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8 de Octubre del 2014
Historias
Lectura: 29 minutos
8 de Octubre del 2014
Redacción Plan V
El último vuelo de Paúl Navarrete y el milagro de Sarayaku

Fotos de Paúl Navarrete tomadas de su perfil de Facebook

No solo las cámaras atraían a Paúl Navarrete: también los autos y las motos, así como el andinismo, y los deportes de aventura.

 

Esta es la historia de las últimas horas del fotoperiodista Paúl Navarrete y de la heroicidad de Hugo Medina, quien sobrevivió al trágico accidente en la avioneta en Sarayaku y salvó a su hija de cuatro años. Él puede perder las piernas. Paúl Navarrete fue fotógrafo, bombero, socorrista de la Cruz Roja y aficionado a las motos. Acababa de unirse y deja un pequeño niño de seis meses. Una semblanza.

Hugo Medina sabía, por premonición propia, que no podía acudir al llamado de abordar el vuelo, diez minutos antes. Sintió que debía cumplir, minutos más tarde, una tarea única e inconmensurable; fue por ello que, al caer la tarde de ese miércoles 1 de octubre de 2014, luego de trasmitir en vivo la ceremonia del perdón del Estado al pueblo Sarayaku, entregó los equipos de Nina Radio en la nave de Aéreo Sarayaku y despidió a su compañero de labores, Salomón Osorio.

"Yo iré más tarde, puede ser en el último vuelo, o mañana cuando amanezca". Lo dijo una y otra vez, antes de volver con su esposa, Maritza Aranda, prima de Patricia Gualinga, quien junto a Yonzú, (su hija de cuatro años), formaban parte de la media luna de tambores que retumbaban sonoramente desde la casa de Franco Viteri, la cimentación de su dignidad y orgullo como pueblo.

Pero, las premoniciones deben escucharse. Hugo sabía con certeza que abordar el vuelo de Aerokashurco, una pequeña aerolínea regional de Pastaza, con base en el aeropuerto Río Amazonas de Shell, cumpliría un objetivo específico, no sabía cual, pero debía hacerlo; la respuesta vendría diez minutos más tarde. Necesariamente tenía que abordar el vuelo para salvar la vida de su pequeña hija.

Nina Osorio, hija de Salomón y joven periodista, recuerda que nunca ha conocido una persona más solidaria que Hugo Medina, más ecuánime y más cabal; una persona con quien se puede contar. Siempre supo que con Hugo podía contar, no hasta dos, ni hasta diez, sino contar con él.

De talla mediana, fornido y atlético, de gran estatura moral, siempre presto y dispuesto a cumplir nobles tareas, locuaz, conversador y respetuoso, estricto padre y abnegado esposo, sólido de principios y orgulloso de su raigambre y de la descendencia que forjó con su esposa. Tiene 32 años.


Fotos familiares de Hugo y Maritza junto a sus tres hijos. La niña fue salvada por su padre segundos antes de que estallara la avioneta.

Nina lo conoció hace unos ocho años, cuando encontró trabajo en la pizzería de sus padres en el Puyo; desde entonces su profunda amistad. Cuando asumió la gerencia de Nina Radio, “el poder de la verdad”, de esa ciudad amazónica, su primer convocado fue Hugo Medina. Al poco tiempo fue nombrado Secretario-Coordinador de la emisora.

Con él y el director de la Radio, Salomón Osorio, se impusieron el reto de que la ceremonia de las disculpas públicas que debía ofrecer el Estado ecuatoriano al pueblo de Sarayaku, debían transmitirla en vivo y en directo, desde bien adentro de la selva, marcando un hecho inédito en la radiodifusión amazónica.

Para tan importante evento, la dirigencia del Pueblo del Medio Día, solo permitió el acceso de un comunicador por medio. Con Nina Radio hicieron la excepción. Dos eran las posibilidades para la transmisión en vivo: la primera fue el acercar la internet que se encuentra a no menos de 500 metros de la plaza donde se desarrollaría el evento; y la segunda, llevar la señal desde la plaza central hasta la sala de internet dispuesta para los periodistas. Se  decidieron por la segunda opción.

