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22 de Mayo del 2017
Historias
Lectura: 16 minutos
22 de Mayo del 2017
Fermín Vaca
Periodista político. Es editor de PLANV. Ha trabajado en los principales periódicos de Ecuador en la cobertura de política y actualidad. 
El crimen de Javier Valdez sacude al periodismo latinoamericano

Foto: EFE

A los 51 años, el periodista Javier Valdez fue asesinado por sicarios, al parecer, vinculados a las mafias del narcotráfico mexicano. 

 

El asesinato del periodista de Culiacán, al norte de México, movilizó a comunicadores de toda la región. Fundador de Ríodoce, un combativo periódico local, Valdez es considerado como el maestro de toda una generación de periodistas mexicanos que no tuvieron miedo de contar la verdad frente a políticos, abogados, lobbistas, policías, militares y fundamentalmente, organizaciones mafiosas vinculadas al narcotráfico de su país.

Son malos tiempos para la prensa en América Latina. En las reuniones internacionales de periodistas, las amenazas de políticos, abogados, activistas y acádemicos que despotrican contra los medios como causantes de todos los males de nuestros países -olvidando a los corruptos, los deshonestos y los mafiosos- suelen ser un tema central. 

Pero en México, esa violencia que en otras naciones es verbal y sicológica se convierte en violencia física. En balas homicidas. Mientras en el Ecuador hay linchamientos en redes sociales, en México hay sicarios armados dispuestos a matar.

La reciente muerte del periodista mexicano Javier Valdez (Culiacán 1967-2017), asesinado junto a su auto en las calles de Culiacán, la capital de Sinaloa, ha conmovido a los comunicadores de toda la región.

Desde la ciudad de México, Alejandro Almazán, uno de sus colegas más distinguidos, lo rememora en diálogo con PLANV. "Desde hace tiempo que no doy entrevistas", dice Almazán, quien publicó en el diario español El País un sentido obituario titulado "Qué nos maten a todos", "pero el momento amerita que todos hablemos por Javier".

"Javier fue el maestro de muchos de nosotros. Él nos enseñó como ser prudentes, cómo escribir sobre el narco. Tuvo mucho prestigio y ganó muchos premios, estaba aquí, en la cueva del lobo, haciendo periodismo. Su muerte nos deja vulnerables, como si le hubieran pegado al hermano mayor de todos nosotros. No confiamos en el Gobierno mexicano" asegura.


A pocas cuadras de su oficina, junto a su modesto automóvil, fue abaleado Javier Valdez. Foto: Proceso.com.mx

"El Estado no tiene ninguna respuesta frente a esto. Dicen que van a resolver los crímenes y lo no hacen. Van más de cien periodistas muertos en una década, y las autoridades lo que dicen para la investigar los asesinatos es que los periodistas estaban involucrados en el narco, esa es la narrativa oficial. El Gobierno sostiene que si es que matan a alguien es porque lo merecía, que todos los muertos son culpables. Yo sostengo que por lo menos la mitad de los miles de muertos en México no tenía nada que ver con el narcotráfico", dice el periodista, quien destaca también que "la sociedad nos dejó de abrazar, nos dejó de arropar, muchos periodistas del "prime time" parecen haberse vendido y por eso mismo la gente nos dejó de creer. Acaba de salir una encuesta que dice que solo el 15% de la sociedad cree en los periódicos. Tenemos un Gobierno que nos está matando y una sociedad que nos ha abandonado, estamos a la deriva, necesitamos ayuda desde el exterior, que el mundo nos ayude".

 

"Tenemos un Gobierno que nos está matando y una sociedad que nos ha abandonado, estamos a la deriva, necesitamos ayuda desde el exterior, que el mundo nos ayude", dijo a PLANV el periodista Alejandro Almazán.

La propia división en el gremio periodístico mexicano sería otra de las causas de esa debilidad, según señala Almazán, quien cree que el colectivo de periodistas "es muy mezquino, está muy dividido entre buenos y malos", y eso ha impedido que haya unidad frente a las autoridades, así como lograr "una acción más contundente". Almazán acusa directamente a los políticos, los policías, los empresarios, los empleados públicos y autoridades de su país como responsables de las muertes, por lo que califica como "tontas y absurdas" a las reuniones del presidente Enrique Peña Nieto con los gobernadores de las regiones más peligrosas del país.

Sobre Ríodoce, la publicación del periodista asesinado, Almazán lo describe como "un pequeño periódico muy valiente, que apenas tiene dinero para pagarle la quincena a sus trabajadores" y que al momento del crimen tiene en efectivo cerca de 15 mil dólares en caja. De esta forma, el periodista señala que además de las amenazas de muerte, los periodistas mexicanos independientes tienen problemas económicos. "A veces no tenemos cómo pagar la renta o darle de comer a nuestra familia, pero aquí estamos, porque pensamos que el periodismo es una obligación social, se lo decimos a la sociedad en el narcoestado que vivimos y a la sociedad no le importa. Javier nos enseñó que debemos seguir haciendo periodismo aunque en eso se vaya la vida", dice el comunicador.

