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6 de Junio del 2014
Historias
Lectura: 27 minutos
6 de Junio del 2014
Jorge Resina
Alerta, la espada de Bolívar se levanta en España

Fotos: Patricio Realpe. Especial para Plan V

Pablo Iglesias, durante una de las convenciones del movimiento Podemos, el cual rompió el dominio bipartidista del PP y PSOE en las elecciones europeas. 

 

La abdicación del rey de España, Juan Carlos, ha puesto a los españoles a reflexionar y a actuar en favor o en contra de la continuidad de la monarquía.

 

El rey Juan Carlos y su familia han sido objeto de una serie de escándalos; el más grave, el de su hija, la infanta Cristina, y su esposo. Activistas madrileños lo expresan con este cartel.

 

El activismo madrileño se ha mantenido vigente desde el movimiento 15M y una de sus expresiones es el movimiento político Podemos, que ha participando en contra de la continuidad de la monarquía.

 

La monarquia también tiene sus seguidores, los cuales se concentraron –aunque en escaso número– en la plaza Puerta del Sol, como respuesta a la masiva movilización contraria, del día anterior, en el mismo lugar.

 

La monarquia también tiene sus seguidores, los cuales se concentraron –aunque en escaso número– en la plaza Puerta del Sol, como respuesta a la masiva movilización contraria, del día anterior, en el mismo lugar.

 

La monarquia también tiene sus seguidores, los cuales se concentraron –aunque en escaso número– en la plaza Puerta del Sol, como respuesta a la masiva movilización contraria, del día anterior, en el mismo lugar.

 

La monarquia también tiene sus seguidores, los cuales se concentraron –aunque en escaso número– en la plaza Puerta del Sol, como respuesta a la masiva movilización contraria, del día anterior, en el mismo lugar.

 

El repentino éxito, en las últimas elecciones en España, de Pablo Iglesias y su partido Podemos, liderado por antiguos asesores de los gobiernos del Socialismo del Siglo XXI plantea una interrogante sobre el futuro político de un país sumergido en una profunda crisis, donde las ideas bolivarianas comienzan a arraigarse.

Con rostro serio y ese aire de gravedad que suele acompañar a aquellos candidatos que acaban de encajar una severa derrota política, aparecía Pablo Iglesias ante sus simpatizantes la noche del pasado 25 de mayo, poco después de conocerse los resultados definitivos de las elecciones al Parlamento Europeo en España. En su primera alocución, el líder de Podemos, una fuerza inédita que se había inscrito oficialmente como partido apenas dos meses y medio antes (el 11 de marzo, una fecha simbólica en el país por coincidir con los atentados que una década atrás habían dejado 190 muertos en el “ataque a los trenes” de Madrid), hacía un llamamiento a sus correligionarios “al duelo y a mantener la guardia alta”. Palabras que no resultarían nada extrañas en un perdedor, pero sí en boca de quien acababa de convertirse en el gran triunfador de la jornada electoral.

Con 1 245 948 votos y cinco escaños, Podemos irrumpía en el escenario político español superando todas las expectativas y los mejores augurios pronosticados por las encuestas previas a las elecciones. Pero no sólo eso, su resultado suponía un verdadero sismo en el sistema de partidos, sobre todo, en un país con una tendencia de voto caracterizada por su baja volatilidad y una alta fidelidad a las siglas tradicionales (aunque conservando la mayoría, tanto PP como PSOE recibieron un considerable correctivo, con un descenso de votantes con respecto a las últimas europeas de casi el 40%, lo cual les dejó con 4 074 363 millones de votos, en el primer caso, y 3 596 324, en el segundo).

Muy probablemente, cualquier otro candidato en tales circunstancias habría aparecido exultante, arengando a los suyos y presumiendo del resultado logrado. Sin embargo, la intervención de Iglesias contravino esa tendencia común. Una interpretación que tuvo tan poco de típica como de casual, y que había sido perfectamente guionizada, tanto en la forma como en el fondo.

