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12 de Febrero del 2015
Historias
Lectura: 47 minutos
12 de Febrero del 2015
Juan Carlos Calderón

Director de Plan V, periodista de investigación, coautor del libro El Gran Hermano. 

Memorias de guerra

Una foto de 1995 con los Arutam, los guerreros shuar, cuyo aporte a la victoria militar en el Cenepa fue determinante.

 

Un momento del ritual de los shuar para convertir en guerreros Aruntam a los miembros de las comunidades. El ritual se basa en el vuelo de la ayahusca, para vencer en esos sueños sus miedos.

 

Los pilotos apagaron los motores. El coronel del Comando Conjunto se bajó de la nave y saludaron militarmente. Le entregó la orden del Ministro de Defensa para que el equipo peruano y quien habla pudieran entrar a Twintza. Araujo nos miró de arriba abajo. Sentí desprecio en esos ojos. Luego se dirigió a su superior: "con su permiso mi coronel, debo informarle que por orden de mi general Paco Moncayo los invitados tienen que abandonar el destacamento de inmediato".

Esa primera semana de enero de 1995 ya las redacciones en los medios estábamos alerta de que algo pasaba en la frontera con Perú. Seguramente los directores ya lo sabían, pero nosotros, periodistas rasos, solo nos la olíamos por la infidencia de una u otra fuente.

Yo trabajaba entonces como reportero del suplemento Blanco y Negro, un semanario tabloide de ocho páginas, del diario Hoy, fundado meses antes, que trabajaba en poderosas historias de investigación y profundidad. El editor y exigente jefe era Diego Cornejo. Un día, de improviso, como solía ocurrir casi siempre, recibí su llamada en mi escritorio para decirme que debíamos preparar un número urgente y especial sobre la guerra. No me sorprendió, pero me preguntaba qué podía aportar nuestro humilde semanario a las toneladas de tinta que ya se regaban por las noticias bélicas. Cornejo tenía el tema: El militarismo peruano. Un reportaje a fondo de cuál era el carácter político y militar del Ejército que atacaba a nuestro país, en el contexto de un Gobierno autoritario como el de Alberto Fujimori, que desde 1990 venía imponiendo mano dura al pueblo del vecino del sur.

Periodísticamente parecía complicado, pero en el fondo no lo era. Blanco y Negro y su equipo habían desarrollado un método editorial que facilitaba las cosas: tratar los hechos, las historias y los personajes, desde todas las aristas de su complejidad y, lo más importante, relacionarlas. Luego de tener claro esto, ponerlo en un "machote" (borrador de la publicación) y definir los ejes de cada página y listo. En un protocolo establecido: segunda página golpe al mentón, contando de qué se trataba el tema; tercera página la historia más consolidada; páginas centrales, los personajes... Así el lector obtendría una visión más amplia, integral y profunda del tema de portada.

Para nosotros, la guerra se trasladó a la redacción y  se presentó el primer conflicto de conciencia: ¿los militares querían un publirreportaje? Jamás. Nuestro espíritu, como ahora, era rebelde e irreverente.

El militarismo peruano causó tal impacto que el lunes, en la reunión de planeación recibimos una noticia de Cornejo: el Alto Mando de las Fuerzas Armadas ecuatorianas querían proponernos que hiciéramos un número de Blanco y Negro sobre ellas.  A todas estas, la Batalla del Cenepa estaba en su apogeo y la batalla informativa se consolidaba bajo la tutela militar y la dirección del entonces periodista Freddy Elhers, quien con los militares había montado un centro de información en Ciespal. Para nosotros, la guerra se trasladó a la redacción y  se presentó el primer conflicto de conciencia: ¿los militares querían un publirreportaje? Jamás. Nuestro espíritu, como ahora, era rebelde e irreverente, y lo representaba el actual ministro de Agricultura, Javier Ponce, un editor que desde las páginas editoriales del Hoy daba su batalla personal y gloriosa contra la Guerra del Cenepa.  Era increíble: mientras todo el país se cohesionaba en torno –nuevamente- a los soldados, Ponce usaba su columna para denostar del combate y apelar al pacifismo. Una voz en el desierto, un llanero solitario del periodismo ecuatoriano que recibía cartas furibundas del mando militar, pero al cual nadie se le hubiera ocurrido censurar o impedir que publicara su altiva pero solitaria posición en contra, así estuviera, como era el consenso general, equivocado y desubicado del momento histórico que vivía el Ecuador. Por eso, Ponce, que a pesar de eso insistía en sus principios, era el héroe de esa joven redacción.

Así que fui, junto a Diego Cornejo y con el "espíritu" de Ponce en el pecho, al cuarto de guerra del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas. Al corazón del “enemigo”.  La única e irrenunciable condición para acceder al pedido militar, me explicó mi editor en el camino, fue no aceptar condiciones editoriales ni agendas impuestas ni silencios: transparencia informativa total era nuestra única arma en esa batalla informativa. En el viejo Palacio de La Recoleta, luego de pasar por los atentos filtros de seguridad, nos recibió nada menos que el general Víctor Manuel Bayas, jefe del Comando Conjunto. Conversamos: ahí, Diego rompió el hielo diciéndo que se sentía orgulloso de ser ecuatoriano y, con sinceridad, dijo que él nunca pensó que el país se iba a unir como se había unido en torno a este combate.