Para Javier Garza, el oficio en México y en toda la región enfrenta desafíos. 

Por su parte, el periodista Javier Garza, quien vive en la cercana ciudad de Torreón, en el estado de Coahuila, recuerda a su colega asesinado como "un buen hombre", un periodista a carta cabal que, a pesar de las amenazas en su contra, que durante su vida fueron constantes, no tenía guardaespaldas ni autos blindados. Las condiciones de inseguridad en la que los periodistas mexicanos realizan sus tareas cotidianas también fueron destacadas por Garza, quien no duda en calificar a Valdez como el periodista de más alto perfil que ha sido recientemente asesinado en su país. La crisis del modelo de negocio de la prensa escrita, recuerda Garza, ha empujado a muchos periodistas de toda la región, no solo en México, a iniciativas independientes cuya fragilidad económica, por falta de auspicios y recursos, se convierte en un elemento adicional al riesgo físico que corren en ese país. 

Un periodista sin temor

Valdez, quien había formado parte del periódico Noroeste, el más importante de su ciudad, fue entrevistado por Almazán quien publicó un perfil suyo y de sus socios en la revista Gatopardo

En el perfil, Almazán narra como el seis de septiembre de 2009 desconocidos lanzaron una granada contra las oficinas de Ríodoce, ubicadas en el 767 de la calle Francisco Villa Poniente, cerca de donde el periodista caería finalmente asesinado. 

La iniciativa del nuevo semanario había surgido en 2002 de tres periodistas: Ismael Bojórquez, Alejandro Sicairos y Javier Valdez, y éste último lo describía como “Ríodoce es un charco, un ojo de agua que suena, a veces es rojo, a veces diáfano, pero sueña y es muy digno (...) Es un esfuerzo de unos pinchis orates”.

“Ríodoce es un charco, un ojo de agua que suena, a veces es rojo, a veces diáfano, pero sueña y es muy digno (...) Es un esfuerzo de unos pinchis orates”, le dijo Valdez a Gatopardo. 

Valdez, cuenta Almazán en Gatopardo, era corresponsal del periódico capitalino La Jornada, mientras que sus colegas tenían trayectoria en el periodismo de investigación en medios locales. El nombre de su periódico hace alusión a que en Sinaloa hay once grandes ríos. El corresponsal asesinado era consciente del peligro que corría al hacer periodismo en la zona: “Aquí sí te matan —dice de entrada—. Aquí sí te pegan pinchis sustos —continúa—. Aquí te la juegas todos los días”, le dijo a Almazán.

"A él le han pegado sustos, se los conoce como los pelos de la barba. Uno fuerte ocurrió en los tiempos del comandante Carlos Barceló, en Los Mochis, cuando su gente golpeó y arrestó a Luis Fernando Nájera, fotógrafo de Ríodoce. Javier llegó a ayudar. Barceló, desde entonces, lo hostigó. “Solté el aire cuando, en 2008, lo asesinaron en el fraccionamiento Montebello. Aquí las balas pasan muy cerquitas y te duelen, aunque no peguen”, dijo a Gatopardo

En la misma nota, quedaron también consignadas las dificultades financieras del pequeño y aguerrido semanario: "La esposa de Alejandro, como la de Ismael y la de Javier, llegaron a sostener los gastos de la casa por dos o tres años. Fueron días terribles. Hoy no ganan una millonada; su sueldo apenas alcanza para las necesidades básicas. “Lo bueno es que no le debemos a nadie, bato; las finanzas están sanas”, dice el tocayo, y uno que trabaja en algo parecido a Ríodoce sabe que eso significa respirar, babear la almohada".

Valdez vivía bajo el temor constante de sufrir un atentado, pero eso no le impedía ayudar a los colegas que visitaban la ciudad en la que vivió el famoso narcotraficante El Chapo Guzmán en busca de información sobre el narcotráfico. 

"A Javier también se le reconoce por ser un ave rara: es noble y solidario. Si un reportero de cualquier rincón del mundo va a la ciudad, Javier se abre un hueco y orienta, aconseja, ayuda. A algunos les da cierto pánico ir con él en su auto; a mí no; de hecho, es cuando más seguro me siento. Pero a él sí le da miedo cuando el reportero se vuelve un irresponsable.

“Ha habido gente que viene, que les dices cómo son las reglas y no las respetan, bato. Entonces les digo: ‘O andas conmigo o mejor no te ayudo’. Ellos se van y yo me quedó aquí con una libreta que no es blindada. Se les hace fácil, creen que es ficción”.

