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30 de Noviembre del 2020
Historias
Lectura: 10 minutos
30 de Noviembre del 2020
Redacción Plan V
Pedro Reino: “La gente en política es la más improvisada”
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Fotos: Luis Argüello / PlanV

 

Para este polígrafo e investigador histórico, el actual periodo democrático no ha significado una mejora en la calidad de la participación de los ecuatorianos en el destino del país.


 

Pedro Reino Cevallos, 1951

 

Autor de por lo menos 170 publicaciones, cronista vitalicio de la ciudad de Ambato, ha visto el desarrollo de la democracia ecuatoriana desde 1979. Si bien su formación se centró en la lingüística y en la investigación histórica, ha analizado algunas de las actitudes de los ecuatorianos frente al sistema democrático establecido desde principios de los 80. Hizo su posgrado en el célebre Instituto Caro y Cuervo de Bogotá tras completar sus estudios en la Universidad Central del Ecuador en Filosofía y Letras. Ha publicado en países del extranjero como Japón, Alemania y la ex Yugoslavia. La paleografía de textos desde el siglo XVI es uno de sus fuertes. Ganó el premio de novela Miguel Riofrío en Loja.

Próximo a cumplir 70 años, el polígrafo e investigador tungurahuense Pedro Reino Garcés destaca que el gran eje de su trabajo, sobre todo en la investigación histórica, ha sido recurrir a las fuentes más antiguas posibles en busca de datos desconocidos. Mucho de su trabajo versa, precisamente, sobre tiempos pasados. La colonia, la independencia, la República decimonónica, el campo y la ciudad en Tungurahua. Los mestizos de las ciudades y los indígenas de las comunidades andinas.

Asegura que durante su trayectoria ha realizado hasta 170 publicaciones, entre poesía, escritos históricos, textos lingüísticos -se formó en 1988 en Lingüística Hispánica en  el Instituto Caro y Cuervo de Bogotá- poesía y novelas, algunas de las cuales se han visto la luz en países tan lejanos como Japón, Alemania y Austria.

Aunque nació en Cevallos, en ese momento parte del Cantón Ambato y estudió en la Universidad Central del Ecuador, se afincó en Ambato, en donde ha sido profesor de la Universidad Técnica de Ambato y de la Universidad de Bolívar (Guaranda). También ha dado cátedra en universidades capitalinas como la Central y la Católica.

Destaca que ha sido director de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Técnica de Ambato, jefe del departamento de Cultura de la Dirección Provincial de Educación y director artístico de la Fiesta de Fruta y de las Flores de la ciudad. En la Universidad Técnica de Ambato es profesor de Fonética y Fonología, Semántica, Historia del Español y Dialectología; también enseñó literatura en el Colegio Nacional Simón Bolívar de Ambato.

Estudió en  el Colegio Nacional Bolívar de Ambato y también toca instrumentos como el bandolín, flauta, ocarina, dulzainas y quenas. Su faceta de autor y músico le permitió componer algunos himnos de varios municipios de Tungurahua. Por su trabajo musical, recibió la condecoración “Celiano Monge” del Municipio de Ambato.

Desde 2010 es cronista oficial y vitalicio de la capital de la provincia de Tungurahua. Ha incursionado en la novela, con obras como “Nido de Rifles”, que trata de la guerra de la independencia. Otras novelas publicadas por el autor tungurahuense, quien tiene su oficina en la Quinta de Juan León Mera en Ambato, han sido  La Ushinga  (2007), Mazorra. Las voces de mis calaveras (2009) y Tren a Chuchubamba, con la que obtuvo el primer lugar en el Concurso Nacional de Literatura Miguel Riofrío de Loja, en 2014.

Pedro Reino Garcés también es miembro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Tungurahua y de la Academia Nacional de Historia, que le admitió en 2014.

“Cada vez que el Ecuador gana una guerra pierde territorio. Ese es el trauma del ecuatoriano corriente”

Ingresó a la Universidad Central luego que fuera clausurada por el presidente Velasco Ibarra y vivió la dictadura militar que, en los 70, daría paso a la restauración del sistema democrático en 1979. “La democracia no es un asunto netamente de los gobiernos”, señala, pues no ha sido “el poder del pueblo, sino que es un proceso manipulatorio. Si la gente tuviera auténticos representantes sería una fortaleza. Pero la partidocracia en el país ha creado una idea tergiversada de la democracia. Cuando la gente tenga conciencia no se dejará manipular por medio de los votos”, estima el autor y catedrático.