En la foto de la época, Diego Oquendo posa junto a jefes militares en Tiwintza.

Seguramente Bayas entendía a lo que Diego se refería: los meses anteriores a la Batalla del Cenepa, las calles del país, especialmente de la Capital, habían sido una verdadera guerra campal de los sindicatos y movimientos sociales en contra de las medidas neoliberales del derechista gobierno de Sixto Durán Ballén y Alberto Dahik. La temporada navideña y de año nuevo había disuelto en algo los ánimos de protesta, pero una marcha por la "defensa del laicismo",  convocada por la Federación de Estudiantes Secundarios, (Fese), aliada entonces del MPD, terminó con la muerte de Juan Carlos Luna, estudiante del tradicional colegio quiteño Montúfar.  Recuerdo que el la última tapa de Blanco y Negro -en enero de 1995- antes de la guerra se llamo ¿Quién mató a Juan Carlos Luna? Un reportaje de investigación donde revelamos que el joven de 17 años, hijo de un carpintero y una enfermera, murió por el disparo de un capitán en la Policía, en los predios de la Universidad Central. La historia cobraba fuerza porque al principio el Gobierno negó toda responsabilidad y acusó de la muerte a sus propios compañeros estudiantes, y porque se intentó hacer desaparecer la bala que lo mató para ocultar las evidencias.

Desde un oscuro sofá de cuero, en su oficina del Comando Conjunto, Bayas miró a Diego Cornejo, con cierto aire de extrañeza y no respondió a su comentario patriótico porque entramos directo al grano. El objetivo de ese número del semanario sería mostrar de qué estaba hecho el Ejército ecuatoriano que combatía en el Cenepa y representaba nuestra dignidad nacional. Quiénes eran sus miembros, sus mandos, cómo se habían formado, qué pensaban. Diego insistió en su pedido ante el máximo jefe militar: transparencia pura.

Nos pusieron ante un comité de coroneles para que evacuaran nuestras preguntas. Me acuerdo del coronel Juan Borja y su retórica sobre el nuevo militar ecuatoriano: un soldado instruido no solo en las artes militares sino en el pensamiento y la filosofía modernas.

Nos pusieron ante un comité de coroneles para que evacuaran nuestras preguntas. Me acuerdo del coronel Juan Borja y su retórica sobre el nuevo militar ecuatoriano:  un soldado instruido no solo en las artes militares sino en el pensamiento y la filosofía moderna; un oficial que leía a Marx y Lenin y a todos los demás clásicos de la política, que se había entrenado bajo las enseñanzas de Ho Chi Min, pero que respetaba y fomentaba los conceptos, principios e ideales de la democracia institucional y republicana. En suma, un nuevo Ejército de combatientes ilustrados, que se había forjado en las academias y con el ejemplo de jefes como José Gallardo, Gustavo Alexis Tamayo,  Miguel Iturralde, Carlomagno Andrade, entre muchos otros, y uno de cuyos insignes representantes dirigía el teatro de operaciones en ese mismo instante y se llamaba: Paco Moncayo Gallegos.

No cabe insistir en que el número que resultó de decenas de entrevistas, llamado El militarismo ilustrado, fue el título de tapa, y dado el contexto el reportaje fue usado como propaganda de guerra, aunque en sus páginas también se mostraron los pecados de un Ejército que había cometido abusos en la frontera norte. Pero El militarismo ilustrado mostraba algo que la clase política y demás instancias del país desconocían: unas Fuerzas Armadas transformadas militar e intelectualmente; que se había preparado silenciosamente los últimos 15 años (desde el fracaso de Paquisha) para construir un Ejército que estaba no solo listo para acabar con un siglo de humillaciones militares por parte del Perú, sino también para convertirse en la reserva moral e intelectual de un país descoyuntado y desmembrado por el canibalismo político. Un nuevo Ejército, los militares de una generación ilustrada, en contraste con el Ejército peruano, que según la hipótesis, seguía siendo conducido por gorilas atrabiliarios que nos atacaban. Brillante.

Cómo convertirse en un guerrero inmortal

Para entonces, nuestros compañeros de Hoy y centenares de colegas entraban y salían del teatro de operaciones en que se había convertido el país y reportaban no solo los combates sino la increíble devoción de ese pueblo que en lugar de correr para el otro lado, clamaba volcarse al combate y llenaba por miles los buses que los conducían a los cuarteles para formar el ejército de reserva. Un entusiasmo inaudito y hasta incomprensible para nosotros, animales de redacción, que por lo general teníamos puestos los ojos en el oficialismo de todo tipo y no en la calle. Para Blanco y Negro, y dada la competencia de excelentes reportajes y notas bélicas que derramaba la prensa, no quedaba otra que ir al sitio de los acontecimientos y trabajar algún tema que no distinga y nos diferencie. Y lo encontré.

