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28 de Diciembre del 2023
Historias
Lectura: 11 minutos
28 de Diciembre del 2023
Gabriela Muñoz
La pedagogía feminista de Beatriz Rodríguez
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Beatriz Rodríguez. Fotos: Cortesía

 

“Los políticos no deben colocarnos en sus listas como rellenos, sino porque realmente estamos capacitadas para ejercer cargos de elección popular. En las últimas elecciones miré que la mayoría de los políticos escogieron a mujeres obedientes para luego marginarlas o manipularlas. Ellos no seleccionaron a mujeres que hablen fuerte y claro, porque les incomoda”.

@GabyMunoz777

¿Qué tiene que ver el Museo del Carmen Alto con la invisibilización histórica de las mujeres ecuatorianas y con la abogada penalista Beatriz Rodríguez?

Beatriz (quiteña, 34 años de edad) es una habitante de las redes que a través de hilos de tuits pedagógicos enseña desde su cuenta en X (@BeaRodriguezTa) sobre lo que significa el feminismo, aclara dudas sobre la violencia de género, especifica lo que significa la violencia política contra las mujeres…

También analiza la importancia de que más mujeres sean capacitadas en administración pública para que lleguen a cargos con poder de decisión y evitar que la mayoría de los partidos políticos coloquen a mujeres influencers como relleno para las candidaturas a la Vicepresidencia, por ejemplo. Reflexiona sobre la corrupción desde el punto de vista jurídico y, de vez en cuando, pone un freno —con su estilo contundente— a otros abogados que, con tono irónico y sin éxito, buscan invalidarla.

Hace poco, Beatriz escribió un hilo sobre las formas de violencia de género. Uno de ellas es la invisibilización de las mujeres en el arte, en la cultura y en la política y su consecuente exclusión de los espacios públicos, del reconocimiento, de los ámbitos del poder y, sobre todo, de algo esencial: eliminarlas de la Historia. 

En siglos anteriores era un sacrilegio que una mujer pudiera firmar cuentos, novelas, cuadros…. El rol femenino estaba ligado exclusivamente a las tareas domésticas, a la reproducción y crianza de los hijos, en ese orden.

El hecho de que la mujer haya sido borrada de la Historia impulsó a Rosa Montero a investigar y publicar el libro Historias de mujeres.

Montero escribió: “Valientes y anónimas, así fueron millones de mujeres en el pasado. Precisamente, y según las últimas teorías académicas, tal vez los textos anónimos de la historia de la literatura hayan salido en su mayoría de plumas femeninas. En otras ocasiones, las mujeres escribían obras que luego sus cónyuges (o padres, hermanos o hijos) publicaban, como en el caso de la española María Martínez Sierra (1874-1974), feminista, diputada de la Segunda República y dramaturga, cuyos trabajos aparecieron bajo el nombre de su marido, Gregorio….”

Montero descubrió que el convento fue, a menudo, una obligación social, un encierro y un castigo, pero para muchas mujeres fue también el lugar en el que se podía ser independiente de la tutela varonil y que ahí se podía leer, escribir, asumir responsabilidades, tener poder y desarrollar una carrera.

“Además, ya está dicho que las obras de las mujeres siempre han tendido a extraviarse y a olvidarse; perdido está, por ejemplo, el poema épico La guerra de Troya, de la griega Helena, en quien se inspiró Homero para hacer la Ilíada. En fin, como dice Virginia Wolf, ¿qué sucedió con Judith Shakespeare, la hermana imaginaria, ambiciosa y llena de talento de William Shakespeare?”.

Montero descubrió que el convento fue, a menudo, una obligación social, un encierro y un castigo, pero para muchas mujeres fue también el lugar en el que se podía ser independiente de la tutela varonil y que ahí se podía leer, escribir, asumir responsabilidades, tener poder y desarrollar una carrera.

Hubo religiosas extraordinarias por su nivel intelectual o su capacidad artística, como Santa Teresa, Sor Juana Inés de la Cruz o Herrard Landsberg, abadesa de Hohenburg, quien en el siglo XII hizo la primera enciclopedia de la historia escrita por una mujer: Hortus Deliciarum o Jardín de las Delicias.

Comparto por teléfono estos datos a Beatriz y queda maravillada. Ella no sólo es abogada especializada en Derecho Penal en la Universidad Diego Portales, de Chile, sino que en ese país estudió Género. “Y esa oportunidad me cambió la vida. Me abrió los ojos. Fue una luz y algo que me ayudó a analizar profundamente mis convicciones. Fue un despertar”.

Foto: Cortesía

Y también le comento que en el museo del Carmen Alto, uno de los más antiguos de Quito y hogar de Santa Mariana de Jesús, hay un cuadro que tiene rosas al pie del lienzo que su autora colocó como un símbolo para que su legado no quedase en el olvido porque en esa época las mujeres no podían firmar sus obras. Agendamos la cita para un sábado a las 10:00.

El día está soleado, con un fuerte tráfico. Beatriz me espera en la puerta del convento con jeans, camiseta blanca y su larga cabellera recogida en una colita. Casi no lleva maquillaje.

Nos reconocemos de inmediato. Absolutamente entusiasmadas ingresamos al convento ubicado junto al Arco de la Reina, en el corazón del Centro Histórico.