Al llegar a Sarayaku, la víspera del acto solemne, los delegados de Nina Radio tuvieron un trabajo superlativo. A machete vivo plantaron las guaduas y templaron cables para el radio enlace, entre la sala de internet y la plaza central de las ceremonias. Cuando desde el Puyo, Nina se comunicó con Hugo, quien las oficiaba de técnico, ella percibió, a través de la imagen del skype, un inmenso halo de contento. La transmisión en vivo y en directo, “va porque va”, le dijo Hugo, emocionado al sentirse seguro de “enlazar al mundo con el pueblo de Sarayaku”.

Eran ya las 21:00 del martes 30 de septiembre; a las tres de la mañana del miércoles 1 de octubre, Hugo estuvo presto al ritual de la guayusa, por ello, a las siete, estuvo él solo realizando las primeras pruebas en vivo.

Y el fuego es el tesoro de la luz, apenas nace el día. Un sol radiante acompañó toda la jornada, Nina escuchó, minutos más tarde a través del internet, las audiciones preliminares que Hugo compartía con Salomón Osorio.

El esfuerzo se hizo música, palabra y ceremonia, discursos, palmas de domingo de ramos, frases del poder y reclamos vehementes de los beneficiarios de las disculpas hasta el final del protocolo. Hugo, estando allí, no estuvo porque su misión fue cuidar que la señal se emita nítida, segundo a segundo, desde el monitoreo de internet para el mundo.

Más de 30 emisoras se enlazaron a Nina Radio ese día, a escala nacional: centenares de mensajes llegaron a las distintas emisoras, desde América y el mundo. Hugo no cabía de la felicidad y satisfacción del deber honestamente cumplido; a la hora del almuerzo, ya comentaba las anécdotas, por ejemplo, que no pudo ver el rostro de la Ministra de Justicia, cuando el Presidente de la Conaie le dijo las muchas cosas por las que el Estado debía pedir disculpas.

Después del almuerzo, todo fue regresar los equipos a la pista y lanzar a los cuatro vientos su libre albedrío, su emoción y alegría. Pronto llegaron los tambores y la chicha, dueña de todo festejo, se enseñoreo con los danzantes hasta la inmensidad de los confines.

Diez minutos después de abordar la avioneta, Hugo quiso acompañar a su esposa y abrazar durante el viaje a su tierna hija. La pequeña avioneta Cessna 206, matrícula HC-CLO de la compañía Aerokashurco, estaba pintada de color blanco, con rayas azules y doradas, y aparece en el Facebook de la empresa con el número 05 de su flota. Era usada para transporte de pasajeros y paracaidismo.


La avioneta siniestrada, de matrícula HC-CLO, una Cessna 206, para cinco pasajeros. Era la nave insignia de Aerokashurco. Foto: Tomadas del Facebook de Aerokashurco

La avioneta  tomó pista, se elevó y a los pocos segundos el humo negro de alguna explosión apagó el único motor y el piloto no alcanzó a regresar a la pista ni a las aguas del río Bobonaza. Se estrelló a 60 metros del río y a 500 metros de la pista de la comunidad. En este vídeo, colgado en Youtube por pilotos de otra compañía que vuelan en la zona en aparatos similares al accidentado, se puede ver la vertiginosa aproximación a Sarayaku, el río y las condiciones de la pista.

Es el segundo accidente fatal de esta empresa en este año, según reportó un canal local de Pastaza en este vídeo., en donde aparece la avioneta accidentada pintada de color blanco. 

Es en este momento, cuando se desatan el horror y el drama, en el cual surgió la heroicidad de Hugo Medina Casco. En la terrible certeza que la avioneta caía, rompió con el codo la ventana de la aeronave y segundos antes que estalle en llamas, lanzó a su hija más allá del peligro.

Una segunda explosión los alejó aún más del objetivo, y el gas ardiente expulsado terminó con toda esperanza. En medio de la inenarrable desesperación, apareció un hacha y luego un extintor para sofocar las llamas

Yonzú sufrió golpes, fuertes por supuesto, pero ni una sola quemadura, mientras él, con el codo roto por el golpe en la ventana, procuraba escapar del fuego, todavía aprisionado en el cinturón de seguridad. Gritó para que lo liberen y para que liberen a su esposa y al resto de pasajeros, dentro de la cabina, atrapado en entre los fierros retorcidos del pequeño avión, asediado por las llamas.

