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1 de Diciembre del 2023
Historias
Lectura: 18 minutos
1 de Diciembre del 2023
Ugo Stornaiolo (*)
Henry Kissinger: los cien años de la sombra del poder imperial
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Henry Kissinger utilizando el teléfono del despacho del viceconsejero de Seguridad Nacional Brent Scowcroft para obtener información sobre la situación en Vietnam del Sur. (Created: 29 April 1975). Foto: © Dominio público / PD-USGOV

 

Fue uno de los promotores para impedir que se instalen regímenes comunistas en América Latina, tras la amenaza de Fidel Castro de exportar la revolución socialista cubana a la región. Desde 1970, junto con la CIA, conspiró contra el gobierno socialista de Salvador Allende, ocasionando su caída en 1973.


Pocos meses después de cumplir un siglo, Henry Kissinger, el estratega de la política exterior estadounidense del siglo XX, falleció en su casa de Connecticut. El también polémico Premio Nobel de la Paz y famoso por su extravagancia y su apego al jet set, que estuvo junto a dos presidentes: Nixon (depuesto por el caso Watergate) y su sucesor Ford, y que marcó la agenda geopolítica de su tiempo, siendo también responsable de los bombardeos norteamericanos en Vietnam y del golpe militar de Chile, deja un legado imposible de soslayar.

La famosa periodista italiana Oriana Fallaci lo describía hace 60 años en su libro Entrevista con la Historia: “este hombre tan famoso, tan importante, a quien llamaban Superman, Superstar, Superkraut, que lograba paradójicas alianzas y conseguía acuerdos imposibles, tenía al mundo con el alma en vilo, como si el mundo fuese su alumnado de Harvard. Este personaje increíble, inescrutable, absurdo en el fondo, que se encontraba con Mao Tse-tung cuando quería, entraba en el Kremlin cuando le parecía, despertaba al presidente de los EE.UU. y entraba en su habitación cuando lo creía oportuno, este cuarentón con gafas ante el cual James Bond queda convertido en una ficción sin alicientes, que no dispara, no da puñetazos, no salta del automóvil en marcha como James Bond, pero aconsejaba guerras, terminaba guerras, pretendía cambiar nuestro destino e incluso lo cambiaba. En resumen ¿quién es Henry Kissinger?”

Nació en la ciudad alemana de Furth. Hijo de Ludwig, profesor de secundaria y de Paula. De familia hebrea, con catorce de sus parientes muertos en campos de concentración, que huyó con su padre, madre y hermanos a Londres en 1938 y luego llegó a su tierra de adopción, Nueva York. Su nombre original era Heinz y no sabía nada de inglés. Lo aprendió pronto. Su padre consiguió empleo en una oficina postal y su madre abrió una pastelería. Su buen rendimiento en el colegio posibilitó su admisión en Harvard para obtener su licenciatura. Luego fue profesor del prestigioso centro de estudios. Siendo soldado, a los 21 años en Alemania, le hicieron una prueba en la que se determinó que su inteligencia bordeaba el genio.

la Casa Blanca era “su casa”. Llevaba a lavar su ropa, comía a menudo y no llegó a dormir allí “porque no hubiera podido llevar mujeres”. Su popularidad con el sexo opuesto era muy comentada y sus gafas de miope, sus rizos de hebreo, sus trajes grises con corbata azul marcaron una tendencia en la moda masculina de entonces.

Tras una vida que le dio oportunidades, llegó a ser el hombre más poderoso de Estados Unidos. La Fallaci contaba un chiste que circulaba en esa época: “imagina lo que sucedería si muriese Henry Kissinger: Richard Nixon se convertiría en presidente de los Estados Unidos”. Era, según muchos, “la nodriza mental de Nixon”. Y hasta acuñaron un apodo: “NIxinger”. Tanto así que Nixon no pudo prescindir de él en sus seis años de mandato y fue heredado a Gerald Ford, tras los escándalos de Watergate.

