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4 de Diciembre del 2018
Historias
Lectura: 29 minutos
4 de Diciembre del 2018
Redacción Plan V
"Tengo que hacer esto posible": un migrante venezolano frente a lo imposible

Fotos: María Emilia Castellet

Historias de migrantes venezolanos alrededor del mundo, publicadas en el blog cuentatuhistoria.org

 

Haciendo lo que haya que hacer he logrado proteger a mi familia, que fue la motivación principal para decidir emigrar. Mi hijo es lo más maravilloso que tengo en la vida y por él hago todos los sacrificios necesarios, es mi inspiración para seguir adelante. El deterioro del país es cada vez más acusado y siento que habernos ido sí fue una decisión atinada aun cuando haya sido dura.

Publicado en: Cuenta tu historia: autobiografías de la diáspora venezolana

Soy un sujeto medio raro conforme a algunos estándares sociales. Por poner un ejemplo, yo nunca tuve tarjeta de crédito hasta el año 2013. Para los asuntos migratorios en Venezuela, tener tarjeta de crédito es un factor importante porque a través de ella se podía viajar.

Lo anterior lo comento porque está vinculado a mi estilo idealista y algo paranoide, en el sentido de que me siento incómodo con algunas cosas del sistema, tanto sistema-país que en su momento que me tocó vivir, como sistema-mundo como contexto en el que nos desarrollamos. Y dentro de eso está el tema del área financiera, que siempre fue menos enfocada al ahorro y más al compartir y vincularme.

Siempre he sido muy familiar y muy conectado con mis raíces, orientado a la ayuda, ayudar a amigos, en comunidad, a la familia, a mi pareja… Es como mi forma de aproximarme a la gente, de estar ahí con una palabra, de estar ahí con un acto de servicio, de estar ahí ofreciendo lo que esté a mi alcance.

Dentro de ese contexto personal, la perspectiva de irme del país siempre estuvo negada para mí. Yo era de los que decía que jamás me iría de Venezuela, que haría todo lo que estuviera en mi poder para ayudar a cambiar o modelar las cosas. Es más, incluso hice cierta incursión en el tema político de forma independiente y cero partidista. Fue tanto así que el mismo asunto de no tener la apertura para irme generó, a nivel de pareja y con algunas personas en el pasado, quiebres por la diferencia de visiones.

Siguiendo con mis rarezas, he sido precoz en algunas cosas. Para los efectos de esta historia, parte del contexto es el puesto que alcanzo en el 2012, año en el que termino siendo gerente de una empresa de unas treinta personas. Aclaro: soy psicólogo de formación y quizás eso me dio las herramientas para desarrollar habilidad en algunos temas de gestión humana. Esa gerencia obviamente era un puesto de mucha responsabilidad y logré unos resultados bastante importantes. Por la misma responsabilidad que exigía, cuando me dieron la gerencia tuve que dejar varias actividades, entre las que estaba la docencia universitaria. Sólo conservé la consultoría particular que realizaba. Tenía 24 años y me iba muy bien.

En febrero de 2014 comienzan las guarimbas y yo detecto, por la forma en la que ocurre, que no era el momento, no estaban dadas las condiciones y consideraba que era muy difícil que se lograra algún cambio.

Para finales de ese año regresé con la que es ahora mi esposa. Nos conocimos en 2011, tuvimos un pequeño lapso de separación, pero ya para mediados de 2013 volvimos a estar juntos. Mientras estuvimos separados hubo varios cambios en mí a nivel personal como en mi visión de cara al país.

En 2013 coincidí con uno de mis mejores amigos y ese encuentro fue algo que me iluminó. Recién me habían dado la tarjeta de crédito, recuerdo. Nos encontramos en una feria del libro que hacían en el Metrópolis, organizada por la Universidad de Carabobo. No habíamos planificado vernos, pero nos encontramos y almorzamos juntos. Cuando le conté que me estaba estrenando con la tarjeta, él me dio toda la inducción de cómo empezar a organizar mis recursos llevados a dólares, por todo el tema inflacionario. Era como una forma de protección económica.