No fue posible. La avioneta se había clavado de nariz y el motor estaba semienterrado en la tierra. Los pasajeros estaban dentro de la cabina cuando ocurrió la primera explosión del tanque de combustible, al tiempo que los aterrados miembros de la comunidad y periodistas llegaban a tratar de salvarlos. La fiesta en Sarayaku se había suspendido de inmediato y todos se movieron velozmente, incluso atravesando el río a nado, para llegar al sitio del accidente.  Las llamas y el inmenso calor atraparon a los pasajeros. El piloto quedó incrustado en el tablero de instrumentos  y a su lado estaba Paúl Navarrete.

No hubo agua ni extintores, solo ramas, tierra y prendas de vestir que los frustrados rescatadores debieron usar para intentar apagar las llamas. El periodista Christian Zurita, sumado al rescate, se sacó la ropa para intentar apagar el fuego con ella. Cuarenta minutos duró el drama.

Una segunda explosión los alejó aún más del objetivo, y el gas ardiente expulsado terminó con toda esperanza. En medio de la inenarrable desesperación, alguien trajo un hacha y luego un extintor para intentar dominar el incendio, que duró 35 minutos, según los testigos. 

Fue tarde para todos, menos para Hugo Medina, que fue rescatado con el 25% de su cuerpo con quemaduras de tercer grado, sobre todo en las piernas.  Quemados quedaron los cuerpos de su esposa Maritza, de Juan Carlos Gualinga, y del piloto. El menos dañado fue el del fotógrafo Paúl Navarrete. Yonzú fue la única que quedó viva y casi intacta.

Los cuerpos fueron retirados de los restos de la avioneta en medio del llanto de todos. La fiesta había terminado en tragedia. Donde minutos antes resonaban los tambores y se disfrutaba de la chicha de yuca se pusieron los cuerpos alineados. Menos los del piloto y de Maritza, los cuales fueron trasladados al Puyo, urgentemente con los dos únicos sobrevivientes, Hugo Medina y su pequeña hija, a la cual salvó de morir. En los pasillos del hospital de la capital de Pastaza los recibió el periodista Salomón Osorio, su esposa y sus amigos y colegas. Y ahí también contestó, en medio de su propia tristeza y perplejidad, las llamadas desesperadas de los colegas de la Capital que se habían enterado que en la avioneta viajaba “alguien de El Universo”. Muchos pensaron que se trataba de Zurita.

“Estoy vivo”

Un cansancio extremo invadió a los habitantes de Sarayaku.  Christian Zurita, golpeado anímica y físicamente, buscaba de alguna manera un medio para comunicarse con Quito y avisar sobre  lo ocurrido, sobre todo de la muerte de Paúl. Su único acceso a internet le permitió abrir su cuenta de Facebook. Al primero que vio conectado fue al colega y amigo Jorge Imbaquingo. Le mandó un mensaje: "es urgente Jorge, es urgente". El periodista del diario La Hora estaba conduciendo en ese instante y contestó mientras manejaba. Recibió la trágica noticia y la trasmitió a Mariela Cevallos, editora de El Universo en Guayaquil, que a su vez contactaron con Christian. Por fin, Zurita había podido confirmar la muerte de Paúl, porque el boletín oficial de la Dirección General de Aviación Civil no lo mencionó en principio y solo informó que habían sido cuatro los fallecidos. El Universo confirmó el fallecimiento del fotógrafo con una nota en su edición digital, esa misma noche. 

La certeza de que Christian Zurita estaba vivo y la muerte de Paul aún no convencía a muchos. Así que Zurita tuvo que poner, contra su voluntad, un mensaje en sus cuentas de Twitter y Facebook: "estoy vivo".

Paúl Mena Mena, periodista de la redacción de Quito de El Universo y el mejor amigo de Paúl Navarrete, recibió la primera noticia del accidente mientras estaba en Cuenca haciendo un reportaje. Fueron muy unidos desde pequeños; amigos del barrio, escogieron juntos la misma profesión. Dormían en sus casas, compartieron la vida. El cumpleaños de Paúl Mena era el 3 de octubre y el de Paúl Navarrete era el 15 de octubre. Les decían "Los Paules". Ahora les tocaba enfrentar la muerte. No pudo llegar a la casa de su amigo para avisar a la madre que Paúl había muerto. Le tocó la dolorosa tarea a un editor de Quito, mientras en la Redacción del Diario guayaquileño se preparaba la gente para viajar al Puyo y rescatar los restos de Paúl y a un devastado Christian Zurita. A esa tarea fueron asignados Paúl Mena y Xavier Reyes, también periodista del diario. Viajó además personal administrativo para encargarse de los complicados  trámites judiciales para mover el cuerpo de Paúl.