En el avión que me llevó a de Quito a Macas venía haciendo caldo de cabeza sobre la historia de un soldado shuar ecuatoriano, que había reaparecido luego de algunos días de ser dado por desaparecido en la zona de combates. El muchacho había estado combatiendo y por rescatar a un compañero de armas, mestizo, se metió en territorio peruano y desde ahí avanzó por la selva hasta llegar a su comunidad en el lado norte de frontera de Morona Santiago.  El tema me seguía martillando, ¿cómo encontrar a este joven soldado para que cuente esta historia? Como en este oficio hay que tener -también- suerte, en la sala de desembarco quiso la casualidad que me encontrara con un hombre, llamado Roberto, que me dijo que iba a Sucúa para visitar a sus amigos de la Federación Shuar, los cuales le habían invitado esa noche al ritual de despedida para los miembros de la nacionalidad que se iban a acuartelar para entrar a la guerra. El venía desde New York a respaldar a sus compañeros. No lo pensé dos veces y me embarqué con el tipo en un taxi hasta Sucúa. Una botella de Johnny Rojo y dos horas después, al llegar y conversar con algunos dirigentes, entendí la dimensión de lo que sería ese reportaje: el testimonio del soldado shuar era apenas una historia de otra más grande: la vida de ese pueblo, de los soldados Arutam, de su cosmovisión y de por qué entraban al combate donde cumplían -además- un papel esencial en la táctica de guerra de guerrillas que aplicaba el Ejército ecuatoriano, pues los shuar conocían la selva. 

Pero había un problema gravísimo: no tenía cámara de fotos. Llamé a Quito, le dije al subdirector del diario que me mandara urgente a un compañero fotógrafo, me dijo que todos estaban ocupados y me recomendó que comprara un cámara. ¿En Sucúa, una cámara?, respondí. Buscando se encuentra. En un pequeñísimo almacén de revelado de fotos se exhibían cámaras Zenit, unos contundentes pero confiables reflex rusos, pero cuyo precio excedía mi exiguo presupuesto. Junté mis viáticos y compré una instamátic elemental, color rojo, y dos rollos.

Apareció entonces un agrupamiento de soldados marchando con toda marcialidad. Pequeños, cobrizos, fibrosos, con la mirada intensa, el fusil terciado y una cinta verde olivo rodeado su cabeza.

Con esa munición pasé varios días haciendo entrevistas, visité las comunidades, asistí a la ceremonia de los Arutam, compartí el ritual de la ayahuasca, hablé con el chamán, encontré al soldado desaparecido en su comunidad... Tomé dos rollos de 36 fotos cada uno. La final de esa semana cargaba un tesoro de información de un tema exclusivo en medio de una guerra. El reportaje soñado. Viajé de Sucúa hasta Patuca para intentar embarcarme en un vuelo hasta Quito, pues me preocupaba el cierre del semanario y el revelado de las fotos. En el destacamento militar de Patuca, centro de operaciones militares, el ambiente hervía.  Ahí estaba Martín Pallares, colega del diario, entre centenares de otros colegas, al pie del cañón. Conversamos, y cuando estábamos en eso apareció un agrupamiento de soldados marchando con toda marcialidad. Pequeños, cobrizos, fibrosos, con la mirada intensa, el fusil terciado y una cinta verde olivo rodeado su cabeza. Tardé un poco en reconocerlos: era los shuar que días antes habían  participado en el ritual de la ayahuasca y por tanto ya eran Arutam, guerreros de la selva e inmortales gracias a que en la elevación del brevaje habían derrotado a su enemigo particular y por tanto habían vencido el miedo: eran guerreros. "Parecen guerrilleros vietnamitas", dijo Martín. Eso parecían, pero eran Arutam. Se sentaron en posición de loto, formando un círculo alrededor del mayor Lasso, oficial médico, para recibir las últimas instrucciones de primeros auxilios antes de ir a la guerra. Vamos a aprender a poner una inyección, gritó el médico militar, un neurocirujano con posgrados en Brasil. Traer papayas, ordenó. De inmediato varios se levantaron, fueron hasta una papayera, patearon sus troncos y regresaron con las papayas maduras. Los shuar recibieron las jeringas, y aplicaron las inyecciones en las papayas bajo las rigurosas instrucciones del mayor de sanidad. Luego este gritó: ¡Alto, ahora quiero dos voluntarios, tú y tú! Los "voluntarios" pasaron al centro del círculo. ¡Bajarse los pantalones, echarse boca abajo. Ahora -señaló con el dedo- tú y tú, pónganles las inyecciones! Así lo hicieron. Luego se formaron de nuevo en columnas, y retornaron marcialmente a donde quiera que habían estado. Martín tomó las fotos de esta escena asombrosa. Una de esas fotos adornó la portada de Blanco y Negro: El pueblo de la guerra, un extenso reportaje sobre el pueblo shuar, combatientes y héroes del Cenepa; el mismo que ahora, 20 años después está siendo acosado y dividido por otra guerra: la que libran en contra de la minería china a gran escala bajo el auspicio del Estado ecuatoriano que ellos ayudaron a defender.