A partir de allí nos reunimos en otras ocasiones para que él me explicara mejor e incluso hicimos algunas proyecciones financieras del país, muy burdas porque ninguno de los dos era experto. Desde entonces empecé a planificar viajes para transformar mis bolívares en dólares. Es importante subrayar que, aunque esto se podía en el momento, es una mierda porque había restricción y control de cambio. En un país normal eso no sería necesario. Pero dadas las circunstancias, para los pocos que teníamos esa posibilidad representaba incluso una oportunidad de negocios.

Viéndolo entonces de esa forma, como una oportunidad de negocios, me puse manos a la obra. Ya mi novia y yo vivíamos juntos y yo empezaba a tener un poco más clara esa visión de familia. En este proceso, la situación del país empezó a deteriorarse significativamente: todo el tema de las elecciones, la muerte de Chávez, el país volviéndose medio loco y la oposición con todos estos tiros en el pie que siempre se ha dado. Entonces abrí la mente a la posibilidad de irme.

Mi novia tenía planificado un viaje para Estados Unidos, pero decidió no hacerlo bajo el compromiso de mi parte de abrir la mente de cara a la posibilidad de salir del país, así fuese un rato. Así que empezamos a negociar el tema de los viajes. Fuimos a México en diciembre de 2013 y a Europa en enero del 2014, y esto para hacer la inversión típica de cambiar bolívares a dólares. También yo empecé por mi cuenta a invertir para ir capitalizando con los recursos una protección a todo el tema de inflación permanente y devaluaciones periódicas que ocurrieron en el país. Y ya con la mente un poco más abierta, estas salidas fueron más bien exploratorias frente a la posibilidad de emigrar.

En febrero de 2014 comienzan las guarimbas y yo detecto, por la forma en la que ocurre, que no era el momento, no estaban dadas las condiciones y consideraba que era muy difícil que se lograra algún cambio. Incluso siendo opositor y conversando estas experiencias, la gente más bien se molestaba conmigo. Supuestamente el gobierno iba a caer con las guarimbas, ¡estaba a punto!

La gota que derramó el vaso para mí fue en el momento en el que empecé a hacer inversiones (pequeñas, pero al fin y al cabo inversiones) con dólares, y darme cuenta de todo el esfuerzo que yo realizaba para ganar bolívares y que no significaba nada, que no podía hacer nada con lo que ganaba, que la perspectiva de formar una familia, tener una vivienda o las cosas básicas para proteger mi hogar era complicada.

El 19 de febrero necesité verme con un gastroenterólogo, así que fui a consulta en la clínica Guerra Méndez. Recuerdo la fecha porque ese día coincidió con los disturbios en la avenida Cedeño. Después del chequeo general, el doctor me dice que había que hacerme una endoscopia y una colonoscopia, y cuando le pregunto por el precio de esos exámenes, resultaba el equivalente a mi salario completo de un mes. 

Mientras estábamos en la clínica, llevaron a la chica a la que le metieron un tiro en la cabeza en la Cedeño, Génesis Carmona. La hospitalizaron y falleció esa misma tarde. Nosotros estábamos dentro y salir de allí fue complicadísimo porque cerraron la clínica, estábamos semi cercados por las guarimbas y la gente armando peo. Luego, en esas condiciones físicas de la ciudad y emocionales nuestras, tuvimos que recorrer media Valencia para conseguir los medicamentos. Fuimos como a ocho farmacias y no las conseguimos. Nosotros vivíamos en Paraparal y de la Guerra Méndez a la casa fue toda una odisea. Y de paso buscando las farmacias, fue toda una locura. En el sitio donde conseguí los medicamentos no había sino dosis inferiores a las que me recetó el médico. E incluso así, en dosis más pequeñas, eran unos costos impresionantes, como la mitad de mi salario.

