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12 de Octubre del 2016
Historias
Lectura: 19 minutos
12 de Octubre del 2016
Gustavo Isch

Consultor político, experto en comunicación electoral y de gobierno. Docente de la Universidad Andina Simón Bolívar

Dispersión electoral en tiempos de misoginia

El consultor político, Gustavo Isch, sostiene que una candidatura única de la oposición no es una condición para ganar las próximas elecciones. Cualquiera de las cuatro opciones reales puede hacerlo.

 

La mayor parte de la población no forma parte de partido alguno, no vota ideológicamente y probablemente no le interese cambiar de comportamiento. Quizá es momento de que políticos serios se preocupen más por averiguar qué factores sostienen comportamientos de dominación, las causas para que ésta sea aceptada y cuáles son los que gatillan el descontento y animan la revuelta, para luego lanzar a capas movilizadas a un estado casi catatónico.

El tema de la dispersión política de la oposición ha sido uno de los temas más recurrentes de los últimos meses en el contexto de las elecciones que se aproximan; está asociado con la idea fatalista de que sin unidad no habrá forma de vencer al oficialismo, creció en el último año mientras el tablero preelectoral solo registraba la precandidatura presidencial de Guillermo Lasso, y se dejó caer en la bulimia ante la supuestamente invencible presencia de Correa, o de su delegado, Lenin Moreno.

Como era de esperarse, a medida que se acercaron los comicios, el agrupamiento de las tendencias en las que orbitan los partidos tradicionales y las nuevas agrupaciones fue ocupándose con potenciales figuras; en ese momento el miedo empezó a invadir el imaginario de la política nacional como el virus transmisor de gripe aviar.  

“La dispersión favorece al oficialismo”, “Hay que ceder intereses partidistas o personales por el bien del país”, son los dos argumentos más repetidos por parte de aspirantes a los cargos en disputa, y amplificados, hasta la fecha de cierre de este artículo, por buen número de analistas dentro y fuera de medios de comunicación.

A poco menos de 140 días para el día de los comicios, preguntémonos: ¿a quién le importa  la dispersión de los partidos en estas elecciones?

Honestamente, a mí no me importa. Y voy a explicar por qué: 

A la fecha, se mantiene un porcentaje de indecisión electoral superior al 50%. En ello coinciden todas las encuestadoras. Seguramente el dato registrará desde el 1 de octubre una tendencia a la baja, debido al lanzamiento de la candidatura del general  Paco Moncayo y del binomio oficialista, Lenin Moreno y Jorge Glas; ambos hechos sucedidos el mismo día y merced a los cuales se ha reducido sustancialmente la incertidumbre y se ha delimitado casi en un 100% el tablero electoral donde compiten cuatro alternativas, dos de la derecha: CREO con Guillermo Lasso; MDG/PSC con Cynthia Viteri; una de centroizquierda ANC/ID, con Paco Moncayo;  y el neopopulismo de Alianza País con Moreno/Glas.

Hay algo más del 50% de electores que aún no sabe por quién votar; lo que supone que para un buen candidato, con recursos, con una estrategia adecuada y un equipo de campaña profesional, el camino está todavía abierto.

Las cartas presidenciables mencionadas, según todos los sondeos, son las únicas que tuvieron o tienen potenciales probabilidades de triunfo, todas las otras —que en realidad no son muchas— no tienen chance de ganar: el PRIAN de Alvaro Noboa; FE, de Dalo Bucaram, hijo de Abdalá Bucaram, y un par más que ni siquiera cabe nombrar  debido a su futilidad, son solo fotos en la papeleta que, como mucho, aspiran a ocupar puestos en la Asamblea Nacional condicionando su apoyo en las elecciones del 19 de febrero, a las fuerzas mejor posicionadas.

La intención de voto reflejada durante el último período se ha establecido sobre un porcentaje que no llegó nunca al 50% del electorado, manteniendo el voto de los indecisos en más del 50% restante, estadística aún vigente mientras escribo este artículo y que confirman datos publicados el 10 de octubre por las 4 encuestadoras más buscadas por los medios de comunicación del país.

