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22 de Septiembre del 2015
Historias
Lectura: 5 minutos
22 de Septiembre del 2015
Alex Ron
Iván Garcés: el zoom de la ciudad imaginada

Fotos: Cortesía

Él era un animal nocturno, adicto a la cuerda floja, prefería la sinceridad de los seres devastados al esnobismo de los círculos de intelectuales y artistas. Fotografiar, vagar, fumar.

 

Esta es una semblanza del fotógrafo y artista quiteño, quien se ha ido pero nos deja su obra, sus personajes, sus colores extraños y esa sencillez para arrobarnos desde cualquier recodo, en medio de la niebla, en medio de la nada. Sus fotografías que nos conmueven se juntan a su coraje para no apagarse sin antes regalarnos un arco iris flamígero, una bocanada de luz antes del ocaso.

Abre la cabeza de par en par, ventanas que gritan de luz al mundo. Ensánchate al universo y desparrámate tras la mirada que se fuga al horizonte. No te conformes con uno, dos, tres idiomas…tan poca cosa. No te estires satisfecho en la esquina del pueblo. Deja esa cerveza y toma el barco. Esmirna, Bakú, pisada tras pisada…Capodicia…las minas de sal. Recuerdas al viejo hablando de Itaca? O las palabras del sabio cantante errante, no seas de aquí, no seas de allá! No te entregues al complaciente engaño de la patria y la nación… Respira ancho y levanta tu hogar en los recónditos parajes de la memoria y la visión.
                                                                           
Iván Garcés

Una foto reciente de Iván Garcés

Suelta una bocanada larga. Baja del Forza y avanza hacia la pared mientras agita el aerosol. Los trazos son firmes, letra comic sans, dominio del espacio y el vértigo. Son las 11 de la mañana, nadie pinta grafitis a esa hora, los transeúntes observan perplejos. Iván Garcés por un instante se convierte en el paréntesis de realidad que rescata a la ciudad de su monotonía. Firma el grafiti, sube al auto, arranco. Me mira, sonríe, te dije que era fácil. Iván vivía a mil, no daba tregua, el juego era ser suicida y no matarse. Era el zoom de la ciudad promiscua, mendiga, vagabunda imaginaria, próxima a la locura y a la extenuación. Ciudad de orgasmos interrumpidos y campanarios demolidos por reguetón y bachata. Por las calles de la euforia y la resaca deambulaba como un fantasma más, a veces espectral, a veces radiante, sorprendía por sus frases e imágenes. Ahí estaba el vagabundo, el coleccionista de miradas, bandas de pueblo y desvaríos. Desde su lente levantaba el vuelo, lo divisaba todo hasta dejarse caer como un rayo de luz. Siempre antes del instante, tocar fondo, volver a tocar fondo, encontrar el zoom entre las cenizas. Resucitar, jugar, morir.

Se forjó como militante de izquierda en el partido comunista, fue un dirigente valiente y bizarro, se rebelaba contra cualquier estructura piramidal, siempre intentó un tipo de rebelión asociado a la estética. Por ello, un buen día, cansado del rojo como color identitario de la izquierda, pinto de violeta algunos murales del FADI, el violeta lo asociaba a los atardeceres en Quito.

Se forjó como militante de izquierda en el partido comunista, fue un dirigente valiente y bizarro, se rebelaba contra cualquier estructura piramidal, siempre intentó un tipo de rebelión asociado a la estética.

Lo ubicaron como un diletante por su adicción a las drogas, pero nunca dejó de ser un generador de pensamiento político y cultural. Fotografiaba mendigos, prostitutas, locos. Desde la marginalidad construyó un universo deslumbrante de imágenes con las que desnudaba las contradicciones una sociedad que mientras más se modernizaba, más se alejaba de lo humano.

Él era un animal nocturno, adicto a la cuerda floja, prefería la sinceridad de los seres devastados al esnobismo de los círculos de intelectuales y artistas. Fotografiar, vagar, fumar. Ese aparente escapismo terminó siendo su forma de rechazo al mundo inconsistente de un Ecuador mil veces rescatado y envilecido, de un Ecuador absurdo que no terminaba de consolidarse como nación. Los barrios bohemios, la Mariscal, Guápulo, eran sus verdaderas patrias. Nunca estaba totalmente cómodo. Tenía que levantar el vuelo, vendía sus fotos a precios irrisorios, él lo sabía, pero no sentía tristeza, sabía que el instante de creación superaba a la obra. 

Iván en medio de sus adicciones y delirium tremens encontró los instantes de tranquilidad y precisión para enfocar y convertir, a través de su lente, lo más terrible en energía, fuego sagrado, brisa.  

Sus últimos años enfrentó al cáncer, desde su aparente fragilidad alcanzó una mayor agudeza para captar imágenes y para entender un Ecuador polarizado y contradictorio.

El Ecuador del correísmo que para él era una monótona selva de cemento y publicidad: ¿Desde cuándo se volvió revolucionario reprimir indígenas, condenar y dividir sindicatos, arrestar estudiantes, construir mamotretos de cemento en la selva, deforestar, deportar, ocupar tiempo T.V con fondos públicos y burlarse de quien discrepa…no habíamos superado eso ya en los 70s?

Iván se ha ido, nos deja su obra, sus personajes, sus colores extraños y esa sencillez para arrobarnos desde cualquier recodo, en medio de la niebla, en medio de la nada. Sus fotografías que nos conmueven se juntan a su coraje para no apagarse sin antes regalarnos un arco iris flamígero, una bocanada de luz antes del ocaso.

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