Entonces, la mitad de mi mensualidad se me acababa de ir en medicinas de menor dosis de las recetadas y de paso, los exámenes que me tenía que hacer me iban a costar un mes de mi salario, aún siendo un salario de gerente. Abismado ante toda esta situación, cuando salgo de la última farmacia me monto en el carro, veo a mi pareja a los ojos y le digo: ¿Sabes qué? Nos vamos.

La decisión la tomé poniendo como prioridad el tema familiar a cualquier tipo de aspiración personal, política o laboral, porque lo que pensé en ese momento fue que necesitaba medios para brindar la protección mínima que yo aspiraba dar a mi familia y en Venezuela no lo iba a conseguir, ya me quedaba claro. Preferí que nos fuéramos a otro lugar donde pudiera ganar al menos lo mínimo, y ya después vería qué hacía.

La mitad de mi mensualidad se me acababa de ir en medicinas de menor dosis de las recetadas y de paso, los exámenes que me tenía que hacer me iban a costar un mes de mi salario, aún siendo un salario de gerente.

En conversaciones entre nosotros surgió la opción de Ecuador, que si bien no fue uno de los países que visitamos, nos pareció atractivo por la moneda y porque el visado para los venezolanos en aquel momento era muy sencillo: siendo profesionales, lo que teníamos que hacer era entregar nuestros títulos apostillados y pagar un monto, y en un lapso de un mes nos daban la visa de residencia permanente. Nos pareció extraordinario porque eso significaba que íbamos a hacer una sola inversión, recibiendo por ello una visa de residencia completa con posibilidad de laborar en nuestras áreas ya que el trámite implicaba además el registro de nuestros títulos.

Que el país estuviera dolarizado nos pareció importante, pero ya la vida se encargaría de mostrarnos que el asunto no es la moneda fuerte sino que haya dinamismo en la economía. Eso no lo veíamos en ese momento. Hicimos nuestros cálculos, pensamos en los pro y en los contra, y decidimos venirnos a Ecuador. Empezamos a hacer todo el proceso para conseguir los papeles; básicamente buscamos gestores que nos movieran la cuestión, porque no nos íbamos a poner nosotros en esas diligencias. Nos casamos formalmente, y ya en agosto de 2014 estábamos en Quito.

Inmediatamente hicimos todo el tema del visado, que no representó dificultad alguna y demoró lo esperado. Alquilamos un sitio, pero era muy costoso para los estándares quiteños. Ése fue nuestro primer tropiezo, no haber elegido el lugar adecuado para vivir ajustado dentro del sistema económico de la ciudad en la que nos íbamos a mover. Esto nos llevó a que a los cinco meses tuviéramos nuestra primera mudanza, que fue a casa de un familiar mío.

Como teníamos cierta platica, no mucha, decidimos invertir. Llegamos con la idea de no buscar empleo sino de invertir en un negocio, así que montamos un restaurante, lo que supuso una inversión bastante fuerte. Pusimos todo nuestro dinero en el restaurante y eso fue un error. Apostamos sin titubeo por esa inversión, tanto que incluso rechacé una oferta laboral porque quería darle todo el esfuerzo al negocio.

Eso no se debe hacer a menos de que tengas demasiados recursos para invertir. Pero si no es así, si lo que tienes es ajustado, si inviertes y te quedas sin nada en tu cuenta esperando a que la inversión rinda sus frutos, hay que tener un empleo en paralelo. Cuando estamos fuera, lo financiero termina siendo clave y crítico en todo sentido.

El restaurante lo montamos en asociación con este familiar. Empezamos con buen pie en la medida en que el negocio daba lo mínimo; es decir, producía lo suficiente para sostenerse, pero no había ganancia. Nosotros esperábamos vivir de las ganancias así que obviamente se nos fue estrechando el cerco. Al poco tiempo empezamos a tener problemas internos, de visión, de compatibilidad, y por distintos motivos la cosa no fluyó y perdimos la mayoría de la inversión. Como si no fuera suficiente, poco antes de definir nuestra separación como sociedad, nos robaron a mano armada en el local y perdimos gran parte de las cosas. Para nosotros eso significó una catástrofe porque perdimos casi la totalidad de lo invertido.