El convento de paredes altas y blancas tiene los techos pintados con tonos celestes y dorados. En los patios centrales los pisos y las piletas son de piedra oscura y negra, rodeados de árboles.

Nos recibe una guía. Cuenta que el primer convento de Quito fue La Merced, en 1535. Luego llegaron el de la Inmaculada Concepción (1577), Santa Catalina de Siena (1594), Santa Clara (1596), Carmen Alto (1653) y Carmen Bajo (1653).

“la historia universal ha sido contada por hombres, escrita por hombres, manejada por hombres, administrada por hombres. Y las mujeres nos quedamos sin referencia de nuestro rol transversal. Por eso es importante la lucha por alcanzar los derechos. Existen avances: podemos votar, estudiar, participar en política, pero falta consolidar el rol de la mujer”.

Junto a uno de los patios se encuentra la sala de los cuadros religiosos. Uno de ellos es de la Virgen de las Mercedes. Fue pintado en el siglo XVIII por Isabel de Santiago, hija de Miguel de Santiago, uno de los maestros de la Escuela Quiteña. 

Según investigaciones históricas, Isabel por su “condición de mujer” no realizó los exámenes para la obtención de los grados que la acreditaban como una pintora profesional.  Y ese fue el motivo para que no pudiera escribir su nombre Isabel de Santiago al pie del lienzo, pero dibujó rosas blancas, su sello pictórico.

En el segundo piso hay murales de estilo barroco que muestra la vida y filosofía de Santa Teresa. La guía dice que —aunque no existen evidencias históricas— con seguridad fueron pintados o retocados por las religiosas que, en su cotidianidad, tenían espacios para el silencio, la oración, el trabajo con sus compañeras y el cultivo intelectual.

A pocas cuadras del Carmen Alto se encuentra la cafetería de Beatriz: Literae, ubicada en las calles Benalcázar y Olmedo. Su madre atiende el negocio que está decorado con cuadros y colores vivos.

¿Qué te pareció la experiencia del convento?, le pregunto. Beatriz reafirma el tuit que posteó. Ella responde: “la historia universal ha sido contada por hombres, escrita por hombres, manejada por hombres, administrada por hombres. Y las mujeres nos quedamos sin referencia de nuestro rol transversal. Por eso es importante la lucha por alcanzar los derechos. Existen avances: podemos votar, estudiar, participar en política, pero falta consolidar el rol de la mujer”.

“Como te contaba, los políticos no deben colocarnos en sus listas como rellenos, sino porque realmente estamos capacitadas para ejercer cargos de elección popular. En las últimas elecciones miré que la mayoría de los políticos escogieron a mujeres obedientes para luego marginarlas o manipularlas. Ellos no seleccionaron a mujeres que hablen fuerte y claro, porque les incomoda”.

Beatriz estudió Derecho en la Universidad Internacional del Ecuador (UIDE). Dice que María Paula Romo, la exministra de Gobierno y en ese entonces decana de la Facultad, durante sus clases a las cuales ingresaba de oyente, le inspiró a estudiar feminismo. Hoy trabaja junto a la fiscal general del Estado, Diana Salazar. “Estoy orgullosa de trabajar con esta mujer espectacular”.

Confiesa que es difícil ser abogada penalista “porque implica luchar constantemente contra el machismo de los colegas y los estereotipos de género. En audiencia u otras diligencias te dicen mijita, doctorita, y ahí es cuando hay que mostrar firmeza y demostrar que las abogadas nos hemos ganado, a pulso, nuestro espacio”.

Tiene un niño pequeño quien, según Beatriz, será parte de una nueva generación de hombres que entiendan el concepto de la equidad. “Mi hijo sabrá cocinar, limpiar la casa, es decir, cumplir con su parte en las tareas del hogar; y, entenderá que ser esposo significa convertirse en copiloto de la vida cotidiana”.

Confiesa que es difícil ser abogada penalista “porque implica luchar constantemente contra el machismo de los colegas y los estereotipos de género. En audiencia u otras diligencias te dicen mijita, doctorita, y ahí es cuando hay que mostrar firmeza y demostrar que las abogadas nos hemos ganado, a pulso, nuestro espacio”.

Beatriz comenta que el rol de la mujer hay que analizarlo en todas sus dimensiones. “¿Sabías que en el nazismo había mujeres oficiales que eran mucho más crueles que los oficiales hombres? Tengo un libro sobre eso, pero nosotras las mujeres no lo conocemos, porque precisamente nos borraron de la Historia”.

En el libro de Rosa Montero se dice que tras la insipidez de nuestra amnesia colectiva se oculta un abigarrado paisaje de mujeres extraordinarias, algunas admirables y otras infames. “La mujer también puede ser malvada, lo cual es un alivio porque nos reafirma en nuestra humanidad cabal y completa: somos capaces, como cualquier persona, de toda excelencia y todo abismo”.

Luego del sol y el cielo azul, el granizo cubre el centro de Quito. La cafetería de Beatriz se llena. Hay humitas calientes, al igual que café. La abogada me cuenta también de sus sueños y proyectos profesionales y de su aporte al debate del feminismo, a reconstruir la historia de las mujeres, desde sus redes.

Porque como dice Rosa Montero: “Hay una historia que no está en la historia y sólo se la puede rescatar aguzando el oído y escuchando los susurros de las mujeres”.

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La pedagogía feminista de Beatriz Rodríguez
 


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