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8 de Junio del 2020
Historias
Lectura: 22 minutos
8 de Junio del 2020
Redacción Plan V
¿Qué siento en esta pandemia? Tres mujeres responden
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Ilustraciones: Luis Argüello

 

"Estamos llenos de teorías, de gente brillante especulando sobre lo desconocido, dando patadas de ahogado discutiendo sobre el color de los semáforos , no el de las calles, semáforo-vida, semáforo-confinamiento, teniendo que soportar la luz roja como animales amaestrados..."

¿Qué siento en esta pandemia?

Pregunta, afirmación, búsqueda de sentidos, de eso se trató este concurso, en el cual participaron invitados de diferentes partes del mundo, como respuesta a una iniciativa familiar y de amistad. El desafío era escribir sobre las reflexiones que cada una se hace dentro de sí misma en estos encierros. Las respuestas son los tres textos  que ganaron un concurso, una convocatoria desde el lenguaje, desde la palabra entre familia, amigos, amigas, conocidos... Estas son las respuestas:

 1 

Lo que llevamos dentro

Por Sandra Elizabeth Muñoz

Lo que llevamos dentro es un poco de cosmos, maíz, tigre, lluvia, agua, aire, tierra, fuego, esa  encrucijada entre la vida y la muerte. ¿Y qué es la muerte? Dice el diccionario que es la imposibilidad orgánica de sostener el proceso homeostático.  DISCREPO. La mortis es no poder mirar a una oleada de colibríes en mi árbol de romero, tomando  agua azucarada servida para ellos, mientras me brindan su  espectáculo de vuelo, aleteando en el aire en perfecto equilibrio, comunicándose en un único lenguaje que hace eco a miles de distancia, totalmente ajenos a Covid, quien anda por ahí haciendo de las suyas, como cualquier adolescente en busca de identidad, creyéndose rey, usando una corona -quizás si le brindamos suficiente atención para encaminarlo sin caer en su juego-, intenta  enloquecernos,  darnos la sensación de un momento apocalíptico, porque esa es su función. Quizás si le ofrecemos un poco de eucalipto, logremos una pacífica transición.

Decía… mortis es la incapacidad de ser una trapecista colgando de la luna, de extender las manos, de agrandar los ojos buscando una sonrisa, una nariz, una boca, un poco de aliento, porque todo aquello está más escondido que antes, ahora tenemos doble máscara, encontramos el perfecto pretexto para alejarnos, para encerrarnos, para construir nuevas prisiones, aumentar muros y fronteras, seleccionar de acuerdo a nuestro conveniente clan, evitar volar inclusive en un artefacto, porque nuestras alas no alcanzan, y justificarnos por ese celo a la propiedad privada, porque así de quebradiza y abismal es nuestra humanidad. Pero necesitamos culpar a Covid porque caso contrario nuestra desidia quedaría al descubierto, necesitamos justificar el pánico, porque caso contrario emanaríamos a kilómetros de distancia el miedo que nos provoca vivir, el ofrecernos completos con nuestras calmas y tempestades y en medio de ellas suplicar porque haya sobrevivido un corazón.

Decía… mortis el abandono de sueños; si mi  fortuna es vivir, respirar naturalmente, quizás ser inmune a las travesuras de Covid porque yo también soy traviesa, con mi cabello al viento, siguiendo leyes universales que son las únicas que respeto, quiero empaparme en el aguacero, sentarme en las veredas,  no quiero solo mantenerme a flote contra el viento y la marea, no quiero salir huyendo, quiero sentir hasta que se  cale en los huesos,  porque sino siempre, casi en punto a las 4 pm,  al caer la tarde, me llega la agonía y  es cuando te busco en mi pecho y te encuentro luminosa y aquellas lágrimas  se convierten en luna esperando a ese lobo que me prometió por siempre su aullido.

Quién lo diría, que en la urbe ruidosa solo se escucharía algunos silencios, pueblos muertos, calles despejadas, luces apagadas y yo que me siento trapecista, tiemplo una cuerda que atraviesa toda la ciudad, cediendo al viento mi destino...

Retomo… mortis creer en lo absoluto, bien lo decía Julio Cortázar “que lo absoluto viene a ser ese momento en que algo logra su máximo alcance, su máximo sentido y deja por completo de ser interesante”, será que Covid cansado de ser manipulado se escapó para conocer el mundo, un poco con curiosidad, con audacia, con torpeza, avasallador, inestable, contrayendo los poros, frenando la respiración, idéntico a l@s niñ@s después de despertarse, y nos dejó con maletas a medio hacer, las mejillas rojas, las uñas con todos los deseos posibles, incompletos, inconclusos, recordándonos que todo es relativo, incluso su propia existencia.