Además de Pablo Iglesias, parte de la cúpula de Podemos proviene de la Fundación CEPS, que asesoró a los gobiernos llamados bolivarianos de Venezuela, Bolivia y Ecuador en sus procesos constituyentes y otras legislaciones.

Para entender el sentido de dicha dramatización, hay que explorar en la intrahistoria del candidato, que llevaba años preparándose para dar un salto definitivo a la escena pública a través de un profuso conocimiento del manejo de recursos audiovisuales y técnicas de comunicación política. De hecho, más allá de su formación académica (es, entre otras cosas, doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid, UCM), Iglesias se había instruido en teatro, había tomado un curso de locución y presentación de programas (en este último caso, en el Instituto de Radio Televisión Española-RTVE) y, desde el 2010, había comenzado a dirigir y presentar una tertulia política, La Tuerka (que, a pesar de emitir inicialmente a través de Tele-K, un pequeño canal del popular barrio madrileño de Vallecas, pronto logró una gran difusión, gracias al eco que de él se hicieron las redes sociales por Internet, donde también era posible verla).

Estos primeros pasos sirvieron para forjar al Iglesias “comunicador” que, además, a esas alturas era ya uno de los profesores más afamados de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM, donde ha ejercido como titular interino a tiempo parcial durante los últimos años, distinguiéndose por impartir clases poco usuales (con ejercicios que incluían desde que los estudiantes se subieran a las sillas hasta que comentaran capítulos de la televisiva serie The Wire) y por su fuerte presencia fuera de las aulas (mediante, entre otras cosas, un intensivo uso de Facebook y Twitter o la organización de eventos y seminarios). Rasgos que le llevaron a ganarse tantas alabanzas como críticas por parte de alumnos y profesores, a quienes nunca dejó indiferentes. Junto a ello, y en paralelo, Iglesias también inició una andadura como asesor especializado en comunicación política, a través de la productora Con Mano Izquierda, fundada por él mismo y de la cual es director de contenidos y que –entre otros trabajos– se encargó de la campaña electoral de Izquierda Unida en las elecciones generales de noviembre del 2011.

Esta clara vocación mediática no es una cuestión menor en un propuesta cuyo fondo depende, en buena medida, de aquella. Además del propio Iglesias, parte de la cúpula de Podemos proviene de la Fundación CEPS, organización política de izquierdas no partidaria y dedicada a la producción de pensamiento crítico (como se define en su página web), que ha tenido una fuerte presencia en América Latina en los últimos años y que ha estado especialmente activa en el eje boliviariano formado por Venezuela, Bolivia y Ecuador (en estos dos últimos casos jugó, de hecho, un importante rol en el desarrollo de los procesos constituyentes). Países cuyos actuales gobiernos, identificados a grandes rasgos con lo que se ha denominado el Socialismo del Siglo XXI, se han caracterizado por otorgar una especial importancia a la comunicación política y a los medios de comunicación.

En la composición de Podemos, llama la atención la ausencia de quien ha sido el alma máter de CEPS, el profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Valencia, Roberto Viciano; probablemente la persona que más popularizó a la Fundación en la región y que –en esta ocasión– ha quedado al margen de la iniciativa emprendida por sus colegas españoles. Circunstancia que, en todo caso, no ha impedido que, además del propio Iglesias (que fue responsable de la unidad de análisis estratégico de la Presidencia de Venezuela, consultor de la Vicepresidencia de Bolivia y observador electoral en varios países latinoamericanos con la Fundación), formen también parte del “núcleo duro” del nuevo partido otros miembros representativos de CEPS con una presencia relevante en América Latina, como Carolina Bescansa (especialista en campañas y en comportamiento electoral, que ejerció como asesora del chavismo) o Íñigo Errejón (quien, entre otras actividades, estuvo en Ecuador durante unos meses como colaborador de la Senplades en la etapa de René Ramírez).