“Su Casa Blanca”

La periodista italiana lo describe como un habitante de la Casa Blanca, que era “su casa”. Llevaba a lavar su ropa, comía a menudo y no llegó a dormir allí “porque no hubiera podido llevar mujeres”. Su popularidad con el sexo opuesto era muy comentada y sus gafas de miope, sus rizos de hebreo, sus trajes grises con corbata azul marcaron una tendencia en la moda masculina de entonces. “Y su falso caminar de hebreo que ha descubierto el placer”, remataba la Fallaci.

El diario El País reseñaba que nunca terminó de perder el acento alemán. Estaba activo hasta el último día de vida, promocionaba libros de liderazgo y fue testigo ante un comité del Senado ante la amenaza nuclear de Corea del Norte. En julio pasado estuvo en China y se reunió con Xi Yinping. Un diplomático hasta las últimas consecuencias.

En la Segunda Guerra Mundial se enlistó en el ejército estadounidense. Sabía desde muy joven lo que era el nazismo, pues huyó con su familia de Alemania. Un brillante, pero arrogante intelectual, con un agudo sentido del humor. Amante del fútbol, con una cuestionable actuación durante el Mundial de Fútbol de Argentina 1978, por su tácito apoyo a la dictadura de Videla.

Luego de 17 años de carrera académica en Harvard entró en la administración de Richard Nixon, primero como consejero de seguridad nacional y luego como secretario de estado, a la cabeza de la diplomacia estadounidense.

Fue una figura decisiva de la política internacional en las décadas de los 60 y 70. En su manual estaba la realpolitik, un pragmatismo que no conocía ni principios ni ideologías. Fue decisivo en la ampliación de la influencia del gigante norteamericano a escala mundial. Sus detractores decían que era una mezcla entre Maquiavelo y Mefistófeles. Su responsabilidad en algunas intervenciones de su país en muchas partes del mundo nunca quedó aclarada.

Fue una figura decisiva de la política internacional en las décadas de los 60 y 70. En su manual estaba la realpolitik, un pragmatismo que no conocía ni principios ni ideologías. Fue decisivo en la ampliación de la influencia del gigante norteamericano a escala mundial. Sus detractores decían que era una mezcla entre Maquiavelo y Mefistófeles.

Fue clave en las negociaciones para controlar el armamentismo entre EE.UU. y la URSS en plena Guerra Fría, lideró las negociaciones de paz con Vietnam del Norte que costaron a su país una larga, impopular y onerosa guerra que posibilitó que Saigón caiga en manos del Vietcong comunista, con una última escena de diplomáticos y refugiados huyendo en helicóptero desde la embajada estadounidense.

Por su origen fue quien acercó mucho más las relaciones estadounidenses con Israel e intentó abrir caminos con algunos países árabes para que exista una coexistencia con el Estado judío, que por esos años había sido escenario de varias conflagraciones, siendo la última la llamada “guerra de los 6 días”. Logró la separación de Israel con Siria en los Altos del Golán. Promovió la histórica visita de Nixon a China en 1973, normalizando las relaciones entre EE.UU. y el gigante comunista asiático, enemistados por muchos años.

Fue uno de los promotores para impedir que se instalen regímenes comunistas en América Latina, tras la amenaza de Fidel Castro de exportar la revolución socialista cubana a la región. Desde 1970, junto con la CIA, conspiró contra el gobierno socialista de Salvador Allende, ocasionando su caída en 1973.

El escándalo de las escuchas telefónicas y el espionaje del caso Watergate, en lugar de debilitarlo, hizo que creciera su influencia, mientras su antiguo mentor caía en desgracia, mientras él se mantenía en la administración de Gerald Ford. Fue un asesor clave de varios mandatarios de las siguientes décadas, sin importar si fuesen demócratas o republicanos. Escribió muchos libros, viajó por el mundo y manejó una firma de consultoría global.

Por las políticas estadounidenses en el sudeste asiático y en América Latina fue acusado de ser criminal de guerra. El momento más polémico fue cuando le concedieron el Premio Nobel de la Paz en 1973 junto con el líder norvietnamita Le Duc Tho —que lo rechazó— lo que provocó la renuncia de dos miembros del comité que concedía el galardón y no faltaron las críticas por los bombardeos secretos en Camboya en 1970 (para impedir los suministros de armas desde ese país, gobernado por el sanguinario Pol Pot hacia las guerrillas del Vietcong).