Una vez en Patuca, y luego de la escena "vietnamita" que compartimos con Martín, entramos en una vorágine de acontecimientos. El primer cese al fuego se había dado, y el diligente y efectivo teniente coronel Alberto Molina había organizado una visita de directores de medios del Ecuador hasta Patuca, para que ingresen por helicóptero a Tiwintza y se verifique que ese puesto avanzado, detenido con garras y dientes, seguía en manos del Ejército ecuatoriano. Esto porque Fujimori había anunciado desde el Perú, y había sido difundido por la prensa peruana, que el Perú había tomado Twintza, incluso que se había bañado en un río cercano, y hasta se tomó fotos. El aparato de propaganda del Perú funcionaba a todo vapor para distorsionar los hechos. Así que en Patuca, ansiosos soldados, ataviados con sus mejores trajes de combate y sus botas lustradas, esperaban a las prensa nacional. Uno a uno fueron bajando de la nave personajes como Miguel Rivadeneira, Diego Oquendo, Alfonso Espinosa de los Monteros, entre otros, según recuerdo. Alberto Molina revelaría después que el anuncio de Fujimori cayó como una bomba en el ánimo nacionalista ecuatoriano. Había que demostrar que el autócrata peruano mentía y nada mejor que llevar a quienes tenían "la mayor credibilidad de la prensa ecuatoriana en ese momento".

Los periodistas que estábamos en Patuca veíamos desde atrás de un cerrado anillo de seguridad militar cómo los directores de medios subían al helicóptero que los llevaría a Twintza. El Puma estaba prendido y listo para despegar, y uno a uno los directores subían ayudados por dos soldados mientras las hélices nos echaban nubes de polvo a los involuntarios espectadores. Era la noticia del día y nos la estábamos perdiendo. Presionamos inútilmente el cordón militar para romperlo, decenas de periodistas que habían cubierto la guerra durante semanas, nacionales y extranjeros, no podíamos llegar hasta el sitio de la noticia. Marín Pallares estaba ahí para eso, así que hizo lo que un periodista debe hacer en esos casos: joder hasta que lo atiendan. ¡Alberto! ¡Alberto!, gritaba desesperado, desde atrás del cordón militar, tratando de hacerse oír entre el estruendo de los helicópteros. Alberto Molina, entre las naves y el cerco lo escuchó de milagro: ¡Ven, Marín, corre, corre! Martín salió disparado empujando a todo el mundo, no por su corpulencia precisamente, sino  porque llevaba una tula. La tula era una mochila militar como de 80 centímetros de alto, de color verde, llena y pesada que se puso al hombro mientras corría hacia el helicóptero. Lo primero que hizo al llegar a la nave que ya casi despegaba del suelo fue subir la tula, pero los soldados se lo impidieron, y en ese instante, mientras el nave intentaba despegar, estaba Martín trepado a medias tratando de subirse y los soldados empujándolo hacia afuera. Alberto Molina gritó desde unos 20 metros de distancia: ¡Déjenlo subir! ¡Déjenlo! Y los militares lo empujaron y dejaron a Marín en tierra.

No había medido el impacto de la estrategia informativa del Ministerio de Defensa, hasta cuando vi a uno de los connotados periodistas llorando sobre una piedra y balbuceando: "es nuestra, Tiwintza es nuestra, carajo, es nuestra...".

La pijama de Martín Pallares

Ni modo. Había que esperar el retorno para hablar con quienes sí lograron volar. Una hora aproximadamente después regresaron al mismo sito y los directores, mutados en testigos de guerra, se convirtieron el centro de la noticia. Uno por uno fuimos recogiendo su testimonio para reconstruir de algún modo la historia, aunque sea de segunda mano, y tener la noticia del día siguiente en el periódico. No había medido la efectividad de la estrategia informativa del Ministerio de Defensa, hasta cuando vi a uno de los connotados periodistas (ninguno de los nombrados antes) llorando sobre una piedra y balbuceando: "es nuestra, Tiwintza es nuestra, carajo, es nuestra..."

El lío se presentaba después de la cobertura en un sitio como Patuca: cómo enviar la información rápidamente. Hace 20 años no había internet en las redacciones, menos redes sociales o correo electrónico. Los periodistas de televisión tenían que enviar sus casetes a sus redacciones y los de prensa encontrar un fax. Solo SiTV, una estación guayaquileña del exbanquero Fernando Aspiazu, tenía microonda real, y Alvaro Samaniego, su periodista destacado al lugar de los hechos, aparecía religiosamente todas las noches en las pantallas de todo el Ecuador para entregar sus despachos de guerra. Los corresponsales extranjeros tenían la ventaja tecnológica. Algunos cargaban unos pequeños pero pesados maletines metálicos, los abrían y uno encontraba una serie de botones, luces y circuitos. Luego desplegaban una pequeña antena redonda, que se conectaba al satélite y podían conversar en directo con su redacción y dictar sus notas. Era increíble. Un teléfono celular elemental de la actualidad debe tener diez veces las prestaciones tecnológicas de esos teléfonos satelitales.

