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24 de Diciembre del 2020
Historias
Lectura: 13 minutos
24 de Diciembre del 2020
Pocho Álvarez

Cineasta.

Gerardo
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Gerardo Fernández García, bajo el lente de Cristóbal Corral.

 

Tal vez el mejor homenaje que el cine ecuatoriano puede hacer a su memoria es reconstituir su unidad, su lucha por un marco jurídico propio, su capacidad de decisión e independencia para construir juntos el objetivo común, pasión de todos y de Gerardo Fernández García, maravillar al espectador con el relato de las imágenes.

El único exceso permitido en la vida es el exceso de gratitud.
Adagio montuvio

 

Una entrega de saberes en generosidad sin límites le llevó hacer de la dramaturgia una suerte de apostolado. Fue un peregrino del relato y se negó a renunciar a la utopía de la palabra, a la búsqueda de la conjugación como belleza que alimenta, para  con su andar de cuento, develando al otro los secretos de su oficio, nutrir la imaginación de la construcción de una humanidad posible.

En la isla grande del Caribe, en los albores de la revolución de los barbudos, tropezó con la dramaturgia y desde ese tiempo, madrugada de su vida, nunca dejó de creer en lo que el definía como “el arte de organizar un relato significativo a través de personajes o estereotipos”.

Desde muy temprano, en  su juventud que pateaba las calles de La Habana, se sumergió en la búsqueda de las secretas claves del arte de contar e hizo de la literatura dramatizada la gran pasión de su existencia. Enamorado de las letras y sus pasos, de la imaginación que nace cuando se anudan las palabras para construir un relato, del suspenso que se crea en cada termino que se añade a cada escena, de la voz en tensión que narra una historia que es tragedia, Gerardo transitó escribiendo programas, novelas, melodramas, tragedias y comedias, obras para teatro y guiones para series y películas, desde la radio, a la televisión y desde el teatro, al cine. La Botija, El Naranjo del Patio, Entre Mamparas, El Balcón de los helechos, Madrigal del inocente son, entre otros títulos, de las obras más recordadas.

Constructor de personajes, siempre buscó empaparse de la realidad y su gente, no para hacer historia sino para crear obras dramatizadas a partir de la propia realidad. “No soy un historiador, sino un buscador de conflictos para estructurar un espectáculo” repetía constantemente. Por ello fue el drama como género de la escritura, un descubrimiento temprano que lo sedujo y le llevo a escribir como una realización de su existencia. Posteriormente, años después, encontraría en la enseñanza el otro escenario de realización. Como alguna vez me dijo, “las clases son la recuperación de los vestigios del actor frustrado que llevo dentro”.

Перестройка и Гласность

Un día, en una geografía alborotada por las búsquedas y la presión irreversible  de la nueva vida que nace para renovar y cambiar, el “V Congreso de la Unión de Cineastas de la URSS” que inauguraba los términos “Gladnost” y “Perestroika”, en la lejana primavera de mayo de 1986 en Moscú, fue el escenario donde conocí al guionista y escritor Gerardo Fernández García. En ese entonces Vicepresidente de la Sección de Cine y Televisión de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, UNEAC. Juntos vivimos ese grito colectivo del cine  soviético por el cambio, la renovación y la libertad de creación. La elección de Elem Klimov, (1933-2003) como Presidente de la Unión de Cineastas de la URSS, en una maratónica sesión de madrugada, en el antiguo salón de los soviets del Kremlin, fue el testimonio de esa liberación buscada, de ese desanudar tutelas y consignas del Partido Comunista a la producción cinematográfica, un anhelo de los cineastas para su quehacer, un ejemplo que fue contagio para los escritores y dramaturgos de la literatura y el teatro en la ex URSS.   

Ese mismo año, en diciembre, suscribimos un convenio de cooperación entre la extinta Asociación de Cineastas del Ecuador, ASOCINE, y su par cubana la UNEAC. Al año siguiente, en 1987, Gerardo Fernández llegaba por primera vez a Quito invitado a dictar un seminario-taller de guión cinematográfico. Eran tiempos de nacimiento, llevábamos una década empujando cine y al colectivo de cineastas en este agreste espacio para la imagen en movimiento, el equinoccio andino, y Gerardo puso corazón y aliento en ese empeño de ir zurciendo nuestro traje de organización y conocimiento. Lo recuerdo alojado en casa, preparando el taller, tejiendo sus fichas de apuntes entre colores y juguetes, “al cubano” como le decía mi pequeña hija, que vio su cama invadida por los sueños de Gerardo. 

El cine es un espectáculo que debe maravillar me repitió en algunas de las muchas tertulias de ron que tuvimos acerca de esta pasión compartida. Al siguiente año en 1988, regresó a colaborar con la campaña de alfabetización. Eran los tiempos de gobierno de la Izquierda Democrática, y a partir de este hecho que movilizó al campo a miles de jóvenes estudiantes del último año de secundaria de los colegios del Ecuador escribió, no recuerdo, si un guión para largometraje o una serie para televisión.

Sin embargo, esta propuesta, iniciativa del Ministerio de Educación y Cultura de ese entonces, nunca se realizó. Tiempo después fue invitado por Camilo Luzuriaga del entonces Grupo Cine para que escriba una teleserie que tampoco se realizó. Pero ya para ese entonces, Gerardo había hecho de los Andes ecuatorianos, de la ciudad del volcán, su hogar de continente. Un espacio a descubrir para la dramaturgia.