Fueron muy unidos desde pequeños; amigos del barrio, compañeros de la escuela y del colegio, escogieron juntos la misma profesión. Dormían en sus casas, compartieron la vida. El cumpleaños de Paúl Mena era el 3 de octubre y el de Paúl Navarrete era el 15 de octubre. Les decían Los Paules. Ahora les tocaba enfrentar la muerte.

En Sarayaku, ajeno al drama que se vivía en Quito, Zurita se dio cuenta, junto con el dirigente Marlon Santi, de que los objetos personales de los accidentados aún estaban entre los restos de la avioneta. Ya era de noche pero salieron a buscar las cosas. Ahí Christian Zurita pudo recuperar la estropeada cámara de Paúl, y comprobar con paradójico alivio que la tarjeta de memoria, donde estaban guardadas más de 1500 fotos de los últimos trabajos de Paúl, estaba intacta.

Un hombre feliz

Ahí quedarían grabadas para siempre las intensas últimas horas de Paúl Navarrete. Los nítidos y expresivos retratos que hizo de Marlon Santi y de Franco Viteri con sendos mates chicha de yuca; la preparación ritual del agua de la guayusa a las tres de la mañana, la tradición del ahumado del pescado del río, la preparación del maito. En esa tarjeta estaba registradas casi 24 horas seguidas de trabajo meticuloso, riguroso y apasionado, como era Paúl. Junto a Zurita entraron en cada casa donde se preparaba la comida para la gran fiesta.

Habían llegado un día antes para captar el entorno y los preparativos. Charlaron con la gente de Sarayaku mientras esta era pintada con la semilla del wituk en la casa de Marlon Santi, quien se había impregnado en su cara los símbolos del señor de la selva. Paúl también salió de esa casa con el rostro pintado. Era feliz, casi que empujó a Zurita a pintarse también. Los dos posaron, se tomaron fotos con la comunidad. Paúl hizo una serie de retratos de su colega Christian porque “nunca se sabe, hay que tener fotos actualizadas”, le dijo. Los dos rieron con la broma.

Paúl no solo hacía las fotos. Charlaba largamente con los dirigentes, con las personas. No concebía una buena foto sin conocer primero a las personas, era parte de su trabajo conocer la cultura, adentrarse en sus creencias, en sus sueños. Era un convencido de la nobleza del pueblo Sarayaku.

Con esa misma intensidad tomó las fotos de la ceremonia. Se acercó a los rostros de los guardianes de Sarayaku cuando detenían en el camino a los militares y escoltas de las autoridades. Su rostro ceñudo, su estirada dignidad le daba el marco para las mejores tomas.

Cuando terminó la ceremonia Paúl quiso mandar las fotos a la Redacción de El Universo en Guayaquil pero no pudo. Quizá la gran cantidad de gente saturó la débil señal de internet que hay en la comunidad. Como cada foto podía llegar a pesar unos seis megabits de datos, trasmitirlas para la primera edición era imposible. A las cuatro de la tarde de ese miércoles 1 de octubre, Christian y Paúl tomaron la decisión de salir urgente hacia el Puyo para alcanzar a enviar el material para la primera edición del diario, que en general se cierra a las seis de la tarde. Pero como no estaba previsto el viaje, no tenían cupo en ninguna nave. Conversaron con dos jóvenes de la comunidad de Aérosarayaku para obtener un cupo. No había. Les dijeron que tal vez en la avioneta de Kashurco. Solo pudieron tener un cupo, porque Juan Carlos Gualinga, dirigente de la zona,  no quiso ceder su asiento para Zurita pues tenía compromisos en el Puyo y Hugo Medina no pudo convencer a su esposa Maritza de que se quedaran en la fiesta que estaba instalada. Ella dijo que debían ver a sus dos pequeños hijos varones, de dos y tres años, que estaban en el Puyo. Ni siquiera Paúl quería volar tan temprano, porque estaba feliz en el festejo. Pero debía enviar las fotos a como diera lugar. Christian se resignó a irse al siguiente día y quedaron con Paúl con verse el jueves en el Puyo para seguir luego a Quito. Le dio 50 dólares para el hotel y la comida, hasta juntarse de nuevo.

