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4 de Febrero del 2021
Historias
Lectura: 10 minutos
4 de Febrero del 2021
Redacción Plan V
Ángelo Suntaxi: “Soy independiente, y si no trabajo no como”
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Fotos: Luis Argüello. PlanV

 

El maestro pintor y contratista que mantuvo intactas las antenas de comunicación de las Fuerzas Armadas cree que el valor más grande de un país es la estabilidad y que alcance la plata.


 

Ángelo Suntaxi
San Rafael, Valle de Los Chillos, 1958


Experto en trabajos de pintura, este maestro constructor y contratista ha visto pasar la democracia por un lado. Vivió lejos de los avatares políticos del país porque mantenía las antenas de comunicaciones de las Fuerzas Armadas, en los rincones más alejados del país. Así conoció todo el Ecuador, de punta a punta, un privilegio que le dio su oficio de pintor. Subió antenas de 120 metros de altura, para permitir que las comunicaciones militares no se interrumpieran.
Padre de tres hijos, mantiene su familia a punta de contratos de pintura, o de cualquier otra tarea de construcción y mantenimiento que le permita llevar el pan a la mesa. De los albores de la democracia recuerda que antes con trabajar alcanzaba para vivir.

Es un maestro pintor, pero también es mecánico, electricista, plomero, maestro de obra, ventanero… Muchos oficios y una sola actividad: contratista, o como él se define orgullosamente: independiente. Lo soy, dice, porque de eso dependen sus ingresos, de tener contratos, grandes o pequeños, para proveer su casa donde habitan su esposa y sus tres hijos.  Terminaba la escuela cuando Jaime Roldós llegó al poder. Y se acuerda de él porque, cuenta, visitaba las escuelas.  Pero nada más.  Dedicado a los estudios, terminó tercer curso y  continuó su bachillerato e la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Central del Ecuador.  Ahí aprendió a ser pintor, a manejar las texturas, los colores. Pintura industrial, de construcción, pero al mismo tiempo aprendía mecánica automotriz con sus primos y otros oficios según se iba dando la necesidad. Se casó a los 22 años y dejó cualquier aspiración de estudiar para encontrar un trabajo fijo.  Lo consiguió gracias a su suegro, con el cual empezaron a realizar el mantenimiento en la infraestructura metálica de las Fuerzas Armadas. Su primer trabajo fue en unos hangares del ejército en la provincia de Loja, cerca del cerro Huayrapungo, donde chocó el avión del presidente Roldós y su comitiva, el 24 de mayo de 1981.  Aprendió, de a poco, “porque nadie nace aprendiendo”, todo lo que tiene que ver con la construcción.  Y como la gente le va conociendo a uno, dice, me llamaban para otros trabajos.

Con su amigo Wilson Quishpe se hizo socio. Buscaban trabajos juntos y con ese cliente recorrió todo el Ecuador. Se encargaba del mantenimiento de todas las antenas de comunicaciones del Ejército ecuatoriano.  Un trabajo en el que estuvo veinte años. Dos grupos hacían el trabajo de mantener unas 24 repetidoras en todo el país. El trabajo consistía en limpiar y pintar las antenas, las bases y las infraestructuras. Se demoraban unos ocho días en cada una.

A las antenas hay que subirse hasta la punta. Las antenas de la Costa tienen 60 metros de alto, las de la Amazonía 120 metros de altura.  Se subía hasta el final, con los arneses, equipados de lustres, cepillos para sacar el óxido o el  moho, bajaban haciendo la limpieza y luego volvían a subir con la pintura para bajar dando el color blanco y rojo de las antenas del Ejército.  El mantenimiento era infalible cada año. Unos tres meses en la Costa, otros tres en la Sierra y otros en la Amazonía.  Nunca tuvieron un accidente en las antenas, pero sí murió su compañero Marcos Iza al caer del techo de un hangar, en unos trabajos en Loja.

Ese trabajo fijo lo mantuvo hasta el 2007. Antes de eso, era el Ministerio de Defensa el que les pagaba, pero luego el nuevo gobierno cambió el sistema y fue el ministerio de Finanzas el que se hizo cargo de la contratación y los pagos.  El dinero lo recibían en la H. Junta de Defensa, que desapareció con ese gobierno.  Les tocó hacer licitaciones, pero siguieron con trabajo porque pocos como ellos querían y podían hacer ese trabajo alejado y peligroso de subirse a unas antenas para pintarlas.  En ese tiempo ganaban unos cinco millones de sucres por repetidora, y ahora un trabajo así costaría unos siete mil dólares.