Estamos llenos de teorías, de gente brillante especulando sobre lo desconocido, dando patadas de ahogado discutiendo sobre el color de los semáforos , no el de las calles, semáforo-vida, semáforo-confinamiento, teniendo que soportar la luz roja como animales amaestrados, entre tanto hay una lucha más auténtica gritando  desaforadamente por trabajo, con un miserable salario, mientras aumentan las posibilidades de que los asesinos acierten, los ladrones saqueen, los entendidos nos torturen con sus análisis diarios sin ninguna propuesta, los masoquistas sigan el ritual del garrote, las culpas y las quejas.

Quién lo diría, que en la urbe ruidosa solo se escucharía algunos silencios, pueblos muertos, calles despejadas, luces apagadas y yo que me siento trapecista, tiemplo una cuerda que atraviesa toda la ciudad, cediendo al viento mi destino, y se me viene a la mente toda el agua caminada en mis últimos viajes, los constantes cansancios, los fríos de las noches, el calor de los amaneceres y es cuando más abrigo tu recuerdo, cuando tu carcajada retumba como un eco mientras sigo buscando una aldea por si acaso me caiga del trapecio.

Covid mantiene tenso al pueblo y yo que soy de esta tierra salvaje, desde siempre soñando con utopías, tomando agua del arroyuelo, no quiero dejar de frecuentar los viejos desvanes de los amantes, ni quiero abandonar la autenticidad en donde la vida marcha al ritmo del corazón, y si hay algo que reprocho a Covid es que todo este tiempo me ha mezquinado tu pecho.

Pensé que se acabó el tiempo difícil, pero el dolor en los rostros de la gente abrió grietas en mis manos, en mi boca, en mi pecho y los primeros rayos de sol me sorprendieron moribunda, penetraban por mi ventana trayendo la esperanza del florecimiento de algo nuevo,  algo distinto, arrebatando el día de la creación, porque se puede matar todo, menos las ganas de renacer con la sonrisa triunfante al encuentro de una nueva forma de vivir.

Esa ira acumulada por Covid no tiene razón de ser, al igual que nosotr@s apenas se está conociendo a sí mismo, viajando por el inusitado fluído de sangre de nuestras venas, nuestro cuerpo, nuestro corazón.

Soy más Elizabeth que Sandra. Tengo 54 años, estudié comunicación social y teatro, estoy convencida de que es posible lograr un mundo más justo para tod@s, en convivencia con la naturaleza y los animales, actualmente trabajo con artesanías, y creo que la  búsqueda más intensa es la que nos conduce a nuestro interior.

 2 

Lo que la muerte de Rodrigo me enseñó

Por Lucía Coral

El otro día tuve un sueño…

Vi morir a Rodrigo y vi la muerte en los ojos de Rodrigo. Él era estóico con su más de metro ochenta, su mirada dura y su cara que no dejaba ver ningún rasgo que denote emoción, su aura era casi impenetrable, a pesar de ser un hombre común y corriente, su piel parecía la de un elefante. Había algo incómodo de estar en su presencia. Yo me preguntaba en el sueño ¿qué le pasa a este hombre? Y pensaba ¡hay algo raro en él!

No sé en qué lugar estaba, caminaba impaciente de un lado a otro, tenía que esperar por algo y yo solo lo observaba desde lejos sin decidir si acercarme. Era evidente que esperar y estar en pausa lo incomodaba. Me daba la impresión de que ya estaba en espera desde hace mucho tiempo.

En un instante se detuvo, abrió los ojos exageradamente, y su rostro se desencajó, su quijada se retorció hacia un lado y cayó; en un momento su expresión quedó vacía, parecía que el alma de Rodrigo había salido de allí, pero un segundo antes de caer en su mirada había terror.

Fue impactante y angustiante presenciar su caída, él era tan grande y confiado de sí como si no supiera que lo que esperaba con tanta impaciencia y ansiedad era la Muerte. Me estremecí de ver a ese gran hombre fuerte y duro desde su mirada hasta el último músculo, convertirse en un instante en un niño aterrorizado, y luego tendido en el suelo, en un cuerpo débil con el aspecto de un anciano. Vi el cambio en su aspecto, parecía haber envejecido súbitamente como para lograr encontrar el momento en que esperaba morir. De pronto me sentí conmovida hasta las lágrimas y me invadió una profunda tristeza y sentí el despertar de la piedad en mí. Aún tengo registrada la imagen cuando hasta el último de sus latidos él estaba ahí presente, y en un instante todo en él se detuvo y su existencia cesó. Aun estaba soñando y recordando su mirada cuando aún estaba ahí, sentí que ojalá hubiera estado a su lado sosteniendo su mano, diciéndole que no está solo, que no hace falta sentir terror, que sin importar ser dos desconocidos podía entender que era un experiencia dolorosa y aterrorizante, que si en algo podría aliviar saberse sostenido sepa que allí estoy, que si moría no estaría solo…