Pero con todo y eso nadie los libró de lo que les esperaba esa noche. Cuando todas las estrellas del periodismo nacional retornaron a Quito y Guayaquil, los periodistas de hacha y machete nos quedamos en Patuca, a la espera de que los militares nos asignen un sitio para dormir. Martín Pallares no soltaba su tula por nada de mundo, ante  la curiosidad de sus colegas. Nos asignaron un canchón que tenía la ventaja aparente de un dos ventiladores gigantes colgados del techo que nos librarían del calor y los mosquitos. Solo había colchones y almohadas, sin coberturas, tirados en el piso. Allá fueron a parar los cuerpos cansados de los periodistas, camarógrafos y fotógrafos. Martín abrió su tula, y sacó dos sábanas blancas. Todos se rieron. Tendió su colchón y luego puso una funda a su almohada. Luego sacó de la tula una pijama, de pantalón largo. Había carcajadas, los franceses no lo podían creer. Y se acostó a dormir, como si estuviera en su casa. Fue el único que durmió esa  noche: los ventiladores empezaron a distribuir un aire gélido, nos moríamos del frío. Y encima más, fuimos atacados por cientos de mosquitos, menos Martín. Al otro día, con las ojeras aún resplandecientes, todos miramos cómo Martín, impertérrito, guardaba en la tula sus cosas de dormir.

Iríamos acompañados de un alto oficial del Comando Conjunto y esperábamos estar el tiempo suficiente para demostrar las coordenadas de Twintza con el GPS peruano. ¡Golpe periodístico a la vista! Se avisoraba una exclusiva mundial.

El único avión del mundo con goteras

Volvimos a Quito, y en la redacción nos esperaban con más trabajo. La guerra seguía cholitos, así que hablen nomás con la familia para que les envíen ropita limpia. Alcancé a llegar a Conocoto en la tarde y en la noche ya estaba recibiendo una llamada de un editor jefe; debía presentarme a primera hora en el aeropuerto Mariscal Sucre para regresar de urgencia a Patuca. ¿Qué pasó? Que se iba aprovechar el alto al fuego para llegar con nada menos que un equipo del diario peruano La República y el jefe del Observatorio Astronómico de Lima, un señor Woodman, que llegaban con un GPS satelital, el más moderno por supuesto, para verificar in situ las coordenadas de Twintza y acabar científicamente con la guerra de versiones que se habían dado entre los dos ejércitos. Que ya había la autorización respectiva de parte del general José Gallardo, ministro de Defensa y del jefe del Comando Conjunto (Comaco). Iríamos acompañados de un alto oficial del Comaco y esperábamos estar el tiempo suficiente para demostrar las coordenadas. ¡Golpe periodístico a la vista! Se avisoraba una exclusiva mundial. Así que a las seis de la mañana estaba en el Grupo de la Aviación Militar, en el aeropuerto. Los periodistas peruanos, retacos y hoscos, ya estaban ahí. El fotógrafo de La República echaba fotos en ráfaga a cuanto uniforme o nave verde olivo veía. El señor Woodman era un gringo de dos metros, ya viejo, buena gente, que se veía excitado por la perspectiva de usar su aparato y llegar hasta la misma Twintza.  El coronel del Comando Conjunto designado para acompañarnos, nos mostró los pases. En la pista se veía un avioncito militar, de dos hélices, al cual unos técnicos intentaban prender sin éxito. Era un Twin Otter de fabricación canadiense para 12 pasajeros y en ese volaríamos, nos anunciaron. Los peruanos intercambiaron gestos de inteligencia y luego nos miraron. Los querían matar, dijo en voz baja uno de ellos, para que no demostraran al mundo que el puesto de Twintza era peruano.

A regañadientes y con todas las prevenciones del caso nos instalamos. Además de nosotros viajaba Fernando Larenas, entonces corresponsal de la Agencia Italiana de Prensa, Ansa; otro colega más que no recuerdo, personal militar y una señora afroecuatoriana de porte voluminoso. Ensimismado, Larenas tomó asiento y se sumergió en su computadora portátil. Yo me coloqué detrás de la cabina de los pilotos. El Twin Otter tomó pista y se elevó y enseguida se dirigió al Oriente. Tomó por Baños a baja altura, siguiendo el curso de los ríos. Pensé que volábamos bajo por razones de seguridad, llevar un equipo periodístico peruano en un avión militar ecuatoriano en plena guerra era una enorme responsabilidad. Así que les pregunté. "Es que no tenemos radar", me contestó el copiloto. Llegamos a la Amazonia a la altura de Puyo y el avión enfiló al sur. Entonces empezó una tormenta, con rayos y todo. Y empezó a gotear del techo mismo del avión. Llovía adentro de la cabina sin presurizar. Nos pasaron fundas de oxígeno y ponchos de aguas. Algo nunca visto. Así volamos algo más de media hora. Los peruanos no lo podían creer. Sus sospechas de un atentado en su contra se confirmaban. Cuando empezamos el descenso el Twin Otter empezó a vibrar con fuerza. Esa cafetera iba a desintegrarse. Ya era el colmo, ¿para eso nos habían embarcado, para morir como pendejos? Entonces el ayudante de la cabina se levantó desde la parte trasera y se dirigió donde la nerviosa mujer afroecuatoriana: señora, le espetó en voz alta, deje de mover la pierna que todo el mundo está asustado. Supongo que al reportero peruano se le cayó ese rato la historia de la conspiración para reemplazarla por alguna de humor militar.