"¿Por eso eres punto obligado para los reporteros que vienen de fuera, por la discreción?" le preguntó Almazán a su colega asesinado y este le respondió: "No sé, bato, pero si vienen y me buscan, aquí tienen un amigo que los ayudará a entender los códigos de Culichi Town".

Las historias de Riodoce

¿Qué tipo de historias publicaban Valdez y sus colegas? Almazán hace un inventario: "Ríodoce también fue el primero en hablar sobre el cadáver de un soldado que El Chapo mandó a tirar frente al cuartel militar como escarmiento. Ríodoce publicó las filtraciones que salían de la oficina del general directo a los oídos de los Beltrán Leyva. Recreó las manifestaciones financiadas por el narco que lograrían echar a Hidalgo. En resumen: el semanario habló de una lucha entre El Chapo y el general que a los medios nacionales o no les interesó o les pasó de noche".

"De hecho, en el sangriento 2008, Javier se atrevió a publicar una historia que la prensa retomó poco, pero que merecería respeto: el día en que El Chapo llegó al restaurante de mariscos y carnes llamado Palmas, en Culiacán, y lo cerró, con los comensales adentro, para cenar a gusto.

—Ái sí me culié —se sincera Javier—. La nota iba firmada porque en Ríodoce no nos gusta poner “Redacción”; poner el nombre significa que no estás mintiendo, pero también a dónde disparar. Yo creo que ha sido una de las notas en las que tuve más cuidado. Si la leyó El Chapo, seguro supo que fui riguroso, que no exageré".

"En Ríodoce no nos gusta poner “Redacción”; poner el nombre significa que no estás mintiendo, pero también a dónde disparar", decía Javier Valdez. 

El periodista asesinado también relató a Gatopardo que su hijo Francisco tenía miedo: "Cuando dejamos al chico en casa, Javier me dice que él siempre le hace el desayuno y que, una vez, Francisco le dijo tener miedo. “¿Y qué le dijiste?”, le pregunto. “Que no está tan malo tener miedo, y que terminara de desayunar”.

“No importa que uses chaleco antibalas o lleves escolta. Cuando ellos te persiguen no hay nada que los detenga”, había dicho en otra ocasión. 

 “Los brazos del narco han seducido a mucha raza, bato —dice Javier y aprieta el volante—. La sociedad está enferma, no protesta. La marcha más numerosa que ha habido en Culiacán fue de 70 personas; no hay gritos, no hay mantas. No hay güevos. No hay ciudadanía”, se lamentaba el comunicador asesinado.

Los últimos temas que publicó, tanto en Ríodoce cuanto en La Jornada tuvieron que ver con las pugnas de los narcotraficantes del norte de México. 

Valdez mantenía en Ríodoce una columna llamada Malayerba, y había publicado varios libros sobre el narcotráfico, como “Miss Narco”, “Los morros del narco”, “Narcoperiodismo” y “Levantones”.

En una nota publicada en la web de Riodoce, su colega Ismael Bojórquez relató que, ante las continuas amenazas y presiones de los capos del narcotráfico que se molestaban porque se publicaran declaraciones de sus rivales, Valdez había pensado en salir un tiempo de México o mudarse de su ciudad, pero que finalmente tal medida no se concretó. 

"En todos estos años Javier Valdez fue una pieza fundamental. No somos empresarios y solo hicimos la empresa que ocupábamos para mantener este pequeño barco viento en popa. Pero no más. Lo dijimos una y otra vez: no hicimos este periódico para hacernos ricos, así es que el poco dinero que entre lo invertiremos para mantener un buen equipo de trabajo y garantizar ciertos niveles de calidad. Las penurias económicas nos agobiaban pero nunca dejamos de pagar una quincena. De pronto caía agua al río y festejábamos como niños pero en las semanas siguientes de nuevo a la realidad. Nunca, jamás, por esta razón, alguien pensó bajarse del barco", dijo Bojórquez. 

Da también algunos indicios de las posibles motivaciones del crimen: "nos equivocamos también al entrevistar a Dámaso (López Núñez, un narco rival de los hijos del Chapo), porque de esa forma nos metimos a una guerra mediática que no era nuestra, provocando el disgusto —sin que fuera nuestra intención—de la otra parte (...) Los hijos del Chapo se enteraron que habíamos entrevistado a Dámaso y presionaron a Javier para que el trabajo no se publicara. Pero les negamos la petición. Luego le hablaron porque querían comprar toda la edición, pero tampoco se les concedió. Y entonces optaron por seguir —en Culiacán y Mazatlán— al personal que entrega los ejemplares en las tiendas y en cuanto los dejaban contra recibo, ellos los compraban. Eso fue el 19 de febrero. No usaron la violencia, pero sí la intimidación".

 

 

 

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