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18 de Noviembre del 2018
Historias
Lectura: 17 minutos
18 de Noviembre del 2018
Fermín Vaca
Periodista político. Es editor de PLANV. Ha trabajado en los principales periódicos de Ecuador en la cobertura de política y actualidad. 
Asamblea Nacional: la tarde de las damas de rojo y blanco

Fotos: Luis Argüello

Las ex asambleístas Norma Vallejo y Sofía Espín se abrazan en el hemiciclo legislativo, antes de su destitución. 

 

La destitución de dos asambleístas del bloque de PAÍS pone fin a dos procesos políticos que han ocupado a la Asamblea Nacional en las últimas semanas. Por un lado, Sofía Espín de Guayas, acusada de visitar a la ex policía Diana Falcón en la cárcel para ofrecerle, entre otras cosas, un asilo en Bélgica. Por otro, Norma Vallejo de Pichincha, a quien se señaló como una política que pedía a los empleados de su despacho contribuciones partidarias.

Dos asambleístas eran el centro de la atención. Una mujer mayor, vestida de blanco, impecablemente peinada, que siendo asambleísta alterna en el movimiento Alianza PAÍS se principalizó. En el pasado, fue enfermera y dirigente de ese gremio. Su traje blanco recordaba su pasado en los hospitales.

La otra, una mujer costeña, más joven, vestida de rojo, militante convencida del correísmo y de "su rol de mujer". Ambas han estado en el ojo del hucarán en la Asamblea Nacional. Norma Vallejo, la ex enfermera, fue acusada de haber pedido dinero a sus empleados del despacho legislativo, según se dijo, para financiar acciones políticas. Sofía Espín, la joven vestida de rojo, fue, en cambio, denunciada por haber ido a la cárcel a visitar a la ex policía Diana Falcón, quien asegura que el Gobierno de Rafael Correa le envío en un operación encubierta a Bogotá para secuestrar a Fernando Balda y traerlo de vuelta al Ecuador.

Contra ambas se iniciaron sendos procesos, presentados por dos asambleístas de oposición: Esteban Bernal, el asambleísta azuayo cercano a CREO, presentó la denuncia contra Espín, acusándola fundamentalmente de haber realizado funciones prohibidas al visitar a la ex policía para pedirle -dijo Diana Falcón por vídeoconferencia desde la cárcel- que cambiara su versión sobre las órdenes que habría recibido para secuestrar a Balda. A cambio, dijo la ex policía, le ofrecieron hasta un asilo en Bélgica, país en donde vive Correa.


Marcela Aguiñaga y otras asambleístas del bloque correísta más ortodoxo, defendieron a Sofía Espín. 

Contra Norma Vallejo, en cambio, encabezó la acusación Fabricio Villamar, asambleísta por Pichincha, también de CREO. Se le acusó de gestionar cargos públicos, pues en una grabación de una conversación con sus asesores parece ofrecer tramitar un puesto en otra institución del Estado para uno de ellos.

En el Pleno de la Asamblea, se repitió durante tres horas lo mismo que ya se había visto en las sesiones de la Comisiones multipartidistas conformadas para analizar ambos casos: un galimatías de leyes y normas interpretadas al antojo de quien las lee, como para confirmar que el derecho no es ciencia exacta y las mismas palabras pueden significar cosas opuestas.

Es en torno a estas dos polémicas que ha girado el debate en la Asamblea Nacional las últimas semanas. Un debate contaminado con la habitual verborrea legal que se convierte en el único condumio de discursos que carecen de ideologías políticas o propuestas de país. En el Pleno de la Asamblea, se repitió durante tres horas lo mismo que ya se había visto en las sesiones de la Comisiones multipartidistas conformadas para analizar ambos casos: un galimatías de leyes y normas interpretadas al antojo de quien las lee, como para confirmar que el derecho no es ciencia exacta y las mismas palabras pueden significar cosas opuestas. Al final, entre comparecencias, llamados a declarar y largos alegatos, ambas comisiones recomendaron lo previsible: la destitución de las dos asambleístas.

Una protesta de dos 

La Asamblea fue convocada originalmente a las 16:00, pero luego se postergó para las 16:30 la sesión. En la calle Juan Montalvo, al pie de la garita de acceso al Palacio Legislativo -en donde, por cierto, no se han iniciado siquiera las obras de un cerramiento que supuestamente permitirá abrir las calles cercanas cerradas con vallas improvisadas y antiestéticas- dos personas, para ser exactos, se manifestaban. Eran únicamente dos: cada una sostenía un cartel en contra de las asambleístas cuestionadas. Nada más evidenciaba en el exterior del Palacio Legislativo lo que ocurría en el interior. La tarde transcurría plácida en el barrio del Palacio, con los funcionarios de la vecina Contraloría saliendo a sus casas en sus recorridos y la gente que va y viene hacia el hospital Eugenio Espejo. Lo que ocurría en el Salón del Pleno solo parecía interesar a los políticos.