Aterrizamos al fin en la pista de Patuca. El Twin Otter carreteó hasta el final de la pista y ahí se detuvo con los motores encendidos. Esperamos cinco, diez, quince minutos y no nos movimos. Empezábamos a cocinarnos lentamente. El reportero peruano tomaba notas furiosamente y con la misma furia el fotógrafo disparaba su cámara por las ventanas del avioncito. Tenemos órdenes de no movernos, explicó el piloto que tampoco se explicaba la retención. Entonces lo vimos: un oficial pequeño, de recio porte que avanzaba a paso de vencedores con la barbilla levantada y la mano sobre la enorme pistola de dotación que le colgaba del lado derecho: era el capitán Fidel Araujo, responsable de las relaciones con la prensa en el teatro de operaciones y estaba escoltado por dos soldados gigantes de las Fuerzas Especiales con los fusiles automáticos en ristre.


En un Twin Otter  de 12 puestos, como el de la foto, viajamos de Quito hasta Patuca. Sin radares, siguiendo el curso de los ríos y con goteras dentro de la cabina, pero llegamos...

Los pilotos apagaron los motores. El coronel del Comando Conjunto se bajó de la nave y saludaron militarmente. Le entregó la orden del Ministro para que el equipo peruano y yo  pudiéramos entrar a Twintza. Fidel Araujo nos miró de arriba abajo. Sentí desprecio en esos ojos. Luego se dirigió a su superior: "con su permiso mi coronel, debo informarle que por orden de mi general Paco Moncayo  los invitados tienen que abandonar el destacamento de inmediato". "Pero es orden de mi general José Gallardo", reclamó el coronel. "Lo siento mucho mi coronel, tengo esas órdenes". 

Escoltados por los de Fuerzas Especiales empezamos a caminar hacia el portón principal. De pronto vimos varias ambulancias y movimiento de camillas con cuerpos inertes. El fotógrafo peruano alistó la cámara pero de un manotazo le bajaron las intenciones.

Dicho y hecho. Rodeados por los de Fuerzas Especiales empezamos a caminar hacia el portón principal. De pronto vimos varias ambulancias y movimiento de camillas con cuerpos inertes. El fotógrafo peruano alistó la cámara pero de un manotazo le bajaron las intenciones. Algo grave estaba pasando, pero nos fueron empujando sin remedio a la salida. Ese día se había dado la llamada masacre del maizal, cuando patrullas peruanos rompieron el cese al fuego y sorprendieron a varias patrullas ecuatorianas. Trece soldados muertos de un solo toque, entre ellos el teniente Geovanny Calles, el oficial de más alta graduación caído en combate. El golpe más grave en todo el transcurso de la batalla. Las hostilidades se habían reiniciado con fiereza y también las hostilidades contra la prensa. Todos fuimos echados a la calle, literalmente. Cuando llegamos al pueblo de Patuca, que era varias casas y una sola calle polvorienta, la prensa nacional y extranjera copaba el único restaurante del lugar. Ahí me encontré con Xavier Chino Pérez, periodista policial del diario Hoy, que hasta ese día permanecía más de dos semanas en el lugar, sin dinero, pero enviando información a como de lugar. El Chino era reportero de guerra, así que vestía el uniforme del Ejército ecuatoriano. Llegué con mis invitados peruanos, y el Chino me dijo en voz alta pero mirando a los "enemigos" del sur: "Aquí hermano, estamos listos para avanzar hacia Lima". Risas, pero el periodista peruano apuntaba todo dato en su libreta. El fotógrafo de La República disparaba fotos también a todo lo que se moviera en la zona del campamento. Hasta cuando el Chino, con gesto amenazante le bajó de un golpe el teleobjetivo: "ya hermano, eres espía o qué, ya tomas cientos de fotos del mismo helicóptero, pórtate fresco.." Clarito estaba el mensaje, pues ellos no sabían que Pérez era periodista, creyeron desde el principio que era un militar. 

Luego de ese pequeño incidente la prensa encerrada en un restaurante de mala muerte, cuando a pocos pasos ocurrían sucesos gravisimos, se reveló. Acudimos en tropel vociferante hasta la puerta del campamento. Exigimos hablar con el comandante, el general Moncayo o alguien que nos permitiera entrar. Ya los periodistas extranjeros, gracias a los teléfonos satelitales, estaban enterados de la masacre. Y nosotros ahí, ignorantes de todo a unos metros de los sucesos más graves de la guerra, Era inaudito. La protesta fue encabezada por un español, corresponsal de Televisión Española. "Joder, hombre, gritaba, abrid de una vez la puñetera puerta". Entonces asomó como enviado del cielo el inefable capitán Araujo, hizo abrir la puerta y se plantó en medio, solo, en pose desafiante: "¡a ver, gritó, qué es este relajo!". A la par que gritaba, Araujo llevó su mano a la pistola que colgaba de su cintura. El corresponsal español reaccionó como si le hubieran puesto al frente a un toro bravo de lidia, mejor dicho, como si le hubieran colocado a él las banderillas. A diez metros del capitán Araujo se sacó la camisa, y se golpeó el pecho: ¡dispárame, a ver dispárame!, gritó. Araujo se puso nervioso al ver la decisión del periodista mientras todos los demás empujábamos la puerta para entrar. Pero no nos dejaron, al menos a los que habíamos estado cubriendo la batalla al pie del cañón. Dejaron pasar solo a la prensa europea y estadounidense, menos al bravucón. La última imagen que recuerdo es la del corresponsal español sentado y agarrándose la amplia frente con las dos manos, en actitud de derrota. Así empatamos la batalla informativa, un autogolazo, pensé yo.

