Back to top
21 de Febrero del 2014
Historias
Lectura: 34 minutos
21 de Febrero del 2014
Mauricio Beltrán*
La historia de Efrén Cuarán: un hombre y sus raíces

Una de las 50 variedades de tubérculos son protegidas por parte de la Asociación de Desarrollo Campesino.

 

Esta es la historia de un pueblo y de una organización del sur detrás de un "disoñador" que protege el mayor banco de semilla de tubérculos en Colombia. A los campesinos del Departamento de Nariño, histórica tierra de valientes pastusos, los golpeó la violencia de la guerrilla.

El cordero había sido desangrado a la madrugada, era la costumbre para estos días de puerperio. La carne salada colgaba en los horcones y el caldo humeaba con las papas y los ullucos a punto de cocción. Era el cuarto parto, pero no el último, de doña Mercedes, quien escuchó los ruidos de la turba en medio del sueño que trataba de conciliar y un delicioso olor a viandas que le anunciaban su merecido alimento. El niño Efrén dormía profundamente recién venido al mundo; lo despertó la algarabía y su llanto se mezcló con los gritos y los insultos. Desde ese día Efrén aprendió el arte maravilloso del silencio.

El cura del pueblo había acabado la misa del mediodía y su homilía recalcó la importancia de acabar con los liberales. Habló del peligro que representaba el comunismo y de la necesidad de expulsar para siempre a los impíos de esta tierra de Dios. Sobre todo ahora que Gaitán había sido asesinado.

 Efrén Cuarán, en el terreno, muestra el fruto de los esfuerzos campesinos a pesar de la guerra y los embates de la naturaleza.

Sofonías el papá de Efrén, era liberal desde que tuvo memoria. Su padre Mariano Cuarán había sido abanderado en las tropas de José Antonio Llorente a fines del siglo XIX cuando las guerrillas del sur se levantaron contra el gobierno de Manuel Marroquín en la Guerra de los Mil días.

Los colgajos de carne fueron la disculpa para acusar a Sofonías de ladrón, abigeo y profanador. La guerra santa había encontrado un enemigo de Dios y procedieron a prenderlo. Lo amarraron de pies y manos y lo llevaron de su finca al pueblo. Era tal su liderazgo que no se atrevieron a matarlo y a cambio inventaron el robo del cordero como evidencia para desprestigiar a través suyo a todos los liberales del municipio de Córdoba.

Ese fue el día en que nació Efrén Cuarán. Era un domingo de 1949. En un pueblito a 2800 metros de altitud, que se había llamado Males hasta 1911 y que fue resguardo indígena desde los tiempos de la colonia española y bastión de los Pastos cuando resistieron, y vencieron, la invasión Inca antes de todas las guerras que todavía les esperaban.

Efrén solo ha guerreado con la pobreza. Tenía 5 años cuando doña Mercedes murió. El corazón no le dio más y quedó muerta una semana después de que su hija Rosa Helena, Rosita, había quedado embarazada de un buen muchacho por familia y por costumbre, pero tuvieron la mala idea de amarse antes de la bendición nupcial y el mismo hombre a quien el cura pedía perseguir por liberal, había despreciado a su hija y amedrentado a su futuro yerno por no cumplir con los preceptos religiosos. Sofonías llegó a la casa cuando Rosa Helena estaba en pleno trabajo de parto. La voz recia, como de trueno, de este hombre curtido por el trabajo, descendiente de guerreros pastusos, causó tal impresión en la pequeña de apenas 17 años, que el miedo tensó sus músculos y desalentó la llegada al mundo de un chiquilín que junto con su madre dejaron de vivir.

Los Cuarán tienen nombre y color de estas tierras, son descendientes de los Pastos, habitantes históricos de las montañas.

Doña Mercedes también sucumbió al dolor y los tres funerales en serie fueron la ruina del jefe de los Cuarán. No escatimó en los gastos del sepelio, hubo comida y licor y los mejores ajuares para ofrecer al más allá.

Gastó hasta el último peso de los que había ahorrado en años y años de labrar la tierra. Se dedicó a la bebida, se llenó de deudas y a los pocos meses sólo tenía problemas. Había perdido su capital y su deseo de vivir.

