gigantes burlan la muerte y se quedan siempre en el corazón de su gente”.

Llamaba la atención una camiseta de El Nacional donde el futbolista aparecía como una figura alada, con garras en vez de manos, a medio camino entre un ángel y un águila, una especie de arcángel o superhéroe mutante, que se vendía junto a todo lo que un aficionado al fútbol que va a hacer dos o tres horas de cola al atardecer podría necesitar: fritada, empanadas de morocho, salchipapas, colas, jugos, huevos chilenos, flores, pinchos, listones negros, mote, chicles, caramelos y cigarrillos. Potentes generadores eléctricos a diésel daban luz a los informales y a los de la cola enorme, mientras adentro, casi todos los poderes del Estado se despedían del futbolista.

Los vendedores de banderas del Ecuador –esos que brillan por su ausencia el 10 de Agosto o el 24 de Mayo, lo que en otros países llaman fiestas patrias– se retiraron a sus casas y terminó la semana de los lamentos.

Pero no fue sino hasta el anuncio del Gobierno en pleno de que, a pesar de la cuantiosa herencia del jugador, cuyo último pase al desértico paraje donde lo encontró la muerte fue avaluado en USD 18 millones, (de los cuales los futbolistas cobran hasta un diez por ciento) nada faltará de apoyo material a la viuda y a sus hijos con dinero del Estado, luego de que el cuerpo salió en otra caravana de motos y sirenas hacia el Camposanto Monteolivo que los vendedores de banderas del Ecuador –esos que brillan por su ausencia el 10 de Agosto o el 24 de Mayo, lo que en otros países llaman fiestas patrias– se retiraron a sus casas y terminó la semana de los lamentos.

Al cumplirse un mes de la muerte del jugador, ya su tumba, como las de todos los muertos, había dejado de ser un sitio de peregrinación. Algunas flores resecas se podían ver sobre la lápida, en la ladera de la montaña que acoge al cementerio Monteolivo. Desde el paraje andino es posible ver las instalaciones de la Casa de la Selección, el búnker del fútbol en la capital. Tras su entierro en olor de multitudes, Christian Benitez descansa en silencio, dejando con su vida y su muerte la lección clara del poder del fútbol.  

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