No tuvimos tiempo para lamentaciones. Nuevamente encerrados en el único restaurante de Patuca, expulsados del reino, vimos cómo caía la tarde, casi somnolientos luego de un contundente seco de carne amazónica. De pronto llegó un militar y llamó: a ver, los que vinieron en el Twin desde Quito, está listo el avión para el regreso. Seguramente el equipo informativo de La República tendría ya lista la serie de los reportajes que publicaron un día después, contando cómo el Ejército ecuatoriano había impedido que el señor Woodman comprobara con su GPS que Twintza no era ya ecuatoriana, prueba más que suficiente de que los ecuatorianos mentían. Y de cómo los quisieron matar embarcándolos en un avión con el motor dañado y con goteras y cómo fueron expulsados del campamento.  Eso sería después, sin embargo; por lo pronto, el viejo Twin Otter tomó pista y alzó el vuelo sin problemas, a las cuatro de la tarde. Antes del crepúsculo llegamos al aeropuerto de Latacunga y como ya estaba oscuro el piloto no quizo avanzar hasta Quito. Así que a todos, peruanos y ecuatorianos, nos tocó embarcar en una flota interprovincial para, dos horas más tarde, arribar con un gran cansancio existencial a las diez de la noche a la ciudad, y a lo que a mí correspondía, tomar la última ruta de Quito a Conocoto.

El fin de la guerra y el comienzo de otra

Los finales victoriosos alegran a los pueblos de cualquier parte del mundo, pero en el caso ecuatoriano la alegría del pobre duró poco. La gran lección social del Cenepa, además de un Ejército con todos los laureles y en su mejor momento corporativo y político, fue la unidad del pueblo con sus gobernantes y sus Fuerzas Armadas. La sociedad soñada del poder. Pero Sixto Durán Ballén, el anciano de roble, el del "ni un paso atrás", no las tenía todas consigo. Ni bien se apagaron los tiros, aunque los militares de ambos países seguían en alerta de combate y la diplomacia alistaba sus armas no letales, la sociedad civil volvió a despertar, y se anunciaron nuevas protestas. Mientras tanto, en la redacción de Blanco y Negro preparábamos una historia polémica. Aprovechando el estado de emergencia que no había sido derogado, y semanas después de que se silenciaran los fusiles, Durán Ballén había entregado a dedo, al Cuerpo de Ingenieros del Ejército la ampliación y mejoramiento del aeropuerto de Los Perales, en el balneario de San Vicente, al frente de Bahía de Caraquez, con el fin de convertirlo en destino internacional. Pero resulta que en Manabí ya había dos aeropuertos con esas características: en Manta y en Portoviejo. ¿Para qué otro y por qué otro aeropuerto? fueron nuestras preguntas. Se podía explicar políticamente: Bahía era la ciudad mimada del Presidente, ahí tenía su cuartel general y su lugar de descanso. ¿Pero, un nuevo aeropuerto con el alto costo que significaba ganarle espacio al manglar?  Para no alargar el cuento, el tema de fondo que denunció el diario Hoy en su suplemento de investigación fue que el Presidente, el Ministro de Obras Públicas y el Secretario General de la Administración eran socios en un proyecto turístico sito en San Vicente, a unos 500 metros de lo que sería el nuevo aeropuerto de Los Perales. Eso nomás, por lo cual el escándalo nacional fue grande y aportó, porque negarlo, al nuevo clima de división y crispación política que estalló y que resquebrajaba el frente interno inmediatamente después de la guerra. 

La prensa agarró el tema con entusiasmo y se convirtió en el primer escándalo luego del cese de hostilidades en el frente externo. Hasta cuando el procurador del Estado, el doctor Carlos Larreátegui, padre, declaró el asunto como de seguridad nacional y fin de la discusión. Más aún cuando el director del Hoy, Benjamín Ortiz, recibió llamadas conminatorias del propio presidente Durán Ballén, a las cuales resistió con toda altivez respaldando a sus periodistas; y más aún cuando la plana mayor del diario fue visitada nada menos que por los tres edecanes del Presidente: Ejército, Marina y Aviación, para pedir/exigir que diario Hoy pare sus publicaciones en el afán de mantener la unidad heredada de la guerra y sostener la sólida  e impóluta imagen del Gobierno, ahora santificado en el altar de las armas.  