Pasaron muchos años tratando de reponerse del duelo mal administrado, hasta que anunció a sus dos hijos menores Efrén de doce y Manuel de nueve:

- Mañana ¡anochecemos y no amanecemos!

A la madrugada juntó en dos talegos de tela lo poco que podían llevar, despertó a los dos niños con esa voz que era dura pero que sabía ser amorosa y al lado de su nueva mujer, tomaron el bus que los llevó a Pasto.

De allí viajaron a El Encano. Era de noche cuando llegaron al caserío y tendrían que esperar a la mañana siguiente para contemplar el espejo maravilloso de la laguna de La Cocha. Durmieron su primera noche el 29 de junio de 1963, en un corredor exterior y sobre las talegas donde la ropa y las pocas cosas se confundían en un concierto improbable.

Era día de San Pedro a pesar de lo cual no hubo algarabía, ni fiesta, tan sólo el frío que se paseaba a sus anchas por un corredor sin más protección que la presencia simbólica de una baranda de madera, que por lo menos era capaz de detener a los perros.

 La Cocha, la hermosa laguna ubicada al oriente de Pasto, Colombia, es el escenario donde se desarrolla esta historia.

HIJOS DE ESTA TIERRA

Los Cuarán tienen nombre y color de estas tierras, son descendientes de los Pastos, habitantes históricos de las montañas y valles que sirven de límite a Colombia con Ecuador. Sus ancestros defendieron estos territorios de los ejércitos del Inca y se batieron en guerrillas realistas contra el ejército patriota.

Los dueños de las grandes plantaciones, esclavistas y terratenientes eran quienes comandaban en un inicio el proyecto de república, por lo cual los pastusos encontraron extraño que se llamaran libertadores. Aliados con las tropas realistas los Pastos se opusieron al avance de los patriotas. Detuvieron en 1814 a Nariño quien fue derrotado y abandonado por lo que quedó de su ejército. El prisionero más ilustre de la historia de Colombia, tal vez porque pasó la mayor parte de su vida tras las rejas, tal vez porque es el único a quien la historia reivindicó dando su nombre a la tierra en que purgó su quinta y última pena.

Nariño fue detenido en Pasto el 14 de mayo de 1814, pero más que un detenido fue un protegido. La orden de ejecutarlo proveniente de Quito fue respondida de manera increíble por su carcelero don Tomás de Santacruz: “Juro por mi honor que mientras no se acepte o deseche el canje, no caerá ni un solo cabello de la cabeza de Nariño”.

El argumento con el cual los pastusos defendieron a don Antonio durante 13 meses resulta conmovedor: “los valientes han rendido culto a los valientes”. Con esta idea en su mente y en silencio lo acompañaron cientos de pastusos una tarde de junio de 1815 hacia el exilio. Un silencio que traspasó los siglos y que es grito en esta tierra donde los cereales se colorean con el sol y los tubérculos se agrandan con la lluvia.

Con el tiempo Nariño, el derrotado, se hizo un símbolo para los liberales del sur. Sus ideas fueron, como en pocos lugares de Colombia razón de ser y de luchar. La oración de este hombre sólo ha sido invocada aquí en el sur: “Libertad santa, libertad amable, vuelve a nosotros tus benignos ojos. Haz que te conozcamos tal como eres y adorna con tus propios y verdaderos atributos, ven a sentarte entre nosotros para no abandonarnos jamás. Nosotros te ofrecemos levantar un trono majestuoso en medio de la frugalidad del trabajo. Nosotros te ofrecemos desterrar la inquisición, los denuncios y el tormento como los más firmes apoyos del despotismo y finalmente te ofrecemos adornar tu templo con virtudes públicas y domésticas para traerte propicia nuestra; oye, pues, benigna nuestros votos: que la ambición, la discordia y todos sus enemigos desaparezcan para siempre de un suelo que desde hoy sinceramente te consagramos”.

A finales del siglo XIX se pidió la creación del nuevo Estado independiente de Popayán y de Quito. El Estado Soberano del Sur, debía tomar el nombre de Nariño, el hombre, el filósofo, el verdadero (acaso el único) patriota. Varios lustros se sucedieron sin que fuera posible crearlo y nombrarlo como el décimo Estado de Colombia.

El Estado Soberano del Sur, debía tomar el nombre de Nariño, el hombre, el filósofo, el verdadero (acaso el único) patriota.