De ese porcentaje cercano al 50% de electores, la mayor intención de voto ha sido para la candidatura de Alianza País. Guillermo Lasso que aparecía segundo, nunca pudo superar el 30% de intención de voto en su mejor momento, esto es, cuando aún las candidaturas de Cynthia Viteri y la de Paco Moncayo no estaban en el tablero; y cuando ni siquiera se sabía a ciencia cierta cómo conformaría su binomio el oficialismo.

Luego del 1 de octubre, los números de CREO y de Madera de Guerrero/PSC se han desplomado, según algunos sondeos:  Viteri bajó a 8-10% y Lasso a 20-22%; en tanto que los del binomio Moreno Glass se han estancado. Mientras tanto, la candidatura de Paco Moncayo, a la cual ciertas encuestadoras inicialmente le daban a duras penas un 5% de intención de voto, llegó al 16% apenas dos días después de proclamada.

En resumen; hay cerca de la mitad de un electorado que sabe por quién votar, algo más del 50% de esa mitad votaría por AP, la candidatura de Moncayo habría superado en el doble a la mejor que alguna vez alcanzó Cynthia, y los números de CREO estarían al borde de su peor momento.

Finalmente, hay algo más del 50% de electores que aún no saben por quién votar; lo que supone que para un buen candidato, con recursos, con una estrategia adecuada y un equipo de campaña profesional, el camino está todavía abierto.

Bajo esos antecedentes, el tema de la dispersión de la oposición está siendo utilizado entre la ambigüedad y el oportunismo. No de otro modo se entiende cómo, en cada pregunta de algunos sesudos entrevistadores y en cada respuesta de no pocas mentes lúcidas, estos datos fríos e incontrovertibles sean obviados y, al eludirlo, se abra la puerta y las ventanas a visiones fatídicas que lo único que logran es  hacerle el juego al fantasma verde flex.

Ubiquemos algunos otros datos para el análisis. El caso de la tendencia de derecha es digno de un comentario adicional:

El modo en que se constituyeron ciertas asociaciones, de cara  a los próximos comicios, habla positivamente de una predisposición a superar diferencias.

El modo en que se constituyeron ciertas asociaciones, de cara  a los próximos comicios habla positivamente de una predisposición a superar diferencias; madurez política al servicio del interés común y pragmatismo electoral, ¡Bravo!  Pero desde otras unidades,  dejó mucho que desear en tanto conspiró contra el tierno amasijo preelectoral que trataron de hornear.

Por un lado, CREO supeditó a la figura de su candidato Guillermo Lasso la conformación de círculos de adhesión; ello evidenció arrogancia pero lo más importante es que al poco tiempo les pasó factura al desnudar un hecho irrefutable: la figura del exbanquero, por sí sola, ha sido y será incapaz de generar los niveles de adhesión y respaldo usualmente propios de liderazgos capaces de aglutinar social y políticamente. Años en campaña, recursos holgados para implementar una estrategia sostenida y auspiciar el levantamiento de una estructura nacional, equipos de asesoría que seguramente no le resultarán gratuitos, encuestas a la carta, entrevistadores y medios especialmente amables (hasta ahora), no han sido suficientes para posicionar a Lasso como el único opcionado para ganar la presidencia del Ecuador derrotando al correismo. Hasta el presidente saliente, años atrás, lo “proclamó” ante la prensa, oficialmente, como EL candidato de la oposición.

Si luego de toda esta ventaja, un político no ha llegado a posicionarse efectivamente como el líder de la oposición ecuatoriana, debería replantearse seriamente su rol en este proceso electoral.

Como respuesta a la debilidad anotada, CREO ha auspiciado la conformación de “Compromiso Ecuador”, un espacio que pretende dar cama para tanta gente cuanta quiera apostarle al candidato de esta tienda política. Ello prefigura una dura disputa interna por hacerse con las candidaturas a la Asamblea Nacional, pues la presidencia nunca fue negociable, y la selección del binomio es un asunto en el que solamente decide el exbanquero.

Por otro lado, desde que Jaime Nebot lanzó la precandidatura de Cynthia Viteri a la presidencia de la República, por la auto-llamada “La Unidad”, y hasta el cierre de este artículo, los movimientos tácticos de esta asociación de derecha parecerían destinados a debilitar la candidatura de Guillermo Lasso y aupar la de Alianza País.