Como consecuencia, yo tuve una especie de shock por algunos meses. En ese estado estuve mientras buscaba trabajo con apremio porque teníamos mucha necesidad. Pero no conseguía. Mi esposa sí consiguió, pero a partir del primer mes empezó a sufrir acoso laboral. Como yo no tenía trabajo y no teníamos los recursos que tenemos ahora en cuanto a personas que hubiesen podido apoyarnos, decidimos que era necesario que ella aguantara un poco más hasta que yo lograra conseguir alguna forma de ingreso.

Por muy difícil que sea un proceso, siempre aparecen personas que te van ayudando en el camino. A una de estas personas lo conocí en el restaurante y entablamos una buena amistad.

Por muy difícil que sea un proceso, siempre aparecen personas que te van ayudando en el camino. A una de estas personas lo conocí en el restaurante y entablamos una buena amistad. Él es director de un centro cristiano que ayuda a jóvenes de la calle o escasos recursos a obtener educación, atención y un ambiente familiar. Él y su esposa nos apoyaron en todo momento, trabajé con él de diversas maneras. Hasta mercado me ayudó a hacer en una ocasión.

A través de él me salió una oportunidad con una aseguradora. Fue lo único que me salió en el transcurso de muchos meses. Quizás fuera porque mi perfil era complicado: muy joven y con mucha experiencia en muchas áreas. Por mis decisiones anteriores de no hacer estudios de cuarto nivel porque no los necesitaba en Valencia y porque estaba ocupado en trabajar en varias cosas a la vez, no tenía una maestría y esto era importante, porque en Ecuador se valoran mucho los estudios de cuarto y quinto nivel para optar a ciertos cargos. Esta carencia me dejaba en un limbo. Muy preparado para algunas cosas pero poco para otras. Muy joven, en general. La que sería luego mi jefa en la aseguradora me lo confesó alguna vez, que en un principio dudó ponerme en el cargo que tenía a disposición.

Cuando me salió esta oportunidad con la aseguradora mi esposa estaba embarazada y el acoso laboral en su trabajo había aumentado por su estado, así que yo estaba dispuesto a aceptar cualquier ofrecimiento porque era imperativo protegerla a ella.

Me hicieron las entrevistas, pasé las pruebas, hice todo el proceso y al final me ofrecieron un puesto como vendedor. En esa época yo estaba teniendo un problema de alimentación pero no me había dado cuenta. Había dejado de comer todos los días, y era esencialmente porque tenía una náusea permanente que no me permitía comer. Comía y vomitaba. No lograba mantener nada en el estómago, solamente agua. Rebajé como catorce kilos en ese tiempo. No le había prestado atención, pero cuando finalmente consigo el empleo y estoy en proceso de capacitación, en una de las conversaciones con un cliente me explota formalmente mi primer ataque de pánico.

En cuanto conseguí el empleo, mi esposa renunció al suyo. Primero intentamos agotar todos los recursos. Fuimos a varios organismos buscando protección pero no conseguimos nada; además, no nos sabían dar directrices así que nos encontramos de manos atadas. El acoso empeoraba con el tiempo de modo que pusimos como prioridad la barriga sobre el trabajo. Al dejar su empleo perdió automáticamente el seguro y como yo estaba empezando en el trabajo con el embarazo en curso, el seguro que me dieron no lo cubría.

En cuanto reconocí que estaba teniendo ataques de pánico lo conversé con mi esposa. También con mi mamá, que hizo un viaje relámpago para apoyarnos. Consideré necesario comentárselo a mi jefa.

A pesar de que el sistema de salud en Ecuador es adecuado y pertinente, nosotros preferíamos que el parto fuera en una clínica privada porque era lo que nos generaba confianza. Eso implicaba el reto añadido de conseguir el dinero. Esa operación la teníamos que costear nosotros aunque llegado su momento recibimos ayuda de familiares.