La génesis de lo que es hoy Podemos comienza en el 2008 en torno a la iniciativa de un grupo de investigadores y profesores de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM, entre los cuales –además de los ya citados Iglesias, Bescansa y Errejón– sobresale el también doctor en Ciencia Política, Juan Carlos Monedero, conocido –entre otras cosas– por haber sido asesor del presidente venezolano Hugo Chávez y uno de los intelectuales europeos más asociados al pensamiento bolivariano. Con el nombre de la Promotora, la idea de este conjunto de politólogos y sociólogos, que tomó como punto de partida una relectura crítica de la transición española, fue replicar el modelo boliviano del grupo Comuna, formado por una serie de pensadores vinculados a la universidad y entre los que se encontraba el actual vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera.

No es casual, por lo tanto, que García Linera haya sido uno de los principales inspiradores ideológicos de Podemos. De hecho, el pasado mes de abril y días antes del inicio de la campaña electoral, el propio Pablo Iglesias acompañó, por petición personal, al vicepresidente boliviano en una conferencia dictada por éste en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense. Como un preludio aleccionador, García Linera relató los entresijos del caso boliviano y “reveló” el secreto de la fórmula electoral que llevó a Evo Morales a la Presidencia de Bolivia en el 2005: convertir la indignación popular en voluntad de poder.

La estrategia de Podemos es convertir la indignación ciudadana en voluntad de poder. Pablo Iglesias ha dicho que uno de sus referentes es la autodenominada revolución ciudadana del presidente Rafael Correa.

Apenas mes y medio después, esa noche del 25 de mayo, y tras el llamado al duelo, Iglesias retomaba la idea del vicepresidente boliviano y señalaba el camino, “Podemos no nació para ocupar un papel testimonial, nacimos para ir a por todas, nacimos para ganar y nuestro desafío a partir de mañana es construir con otros una alternativa política de Gobierno en nuestro país”. La medida solemnidad de su puesta en escena adquiría entonces sentido: convertirse en poder.

Pasada la jornada electoral, el viernes de la siguiente semana y ya en frío, Iglesias reiteraba esa vocación de poder, convencido de contar con “muchos más apoyos” que los mostrados el día de las elecciones y con el anuncio de que “en año y medio podríamos presentar un gabinete de Gobierno”, dejando también abierta la puerta a ser él mismo quien encabezase una futura lista para las elecciones generales previstas para finales del 2015 (que implicaría, entre otras cosas, su renuncia como europarlamentario).

Ha sido esa determinación, junto a la premeditada estrategia de ensalzar su figura durante la campaña, la que ha llevado a distintos actores del panorama político español a caracterizar a Iglesias y su formación como una réplica europea del bolivarianismo latinoamericano. Entre esos comentarios, destacaron sobremanera las palabras pronunciadas por el ex presidente del Gobierno Felipe González, quien alertó de que “sería una catástrofe que prendieran alternativas bolivarianas influidas por algunas utopías regresivas”, a lo c ualIglesias (quien, en más de una ocasión, ha equiparado la ilusión que despierta su liderazgo con la generada por el propio González en 1982) replicó que “como español, me apena que una figura política de primer orden de nuestro país haya quedado reducido de manera tan patética a una caricatura de sí mismo”, en referencia al expresidente.

Sin embargo, la gran pregunta que comienza ahora a tomar fuerza en la opinión pública española es si, realmente, Pablo Iglesias y Podemos podrían llegar a ser –ya sea en alianza con otras fuerzas políticas progresistas y/o ganándose el apoyo del sector más izquierdista del PSOE– considerados una verdadera alternativa de poder o si, por el contrario, se trataría más de una suerte de accidente político, producto del malestar de una sociedad que ha ejercido su voto como protesta. Es a partir de esa interrogante donde se abren todas las incógnitas pero también donde adquiere mayor relevancia una posible analogía con el ascenso del bolivarismo en Venezuela, Bolivia y Ecuador y su triunfo con la llegada al poder de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa, respectivamente.