La sola irrupción de la candidatura de MDG/PSC debilitó a la de CREO por compartir el mismo espacio ideológico y similares intereses y visiones de país. En ausencia de Moncayo, un importante porcentaje de votos blandos de CREO migraron hacia “La Unidad”.  Sin embargo ésta privilegió la búsqueda de acuerdos que animaron la captación de curules en la Asamblea, pero debilitaron las potencialidades presidenciales de la candidata Viteri, al vincularla con figuras desacreditadas o cuestionadas fuertemente —como la de Ramiro González, líder de Avanza y exaliado del gobierno—, o por efectos de la patética desmesura con que Paúl Carrasco, líder del movimiento local Podemos,  manejó públicamente su ambición personal y sus cálculos políticos. La débil pegantina de “La Unidad” se deshizo a trompadas entre simpatizantes de Avanza y MDG/PSC, y terminó de evaporarse, con el indecoroso retiro de Carrasco.

El desafío del líder socialcristiano, más que un globo de ensayo, resultó un reconocimiento tácito a la debilidad manifiesta de su candidata para competir con éxito en esta campaña. ¿Chau, Cynthia?

La última de esas movidas tácticas a las que nos referimos y sobre las que solo por divertimento ya es posible levantar hipótesis poco halagadoras, se refiere al desafío que Nebot lanzó la semana pasada a todos los candidatos opositores para que renuncien a sus aspiraciones, y se sometan a una suerte de plebiscito que determinaría quién era el más opcionado. Tal desafío del líder socialcristiano, más que un globo de ensayo, resultó un reconocimiento tácito a la debilidad manifiesta de su candidata para competir con éxito en esta campaña. ¿Chau, Cynthia?

La negativa de Lasso a unirse con la alianza sostenida por Nebot, y correr solo en elecciones, se publicitó como el origen de un desacuerdo que alimentó el cuco de la dispersión,  con el cual parecen arroparse cada noche y levantarse cada mañana algunos analistas y muchos precandidatos; sobre todo estos últimos, esgrimen este fetiche porque saben que no tienen ninguna opción por sí solos de ganar las próximas elecciones. Así, fuerzas y figuras minúsculas encuentran el anclaje que requieren para no desaparecer del escenario político; simultáneamente quizás por ingenuidad más que por cálculo, asisten con respiración boca a boca a las dubitativas huestes verde flex. Son las bondades de la democracia.

Por esas razones es que la tan cacareada “dispersión política de la oposición” parece un chueco cuento de terror para mantener a raya una opción electoral con posibilidades y capaz de posicionarse nacionalmente, en reemplazo de otras ciertamente débiles, oportunistas, de alcance regional, y poco atractivas para el electorado. Si en lugar de hablar del “peligro de la dispersión” se destinase el tiempo para discutir programas de gobierno, para fortalecer las estrategias de posicionamiento de candidatos, para escuchar más al elector, seguramente el ambiente preelectoral no estaría tan opaco.

Lo dicho no elimina el hecho de que el aparecimiento de los binomios que faltan, así como los nombres de los aspirantes a la Asamblea, y hasta el debut de los candidatos del bananero Álvaro Noboa van a salpimentar un poco más la competencia electoral, y darán algún trabajo adicional a las encuestadoras; pero es muy improbable que alteren seriamente la definición del tablero tal como se encuentra este momento.

Por último, tampoco preocupa la dispersión de la oposición, en virtud de que no son las ideologías, y ni siquiera son los aparatos electorales representados por los partidos y sus líderes lo que está marcando el ritmo de este proceso electoral. Lo que está ocurriendo es  mucho más profundo, tiene sus antecedentes en la primera derrota electoral de Alianza País, el 23 de febrero del 2014, y sus más icónicas expresiones se hallan en las movilizaciones masivas del año pasado iniciadas en Quito, y replicadas a lo largo de todo el territorio nacional, en las que la gente rebasó a los partidos y se manifestó libre del protagonismo de figurines hambrientos de prensa y tribuna.