El punto de giro

En el 2010 regresa  y esta vez para quedarse, no porque fuera su decisión sino porque el destino así lo había escrito. Imparte clases en INCINE y luego, el entonces Consejo Nacional de Cine le pide que colabore impartiendo talleres con los proyectos de guión que son premiados con los llamados Fondos Concursables. Mas tarde la Casa de la Cultura Ecuatoriana le abre en la Cinemateca Nacional una aula para que desarrolle los talleres de guión cinematográfico y la emisora de la casa matriz emite semanalmente su programa de radio Punto de giro, un espacio para hablar y comentar cine.

Nunca le faltaron iniciativas ni planes ni alumnos ni proyectos de guión para estudiar leer, analizar y reescribir. Nunca se negó a entregar tiempo y saber a quien le pidió ayuda en ese empeño de crear un relato dramatizado. En el 2014 publica con la Casa de la Cultura su obra Dramaturgia, método para escribir o analizar un guión dramatizado. Dos tomos que dan testimonio del vasto conocimiento que tuvo  sobre su gran pasión y oficio. Para un dramaturgo, afirma Fernández en su obra,  la  principal virtud que debe alcanzar es “escribir no para sugerirnos sus mundos sino para hacernos ver y escuchar la poesía”.

La estructura aristotélica, planteamiento, nudo, desenlace. El punto de giro, la acción dramática, los bandos en pugna. La premisa o frase matricial.  La acción base, la acción subordinada, clímax, anticlímax. La dramaturgia de desmonte, el principio de “A nueva información avanza la trama, a igual información se detiene”. Son conceptos nuevos que se van incorporando al saber de sus alumnos. Ocho grupos, en ocho años, un promedio, a decir del mismo Gerardo, de cuarenta alumnos y veinte guiones para filmar cada año son los resultados de esta cruzada por formar dramaturgos en este espacio humano de diversidad signada por el drama.

Hizo de su quehacer, como lo dijimos, un apostolado, una suerte de militancia. Fue un misionero, único en su especie, que se impuso la tarea de formar guionistas en este país que hace honor a su nombre de línea imaginaria. Recorrió Ecuador y su tres regiones, desde Machala en la costa, hasta Ibarra en la sierra y Lago Agrio en la amazonía. Estuvo en Manta y Riobamba, en cada núcleo de la Casa de la Cultura y en cada obra que necesitaba la orientación de su saber. Propuso a la Cinemateca Nacional la creación de un Banco de Guiones, un espacio, una ventana, como el mismo lo decía, para que se supiera qué se ha escrito, sobre qué se ha escrito y qué se estaba escribiendo a nivel de guiones en el Ecuador, no solo desde sus talleres sino a nivel general, de tal forma que el cine ecuatoriano pudiera disponer de una suerte de catálogo de su materia prima para las producciones cinematográficas. No sabemos si esta iniciativa tuvo oídos o acogida en el archivo de imágenes y sonidos del Ecuador.

Sembrador del optimismo

Observador discreto de su tiempo, después de escuchar las palabras de uno de los tantos Ministros de Cultura que deambularon el tiempo verdeflex explicando las bondades de la Ley de Cultura, me dijo “cuídate de los que hablan mucho”. Gerardo no solo que contribuyó a la formación de la materia prima para el quehacer cinematográfico, sino que fue un factor que coadyuvó al crecimiento cualitativo del cine en la mitad de la tierra. Amigo de varias generaciones de cineastas y hermano de este nosotros, el de los primeros tiempos, cuando juntos no hacíamos dos manos pero impulsábamos unitariamente el sueño de la construcción del colectivo y del cine en el Ecuador.

Tal vez por su estatura de hermano mayor, por su experiencia y fe en la esperanza,  juntó en silencio su corazón a este esfuerzo de crecimiento. Hizo compromiso con su soñar y el nuestro y miró con la distancia, en interrogantes sin respuestas, el llamado desarrollo del cine ecuatoriano. Un plural en juventud que devino en erosión regresiva y que perdió su historia de lucha de cuarenta años, su espacio propio, su nombre y la capacidad de resistencia y batallar con creatividad.

Primero fue la implosión de la histórica ASOCINE, luego la eliminación de la Ley de Cine y la extinción del Consejo Nacional de Cine. El surgimiento de una nueva institucionalidad, el ICCA, extinguida y reemplazada, por otra nomenclatura, el IFCI, una ocurrencia del correatomoreno que violó la Constitución del Ecuador y terminó liquidando la institucionalidad del cine y la precaria unidad de las organizaciones de cineastas que después del primer alboroto, renunciaron a la lucha y prefirieron el oportuno confort del silencio.

“No puedo desprenderme de mi ingenuo optimismo, al que siempre añado un gran deseo de certeza", me dijo Gerardo para añadir, “tómame en cuenta en esa lucha”.

Enamorado de la vida, nunca dejó de lado el optimismo, ni su vocación de maestro en lucha. Siguió desde La Habana, en tiempos de pandemia impartiendo conocimientos de manera virtual, elaborando planes para su regreso, respuestas para sus alumnos y colegas, hasta que el destino le marco su partida para ir allá, donde solo los dramaturgos comparten la alquimia de la pasión por esa necesidad eterna del saber contar humanidad.

Tal vez el mejor homenaje que el cine ecuatoriano puede hacer a su memoria es reconstituir su unidad,  su lucha por un marco jurídico propio, su capacidad de decisión e independencia para construir juntos el objetivo común, pasión de todos y de Gerardo Fernández García, maravillar al espectador con el relato de las imágenes.

Quito, 23 de diciembre del 2020

  

GALERÍA
Gerardo
 


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