Al igual que en la Venezuela de los años noventa o en el ambiente pre electoral de Bolivia y Ecuador en el 2005 y el 2006, España vive una fuerte situación de crisis que va más allá de una mala coyuntura económica y que está haciendo temblar los cimientos sobre los cuales se había asentado el conjunto del sistema desde el pacto constitucional de 1978. Con demasiados frentes abiertos, el país afronta, entre otros problemas, el conflicto territorial catalán (con la convocatoria de un referéndum independentista para el mes de noviembre) y el proceso vasco (en stand-by), el cuestionamiento de la Monarquía, los seis millones de parados (alrededor de un 25% de la población activa), la frustración y el éxodo de las generaciones más jóvenes, tan preparadas como carentes de expectativas (siendo las más afectadas por la falta de empleo, con una tasa de paro que supera el 50%), los desahucios de familias enteras (que, según la regulación vigente, no se liberan de la deuda hipotecaria, aun perdida la vivienda) o la incertidumbre sobre la sostenibilidad de los servicios públicos de salud, educación y pensiones.

Junto a ello, se ha generalizado una percepción ciudadana de descrédito hacia el sistema político y sus representantes, con una desafección creciente derivada de los innumerables casos de corrupción que afectan –casi sin excepción– a todos los estamentos e instituciones (especialmente a los partidos), de los privilegios y los excesos de altos cargos y consejos de administración, así como de la impunidad con la cual suele finalizar buena parte de los procesos judiciales abiertos. Aspectos que contrastan con una extendida depauperización de las condiciones de vida de las clases medias y la amenaza de una situación de pobreza crónica en el país (según la memoria anual del Consejo Económico y Social del 2013, el alargamiento de la crisis y los recortes de gasto público podrían hacer irreversible tal escenario).

Podemos se dice heredero de las luchas del pueblo español en contra de la banca, la crisis, el desempleo. Tiene su sede en Madrid y está basado en círculos ciudadanos

El punto de inflexión llegó, sin duda, con la toma de las calles el 15 de mayo del 2011 por parte de lo que se conoció como el movimiento de los indignados que, además de dar la vuelta al mundo, generó un nuevo clima en la sociedad española, visibilizando un malestar que hasta entonces había permanecido latente. En ese sentido, el 15M encendió la mecha y, desde entonces, se abrió un ciclo de movilizaciones inaudito en el país desde los tiempos de la muerte del dictador Franco, con la emergencia de nuevas demandas (como las reformas de la ley electoral y del sistema bancario) y el auge de nuevos movimientos sociales (como Juventud Sin Futuro,  #nolesvotes,  Plataforma de Afectados por la Hipoteca, los Yayoflautas o las “mareas”). Al igual que había ocurrido en Bolivia con las guerras del agua y del gas en el 2000 y el 2003, con el protagonismo de los movimientos indígenas y cocaleros, o con el movimiento de los “forajidos” en Ecuador en el 2005, comenzaban a surgir en España las primeras muestras de esa indignación popular descrita por García Linera.

Sin embargo, tras el fenómeno del 15M,  y a pesar de que nadie pudo negarle importancia, ningún partido tuvo la capacidad y/o el interés de canalizar y asumir el grueso de las demandas que surgieron entonces, lo cual provocó un vacío de representación y un desafecto aún mayor hacia las fuerzas políticas tradicionales. Fue justo en ese hueco –mezcla de protesta, mezcla de indignación– donde Podemos encontró una oportunidad para competir electoralmente. La coyuntura no podía ser mejor: las elecciones europeas. Unos comicios más propensos al voto de castigo (por tratarse de algo tan “lejano” como la Unión Europea) y con distrito único (a diferencia de la elecciones generales, en las cuales la circunscripción es la provincia, rasgo que, unido a la fórmula electoral utilizada –la ley D´Hondt–, provoca una sobrerrepresentación de los dos partidos mayoritarios y penaliza, en su traducción de votos a escaños, a los terceros partidos de carácter estatal). Se producía de nuevo un escenario muy parecido al vivido en Venezuela, Bolivia y Ecuador antes de los ascensos de Chávez, Morales y Correa, momentos previos en que ningún partido clásico supo dar cabida a las nuevas demandas y actores.