Teniendo todo ese peso encima empecé con los ataque de pánico y no sabía cómo manejarlo. Desde el primero y en los sucesivos, lo que yo pensaba hablándome a mí mismo era más o menos lo siguiente: «Lo perdiste todo. Eres un güevón que no logra proteger a su familia. No tienes plata; ¡estás jodido! ¿Quién y cómo te va a apoyar para sostenerte aquí?, si tú no tienes una familia rica. Lo que te va a tocar es devolverte a Venezuela con las tablas en la cabeza. ¿Y a hacer qué coño allá?». Esos eran más o menos los pensamientos centrales que motivaban los ataques.

En cuanto reconocí que estaba teniendo ataques de pánico lo conversé con mi esposa. También con mi mamá, que hizo un viaje relámpago para apoyarnos. Consideré necesario comentárselo a mi jefa, que se convirtió en ese momento en otra de las personas clave que me mandó la vida. Me brindó todo su apoyo, asegurando que tenía plena confianza en que yo lo lograría superar, a la par que me mandó a un programa de atención gratuito que tenía la empresa. Era una especie de terapia breve, seis sesiones solamente, pero desde la entrevista telefónica que tuve con ellos vi un poco de luz. Como yo mismo soy psicólogo, agarré las técnicas de relajación muscular progresiva y las hacía con mi esposa en la mañana y en la noche. También incluí ejercicios de respiración durante el día… Hice todo lo que estuvo a mi alcance para contrarrestar esto, pero básicamente estaba teniendo de dos a tres ataques de pánico al día.

La rutina era más o menos así: llamaba a un cliente y en cuanto terminaba me iba al baño con el ataque de pánico a punto de estallar. Ahí me concentraba unos minutos en la respiración, lograba calmarme un poco y entonces regresaba para llamar al siguiente cliente, tras lo cual podía tener un nuevo ataque de pánico. Y así, de forma cíclica. Eso sí, tengo cierta capacidad para mantener la cordura delante de la gente, y me puedo estar volviendo loco por dentro pero afuera no se nota tanto. Siempre procuraba que mis compañeros de trabajo no se dieran cuenta. Cuando me daban los ataques de pánico en casa -para ese momento vivíamos mi esposa y yo con dos amigos- era otra cosa, porque todos nos conocíamos bien y recibí mucho apoyo de ellos. Por cierto que aún una de ellos sigue viviendo en casa y se ha convertido en parte de nuestra familia. Nuestra consigna es de arrimar el hombro juntos. Siempre.

Esta manifestación de vulnerabilidad fue un choque para todo el mundo porque yo siempre he sido el líder de mis contextos, el que lleva la batuta, el que organiza, el que ayuda, el que apoya y el que tiene la fortaleza para desarrollar los proyectos. El orden de las cosas usualmente era que otros tenían dificultades y yo les ayudaba. Raramente al revés. Entonces, si bien quienes estaban a mi alrededor hicieron su mayor esfuerzo para apoyarme, estaban como en un limbo. Y para mí era muy difícil lidiar con eso.

Sin embargo, a pesar de mi locura siempre cumplí, siempre logré mis objetivos en el trabajo. A casi tres años de mi primer ataque de pánico puedo decir que he logrado disminuirlos sustancialmente pero la ansiedad no se ha ido. Los ataques fueron disminuyendo porque fui aprendiendo a controlarlos; además, iba cumpliendo los objetivos que se esperaban de mi en la empresa. Fui aprendiendo cada vez más y mejor cómo hacerlo, hasta que en un lapso de seis meses me convertí en uno de los mejores vendedores de todo el equipo. Introduciendo nuevos estilos para vender, haciendo nuevas propuestas y compartiendo las novedades y los avances con mis compañeros, de quienes aprendí también pues tuve entre ellos dos mentores importantes.

En casa la situación se nos había complicado un poco. Mi esposa tuvo un embarazo extraordinario pero fue una burbuja de amor, y en cuanto dio a luz le reventó una depresión postparto. Papá con ataques de pánico, mamá con depresión postparto y el niño ahí, en medio de nosotros. Ella superó relativamente pronto esa depresión, afortunadamente. Cuando el niño tenía dos meses, se fueron juntos a Venezuela por un par de meses y eso la ayudó mucho. Al poco tiempo de haber regresado, ya en 2017, consiguió un buen empleo y eso la terminó de recuperar.