El presidente de EE.UU. Richard Nixon felicita a Henry Kissinger por la concesión del Premio Nobel de la Paz 1973. Foto: Jim Palmer/AP

Aunque estaba divorciado desde 1964 de su primera esposa, Ann Fleischer, Kissinger se ganó fama de mujeriego y le fue atribuida la frase de que “el poder es el mejor afrodisíaco”. En 1974 se casó por segunda vez con Nancy Maginess, cercana colaboradora de Nelson Rockefeller, gobernador de Nueva York.

George W. Bush lo escogió en septiembre de 2001, tras los atentados del 11-S, para encabezar un comité investigador, pero terminó siendo acusado por la oposición demócrata por tener conflictos de interés entre su firma consultora y los integrantes del gobierno, lo que obligó a su dimisión.

Aunque estaba divorciado desde 1964 de su primera esposa, Ann Fleischer, Kissinger se ganó fama de mujeriego y le fue atribuida la frase de que “el poder es el mejor afrodisíaco”. En 1974 se casó por segunda vez con Nancy Maginess, cercana colaboradora de Nelson Rockefeller, gobernador de Nueva York.

Era evasivo cuando se le preguntaba si se arrepentía de las cosas que había hecho en el pasado, como declaró en una de sus últimas entrevistas a la cadena ABC: “llevo pensando en esos problemas toda mi vida. Es mi afición tanto como mi trabajo. Así que las recomendaciones que di fueron las mejores de las que era capaz entonces”.

Henry Kissinger (a la izquierda), Nelson Rockefeller y el presidente Gerald Ford. FOTO: Foto. AFP / Archivo Nacional

Una entrevista polémica

Oriana Fallaci lo tenía en la mira. Era necesario que Kissinger sea entrevistado por la célebre periodista. La descripción que hace del poderoso político es decidora: “el hombre seguía siendo un misterio. como su éxito sin parangón. Y la razón de ese misterio era que acercarse a él y comprenderlo resultaba dificilísimo; no concedía entrevistas individuales, hablaba sólo en las ruedas de prensa acordadas por la presidencia. Y yo, lo juro, aún no he comprendido por qué aceptó verme apenas tres días después de haber recibido una carta mía sobre la que no me hacía ilusiones. Dijo que era por mi entrevista. con el general Giap, hecha en Hanoi, en febrero del sesenta y nueve”.

Agrega Fallaci: “después del extraordinario “sí”, cambió de idea y aceptó verme con una condición: no decirme nada. Durante el encuentro hablaría sólo yo y de lo que dijera dependería de que me concediera o no la entrevista; suponiendo que tuviera tiempo para ello. Nos encontramos en la Casa Blanca. el jueves. 2 de noviembre de 1972. Lo vi llegar apresurado, sin sonreír y me dijo: ‘Good morning, miss Fallaci’. Después, siempre sin sonreír, me hizo entrar en su estudio, elegante. lleno de libros, teléfonos, papeles, cuadros abstractos, fotografías de Nixon. Allí me olvidó y se puso a leer, vuelto de espaldas, un extenso escrito mecanografiado. Era un tanto embarazoso estar allí en medio de la estancia mientras él leía dándome la espalda. Era incluso tonto e ingenuo por su parte. Pero me permitió estudiarlo antes de que él me estudiase a mí. Y no sólo para descubrir que no es seductor, tan bajo y robusto y prensado por aquel cabezón de camero, sino para descubrir que ni siquiera es desenvuelto ni está seguro de sí”.

"De otro jefe de Estado del cual yo había dicho que no me parecía necesariamente inteligente pero que me había gustado mucho, dijo: La inteligencia no sirve para ser jefe de Estado. Lo que cuenta en un jefe de Estado es la fuerza. El valor, la astucia y la fuerza”: oriana fallaci.

Sigue contando: “al decimoquinto minuto del coloquio, cuando me hubiese dado de bofetadas por haber aceptado aquella absurda entrevista por aquél a quien quería entrevistar, olvidó un poco de Vietnam y, en tono de reportero interesado, me preguntó cuáles habían sido los jefes de Estado que más me habían impresionado (el verbo impresionar le gusta)”.

