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9 de Noviembre del 2020
Historias
Lectura: 8 minutos
9 de Noviembre del 2020
Mateo Ordóñez
Hugo Ordóñez Espinosa, mi abuelo
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Hugo Ordóñez murió a los 96 años en Quito, capital en la que se había asentado desde 1979 junto con su familia, originaria de Cuenca. Fotos: Cortesía de la Familia Ordóñez

 

Ex contralor del Estado, ex ministro juez de la Corte Nacional de Justicia, abogado y periodista, había nacido en Cuenca en 1923. Su papel es especialmente recordado durante el retorno a la democracia y la reinstitucionalización del país. Su nieto y colaborador de este portal comparte algunos recuerdos de su vida familiar.

Durante estos últimos días, después del fallecimiento de mi abuelito Hugo Ordóñez Espinosa, la familia ha recibido mensajes de cariño de todas partes. Mi "abue" falleció el 25 de octubre a sus 96 años. Había nacido en Cuenca el 31 de octubre de 1923. Su vida estuvo marcada por varios hitos en su carrera profesional, pues fue  docente, abogado y periodista, así como por  sus méritos intelectuales, su moral y su civismo. Fue uno de los fundadores del Semanario La Escoba en los años cincuenta, el cual tuvo gran trascendencia en el periodismo de Cuenca, y en 1957 fue parte de los fundadores de la Unión de Periodistas del Azuay (UPA).

En 1979 fue designado contralor general del Estado por el expresidente Jaime Roldós Aguilera, cargo en el cual demostró su valentía y honestidad en defensa de los recursos del Estado y su implacable batalla contra la corrupción. Entre sus últimos cargos públicos, en los años noventa, fue Ministro Juez de la Corte Suprema de Justicia. Fue a partir de entonces que él y su esposa se instalaron en Quito, en donde hizo buena parte de su vida pública. En su ciudad natal, el auditorio de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Cuenca lleva su nombre. 


Con el presidente Jaime Roldós y el vicepresidente Oswaldo Hurtado en 1979. Ocupó también la magistratura en la Corte Suprema de Justicia. 

Su vida estuvo marcada por varios hitos en su carrera profesional, pues fue  docente, abogado y periodista, así como por  sus méritos intelectuales, su moral y su civismo. Fue uno de los fundadores del Semanario La Escoba en los años cincuenta, el cual tuvo gran trascendencia en el periodismo de Cuenca.

Se ha resaltado especialmente, su gestión como Contralor General del Estado, en los primeros años del retorno a la democracia. Muchas personas han rendido tributo a la memoria de mi abuelito y voy a estar eternamente agradecido por ello. Lo han hecho y lo harán personas del ámbito público. Lo seguirán nombrando y recordando por su ejemplar trayectoria y por lo cual yo, como su nieto, me siento profundamente orgulloso. Sin embargo, yo quiero hablar del abuelo al que conocí. Soy un privilegiado al poder ser un miembro más de la familia de 8 hijos, 15 nietos y 4 bisnietos que mi abuelito construyó junto a mi abuelita Reina Cordero Carrasco. Yo soy parte de ese grupo de 15 nietos adorados que siempre gozaron de su amor incondicional.


Hugo Ordóñez fue un hombre de intensa vida familiar en compañía de sus hijos, nietos y bisnietos.

Mi abuelito nos enseñaba a través de sus actos lecciones importantes que nos servirían para la vida. Nos enseñó que la familia debe ser siempre la prioridad. Construyó una sencilla casa en Puembo hace más de dos décadas para que todos los tíos y primos nos reunamos en ella. Esta casa de campo fue el lugar preferido de mi infancia, un pedazo de cielo en la tierra para sus nietos. Lo mismo hizo en Quito, al construir poco a poco el edificio familiar donde todavía vivimos todos juntos. Su intención fue clara y fue mantenernos siempre unidos.