El argumento del obispo de Pasto, Ezequiel Moreno Díaz, era bastante diferente: “Que el nuevo departamento sea llamado de La Inmaculada en vez de departamento de Nariño… María es la que nos puede dar aliento en nuestros actuales combates en defensa de la fe. No Nariño, filósofo neto de la escuela volteriana”.

Pero como la historia tiene laberintos donde la razón suele perderse, fue el mismo enemigo de los liberales, Manuel Marroquín, quien en 1904 le diera vida jurídica al décimo departamento: Nariño.

El mismo personaje deslucido y gris que entregó Panamá a cambio de promesas un año antes, ahora nominaba con nombre libertario al departamento del sur. La bandera liberal que Mariano Cuarán llevó consigo durante la guerra de los mil días, acaso ondeó familiar con esa pequeña victoria de las palabras y de los nombres.

LA COCHA TIERRA DE AGUAS PROTEGIDAS

Los Cuarán se hicieron conocidos en La Cocha por su capacidad para hacer drenajes. Don Sofonías había aprendido este arte tan importante en una zona anegable dominada por los vaivenes del lago Guamuez.

Muchos años estuvo Efrén trabajando con el agua hasta la cintura en medio de los canales por donde se facilita el acceso a los terrenos de cultivo y se drenan los excesos que dejan los aguaceros. Fue peón en faenas agrícolas y en limpiar potreros se hizo célebre. Cultivaba su pequeña estancia con ese amor que heredó de sus antepasados; que le enseñaron que el agricultor es cultivado por la semilla, tanto como la semilla por la mano del labriego.

La laguna fue propicia no sólo para el trabajo sino para el amor. En la margen derecha de la laguna se topó con su compañera, Rosita, mujer de ancestros Quillacingas y sonrisa perenne. Juntos vieron nacer y crecer seis mujeres maravillosas. Todas ellas de manos diestras en el surco. Los identifica una cierta repulsión por los trabajos ligados a la explotación del carbón pues les da pena esa tarea de derribar árboles, destrozarlos en pequeños pedazos y dejarlos arder sin llama durante días con el fin de que no se conviertan en cenizas.

Un buen día su amigo Eusberto Jojoa lo convidó a trabajar más allá de su casa, hombro a hombro con vecinos y amigos que venían también de la ciudad como Octavio Duque López. Lo conversó con Rosita y luego de superar prevenciones y miedos, se lanzaron con toda su energía a crear la Asociación para el Desarrollo Campesino (ADC). Corría el año 1981.

Lo conversó con Rosita y luego de superar prevenciones y miedos, se lanzaron con toda su energía a crear la Asociación para el Desarrollo Campesino (ADC). Corría el año 1981.

Primero fueron los créditos para cambiar las faenas del carbón por cultivos de mora o producción de pequeñas especies, cuyes principalmente. Luego la tienda cooperativa para evitar el endeude con el cual los comerciantes sometían a los campesinos. Años de construir y de aprender de los pocos hombres que iban dejando el carbón y de las muchas mujeres, pues ellas fueron las primeras en creer en los nuevos proyectos.

Entre campesinos y profesionales, entre mujeres y hombres, entre adultos y niños, se dieron a la tarea de construir una organización en la cual aprendieron a comunicarse y a trabajar haciendo ventaja de las diferencias.

Toda la década de los años 80 significó el tiempo de construir confianza, escuchar lo que la naturaleza tenía para decirles y explorar en las teorías y en las prácticas formas de relacionarse con ese entorno frágil y mágico. Una laguna a 2670 metros sobre el nivel del mar, unos páramos de musgos que acolchan el suelo húmedo, frailejones alargados por el sol y ensanchados por las hojas que los protegen del frío.

33 reservas sostienen la vida de los Herederos de la Tierra.

La última década del siglo XX vino llena de cosechas. La propuesta de atender la voz de la vida se materializó en las reservas campesinas de la sociedad civil. La de Efrén, se llamó Raíces Andinas; la de Conchita, Encanto Andino; la de Eusberto, La Planada del Guamuez, la de Octavio, sus hermanos y la mami Tere –esa que fue la primera reserva natural de la sociedad civil en Colombia– se llamó, Tunguragua. Otras 33 reservas más se sumaron y desde Sumapaz, hasta el Valle del Cocora y desde los Llanos Orientales y las selvas de Chocó llegaron emisarios de otros ecosistemas que habían sido arropados por el deseo protector de los que se sabían hijos de la tierra.