Ahora, cada vez que recuerdo el sueño, recuerdo la imagen de sus ojos cuando la muerte llegó, sus pupilas totalmente dilatadas como un túnel; un gran agujero como captando la inmensidad, dejándose apoderar de lo inconmensurable, la expresión congelada de terror en su rostro como conteniendo la energía de un grito. Entendí que alguien como él no se imaginaba que podría morir, y en ese instante él no quería morir, aunque no pudiera hacer nada al respecto. El gran Rodrigo un segundo antes de desaparecer era como un niño entristecido y asustado que no quería morir.

Luego de ese sueño comencé a pensar en el terror que percibí en Rodrigo, me di cuenta de que los temidos monstruos Covid y Cuarentena me dan miedo y me enseñaron a pausar, esperar y a reconocer mis emociones. El miedo hace que me sienta mareada, paralizada y sin apetito, al principio no sabía qué era lo que me pasaba, luego recordé que es miedo. Había olvidado el miedo, tal vez porque sintiendo miedo me conecté con una sensación de soledad profunda y creo que es la primera vez que vuelvo a entrar en contacto con esa intensidad. Poco a poco fui recordando sentir el miedo y descubrí que siento vergüenza de sentirlo, como sentir vergüenza de ser como un niño atemorizado. Así que aprendí a pausar, esperar y respirar esas emociones profundas que me marean al sentirme como un niño que no sabe qué hacer cuando se siente perdido. Entendí que tratar con compasión el miedo de un niño es una muestra de amor, así que aprendí a tratar con amor a mi miedo y el de los otros.

Pensando en todo esto recordé que Elizabeth Kübler Ross decía que solo existen dos miedos reales, el miedo a caerse y el miedo al ruido; de eso entiendo que el miedo tiene un estímulo y cuando es físico o mecánico es un miedo real como un ruido súbito o pisar mal una grada, y todo lo demás es producto de la mente. Así los monstruos Covid y Cuarentena me enseñaron a bucear en el contenido de mi mente con la esperanza de entender mejor al miedo.

Luego de ese sueño comencé a pensar en el terror que percibí en Rodrigo, me di cuenta de que los temidos monstruos Covid y Cuarentena me dan miedo y me enseñaron a pausar, esperar y a reconocer mis emociones.

Algunos miedos son a enfrentar la posibilidad de las pérdidas, en ellas aparece la muerte como algo concreto, puede ser la muerte de seres queridos, también la muerte de las propias identidades y egos, la muerte de vínculos, o la misma muerte como el fin de la vida por la enfermedad.

Ese gran símbolo es un contenido mental de dimensiones insospechadas, y en este tiempo de pandemia aparece casi como el único monstruo real del Covid-19.  Hoy ese miedo nos atraviesa a todos y cada vez es más evidente, tal es así que nos estamos olvidando como abrazar.

Ahora cuando escucho hablar de miedo me dispongo a esperar, porque cuando alguien te habla de su miedo, en algún momento va a darse cuenta de su verdad última; y en algún momento en contacto con sus miedos va a ver con claridad la muerte como una posibilidad.

Me llamo Lucía Coral, tengo 40 años, encontré el camino del desarrollo personal, coaching y terapia transpersonal, lo que me incentivó a estudiar psicología. Actualmente trabajo con médicos naturópatas y asesoro a pacientes en salud biológica, consciencia corporal, danza primal, meditación, soy acompañante en duelo al final de la vida.

 3 

La bestia para sobrevivir no debe salir

Por Gabriela Álvarez Fuentes

Todo esto comenzó hace algunos días. No sé cuantos son. Pero… ¿Qué siento en esta pandemia? La verdad no sé. Al principio estaba aterrorizado, con un miedo que llegó a quitarme el sueño. Luego siguió esa sensación de querer salir corriendo a todos lados, pero no había la posibilidad de salir, sin auto, sin buses, sin calles libres; querer salir era algo imposible. Pero ese sentimiento de encarcelamiento voluntario me asfixiaba. Pasaron varios días y todo eso se perdió. Ya no contaba los segundos y no sabía la fecha,  había perdido la noción del tiempo, era el jueves o el domingo que debía o mejor dicho que podía salir. Ya no me acuerdo.