Ni siquiera Paúl quería volar tan temprano, porque estaba feliz en el festejo en Sarayaku. Pero debía enviar las fotos a como diera lugar. Christian se resignó a irse después y quedaron con Paúl con verse al día siguiente en el Puyo para seguir luego a Quito

A quien recibió Christian Zurita luego de una noche entera sin dormir y con dificultades para respirar fue a la madre de Paúl Navarrete. Ella, que había recibido la peor noticia que puede recibir una madre, llegó en medio de la desolación y el silencio.  Se acercó y se abrazaron. Ella le preguntó varias veces sobre los últimos momentos de su hijo amado. Quería saber si sufrió. "No, no sufrió" fue la respuesta.

Pero su colega de cobertura periodística sí sabe que las últimas horas de Paúl fueron pletóricas de alegría, de disfrute profesional y personal; tomando cientos de fotos, como le gustaba decir, con el corazón. Esas fotos fueron entregadas a quien corresponde y aguardan a ser expuestas, tal vez cuando se cumpla un mes de esta tragedia.

En Quito, el drama para Hugo Medina continuaba. Nina Osorio fue la primera persona a quien se permitió visitarlo en el hospital. Él supo entonces que su Yonzú se recuperaba y recordó, sin decírselo, que Maritza, su esposa, le había dicho en el bautizo de la niña: “en caso que yo falte alguna vez, tú Nina, deberás encargarte de mi pequeña”. Nina es madrina de Yonzú, la niña que sobrevivió milagrosamente porque su padre salvó su vida en el último instante.

Nina, estudiante de Comunicación Social de la Universidad Católica, en Quito, dejó sus responsabilidades profesionales para cuidar a tiempo completo de Hugo, su compadre.

Él fue internado en el Hospital Eugenio Espejo, en la Unidad de Quemados. Por las quemaduras perdió el 40% de la masa muscular y tiene comprometido los huesos de sus piernas. Es probable que sufra amputaciones. El último recurso es Houston, y el presidente Rafael Correa ha intervenido directamente para que sea llevado hacia Estados Unidos.

Paúl Navarrete amaba la aventura y la naturaleza. Fue bombero, motociclista, socorrista de la Cruz Roja...

Semblanza

Por Fermín Vaca S.

Desde muy joven, Paúl Navarrete Navas, el fotógrafo fallecido a los 31 años en el accidente de la avioneta de Aerokashurco en la Amazonía este 1 de octubre, se sintió atraído por el riesgo y la aventura.

Antes de dedicarse plenamente a la fotografía, fue socorrista de la Cruz Roja y bombero voluntario, participando en varios rescates, entre ellos, el del avión de Petroecuador que cayó en el Cerro El Tigre, en el año 2002, en donde fue el integrante más joven de las patrullas que subieron la montaña colombiana en busca de las víctimas. Recordaba el escenario inhóspito y macabro del cerro El Tigre, y aunque no estuvo en la famosa "Patrulla Pico" perdida durante 12 días en la montaña, sí llegó al sitio mismo del accidente. 

Navarrete se había unido recientemente, y deja un niño pequeño, Lucas, de seis meses de edad. Como en todas las acciones de su vida, estaba involucrado en la paternidad de manera muy entusiasta. Sobre el pequeño Lucas decía que era un bebé muy tranquilo, de esos que no dan demasiada guerra en las noches. 

Su estilo de vestir era siempre cómodo y reflejaba su gusto por la naturaleza y su predisposición a las aventuras: usaba ropa y artículos marca Quechua, una conocida línea favorita de montañistas y excursionistas. Pantalones, camisetas y chalecos de esa marca.  El estilo, dicen, es el hombre. 

Estudió en el colegio Montúfar de Quito, y la casa de su familia estaba ubicada en el sur de la ciudad, en el sector de la avenida Napo, cercana a a esa institución educativa. Luego, continuó sus estudios universitarios en la Facultad de Comunicación de la Universidad Central del Ecuador, de donde egresó como comunicador social. Le gustaba el fútbol, y era hincha del Aucas, así como la música de Andrés Calamaro, Charlie García y Joaquín Sabina,  recuerda su colega Alejandro Reinoso. 