Las fiestas que todos los años se hacían para celebrar el día de la familia, pusieron de manifiesto la presencia de cientos de chiquilines que ahora incluían en sus juegos las semillas, las variedades de orquídeas, los colores de los musgos, la altura de las palmas y la diversidad de las aves. Estos niños habían levantado la cabeza del surco y de la pila de carbón, Ahora el horizonte se hacía inmenso y ellos eran los dueños de esos nuevos tiempos. Ellos eran los Herederos del Planeta.

Efrén y Rosita tenían cinco herederas y un pedacito de tierra donde no cabía un bosque. ¿Qué les vamos a dejar?, ¿Cuál es la herencia que recibimos de las hijas? se dijeron. Acostumbrado como estaba a mirar hacia abajo con amor y no con altivez, descubrió en las semillas su fuente de riqueza.

Efrén y Rosita tenían cinco herederas y un pedacito de tierra donde no cabía un bosque. ¿Qué les vamos a dejar?, ¿Cuál es la herencia que recibimos de las hijas? se dijeron.

Efrén fue acopiando las semillas que otros habían abandonado, buscó en la memoria de su raza y en la de sus vecinos, semillas que el mercado había dejado de lado. En pocos años logró juntar más de 50 variedades de papa. Ullucos y otros tubérculos fueron recuperados, él se encargó de cultivarlos y de mantener las simientes. Rosita los vuelve alimento, recuerda las recetas, enseña la preparación, hace delicioso combinar y en su cocina alimenta con variedad y maestría de artista.

El tiempo era propicio. Las niñas ahora adolescentes, lideraban el grupo de Herederos, junto a decenas de niños y niñas que los sábados se daban cita en su propia reserva. La Reserva de los Herederos. Tenía una casa de madera, construida por Sarita, una arquitecta alemana que trajo a estas montañas la calidez de las casas de los Alpes. Al lado estaba la reserva Tunguragua, la primera en ser creada. El corazón del sueño.
Para compartir cuanto habían aprendido, para recibir el alimento del alma que traen los nuevos saberes, pero sobre todo, para hacer la fiesta del encuentro de quienes dedican su vida a hacer realidad los sueños, en junio de 1996 citaron a los ‘disoñadores’ de todos los puntos cardinales. Más de 400 hombres y mujeres de distintas partes del mundo se reunieron y compartieron cuanto hacían, cuanto creaban y cuanto amaban. Economistas y campesinos sentados en la misma mesa revelaron las pruebas que nadie supo si iban o venían de la teoría a la práctica.

Dos años más tarde los ‘disoñadores’ volvieron a juntarse, eran más y eran los mismos. Una franja amarilla de esperanza se hacía cada vez más ancha.

Las reservas de la sociedad civil habían logrado que una ley las protegiera, su ejemplo atrajo gentes de Europa y del resto de América que querían aprender a hacer políticas públicas en favor del medio ambiente.

Por toda Colombia las reservas privadas se volvieron semilla al viento. Una red nacional bautizada en la reserva Tunguragua tenía ahora sede principal en Cali y sus nodos eran como las raíces del Mangle: lanzadas a la tierra y propicias a la buena marea.

La vida sonreía. El sur era propicio. Un gran proyecto de ecoturismo se vislumbró para dar respuestas a los miles y miles de amigos y amigas que querían venir a aprender y a hacer. Nuevos campesinos aprendieron de la ADC, de las universidades venían los estudiosos y de los centros de investigación los científicos.

Alguien despistado sin duda, ignorante de todo cuanto sucedía, se dio a la tarea de prefigurar un gran proyecto para convertir a La Cocha en un embalse para producir energía eléctrica y trasvasar sus aguas hacia la ciudad de Pasto. Un plan que cortaría el camino al Guamuez que baja cantando entre cascadas hacia el río Putumayo, para volverse gigante en el Amazonas y alimentar el Atlántico con la mayor fuente de agua dulce del mundo.

El Proyecto Multipropósito del río Guamuez PMG, se levantó como una sombra sobre el más fructífero rayo de sol. En silencio la ambición fue haciendo sus componendas y para el momento en que Efrén, Conchita, Eusberto, Octavio, Ignacio, Patricia, Jaime, Cecilia, Rosita y cientos de personas más se dieran cuenta, estaba ya en etapa de aprobación.