Sigue pasando el tiempo, desayunos largos, tardes interminables, noches claras y madrugadas que solo se terminan en lo mismo… un nuevo día. Un nuevo día que no me lleva a ningún lado, todo ha venido repitiéndose bajo el mismo sonido del reloj: tic tac tic tac.

Hay momentos en los que veo el cielo, las nubes, el sol, las aves vuelan como si no pasara nada. El sol sale cuando debe salir y se esconde cuando es hora, y no pasa nada. Mas, ese no pasa nada me afecta, me ha dolido a veces, me ha reconfortado y me ha ayudado a que pase el tiempo.

Bien lo decía Aristóteles, que el ser humano es un ser social por naturaleza y que para saber si era humano necesitaba de esa interrelación con el otro, caso contrario sería una bestia o un dios, y pues ahora en esta pandemia estoy creyendo que me estoy acercando al concepto de bestia, no he seguido el orden regular de la naturaleza, del ser humano.

Sin orden, sin tiempos, sin reuniones, sin horarios, haciendo lo que el hambre, el sueño y el cuerpo te pide. Es mas fácil hablar de lo opuesto a una deidad, que tratar de salir de esta pandemia con libros leídos, con habilidades extras, con conocimientos adquiridos o con un proyecto para el futuro.

Siendo esa bestia, como cuando quiero y lo que quiero, duermo y me despierto ya con el sol viejo, y paso los días con la ropa de vagabundo. No me he cortado los cabellos ni la barba, parezco el verdadero dueño de la ropa de vagabundo. No he ido al bar con los amigos y no alcancé a ir al restaurant que tanto promocionaba el feis, no alcancé a ir al cine a mirar aquella película que prometía tanto, pero en esta pandemia he visto tantas películas, tantas series que por algún tiempo dejaré de estar al frente de la caja boba.

Aprendí a cocinar lo que nunca antes había hecho, en algo se debe matar el tiempo, que ahora me sobra más que nunca, estas 24 horas del día hay ocasiones que son interminables: que me levanto, que desayuno, que veo el whats, reviso el feis, sigo el hilo en el tuiter y ya es hora de comer otra vez, y en la tarde otra vez la misma rutina de todos los días y así llega la noche, todas las noches.

Diera lo que no tengo por salir y abrazar y compartir lugares y momentos con los otros, pero sin miedo, sin esa tensión que hay en el ambiente, sin el desinfectante que entra primero que nosotros a todas partes...

No me he olvidado de los otros pero esto de no salir, de no recibir, de no ir, hace que esos lazos que antes eran tan naturales hoy se sientan mas fríos, solo he dado un abrazo y fue con miedo, antes de acercame le pregunté dos veces si podía hacerlo, no puedo expresar qué sentí, ya que quería quedarme ahí pero a la vez quería salir corriendo, desinfectarme, ponerme alcohol, justo ahí me ganó la fuerza de la costumbre.

Tampoco se han olvidado de mi, he recibido correos, mensajes, invitaciones de zoom, he estado en reuniones, ha habido video conferencias pero ninguna de ellas se compara en lo más mínimo a un apretón de manos, a un abrazo o un beso, no hay forma de comparar un contacto cibernético con tener la presencia de esa persona en tu delante, a pocos centímetros para sentir su calor, saber a qué huelen y oir cómo suena su voz sin tener en medio una pantalla. Diera lo que no tengo por salir y abrazar y compartir lugares y momentos con los otros, pero sin miedo, sin esa tensión que hay en el ambiente, sin el desinfectante que entra primero que nosotros a todas partes; sin la mascarilla N-95 que tanto se promociona pero que agranda distancias.

Mucho se dice pero poco se puede hacer desde el encierro en estas cuatro paredes. A pesar de que hay agua, luz, internet, familia y comida, falta el resto. Faltan los otros que hacen que tu vida tenga ese extra, tenga eso de diferente, falta la otra familia, esa que se hace no por los lazos de sangre sino por la convivencia diaria.

Todos estamos pidiendo que se acabe, que se cambie de un color a otro esta situación, que se regrese a la normalidad, pero lo anterior es lo que nos tiene en este punto innamovible. Todo se mueve pero yo no me he movido. No he salido. No he visto. No porque quiero no hacerlo, sino porque debo hacerlo, porque la bestia para sobrevivir no debe salir.

Mi nombre es Gabriela Álvarez Fuentes, tengo 35 años,  abogada de profesión. Mi pseudónimo es SANTOS, en honor a mi bisabuelo que supo vivir de la mejor manera, haciendo lo que más le gustaba. Él falleció a los 114 años. Larga vida, buena muerte.

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