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1 de Abril del 2022
Historias
Lectura: 13 minutos
1 de Abril del 2022
Gabriela Muñoz
Koya Shugulí: soy lo que soy
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Koya, de 32 años de edad. Dirigente indígena kichwa. Investigadora. Máster en Cooperación Internacional. Doctoranda en Diseño y Gestión de Política Pública. Fotos: Gabriela Muñoz

 

“¿Cuál es el rol de la mujer indígena si en la toma de decisiones son las encargadas de servir la chicha o de prepararla, mientras en los espacios importantes solo están hombres de las nacionalidades y pueblos indígenas del Ecuador? Esta es una realidad que la he visto con mis ojos, pero que también es un derecho que reclaman miles de mujeres indígenas".

“¿Cómo no ser feminista? Cuando mi madre se quedó huérfana a corta edad, viviendo en absoluta pobreza, se tuvo que encargar de sus seis hermanos y logró ser la primera presidenta de El Ejido. Cuando hablo de empoderamiento de la mujer, ella es mi mayor ejemplo”. Koya Shugulí. 32 años. Dirigente indígena kichwa. Investigadora. Máster en Cooperación Internacional. Doctoranda en Diseño y Gestión de Política Pública.

Koya, para los antiguos incas, significa dueña, soberana. “Mi mamá, Elena Guerra, oriunda de Monserrate (Otavalo), me enseñó a luchar por lo que se quiere y a no tener miedo de nada, a tener mi libertad económica y en todos los aspectos… También me dice que no me case, que primero debo aprender a ser dueña de mi vida", cuenta esta lideresa que investiga y escribe estudios para la Corporación Participación Ciudadana, una organización que trabaja para el fortalecimiento de la democracia y el ejercicio del control social en Ecuador.

Hace pocas semanas publicó su última investigación, La lucha amazónica tiene rostro de mujer, un reconocimiento al camino que recorren las defensoras de la selva. Entre ellas: Mirian Cisneros, Nemonte Nenquimo, Patricia Gualinga, Zoila Castillo, Nina Gualinga, María Taan, Verónica Inmuna... “Pero su lucha apenas empieza. Son sus hijas, hermanas, amigas y ellas mismas quienes deben seguir con esta larga batalla contra el sistema patriarcal que las he dejado sin oportunidades y la sociedad que, en su conjunto, no reconoce el trabajo de estas mujeres por salvar sus territorios, salvar su lengua viva, salvar sus conocimientos, sus cánticos, su medicina, su cultura, que hoy peligra y grita fuerte desde la selva hacia el mundo entero”, escribió.

Koya es defensora de la naturaleza, defensora del feminismo indígena, defensora de los derechos de los pueblos y nacionalidades. Para lograrlo consiguió becas. Estudió. “Porque cuando no tienes los suficientes recursos y quieres cambiar el mundo debes capacitarte y conseguir las formas de progresar. No es fácil porque hay que superar un montón de obstáculos”, dice. 

Cuando estudiaba en el colegio Santo Domingo de Guzmán, las religiosas les dijeron a sus padres que era una niña superdotada, con un coeficiente intelectual alto y, por lo tanto, recomendaron cambiarla a un centro donde pudiera desarrollar todas sus capacidades. 

Hace pocas semanas publicó su última investigación, La lucha amazónica tiene rostro de mujer, un reconocimiento al camino que recorren las defensoras de la selva. Entre ellas: Mirian Cisneros, Nemonte Nenquimo, Patricia Gualinga, Zoila Castillo, Nina Gualinga, María Taan, Verónica Inmuna...

“Mi familia no tenía dinero para pagarme una escuela para superdotados. Imagínate. Ellos, antes de tener sus locales de artesanías en La Mariscal, trabajaban en el sector El Recreo, al sur. Allí crecí”. 

Después de averiguar el plantel ideal para Koya, fue matriculada en el colegio Sebastián de Benalcázar. Fue parte de la primera promoción mixta. De 45 alumnos, solo cinco eran mujeres.