Los duendes fueron nuevamente convocados. Los científicos recordaron que sus páramos eran los más bajos del mundo, contienen musgos y líquenes únicos. Los estudiantes y profesores alertaron sobre las 130 especies de aves que podrían ser amenazadas. Los campesinos reclamaron su derecho a un ambiente sano.
Una voz que era de cientos se hizo sentir y en el 2001 La Cocha fue declarada territorio Ramsar, es decir humedal protegido por las Naciones Unidas al ser estratégico para la humanidad, según el tratado, que lleva el mismo nombre, firmado en 1971 en la ciudad de Irán.

Todo iba bien. El siglo XXI parecía asomarse cargado de esperanzas…

DE NUEVO LA GUERRA Y DE NUEVO LA VIDA

La fiesta de fin de año de 1999, lo era también de fin de siglo. Eusberto tocó el violín contagiando su alegría que se multiplicaba por cientos. El lugar de reunión fue una de las nuevas reservas que se sumaban al sueño de la ADC. La fiesta terminó cuando ya era noche cerrada y la luna sirvió de guía a las lanchas que en todas las direcciones se internaron por La Cocha como una luz que se esparce a enfrentar la oscuridad.

El fin de año traía noticias funestas. La guerrilla había empezado a llegar desde el Putumayo y desde Funes, un pueblito en el costado sur de La Cocha. Por la vereda Santa Lucía y por el Naranjal, de ambos lados de La Cocha, se los había visto. En enero su presencia dejó de ser esporádica, se asentaron en casas que ellos escogían y daban órdenes de silencio y de recados por llevar.

Ninguna autoridad quiso darse cuenta aunque todas estaban enteradas. El batallón del Ejército ubicado a menos de media hora, seguía con su rutina manteniendo las montañas como velos gigantes ante el avance de los grupos armados.

No tardó mucho el encuentro, un disparo criminal, cobarde y muy cercano, lanzó por el viento frío el sombrerito de cuadros pequeñitos y Eusberto cayó sobre el páramo que tanto protegió y amó.

El cinco de enero, día de negros en el carnaval, Eusberto Jojoa cumplió 65 años, era un año más sabio y más alegre. Su reserva, la más alejada, está al final de la laguna, donde el agua ya es río. La Planada del Guamuez, con una casa recién remodelada que había sido escogida como piloto para el proyecto de turismo campesino. Baños y cocina nueva, ventanas por donde la luz podía entrar a hacer visita; afuera, los frailejones tan grandes como palmas y los musgos que pueden fácilmente hacer colchones de más de dos metros de profundidad. Muy cerca los árboles recién sembrados que pronto serían un corredor biológico para que los animales de la montaña puedan quedar en conexión con la selva que hunde sus manos hacia la planicie amazónica.

Eusberto estaba despierto o como él decía “recordó temprano” por eso cuando lo fueron a buscar estaba ya dispuesto. Lo mandaban llamar, tenían algo para decirle. Era gente con armas y debía acudir. Se ajustó su sombrero, compañero de siempre, le dijo a Marina su esposa, que pronto volvería y salió a la cita que era una orden, tranquilo y ansioso de terminar pronto.

Nadie sabe qué palabras se cruzaron entre un hombre viejo y sabio, y otro cuyo argumento es un arma de fuego. No tardó mucho el encuentro, un disparo criminal, cobarde y muy cercano, lanzó por el viento frío el sombrerito de cuadros pequeñitos y Eusberto cayó sobre el páramo que tanto protegió y amó. La sangre del fundador, del violinista, del ‘disoñador’, del viejo maravilloso, dicen, hizo aun más rojos los musgos que allí tienen colores increíbles.

Las aves espantadas por el tronar del fusil se dispersaron en bandadas. Sus gritos de espanto fueron la primera noticia de este crimen. Hubo un silencio largo, amigos que partieron, exilio, soledad. Las casas de las reservas Herederos y Tunguragua, fueron desmanteladas.

CONFINADOS

La guerrilla se hizo fuerte en toda la laguna. Iban y venían, entraban en las casas, reunían a la gente, promovían la vinculación a su movimiento y ofrecían semillas de amapola para aquellos que “quisieran salir de la pobreza”.