Continuó como contratista en obras menores para el Ministerio de Defensa. En obras que nadie quiere hacer.

“Esté quien esté en el gobierno, caiga quien caiga, lo que a uno le toca, cuando se es independiente, es buscarse el dinero para la casa”

 

A pesar de que el ritmo de contratos para las Fuerzas Armadas disminuyó, nunca dejó de buscar otras obras, como la pintura de edificios. Los del complejo del Ministerio de Defensa fueron pintados por él , pero también se hizo de un contrato para poner la estructura liviana del centro comercial del nuevo aeropuerto internacional Mariscal Sucre. Una estructura liviana, explica, es lo que junto a la estructura pesada, o las vigas principales de acero, sostiene el techo.  Un trabajo para él gigante pero al cual se le midió con el mismo entusiasmo con el que se subía a más de 100 metros de altura para pintar una antena.

Pero hay un trabajo que considera muy difícil: pintar edificios.  El uso de la canastilla, el permanecer suspendido a decenas de metros de altura sostenido solo por unas cuerdas y unas tablas pone los nervios de punta. Hay que estar muy concentrado, tener mucho cuidado de no hacer movimientos bruscos, tener el cuerpo equilibrado, tener un ritmo para dispersar la pintura, saber manejar al andamio… toda una ciencia, cuya práctica y conocimiento no impide que se sienta a merced del aire.

Así ha pasado por la vida, en búsqueda de contratos. Lo único que lo ha diferenciado alrededor de la política es la cantidad de huelgas y protestas que ha visto. Desde cuando estaba estudiando, dice, siempre supe de una huelga cada semana. Pero eso nunca afectó a su trabajo, porque si sabían de alguna protesta no salían de casa o a los contratos o no iban al lugar en el cual el cierre de una carretera los podía dejar sin cumplir su trabajo.  Lo que le ha llamado la atención de la democracia, en todo este tiempo, ha sido precisamente esa inestabilidad que caracterizó al país en los últimos 40 años. Recuerda al gobierno de Rodrigo Borja precisamente por haber sido un gobierno “tranquilo”.  Pero todo lo demás le ha pasado de lejos, porque “si uno no trabaja, no lleva para la casa. Esté quien esté en el gobierno, caiga quien caiga, lo que a uno le toca, cuando se es independiente, es buscarse el dinero para la casa”.  Y porque él no ha vivido una dictadura reconoce no saber la diferencia con la democracia. Solo entiende que en democracia si uno trabaja llega a tener, pero en dictadura nunca se sabe. La vida le ha enseñado pocas certezas, por ejemplo que si una casa es grande, puede cobrar 2.000 dólares por la pintura, poniendo el material. De eso, se gana un 40% con lo cual paga a sus ayudantes.  Pintar una casa puede demorar entre quince días a un mes, dependiendo de cuántas personas sean.

“Nosotros trabajamos en los sitios más alejados del país, en las tareas más difíciles, las que nadie quería hacer”

Lo que más le gustaba de trabajar en las antenas era poder llegar hasta la punta y mirar el horizonte. Eso siempre le dio la perspectiva del país como un conjunto. En las antenas del Oriente miraba, por encima de los más altos árboles de la selva,  las copas frondosas, el territorio verde de los monos y los pájaros, y los ríos lentos como culebras perdiéndose en el infinito. A las antenas más altas subían seis personas: dos adelante y arriba, dos al medio y dos para la parte de abajo.  A él siempre le gustó subir primero y encaramarse al  paisaje. Lo que no le gustaba era trabajar en las antenas de la Sierra, porque siempre están en las montañas más altas. Es el trabajo más duro, dice. Cuando les tocaba hacer bases de concreto para los paneles solares que darían energía a las antenas, era penoso. Varias veces le tocó ir a cavar en la tierra y la roca helada del Cayambe, en una antena a la altura del arenal. Solo levantar la barra le quemaba las manos y hacer huecos era casi imposible. Tenían que ascender desde el campamento ubicado a centenares de metros más abajo, hasta casi el glaciar. Ese ha sido su ir y venir por la vida. Para él ese es el país, su trabajo, y la forma de servirlo es hacer bien las cosas. Le da igual pintar un edificio de 15 pisos que la pared de una pequeña casa. Nunca le dice no a nada, así sea lo más difícil. Trabajó siempre en donde nadie quería ir en lo que nadie quería hacer. Cuando le hablan de democracia, él piensa en el pan que se gana cada día, agacha la cabeza y se mira las manos.

Con el apoyo de la Fundación Esquel. Visite el portal: 40 años de democracia: una tarea inconclusa

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