Antes de contar su experiencia en el colegio, deja a un lado la copa de vino tinto, respira y exhala. Confiesa que esa vivencia fue la más dura de su vida. Salió de un colegio de monjas a otro donde todo era distinto. Y ahí conoció la discriminación, la exclusión. “Los chicos me trataban como india o longa. Me dejaban sola. Sufrí muchísimo por el bullying en mi adolescencia. Tuve que colocar en mi alma una coraza para surgir. Y esa coraza la uso hasta ahora porque sigo sufriendo lo mismo. Hay medios que me dicen que «lleve algunos de esos trajes», como si se tratara de un disfraz que uso para asistir a las entrevistas. Siento, a veces, que me invitan para que el programa luzca más ‘inclusivo’ y no por el valor de mi palabra, de mis estudios y vivencias”.

Con las calificaciones que obtuvo en el colegio logró una beca en la Universidad San Francisco de Quito. Después consiguió otra en la Universidad de Michigan (Estados Unidos), donde estudió Ciencias Políticas.

Regresó con su título al Ecuador y empezó a trabajar como consultora para partidos políticos y organizaciones no gubernamentales. Recuerda que su activismo empezó a reconocerse en los medios de comunicación a partir de 2013, cuando decidió investigar lo que hay detrás de las concesiones mineras. Recorrió el país. Fue a las comunidades más alejadas para conversar con la gente y mostrar a través de sus redes sociales lo que le contaban los campesinos sobre los engaños de las empresas mineras. 


Koya ha sido invitada a debatos donde expone los argumentos de su activismo en pro de las mujeres, los pueblo sndígenas y la lucha por el medio ambiente.

También fue a programas televisivos de debate político para expresar, clara y contundente, que los partidos no toman en cuenta en sus agendas las propuestas de mujeres, pueblos y nacionalidades indígenas y jóvenes. “En este país no hay meritocracia. El padre de un alto funcionario es embajador, los hermanos de un ministro son embajadores. Todo se maneja en círculos cerrados. ¿De qué nos sirve a los jóvenes prepararnos y estudiar en este país del reparto del poder?”, cuestionó en un programa transmitido a nivel nacional.

Al igual que la lucha contra la minería, Koya es una apasionada del feminismo indígena, sobre todo del amazónico. Y lo explica así: 

“Tengo una clara imagen dentro de mi cabeza: ver asambleas, parlamentos, entre otras reuniones de los pueblos y nacionalidades indígenas, donde la presencia de mujeres es casi nula. Me pregunto si acaso el recurso de una cosmovisión indígena en donde existe la complementariedad queda solo en palabras.

“¿Cuál es el rol de la mujer indígena si en la toma de decisiones son las encargadas de servir la chicha o de prepararla, mientras en los espacios importantes solo están hombres de las nacionalidades y pueblos indígenas del Ecuador? Esta es una realidad que la he visto con mis ojos, pero que también es un derecho que reclaman miles de mujeres indígenas. Son pocas las que se han destacado, incluso a costa de su propia vida, y otras con el temor de cometer un error que las deje afuera de los espacios de toma de decisiones, no por ser malas en sus posiciones sino por ser mujeres.

"Es una realidad universal: las mujeres tenemos que demostrar el doble de nuestra capacidad de liderar, pero en el caso de las indígenas se triplica la presión por no cometer errores, por no ir contra la mayoría, incluso con posiciones que podrían afectarlas personalmente. Al hablar con varias lideresas indígenas amazónicas comprendí que su lucha por los territorios es parte fundamental de su posición como mujeres, como lideresas. Entendí también que el territorio no solo es un pedazo de tierra en el cual han vivido, es su medio de existencia y es donde han aprendido todo lo que saben, que no es poco. La lucha de la mujer es por las plantas medicinales que forman parte de sus conocimientos ancestrales, por los cientos de aves y animales de los cuales se alimentan y realizan sus artesanías, por sus cantos vivos que las acompañan desde que son pequeñas, por las enseñanzas y saberes ancestrales de sus sabios y sabias, porque en estos territorios que hoy quieren ser explotados por la industria extractiva se encuentran sus vidas y quitarles eso las condenaría a la pobreza, a la mendicidad, a vivir en una sociedad que no han escogido bajo parámetros que no han decidido, por tratos en donde ellas no han formado parte alguna, a pesar de ser ancestralmente dueñas de estas tierras”. 

la mujer indígena tiene la mayor tasa de pobreza por ingreso (49,3%), mientras que los hombres indígenas alcanzan la cifra de 48,4%. Cinco de cada diez indígenas son pobres por ingresos, es decir viven con USD 84,82 mensuales. Pero los hombres cuentan con un día completo libre más que las mujeres.