Agrega: “Resignada, le hice la lista. Sobre todo estuvo de acuerdo con Bhutto: Muy inteligente. muy brillante... No lo estuvo con respecto a Indira Ghandi: ¿De veras le gusta Indira Ghandi?» Como si quisiera justificar la desgraciada elección que había sugerido a Nixon durante el conflicto indo-pakistaní. cuando se declaró a favor de los pakistaníes que perdieron la guerra y contra los hindúes. que la ganaron. De otro jefe de Estado del cual yo había dicho que no me parecía necesariamente inteligente pero que me había gustado mucho, dijo: La inteligencia no sirve para ser jefe de Estado. Lo que cuenta en un jefe de Estado es la fuerza. El valor, la astucia y la fuerza”.

Una faceta del diplomático que descubre Fallaci era la excesiva dependencia que Nixon tenía hacia él. En la parte final de la entrevista cuenta algunos de esos detalles, que quedaron para los libros de historia: “a las diez y media entraba otra vez en su oficina para iniciar la entrevista quizá más incómoda de todas las que haya hecho. ¡señor, qué pena! Cada diez minutos nos interrumpía el timbre del teléfono, y era Nixon que quería cualquier rosa, que preguntaba cualquier cosa. Petulante, fastidioso, como un niño que no sabe estar lejos de mamá. Kissinger contestaba apresurada y obsequiosamente y el diálogo conmigo se interrumpía haciendo aún más difícil el esfuerzo de comprenderlo medianamente”.

Una faceta del diplomático que descubre Fallaci era la excesiva dependencia que Nixon tenía hacia él. En la parte final de la entrevista cuenta algunos de esos detalles, que quedaron para los libros de historia: “a las diez y media entraba otra vez en su oficina para iniciar la entrevista quizá más incómoda de todas las que haya hecho.

Añade: “después, justo en el mejor momento, cuando él me desvelaba la esencia inaprehensible de su personalidad, uno de los dos teléfonos sonó de nuevo. Era otra vez Nixon: ¿podía el doctor Kissinger entrevistarse un momento con él? Por supuesto, señor presidente. Se levantó, me pidió que esperara. que intentaría encontrar un poco de tiempo. Salió y aquí se acabó nuestro encuentro. Dos horas más tarde, mientras estaba aún esperando, el asistente Dick Campbell compareció muy confuso para decirme que el presidente salía hacia California y que el doctor Kissinger tenía que marcharse con él. No regresaría a Washington antes del martes por la noche. cuando ya hubiera empezado el escrutinio de votos, y dudaba razonablemente que en aquellos días pudiera terminar la entrevista. Si hubiese podido esperar hasta fines de noviembre, cuando el panorama estuviera ya despejado”...

En una parte del difícil diálogo que sostuvieron y muy convencido de sus convicciones, cuando Oriana Fallaci le pregunta: “hablemos de la guerra, doctor Kissinger. Usted no es pacifista, ¿verdad? Y el veterano diplomático le responde: No, no creo serlo. Aunque respete a los pacifistas genuinos, no estoy de acuerdo con ningún pacifista y en especial con los pacifistas a medias: los que aceptan la guerra por una parte y son pacifistas por la otra. Los únicos pacifistas con los que acepto hablar son los que soportan hasta el final las consecuencias de la no violencia. Pero incluso con éstos hablo sólo para decirles que serán aplastados por la voluntad de los más firmes y que su pacifismo sólo les conducirá a horribles sufrimientos. La guerra no es una abstracción, es una cosa que depende de las condiciones. La guerra contra Hitler, por ejemplo, era necesaria”.

Parafraseando con un error la letra del tango de Carlos Gardel, “que cien años no son nada”…

(*) El autor tiene un PhD. en Investigación Educativa por la Universidad de Alicante en España, es Doctor de Postgrado en Ciencias Internacionales y Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Central del Ecuador. Sus temas de especialización: periodismo, comunicación social, comunicación organizacional, comunicación política, historia, política y relaciones internacionales. Autor de libros y publicaciones periodísticas y académicas. Ha presentado ponencias en eventos académicos y seminarios internacionales sobre los ámbitos de su experticia.   

 

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