"Nos enseñó el amor a las cosas sencillas de la vida, a la naturaleza, cuando simplemente se levantaba a caminar en el jardín alrededor de la casa de Puembo y sentía el sol de la mañana en sus hombros, protegido por su sombrero de paja de talla extra grande, cuando leía el periódico bajo la sombra de un árbol mientras comía su papaya".

Por otro lado, nos enseñó el amor a las cosas sencillas de la vida, a la naturaleza, cuando simplemente se levantaba a caminar en el jardín alrededor de la casa de Puembo y sentía el sol de la mañana en sus hombros, protegido por su sombrero de paja de talla extra grande, cuando leía el periódico bajo la sombra de un árbol mientras comía su papaya como refrigerio, cuando silbaba imitando a los pájaros que descansaban en la copa de los árboles, cuando salíamos todos a caminar por el campo, cuando regresábamos de Puembo a Quito, contando "pichirilos" en el camino.

Nos inculcó el amor hacia la música clásica, animando a sus nietos a que aprendieran a tocar el piano de su sala, el cual prometía regalarlo al candidato más apto. Al final mi primo Hugo, a quien llamaba "tocayo" mereció el honor de quedarse con el piano.

Nos dijo siempre que la mejor opción para consultar alguna duda era revisar la enciclopedia o el diccionario. Sin embargo, yo prefería siempre consultarle directamente a él mis inquietudes, pues mi abuelito siempre fue una persona extremadamente culta y sus explicaciones eran profundas y divertidas.


Hugo Ordóñez leía y escribía con frecuencia. Aquí en el valle de Yunguilla, cerca de Cuenca.

Los nietos de chiquitos entrabamos corriendo a su oficina, la entrada a un universo infinito de libros, y ahí estaba él, mi abuelito, siempre esperando a “su tocayo”, “su ñusta” (princesa en quechua), “su negrito”, “su cuscungo”, o cualquier otro nieto, a los que no llamaba con esos cariñosos apelativos, para que le sacara una sonrisa.  Nos enseñó que debemos estar agradecidos con la vida y comer siempre todo lo que se sirve en la mesa, acompañar con mote todas las comidas como buen cuencano que fue. Nos enseñó a practicar los idiomas que nos enseñaban en la escuela, hablábamos a veces en francés y cantábamos en el carro La Marsellesa.

Mi abuelito fue un hombre sencillo, amante de las cosas bellas de la vida. En sus últimos años, mostraba ciertos momentos de lucidez y recuerdo uno en particular, en el cual yo le comentaba a mi tía Marcela sobre lo que aprendí en la universidad, particularmente sobre una tan materia apasionante como difícil, la  Biología Molecular.  Recuerdo su asombro, comprensión y su enorme interés sobre estos temas, me susurró que hay un mundo desconocido por descubrir, una pequeña conversación de minutos, un momento inolvidable que nunca más tuve la suerte de vivirlo.

Al final de sus días mi abuelito ya no me reconocía, la vejez le había ganado la partida, sin embargo, en la profundidad de sus ojos azules yo veía una mirada que se conectaba con la mía, como si me reconociera en su memoria.

Desde el fallecimiento de mi abuelita, durante sus últimos 12 años la familia lo cuido cada uno de estos días, el amor que recibió durante esos años por parte de sus hijos, sus nietos, sus bisnietos es lo más significante, me demuestra la breve y preciosa que es la vida, y la suerte que tuvimos de vivirlo en la vastedad del espacio y tiempo.

Al final de sus días mi abuelito ya no me reconocía, la vejez le había ganado la partida, sin embargo, en la profundidad de sus ojos azules yo veía una mirada que se conectaba con la mía, como si me reconociera en su memoria.  Escribo estas líneas en memoria de mi adorado abuelito, del gran padre de mi padre. Hasta siempre abuelito.

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Hugo Ordóñez Espinosa, mi abuelo
 


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