Adentro, en el vestíbulo, un cuadro de Nela Martínez, una política socialista del siglo pasado a la que se decidió homenajear durante la dominación correísta llamando así al hemiciclo, compite con la bandera nacional, custodiada por mujeres policías con el sable desenvainado.

Como desde hace años, el palco de la prensa está a mano izquierda. Un grueso cristal separa el lugar de las curules de los asambleístas. Sobre el techo, unas rieles permiten que las cámaras automáticas de la Televisión Legislativa se muevan. Unas pocas sillas y unos escritorios son todo el mobiliario para la prensa. Las escasas sillas motivan discusiones entre los comunicadores presentes.

La huella digital

En donde en años pasados había unas lámparas de lectura de vidrio verde hay unas computadoras. Son las "curules electrónicas". Cada asambleísta pone su dedo en un lector de huella digital para activarlas. Pero Carlos Viteri Gualinga, el asambleísta correísta del tocado de plumas amazónicas, tiene problemas. Pone el dedo arriba, abajo, de costado, prende, apaga, resetea. La pantalla muestra imágenes distorsionadas, no responde. El asambleísta indígena pide ayuda mientras, poco a poco, se va llevando el Salón del Pleno, Nela Martínez llamado.


En las curules electrónicas del bloque de PAIS las pantallas se muestran en rojo. No superaron más de 30 votos. 

Unas grandes pantallas en el centro y a los lados tapan el mural de Guayasamín con descriterio. No se pueden divisar bien las frases que el pintor escribió en letras de oro: "Un día resucitará la patria", "Todo, menos la dictadura". Es más importante ver como los funcionarios del estrado, como la presidenta de la Asamblea, Elizabeth Cabezas, y su secretaria, se apoltronan. Está por empezar la sesión y tiene solo dos puntos el orden del día: seguir leyendo y resolver el futuro de Espín y Vallejo.

La dama de rojo 

No deja de ser una paradoja que el bloque de PAÍS, el ala dura de correístas, se siente justo en donde está el palco de prensa. Desde donde están, fotógrafos y camarógrafos se solazan tomando fotos de los asambleístas que aún se mantienen fieles al correato más ortodoxo. El grupo está capitaneado por Gabriela Rivadeneira, una de las más exitosas pupilas de Rafael Correa, quien logró ser varias veces presidenta de la Asamblea Nacional. Está también Marcela Aguiñaga. Se sienta por ahí cerca también el ex titular de la Legislatura, José Serrano. 


Sofía Espín basó su defensa en una serie de violaciones legales y procedimentales, pero no negó su visita a la ex policía Diana Falcón. 

Mientras un técnico ha ayudado, finalmente, a Carlos Viteri Gualinga a que su computadora reconozca su huella hacen su entrada Espín y Vallejo. Aunque Vallejo se alejó de los ortodoxos para pasarse a los moderados -era morenista- ambas mujeres se funden en un abrazo. Los fotógrafos estallan en ráfagas. 

El correísmo fue decidido a proteger a Espín. A Norma Vallejo no se sabe quién la cuida. Pero el primero en tomar la palabra es un asambleísta de CREO, Fernando Flores. Él había propuesto que para destituir a las dos mujeres se requiera juntar 91 votos en la cámara de 137, es decir, las dos terceras partes. Esto porque, a pesar de la manía reglamentaria de nuestros abogados, no consta en la famosa Ley Orgánica de la Función Legislativa con cuántos votos se puede destituir a un asambleísta. Un conveniente cabo suelto dejado tal vez a propósito para acomodarlo según el marchante, como es habitual en el país. Flores había propuesto y obtenido respaldo, en la sesión anterior, que sea con 91 votos y no con una mayoría absoluta de 70, que es como podría la Asamblea censurar a un ministro de Estado.


La ex presidenta de la Asamblea, Gabriela Rivadeneira, apeló la presidencia de Elizabeth Cabezas sin éxito. 

A pesar de la manía reglamentaria de nuestros abogados, no consta en la famosa Ley Orgánica de la Función Legislativa con cuántos votos se puede destituir a un asambleísta. Un conveniente cabo suelto dejado tal vez a propósito para acomodarlo según el marchante, como es habitual en el país.

Pero el legislador decidió recular. Desde Guayaquil, el líder de su partido, Guillermo Lasso, había tronado en su contra. Cual Júpiter tonante, el magnate le había censurado. Flores pidió la palabra para decir que se habían metido en las redes sociales con "lo más sagrado, su familia", en esa retórica coloquial que será la tónica de la sesión. Y como "lo más sagrado" estaba en juego, el buen legislador decidió recular, y pedir la reconsideración de su moción. Enseguida, fue sustituida por otra: con 70 votos alcanzaba. No dio razones políticas, pero congresistas con más enfoque, como Fabricio Villamar, habían dado las razones estratégicas que Flores no mencionó: a la oposición  le era imposible alcanzar los 91 votos por sí sola. 