El año pasado asistió a los consensos de Cusín, un encuentro que reunió a empresarios, políticos y periodistas para hablar sobre los problemas del país. Koya, de voz suave y mirada profunda, les dijo a los asistentes lo que pensaba del país, de los acuerdos nacionales, de la gobernabilidad y del poco espacio que los partidos políticos dan a los cuadros jóvenes, sobre todo a las mujeres. 

Ella tiene cifras sobre la discriminación a las indígenas: en Ecuador, la mujer indígena tiene la mayor tasa de pobreza por ingreso (49,3%), mientras que los hombres indígenas alcanzan la cifra de 48,4%. Cinco de cada diez indígenas son pobres por ingresos, es decir viven con $84,82 mensuales. Pero los hombres indígenas cuentan con un día completo libre más que las mujeres. La mayor carga de trabajo no remunerado la tienen las mujeres indígenas (55,8%). Y también, la menor tasa de afiliación a la seguridad social (18,8%). 

Reflexiona que no hay nada más patriarcal y machista que las dirigencias políticas de este país, incluidas los de la Conaie y otros movimientos y partidos indígenas. “Y eso se evidenció en las marchas de octubre de 2019. En las mesas de diálogo, el mediador internacional de la ONU fue quien le dio la voz a una de las lideresas indígenas. Fue él, no ellos”.

Esta joven activista de ojos grandes y cabello negro cuenta que actualmente apoya el proyecto de la Escuela del Bosque, en Puyo. Ahí, los jóvenes, sabios y sabias de la comunidad aprenden sobre sistemas de gobierno, cambio climático, cooperación internacional, manejo de la chacra, medicina ancestral, psicología y prevención del suicidio, patrimonio oral, historia y origen de las nacionalidades, semiótica amazónica, música y danza, arquitectura de la Amazonía. “Es un proyecto muy lindo, con una malla curricular acorde a la cosmovisión de los pueblos indígenas de la Amazonía. El objetivo es que esta escuela se convierta en la Universidad del Bosque”.

También es parte del proyecto Cuencas Sagradas Amazónicas, una iniciativa que trabaja con los jóvenes de las nacionalidades achuar, shuar-wampis, kichwa, siekopa’i, sápara-arabela-ikitu, andoa, waorani, kijus, a’i kofán, siona, shiwiar, ashaninka, awajún, bora, chamicuro, shawi, huitoto… de Ecuador y Perú. El objetivo: proteger de manera permanente 35 millones de hectáreas donde habitan 600 mil personas de más de 30 nacionalidades y pueblos.

Se emociona al hablar de sus proyectos y afirma que sus vivencias y los años le permiten, ahora, mostrarse tal y como es. Sin miedo. Hace una reflexión sobre su vida. Afirma claramente que quiere ser concejal y que espera que en algún momento toda su vida de lucha social le abra las puertas para trabajar por la ciudad que la vio crecer. Además, hace una reflexión profunda sobre sí misma. Cuenta que tiene trastorno bipolar, una afección del estado de ánimo que puede provocar intensos y súbitos cambios de ánimo. “Tomo medicación y he logrado controlar la enfermedad. Voy al psicólogo. Ya no tengo vergüenza de reconocerlo ni tampoco me afectan las críticas que podría generar. Entendí que no debo esconder este problema. Por el contrario, quiero ser una voz para aquellos que todavía no pueden enfrentar esta discapacidad. Quiero ser la puerta para hablar del tema, que la sociedad entienda lo importante que es la salud mental y que ello no te condena ni te define. Es tu trabajo, tu perseverancia lo que te hace ser quien eres. Y por eso yo soy lo que soy”. 

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Koya Shugulí: soy lo que soy
 


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