En esas estábamos cuando un escándalo más grande empezaba a perfilarse, el cual terminaría por desmoronar, increiblemente, al Gobierno triunfante en el Cenepa. Y empezó en una reunión del vicepresidente Alberto Dahik con un grupo escogido de directores y editorialistas de medios, y de manera informal, como quien no dice la cosa, bajo el compromiso solemne de no publicarlo, confesó que el Gobierno era chantajeado por el Partido Social Cristiano (PSC) y que para aprobar sus proyectos en el Congreso con el voto de los poderosos seguidores de León Febres Cordero y Jaime Nebot, había firmado un "contrato colectivo" para entregar recursos exclusivamente a los alcaldes de las ciudades controladas por el PSC. Y que a la fecha había entregado la bicoca, para ese tiempo, de 200 000 millones de sucres. Tamaña confesión hubiese pasado a la historia de los secretos del poder, de no mediar la condición ética irrenunciable del maestro del periodismo y subdirector del diario Expreso de Guayaquil, Jorge Vivanco Mendieta, asistente a esa reunión. En su editorial del día siguiente explicó que su responsabilidad profesional le impedía guardar u ocultar esa terrible confesión de Dahik, que hacerlo equivalía a complicidad y a traicionar la confianza de sus lectores.  Fue en junio, estalló el escándalo y todo parecía señalar que el país pasaría la factura política a los socialcristianos, pero la réplica socialcristiana fue letal: un diputado de esa bancada, Rafael Cuesta, acusó a Dahik de haber desfalcado los fondos reservados en gastos personales y otros actos reñidos con la ley, y para el 11 de octubre el Vicepresidente había renunciado ante el Congreso, pasado a la clandestinidad y se había asilado en Costa Rica, donde hizo su vida. El segundo hombre más poderoso del país había caído (el primero era, sin dudarlo, el propio León Febres Cordero). La prensa, nuevamente, fue determinante no solo para revelar el "contrato colectivo" socialcristiano, sino para investigar hasta la médula el detalle del uso de los fondos reservados, cuya información desnudaría nuevamente la estatura moral de la clase política ecuatoriana. Luego vendría el auge y caída de Abdalá Bucaram y el país de la generación del Cenepa terminaría por disolverse con el atraco bancario que se gestó en el Congreso de 1994 y se ejecutó entre 1998 y el año 2000. Un fin de milenio que costó más vidas que el Cenepa y fue como si mil ejércitos peruanos nos hubieran pasado por encima. Una guerra económica contra el pueblo ecuatoriano, que significaría su diáspora y su descomposición social, la cual tardaría mucho en recomponer. Tres millones de hombres y mujeres, de 10 millones de habitantes abandonaron el país, a sus hijos, su hogar, su trabajo, su patria, sus sueños... El Estado, la mayoría de la banca y el tendero de la esquina quebraron, quebramos. El sucre fue asesinado, los depositantes estafados y Jamil Mahuad, el presidente que ganó la batalla por la paz, perdió la guerra con la Historia.

Una opinión personal 

(Veinte años más tarde estamos donde estamos. Al recordar esos momentos del Cenepa con enorme gratitud y nostalgia, con más canas, experiencia y un saludable escepticismo frente a los nuevos salvadores de la patria, a veces me pregunto, en el fragor de esta polarización política, ¿dónde estuvieron todos los que ahora detentan el poder y creen que este país se fundó en el 2007? Los que ahora desde el poder se permiten despreciar a esas mismas Fuerzas Armadas del Cenepa ¿dónde estaban? Y no hago esta pregunta para defender a las FF.AA. de las cuales creo que por su esencia corporativista han cometido muchos y graves errores y omisiones, y que de esa generación de la vieja guardia, quedan pocos soldados de honor. No, la hago porque soy de aquellos que piensan que, quienes vivimos en esos tiempos intensos y determinantes para la existencia de nuestro país y de nuestra heredad, debemos tener, al menos, un imperecedero sentimiento de gratitud, el más noble sentir que un ciudadano ecuatoriano puede conservar en su corazón 20 años después. Gratitud con todos los que murieron en los combates, y con los que sobrevivieron sin dar un solo paso atrás, gratitud con sus familias y amigos; con los soldados que quedaron mutilados y lisiados, con los diplomáticos que cerraron la frontera y con los que entre todos hicieron lo que tenían que hacer y pusieron lo que había que poner para legarnos a nosotros y a las generaciones venideras un país -al fin- con la piel entera, sin heridas ni frustraciones.  Pregunto dónde estaban y entiendo que es una pregunta mezquina. No importa eso ahora; lo que de verdad importa es dónde estábamos todos en ese momento: gobernantes, soldados, periodistas, ciudadanos. Y la respuesta es que estábamos donde teníamos que estar: cumpliendo con nuestro deber. José Martí decía que un hombre verdadero no debe estar donde se vive mejor, sino donde está el deber. Al recordar esos pocos pero intensos días como si hubieran sido siglos, creo que seguimos estando del lado donde estuvimos y ahora debemos estar: en el lado de la dignidad.) JCCV

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