La defensa de Sofía Espín tuvo dos ejes: incidentar la sesión -gritar, vociferar, apelar la presidencia- y repetir que se habían violado aspectos formales. Cuando eso no dio resultado, Sofía Espín salió de la sala y luego, hizo esperar a la Legislatura durante varios minutos. "No me fui al baño a llorar como dicen en Twitter", dijo la mujer, como si fuera una cosa muy importante. Se había colocado un abrigo de color negro sobre el vestido rojo. Pidió la palabra para defenderse. Y reiteró -aunque no es abogada, aclaró- el metalenguaje legal según el cual el proceso en su contra era nulo, al que sumó la consabida amenaza de demandar al país en los tribunales interamericanos para que se le pague con dinero de los contribuyentes una reparación económica. 


José Serrano fue visto en las curules de los bloques correísta y neocorreísta, al final votó contra Espín. 

Al final se votó. En la pantalla de Carlos Viteri Gualinga, que ya respondía al toque de sus manos, se vio un NO en letras rojas. Pero 94 pantallas más mostraron un SÍ en verde. El destino de la mujer de rojo se había sellado. Los asambleístas de PAÍS se pararon y se fueron. La pantalla de Viteri Gualinga quedó desierta, así como más o menos la cuarta parte de las bancas de la sala. Y aunque hay quienes siguen pendientes de qué hace o no José Serrano, lo cierto es que el político cuencano votó la censura de Espín. 

Dieron declaraciones en el vestíbulo, ante el gran retrato de Nela Martínez que ellas colocaron. Reiteraron que recurrirán a sus abogados, porque ya se sabe que no hay conflicto político en el Ecuador que no termine en demanda. El que espere debates ideológicos en el congreso de una República democrática deberá esperar sentado. Y anunciado el juicio, los y las correístas -las líderes son mayormente mujeres- se fueron. 

Pero en todas las maniobras de la ortodoxia correísta quedó claro que no tenían más de 30 votos. Si se retiraban, de todas formas, la suerte de la otra diputada, como dijo Julio César, estaba echada. 


La ortodoxia correísta se retiró de la sesión amenazando con demandas internacionales.

La dama de blanco

Norma Vallejo se sentaba casi en la frontera entre el bloque de la ortodoxia correísta y los neocorreístas afines a Lenin Moreno. Cuando se fueron los primeros, se le veía claramente desde el palco de prensa. Se dio paso al siguiente punto, que era la lectura y aprobación del informe. Y entonces, en la gran pantalla gigante que tienen para tapar el arte y mostrar vídeos, los asambleístas vieron a un grupo de jóvenes que trabajan en la oficina de Vallejo repitiendo que la señora les pedía dinero de sus salarios. Aunque la práctica es más antigua que el mural de Guayasamín, resultó que algunos políticos pusieron cara de recién haberla descubierto. Otros, en cambio, seguramente sí la conocían por primera vez, sobre todo los que nunca habían cubierto el Legislativo.


Norma Vallejo se quedó sola en su curul del hemiciclo tras el retiro de sus antiguos camaradas correístas. 

Aunque la práctica es más antigua que el mural de Guayasamín, resultó que algunos políticos pusieron cara de recién haberla descubierto. Otros, en cambio, seguramente sí la conocían por primera vez, sobre todo los que nunca habían cubierto el Legislativo.

Tras la lectura del informe, la asambleísta de blanco se defendió. Dijo que no se habían probado las acusaciones en su contra. Que no había nadie trabajando en ninguna institución del Estado por gestiones suyas. Y explicó que no había concurrido a hablar en la Comisión multipartidista por consejo de su abogado, pues en forma paralela al proceso político se le sigue una indagación penal, ya que sus empleados la denunciaron por una supuesta concusión. 

Vallejo arremetió contra Ana Galarza, una de sus principales acusadoras. La ex reina de belleza de Tungurahua le respondió con ademanes y mofas. Con evidente clasismo, se burló del castellano de la ex enfermera. La mujer de blanco blandió un libro en donde aparece Galarza como mujer destacada. Insinuó que era porque pagó por el espacio. Galarza le respondió que tenía siete juicios penales, aunque realmente se trata de un solo proceso de 2007 en la que la ex enfermera fue absuelta. La discusión degeneró luego en mencionar esposos, familias y méritos maternales. Si ya no vuelan los ceniceros en el salón de Nela Martínez, -sobre todo porque ya nadie fuma- si ya no hay guardespaldas con pistolas en el cinto pateando en el suelo a los rivales de sus amos, ahora hay competencias por quién es más esposa, más madre y más señora. 

Y tras la sui géneris competencia entre las dos mujeres, se procedió a votar. 89 votos sellaron la suerte de Norma Vallejo, la enfermera que se declaró perseguida por ser "un peligro" para algunas de sus colegas y haber promovido el mazapán de Calderón. 

Fabricio Villamar había tenido razón: con 91 votos no la hubieran podido destituir. 

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