A partir de estos paralelismos, tampoco pueden pasar desapercibidas las similitudes entre la estrategia electoral utilizada por el partido de Pablo Iglesias y la empleada por los líderes bolivarianos para lograr el triunfo en las urnas. Menos aun cuando los miembros de la cúpula de Podemos cuentan con experiencia directa en esos procesos, al haber formado parte activa de los mismos, ya sea en calidad de militantes, ideólogos o asesores. En ese sentido, pueden identificarse cinco grandes rasgos básicos que han servido de guía a la nueva formación, reproduciendo varios de los recursos de comunicación y campaña puestos antes en práctica al otro lado del océano.

1. Polarización. Una de las principales estrategias utilizadas es la construcción de un enemigo político. Para ello, se acentúa la diferencia entre “ellos” y “nosotros”, adjudicando a cada grupo una serie de atributos en contraste al otro. De esa forma, se asocia a “ellos” con lo viejo y lo caduco y se les atribuye la responsabilidad de los problemas que aquejan a la sociedad. Mientras que, en sentido contrario, el “nosotros” representa lo nuevo, la alternativa y la solución definitiva a esos problemas. Al igual que Correa popularizó en Ecuador el término “partidocracia” para denominar peyorativamente a los tradicionales partidos políticos, Iglesias repitió durante la campaña la noción de “casta”, con un sentido similar, identificando como parte de ella a aquellos políticos que llevan años viviendo de la política y que cuentan con toda suerte de privilegios. La elección de los cabeza de lista del resto de los partidos contribuyó, por sí misma, a reforzar dicha idea, toda vez que los candidatos (Miguel Arias Cañete, por el PP; Elena Valenciano, por el PSOE, o Willy Meyer, por IU) eran rostros fácilmente asociados a ese patrón.

2. Populismo. Como parte del proceso de construcción de ese “nosotros”, la identificación ya no es tanto con la etiqueta tradicional de izquierda como con otros significantes más amplios, con los cuales expandir el horizonte electoral (“la clave de este momento no es un eje derecha-izquierda sino democracia respecto a dictadura”, reflexionaba Iglesias en una entrevista en febrero). De tal modo que el líder se presenta como un sujeto empático, capaz de interpretar el interés del pueblo –del que se considera parte (si, por ejemplo, Chávez nunca tuvo rubor, entre otras cosas, en arrancarse a cantar para “su” pueblo, Iglesias tampoco lo tuvo para afirmar, en plena campaña, que compraba su ropa en una popular cadena de hipermercados de bajo coste)– y de saber cuál es la respuesta que necesita en cada momento.

3. Estructura partidista. Al igual que Alianza País en Ecuador o el MAS en Bolivia, Podemos ha hecho gala de tener una estructura distinta al tradicional modelo jerárquico de organización de los partidos políticos. Ello se ha reflejado, sobre todo, en dos aspectos en que la formación ha hecho hincapié en campaña: la elección de sus candidatos a través de un sistema de primarias abiertas mediante votación en Internet, y la coordinación de su militancia con base en “círculos” que, según el sitio web de Podemos, son espacios de “participación en que la sociedad redacta y defiende un programa para hacer frente a la coyuntura de emergencia que viven los pueblos del sur de Europa, así como un espacio de participación ciudadano de estas elecciones al Parlamento Europeo”.

La presencia mediática es uno de los puntos clave de los líderes de Podemos. El movimiento se estructura con un esquema parecido a los liderazgos de Hugo Chávez y Rafael Correa.