Lo que está cocinándose en el tejido social ecuatoriano exige una investigación atenta de los equipos de campaña que aspiran a ganar, y de los políticos que aspiran trascender los avatares electorales. Además es bastante más interesante que el debate sobre la misoginia y el maquillaje, con el que nos han entretenido últimamente, como un episodio surrealista de la popular serie  Sex and the City, pero en versión criolla. Y esto dicho con todo respeto a la importancia que tiene el tratamiento de esa enfermedad social llamada misoginia en la realidad nacional.

En los procesos electorales de los últimos tiempos, si algo ha quedado en evidencia, es que los partidos hace rato no sintonizan con el electorado.

Sería lamentable que los equipos de estrategia política y de comunicación en competencia, no sean capaces de salir del juego falaz de “unidad o la derrota”, sin advertir al menos su maniqueísmo.

En los procesos electorales de los últimos tiempos, si algo ha quedado en evidencia, es que los partidos hace rato no solo que no sintonizan con el electorado —otra razón para la existencia de tanto indecisos— sino que hasta ahora se muestran totalmente incompetentes para entender que son otros los espacios donde se construyen las percepciones, se generan las empatías o las antipatías, y donde se desarrollan encuentros y unidades que parten de identidades construidas por fuera de las ideologías y la vida orgánica partidista.

Ello explica cómo fueron las tendencias —derecha, izquierda, centroizquierda, populismo—, lo primero que se agrupó en estas elecciones; orgánicamente articuladas pero que juntas, no han alcanzado hasta la fecha a posicionarse ni en el 50% de voto fijo de los electores.  La mayor parte de la población ecuatoriana no forma parte de partido alguno, no vota ideológicamente y probablemente no le interese cambiar de comportamiento.

Quizá es momento de que políticos serios se preocupen más por averiguar qué factores sostienen comportamientos de dominación, las causas para que ésta sea aceptada y cuáles son los que gatillan el descontento y animan la revuelta eventualmente, para luego lanzar a capas movilizadas a un estado casi catatónico.

Posiblemente ya no sean suficientes los argumentos que han demostrado el impacto social de la campaña de comunicación permanente que impulsa el correísmo desde hace una década, con sus aditamentos de miedo, chantaje y represión. Tal vez resulta corta la explicación que pone el acento en las capacidades movilizadoras de la retórica populista y la existencia de un líder carismático fuerte. Capacidades que en ciertas sociedades y bajo ciertas condiciones, pueden desmantelar la institucionalidad de algunos Estados para beneficiarse de ella y manejarla a su antojo, así como para manipular masas de indigentes, hasta convertirlos en el barro maleable y siempre disponible que se moviliza al capricho de estrategias diseñadas por la élite que anhela perpetuarse en el poder.

Seguramente, estas explicaciones alimentadas, en el caso ecuatoriano, por las estadísticas de la bonanza económica, su dispendio irracional y la crisis actual, abonan en explicaciones valederas que aceptamos algunos, pero que sentimos no alcanzan a develar el código mental que guía el comportamiento de la gente en los actuales momentos.  

Hipotéticamente puede ser que, en estas elecciones, triunfe el líder que sea capaz de repensar la política, no tanto para poner en práctica una estrategia de marketing electoral, sino como la oportunidad de entender en qué momentos, en cuáles espacios, y de qué modo convergen los votantes, vistos como gente, no como simples “electores”; cómo se cruzan, se rechazan y se amalgaman sus miedos, sus expectativas y sus anhelos, para formar los hábitos (aquellos de los que hablaba Pierre Bourdieu)  que luego se expresan en adhesiones a esos seres de carne y hueso, eventualmente disfrazados de candidatos. 

Ello podría ocurrir en estos comicios. Pero es probable que no sea así, y que pase lo que hasta ahora: una campaña en la que unos ganen y la mayoría pierda, sobre todo cuando está representada por aquellos que, antes de empezar, ya se han dado por vencidos al mirarse frente a frente con el espejismo de su debilidad, y escuchar el canto arrullador del pendejismo que los mantiene al borde de un ataque de nervios, en medio de la dispersión y la misoginia.

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