Mandaron construir dos torres de madera, altas y fuertes desde las cuales se pudieran ver todos los confines de la laguna. La obra fue acometida con trabajo forzado. Ora por los que habían infringido alguna orden, ora por los que habían incurrido en violencia doméstica. Las torres del castigo eran los miradores desde los cuales controlaban todos los movimientos de embarcaciones por La Cocha.

El tiempo se hizo lento y en la memoria acaso sean años perdidos. Nadie recuerda mucho qué pasó. Así es el tiempo de la angustia: parece infinito cuando está sucediendo, pero en la memoria se desvanece. No es como los años de luchas y conquistas que parecen tan cortos cuando se viven, luego la memoria resulta insuficiente para recordar tanta vida.

Las reuniones se volvieron imposibles, los líderes se recogieron como una mariposa que se adelgaza con recoger el colorido de sus alas. Los niños y las niñas ya no pudieron volver a su reserva.

Como si la naturaleza protestara por la ignominia llovió día y noche durante semanas. La laguna se salió de su cuenco inundando los cultivos. En silencio, Efrén siguió cultivando su tierra. En silencio sufrió la pérdida de por lo menos 10 variedades de papa que no pudo salvar de la furia de las aguas.

Las reuniones se volvieron imposibles, los líderes se recogieron como una mariposa que se adelgaza con recoger el colorido de sus alas. Los niños y las niñas ya no pudieron volver a su reserva. Los carboneros derribaron árboles centenarios y convirtieron en carbón lo que había sido territorio de aves, de orquídeas y de abejas.

Al miedo que paraliza sigue la rabia y la impotencia. Las visitas de los amigos se trocaron por incursiones de hombres armados que exigían contribuciones y pagos a cambio de nada.

La espera fue redimida con trabajo, los herederos fueron creciendo y muchos de ellos escogieron carreras relacionadas con el cuidado de los recursos naturales. Los mayores aprendieron a conversar en grupos más pequeños, a visitarse entre familias. No hubo fiestas, ni encuentros. Tan sólo los días que se iban juntando en espera de tiempos mejores.

El banco de semillas de tubérculos en Colombia es una herencia de la lucha  de la familia Cuarán.

Los abusos se hicieron inocultables, la fuerza pública se fue acercando luego de que la incursión armada desafió el casco urbano y se tomó El Encano. Los cilindros cargados con metralla dejaron varias casas destrozadas y el retumbar de las explosiones hizo callar por muchas semanas al músico del pueblo.

Los meses sucedieron entre amenazas y muertes. Tres años más tarde, muy cerca de las torres del castigo, varios soldados se hundieron entre los juncos y totoras hasta la llegada de uno de los comandantes que tenía la costumbre de venir tranquilamente a cobrar sus extorsiones. La lancha que recoge la leche llegó antes que el jefe guerrillero y en ella, Rosario una mujer campesina aguardaba para continuar el viaje. Pero nunca podría llegar a su destino pues a los pocos segundos hizo su aparición el hombre curtido de batallas y caminatas por selvas y páramos. Los disparos se cruzaron. Cayó el comandante y murió también Rosario.
Otros guerrilleros fueron liquidados en distintos enfrentamientos. De repente pasaron muchos días sin que regresaran los fusiles y las amenazas. Sólo las advertencias que anunciaban el regreso, sin saber quién las había dicho ni dónde se habían escuchado.

Era el miedo que es una presencia que suele hacerse precisa. Aún al eliminar su causa el miedo sigue ejerciendo presión sobre los días como esa sensación de miembro ausente por la cual los que han perdido, por ejemplo, una mano, sienten que aún les rasca o que mueven los dedos.

EL REGRESO

Una década de aislamiento terminó. Un fin de muchos días pues nadie sabe cuándo terminó el encierro y aún hay quienes se sienten amenazados desde las montañas que antes eran su protección.

Efrén hoy regresó a la reserva Herederos del Planeta. Los árboles fueron cercenados pero los frailejones crecieron hasta formar un pequeño techo para el camino que separa el puerto de lo que antes fue la casa. Las flores que fueron pisoteadas cuando arrancaron una a una las maderas de la construcción, se esparcieron caprichosas por entre los matorrales.

