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21 de Diciembre del 2020
Historias
Lectura: 10 minutos
21 de Diciembre del 2020
Redacción Plan V
Patricia Gualinga: El latido de la selva en la historia del país
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Fotos: Luis Argüello. PlanV

 

De testigo del derrocamiento de Jamil Mahuad a protagonista de la historia de Sarayaku, es una de las líderes que más ha hecho por los derechos de las mujeres y de los indígenas.

 

 

Patricia Gualinga
Sarayaku, 1969


Ella es una líder del pueblo kichwa de Sarayaku, ubicado en el corazón de la Amazonía, en la provincia de Pastaza. Nació el 21 de septiembre de 1969 y es hija de Sabino Gualinga, líder espiritual de su pueblo, y de Corina Montalvo. Es una de las activistas más destacadas en la defensa de los derechos de la mujer, de la Naturaleza y de los pueblos indígenas. Fue una de las demandantes contra el Estado ecuatoriano por la explotación petrolera en su territorio, un juicio que terminó en 2012 con una sentencia a favor de su pueblo. En 2019, recibió el Premio Brote Activismo Medioambiental 2019 en el Festival Internacional de Cine Medioambiental de Canarias. Actualmente es asesora política de Sarayaku y apoya a las líderes de las mujeres amazónicas.

La líder indígena era una niña cuando el país volvió a elegir a un presidente en democracia. Ella recuerda que en Sarayaku, un pueblo que quizá Jaime Roldós no supo que existía, se recibió con interés esa etapa del país. Hasta allá no llegó su propaganda, ni sus afiches. “Solo mi abuelita decía que había votado por Roldós”. Roldós fue el primer presidente que dijo unas palabras de kichwa en su discurso de posesión, el 10 de agosto de 1979. Aquello caló hasta en los pueblos indígenas más alejados, como el de Patricia. “Él sí va a velar por los pueblos indígenas”, se dijo en su comunidad. Pero la esperanza terminó con la muerte de Roldós en 1981. En ese rincón del país también hubo mucha consternación. 

El siguiente recuerdo de esta líder indígena tiene que ver con la presidencia de León Febres Cordero. Ella, en el colegio, vivió directamente la criminalización de las organizaciones. Su hermano mayor fue apresado y señalado como terrorista. “Mi hermano tenía 18 años, entrando recién al mundo de las organizaciones. Sus rasgos suaves habían cambiado porque fue torturado. Nunca volvió a ser el mismo”.

Patricia estuvo en el primer levantamiento indígena de la historia del Ecuador en 1992. Llegó a Quito caminando como cientos más. “Queremos que legalicen nuestros territorios”, dijo a la cámara de un medio. 

Pero la dirigencia no fue opción para Patricia en su juventud. Prefirió la radio. Fue parte de un noticiero en kichwa en Radio Puyo por seis años. A sus 23 años viajó a Chile para un curso de comunicadores católicos. Chile había salido a la dictadura donde el mutismo de la gente era abrumador. Fue un acercamiento a otro proceso democrático en transición. Después viajó a Suecia y Finlandia en un intercambio. 

“Con el tiempo hemos avanzando en derechos. Para los pueblos indígenas, la conquista ahora tiene otra dimensión: acceder a los territorios”

Regresó al país y en una visita suya a Quito coincidió con el derrocamiento de Jamil Mahuad del poder. Conocía a Mahuad desde 1995 cuando él era alcalde de la capital. En ese año, Sabino Gualinga, su padre, fue invitado a colocar la primera piedra para la construcción de la Capilla del Hombre del pintor Oswaldo Guayasamín. 

Aunque no llegó a la capital para participar en las movilizaciones del 21 de enero de 2000, Patricia fue al Congreso Nacional para ver lo que sucedía. El Legislativo había sido tomado por el movimiento indígena. Ella y el presidente de la Conaie, Antonio Vargas, fueron de los pocos indígenas de Pastaza que estuvieron en ese día histórico. 

La joven indígena avanzó hacia la Plaza Grande con la multitud, donde se presentó por primera vez el triunvirato que tomó el poder: Vargas, el general Carlos Mendoza y el expresidente de la Corte Suprema de Justicia, Carlos Solórzano. “Miré que a Antonio Vargas le habían puesto un poncho de la Sierra. Vi a los dos que estaban al lado de él y Vargas estaba como perdido. Yo sentí que no estaban respetando a Vargas como presidente de la Conaie”. Presintió que ese momento no iba a ser para el movimiento indígena. Horas después, el vicepresidente Gustavo Noboa fue posesionado.