Además de la fotografía y el socorrismo, otra de sus aficiones fueron las motos Vespa, por lo formaba parte del colectivo El Avispero, que estuvo presente en su funeral con sus aparatos. 

Comprometido con el oficio periodístico, asistió pocos días antes de su imprevista muerte a un plantón en las instalaciones de Diario La Hora, en respaldo al veterano fotógrafo Raúl Lluno, quien denunció que sus derechos laborales estarían siendo afectados por esa empresa, en la que ha laborado por 27 años. Navarrete había empezado su carrera como fotógrafo en La Hora, y había trabajado con Lluno. 

De ese periódico pasó al diario El Telégrafo, cuando este fue convertido en diario público, en donde formó parte del equipo de fotógrafos de la Redacción de Quito, integrado también por Alejandro Reinoso, Carlos Pozo y Fernando Sandoval. Durante cuatro años, el equipo de jóvenes fotógrafos se mantuvo unidos, llegando a crear la página web "Sí hay la foto" para exponer su trabajo. En una crónica escrita en ese blog, Paúl Navarrete dijo sobre los mineros de El Oro a quienes acompañó a la profundidades de la tierra: "En la mina no existe el miedo. La muerte no preocupa. El peligro es parte del trabajo. La Virgen del Consuelo, patrona de los mineros los protege."

Tras su salida de El Telégrafo, Paúl Navarrete viajó a Madrid. Además de que aprovechó el viaje para estudiar  fotografía documental, pudo reunirse con su madre, quien se había establecido en la Península ibérica desde hacía varios años. 

Su experiencia en Madrid la reflejó en varias galerías fotográficas, pero decidió volver al país, pues, ya entonces, la crisis empezaba a mostrar su rostro en España y las oportunidades eran escasas. De su paso por El Telégrafo, en donde cubrió la Asamblea Constituyente de 2008, le quedaron varias amistades en la provincia de Manabí, a donde se trasladaba con frecuencia. 

En sus últimos días, Paúl Navarrete pensaba entrar de lleno al periodismo digital, retomando la propuesta de lo que en su momento significó "Sí hay la foto". Mientras tanto, se dedicaba a trabajar por servicios profesionales, lo que los fotógrafos llaman "el freelanceo" para los medios escritos del país. Contaban sus colegas en su funeral que para el viaje fatal a Sarayaku el diario El Universo había llamado, en primera instancia, a otra colega, quien se excusó y fue por ello que él se embarcó en su última aventura. 

Como en todo tránsito vital, en la despedida de Paúl Navarrete en el cementerio Monteolivo, al norte de Quito, estuvieron quienes lo conocieron. Estuvo la Cruz Roja, con una corona de flores. Estuvieron los bomberos de Quito, que habían arribado al sitio en sus vehículos antincendios de color rojo, ataviados con sus chalecos del mismo color. Estuvieron los fotógrafos de la prensa escrita capitalina que, emocionados, habían llevado sus cámaras para ponerlas al pie de su ataúd, como un último tributo al colega caído. Dolores Ochoa, fotógrafa de agencias internacionales que estuvo con él esa tarde trágica en Sarayaku, no podía contener las lágrimas. 

Estaban, en especial, los tres integrantes de "Sí hay la foto" que le sobreviven, y algunas ex reporteras de El Telégrafo, sin poder contener las lágrimas.  Estuvimos los editores y periodistas que realizamos coberturas con él, como Christian Zurita, de El Universo, quién observó con espanto la caída de la avioneta, el rescate de sus restos y de su cámara, y se quedó en Sarayaku velándolo, entre la consternación de la comunidad indígena que lo había invitado a una fiesta y terminó organizando su funeral. 

Su madre recibió, de las manos de Zurita, la cámara hecha pedazos, que colocaron sobre el ataúd. Y las aventuras de Paúl Navarrete terminaron en un sonoro aplauso de los presentes, entre una salva de flashes. Yo recordé un epitafio que alguien le puso al infortunado presidente Jaime Roldós: "debemos llorar por los que viven apagados, no por los que mueren encendidos".

 

 

 

 

 

 

 

 

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