De la casa, queda la pared de la chimenea endurecida por tanto calor como prodigó. De la cocina, un anaquel y de la sala, un pedazo de piso. Las columnas fuertes, como Sarita las sembró, siguen allí levantando hacia el cielo las manos que no sostienen nada.

Ya son 45 las variedades que crecen debajo de la tierra a orillas de La Cocha. Pero hay más raíces, 5 variedades de ullucos y 4 más de ocas completan los tubérculos que prosperan entre el frío.

La familia Cuarán ahora tiene más herederos, tres nietos adorables y un cuarto que viene en camino. Efrén no pudo recuperar las semillas que la inundación se llevó pero a cambio se ha procurado varias nuevas. Ya son 45 las variedades que crecen debajo de la tierra a orillas de La Cocha. Pero hay más raíces, 5 variedades de ullucos y 4 más de ocas completan los tubérculos que prosperan entre el frío.

Las matas de papa han crecido tanto que superan la estatura de su protector. Todo el tiempo hay flores: moradas, blancas, amarillas. Flores de papa que son multicolores. Que se siembran en distintas épocas y dan frutos para cada día del año.

Pronto Efrén hará su nueva casa, un poco más lejos de las inundaciones que regresan periódicamente. Hay miles de proyectos que se atropellan en la mente de Efrén de Rosita, Conchita, de Octavio, Vicente, Jaime, Chila, Martica, Ignacio… cientos de hombres y mujeres de la ADC que protegen en el sur los sueños de la tierra.

Efrén sueña con hacer los cruces que le permitan obtener sus propias especies de papa. Aprendió en la universidad de Valdivia (Chile), sobre la vida sexual de esas plantas que tanto ama, cuando lo invitó Manfred Max Neef, por allá en 1998. Un buen día tendrá las condiciones físicas y técnicas que le permitan hacer cruces como los que hicieron por miles de años sus ancestros para mejorar la vida sin desnaturalizarla.
La cosecha es abundante, habrá alimento para la familia y los excedentes irán a casa de los amigos. El mercado no es propicio para la diversidad por ello su sistema es el trueque. Un intercambio por maíz con los compañeros de Yacuanquer y otro por café con los de Chachagüí.

La ADC sigue creciendo, protegiendo y cuidando la vida gracias a una propuesta de desarrollo territorial propia. Efrén continúa cultivando sin químicos y cosechando sin envidias. Sus semillas se guardan pero sobre todo se siembran. La memoria de su pueblo está presente en sus días y es la luz que traza el futuro. Las raíces se sienten fuertes en el surco y propician un tiempo nuevo con amistad, alegría y generosidad; sin olvido y por tanto, llenas de futuro. Para la memoria del futuro son las raíces que cultiva Efrén Cuarán.

*Especial para PLAN V. Este artículo es una colaboración que se publicó en la página del Consorcio para el Desarrollo de las Comunicades, el cual agrupa a las cinco ONG más importantes de Colombia.

[RELA CIONA DAS]

Jacqueline Verdesoto: “Falta una incorporación digna de las personas con discapacidad”
Redacción Plan V
Pedro Restrepo: Una lucha inquebrantable que desnudó a un país
Redacción Plan V
Patricia Gualinga: El latido de la selva en la historia del país
Redacción Plan V
Roger Durán: “Hay desesperanza en los jóvenes”
Redacción Plan V
Ola Bini pidió a un juez parar a los pesquisas que -dice- le siguen a todo lado
Redacción Plan V
GALERÍA
La historia de Efrén Cuarán: un hombre y sus raíces
 


[CO MEN TA RIOS]

[LEA TAM BIÉN]

David Larreátegui: “Decisiones políticas provocaron problemas en el IESS”
Redacción Plan V
Carla Heredia: “No me considero influencer sino ciudadana”
Redacción Plan V
El blog de Andrés Arauz sobre dolarización estuvo fuera de línea
Redacción Plan V
Galo Lara dice que sigue persecución política en su contra
Redacción Plan V

[MÁS LEÍ DAS]

Así persiguió Correa a Villavicencio
Redacción La Fuente
La gran farsa de la anulación de las firmas de la consulta por el Yasuní
Manolo Sarmiento
El callejón sin salida de Andrés Arauz
Juan Cuvi
¿Quién le teme a la Ley de Extinción de Dominio?
Redacción Plan V