Mi esposa tuvo un embarazo extraordinario pero fue una burbuja de amor, y en cuanto dio a luz le reventó una depresión postparto. Papá con ataques de pánico, mamá con depresión postparto y el niño ahí, en medio de nosotros.

En el trabajo seguíamos bien. Mi jefa estaba súper contenta y yo, muy agradecido. Íbamos extraordinariamente bien pero llegó el día en que cambiaron a uno de los gerentes. El tipo que lo sustituyó llegó con una visión súper loca. Al cabo de un par de meses, este nuevo gerente decidió prescindir de la que era mi jefa y de dos de mis compañeros, lo que generó todo un problema en el equipo. Yo había avanzado en unas ideas para conseguir promociones y en ese proceso me ofrecieron algunos cambios tomando en cuenta mi rendimiento, pero al final no se cumplieron y la parte laboral comenzó a deteriorarse. Comprendiendo que había llegado a un punto ciego, empecé a buscar empleo nuevamente. Habré metido por lo menos unas mil aplicaciones pero la economía del Ecuador estaba en recesión, lo que significa mayores dificultades para conseguir empleo. Entonces, no conseguía nada.

La situación en la empresa con el nuevo gerente se volvió insostenible, así que renuncié sin haber conseguido otro trabajo. Verme desempleado nuevamente me maltrató emocionalmente, pero vinieron a mi ayuda unas personas que fueron capitales, mi prima y su esposo. Fueron capitales en todo sentido, porque además de apoyarme moralmente me ofrecieron trabajar con ellos en varias cosas, entre las que se incluía obrero de almacén en su empresa. Ese trabajo fue lo que me permitió sobrevivir en los momentos más duros, sobre todo a nivel financiero.

Lo bueno de siempre estar atento con las personas, de buscar cómo ayudar al otro, de estar pendiente, de mantener contacto, de desarrollar ese vínculo honesto, es que cuando he tenido momentos difíciles como estos siempre ha aparecido alguien a brindar apoyo, a iluminar, a estar ahí. Mientras estuve en ese proceso de búsqueda de alguna alternativa a la empresa, reapareció un pana que conozco de toda mi vida porque fuimos vecinos durante veinticinco años. Casualmente en Quito volvimos a ser vecinos, y como él tiene un proyecto para formar y apoyar a chamos que van mal en el colegio, me ofreció dar clase.

A la par, empecé a colaborar en un centro de emprendimiento. También en conversaciones con una amiga supe de la posibilidad de hacer terapia por internet. Eso me iluminó mucho y poco a poco se ha convertido en una de mis fuentes primarias de ingreso. Además, ésa es la época en la que me pongo en contacto con una asociación de venezolanos y con ellos participé en un taller en el que conocí a gente muy valiosa y preparada con la que ahora estoy haciendo proyectos.

Haciendo lo que haya que hacer he logrado proteger a mi familia, que fue la motivación principal para decidir emigrar. Mi hijo es lo más maravilloso que tengo en la vida y por él hago todos los sacrificios necesarios, es mi inspiración para seguir adelante. El deterioro del país es cada vez más acusado y siento que habernos ido sí fue una decisión atinada aun cuando haya sido dura. En el transcurso de este tiempo como extranjero he hecho arepas por encargo, he asesorado tesis, he vendido seguros, he sido obrero de almacén, he hecho terapia, he sido consultor, he vendido otras cosas que no tienen que ver con seguro. Ser migrante ha sido un reto inmenso en el cual he explorado mis límites casi por completo. Ha significado un desafío mucho mayor de lo que pude haber imaginado pero ése es el sacrificio, y desde la determinación que supone proteger a mi familia no me importa si tengo ataques de pánico, no me importa si ando medio loco, no me importa nada; de alguna forma tengo que hacer esto posible.

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