El advenimiento de Jaime Roldós, en 1979,  provocó, sostiene Reino, una gran expectativa con la vuelta a la democracia, pero en aquellos años de universidad, había grandes movimientos sociales que buscaban transformaciones. “Pero poco a poco se ha convertido en partidos políticos”, lo que deslegitimó las aspiraciones sociales, señala el cronista.

Es crítico sobre el conflicto con el Perú. “Cada vez que el Ecuador gana una guerra pierde territorio. Ese el trauma del ecuatoriano corriente”, cuenta, por lo que fue un tema que asegura trató en una de sus obras, en donde evidenció que mucho del conflicto había sido preparado por ciertas élites nacionales para promover sus propias agendas.

De ahí que su lectura, más allá del conflicto centenario, tiene que ver con la lucha contra la pobreza y contra la extracción de los recursos naturales, que en su opinión, debería preocupar a los pueblos de Latinoamérica. Reino sostiene que la identidad del país se ha formado “a martillazos”, pues no está ligada a los orígenes de nuestra población sino a factores políticos coyunturales.

“Un tiempo fuimos peruanos, otro tiempo neogranadinos, luego quiteños, luego ecuatorianos. Por eso hay una falta de identidad en la conciencia profunda del ecuatoriano”, sentencia. Y los orígenes de esto pueden verse en el siglo XIX, cuando las identidades nacionales se estaban recién formando. Reino recuerda que el intelectual ambateño Pedro Fermín Cevallos nació siendo colombiano, y luego fue ecuatoriano, “la gente del siglo XIX no atinaba qué identidad asumir”, asegura.

El polígrafo e historiador recuerda que fue una de las víctimas de la dolarización, con la pérdida de los depósitos de miles de ecuatorianos. “La dolarización fue catastrófica para el Ecuador, porque se pasó de una moneda nacional con identidad propia a una moneda extranjera. Si tuviéramos plena conciencia sobre lo que significa el poder adquisitivo, nos habríamos dado cuenta de que nos pusieron precios como en Estados Unidos pero con sueldos que no son iguales. Esa fue, realmente, una catástrofe”.

La época de inestabilidad política entre 1995 y 2005 evidenció que hemos ido “de desencanto en desencanto”. Compara a las élites del siglo XIX, a las que considera cultas, con las actuales, que terminaron provocando una década de derrocamientos e inestabilidad política.

“En estos cuarenta años hemos mejorado, pero con situaciones actuales como la pandemia, parece que las voces de rebeldía y protesta se están apagando”

Sobre el correísmo, afirma que “se recuperó la dignidad nacional, sobre todo en las relaciones internacionales, se mejoró la infraestructura lo que es innegable”, pero destaca que muchas de las leyes formuladas debieron ser “más acorde a las identidades nacionales”.  “Creo que es una época que la historia la juzgará como progresista, en donde hubo una búsqueda y una defensa de la identidad nacional”, sostiene el escritor e investigador.

Su balance de estos cuarenta años de democracia, que ha visto íntegros, es un tanto pesimista. El sistema de partidos, cuyo diseño debía conducir a un Estado más estable, produjo más bien “la proliferación de los partidos políticos y el ansia desaforada de llegar al poder, sin actitud de servicio, para manipular todo desde arriba en beneficio personal”.

“Hemos visto con desencanto como la gente en política es la más improvisada e ignorante, con algunas excepciones, y nos han defraudado”.

Pero no todo ha sido malo: “la práctica de la democracia seguirá siendo un sueño”, dice el historiador, pero “debemos hacer un replanteo del proceso democrático. Esta debe ser una consecuencia de un proceso educativo de avanzada, en todos los sentidos, que sea una consecuencia de una mejor economía”.

No obstante, “tengo miedo de decir que podemos caer en un retroceso. En estos cuarenta años hemos mejorado, pero con situaciones actuales como la pandemia, parece que las voces de rebeldía y protesta se están apagando. No hay una reacción frente a los abusos del poder, y nos hemos convertido en meros espectadores en vez de ser actores”, concluye el catedrático e investigador.Con el apoyo de la Fundación Esquel. Visite el portal: 40 años de democracia: una tarea inconclusa

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