4. Liderazgo carismático. Sin duda, la estrategia que más pasiones despierta, como críticas suscita, tiene relación con la importancia clave que adquiere la figura del líder. Como ya ocurrió en los procesos latinoamericanos, aquella se vuelve crucial y basa su legitimidad en el especial carisma que distingue al candidato, dotado de unos excepcionales dotes de comunicación y liderazgo. En el caso de Pablo Iglesias se trabajó en la construcción de un personaje fácilmente reconocible, a través de un aspecto poco usual para un político (con coleta, camisas remangadas y arete en la oreja) y de una forma atípica de comunicar, mediante un lenguaje cuidado, con razonamientos bien estructurados basado en un grupo de ideas claras y recurrentes, y unos medidos gestos y giros de voz, con cierta tendencia a la teatralización y a transmitir indignación.

5. Presencia mediática. De poco serviría tener un líder carismático si éste no consigue posicionarse en un lugar privilegiado que le otorgue una fuerte visibilidad en la opinión pública. Para ello, la estrategia de Iglesias ha sido clara: ocupar cuantos espacios sea posible, logrando así una casi omnipresencia en los medios de comunicación, gracias a un activismo mediático que ha comprendido desde un intensivo uso de redes sociales como Twitter, Facebook o Youtube hasta la presentación de programas (a La Tuerka, se añadió en 2013, Fort Apache, del canal iraní Hispan TV) y la participación en casi todas las tertulias políticas de las principales televisiones del país (La2, Cuatro, La Sexta o Intereconomía). En especial, ha sido esta participación en las tertulias la que mayor rédito ha generado a Iglesias, quien ha aprovechado sus enfrentamientos dialécticos con los polemistas más escorados a la derecha para exponer sus idearios y dejar, en más de una ocasión, en evidencia a unos “contrincantes” más locuaces que inteligentes.

Habida cuenta de estos vínculos, no sorprende que uno de los principales referentes de Podemos haya sido Rafael Correa y la Revolución Ciudadana, incluso por encima del resto de procesos bolivarianos. Ello se debe a que, a diferencia de otros líderes, Correa goza de un mayor prestigio en España (de hecho, fue investido doctor honoris causa por la Universitat de Barcelona el pasado 23 de abril) a consecuencia, sobre todo, de su proyección como profesional preparado (como dato significativo, Iglesias repite tantas veces su condición de profesor en Ciencia Política como Correa la suya de PhD en Economía) y de las expectativas laborales abiertas para españoles en Ecuador (en contraste con la situación de paro interna).

Aunque de momento nadie es capaz de predecir con exactitud cuál será el techo electoral de Podemos y si continuará o no la estela ascendente iniciada con las elecciones europeas, la primera victoria de Iglesias, ya sea más simbólica que real (a pesar de obtener sólo cinco escaños, su fotografía ocupaba la práctica totalidad de las portadas de los principales diarios españoles el día siguiente de los comicios), ha añadido tensión a la ya de por sí agitada vida política española. Una incertidumbre que se ha visto acrecentada tras la dimisión del secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, y la abdicación del rey Juan Carlos I en favor de su hijo, el príncipe Felipe, con el argumento de dar paso a una generación más joven.

Decisiones que –casi de forma ineludible– se han interpretado como un cauteloso intento del establishment político por aplacar los ánimos en el país pero que, paradójicamente, tal vez estén abriendo el camino a una segunda victoria de Podemos. Siguiendo de nuevo el “recetario” provisto por García Linera, el próximo paso estratégico de Iglesias podría pasar por forzar una situación de “empate catastrófico” entre esos “viejos” actores de la “casta” y las “nuevas” fuerzas políticas. Aunque difícil de conseguirlo, especialmente en un país aún muy temeroso de su pasado y poco proclive a reactivar divisiones, de lograrlo, Iglesias podría terminar sonriendo.

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