En el 2002, Patricia era subsecretaria de Turismo para la región amazónica y Sarayaku empezaba a enfrentarse a las petroleras. Renunció a su trabajo y decidió irse con su pueblo. Su experiencia en la función pública le sirvió para visibilizar la defensa de este territorio. Pero los dirigentes de Sarayaku enfrentaron juicios. 

Así que Patricia asumió la vocería de su pueblo que denunciaba los impactos de la explotación petrolera en sus comunidades. Este papel le puso en la escena política del país. El caso Sarayaku duró 10 años. En 2012, la Corte Interamericana de Derechos Humanos se pronunció a favor de esta comunidad y obligó al Estado ecuatoriano a que acepte su culpabilidad y se disculpe públicamente. Las disculpas llegaron dos años después, un hecho sin precedentes en el país. Patricia fue una de las testigos en el juicio. 

“Para mí la democracia tiene sentido cuando todo se hace a favor del pueblo, con el pueblo y en beneficio del pueblo”

Pero Patricia, como dirigente, hizo valer el papel de la mujer indígena en esa lucha. “Cuando entré a la dirigencia, les puse una cosa muy en claro: ‘yo no voy a hacer lo que ustedes digan, sino lo que pienso que las mujeres deben hacer. No me pongan en logística ni a hacer chicha. Me han dado la dirigencia que ustedes han despreciado: la de la mujer y la familia’”. La líder consiguió recursos y logró que el 50% de la delegación que fue a la Corte, en Costa Rica, sean mujeres. Ese fue un hito para este pueblo amazónico. 

Después organizó los estatutos de lo que hoy es la organización Mujeres Amazónicas, que nació en 2013. En ese año, este colectivo hizo su primera movilización y llegó a Quito en defensa de sus territorios y contra la criminalización. 

“Las líderes estaban cansadas de que las organizaciones estuviesen estigmatizadas, divididas y sus dirigentes encarcelados”, rememora Patricia. En esa histórica marcha, las mujeres amazónicas contaron su historia. 

En ese año, de pleno auge del gobierno de Rafael Correa, las dirigentes se encontraron con una prensa oficial que trató de confundir a las mujeres. Patricia fue llamada a acudir a esos medios para contestar sobre los temas más complejos. 

La líder dejó por unos años la dirigencia para dedicarse a su familia. Pero volvió para hacerse cargo de los asuntos internacionales de Sarayaku. Para entonces había sido investigada, atacada por la prensa oficial y el Régimen había cerrado la Fundación Pachamama con la que Patricia tenía una consultoría. Eso no la amedrentó y mantuvo su voz fuerte a favor de las mujeres y los derechos de los pueblos indígenas en los escenarios internacionales más importantes. Por ejemplo, a la Conferencia de la ONU sobre Cambio Climático de París, en 2015, su delegación llevó una canoa que recorrió el Sena y a esta exposición la llamaron ‘selva viviente’. 

Después de tres años de estar al frente de las relaciones internacionales de su pueblo, Patricia se tomó un descanso. Pero el 5 de enero de 2018 fue amenazada de muerte. Una persona desconocida arrojó piedras a su casa y rompió varias ventanas. 

Ese hecho la obligó a moverse y a reactivar a las mujeres amazónicas. “Esta vez voy a luchar también por mí y por mi derecho a tener libertad y seguridad”, se dijo. Pero desde entonces poco o nada han avanzado las investigaciones de este y otros casos de intimidaciones a defensoras de la Amazonía. 

La líder cuestiona que la democracia no haya tomado en cuenta a los pueblos indígenas desde sus inicios. “Nosotros no podíamos elegir a autoridades, porque la primera cosa que se puso en la Constitución para votar era que sepan leer y escribir. Ningún pueblo indígena tenía esas posibilidades”. Con el tiempo los derechos de los indígenas han avanzado. Pero para Patricia esas conquistas no han terminado y ahora tiene otra dimensión: acceder a territorios.

Con el apoyo de la Fundación Esquel. Visite el portal: 40 años de democracia: una tarea inconclusa

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