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19 de Octubre del 2023
Historias
Lectura: 16 minutos
19 de Octubre del 2023
Raúl Borja
El crimen fue casi perfecto
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Fernando Villavicencio, periodista, ex asambleísta y candidato presidencial. Asesinado el 9 de agosto del 2023. Foto: AFP

 

Desde que se cometió el asesinato a Fernando Villavicencio sostuve que se trata de un crimen de Estado. El presidente Lasso salió la misma noche del desgraciado suceso, a decir que era “un crimen político”. ¿Por qué lo hizo? ¿Qué sabía él que ignorábamos el común de los mortales?


Recuerdo ahora un acto criminal ¡sin muerte, dando gracias a Dios! que se cometió contra el periodista Alejandro Carrión, la noche del 15 de abril de 1955. Yo tenía entonces seis años cumplidos y mi padre, que era liberal radical y opinaba en el diario El Universo, el día siguiente al hecho que comentaré abajo, llegó a la casa con su temperamento enervado y nos puso al tanto de lo sucedido.

Al famoso opinador Juan sin Cielo se le había sometido la noche anterior —después de una sesión de tormento ejecutada por pesquisas a órdenes del Ministro de Gobierno— a la horrenda acción de coprofagia, 1 suceso nefasto que parecía haber ocurrido por generación espontánea. Pero no. Esto es lo que había pasado:

El Presidente de la República de entonces, Velasco Ibarra, una mañana de abril de 1955 habría estado reunido en el salón más íntimo de Carondelet, con su Ministro de Gobierno, Pedro Concha Enríquez, quien, como era la costumbre, iniciaba el día de gestión leyéndole al Presidente el artículo de opinión escrito por el periodista más comentado de entonces, Alejandro Carrión, Juan sin Cielo, redactado con estilo casi literario y rico condumio revelador de datos con información sensible, lo que ahora llamamos, actos de corrupción oficial.

Alejandro Carrión Aguirre (Loja, 11 de marzo de 1915 - Quito, 4 de enero de 1992) fue un poeta, novelista y periodista ecuatoriano. Foto: Ecuadorian Literature

La columna de opinión de Juan sin Cielo se publicaba en la página cinco del diario El Universo y era leído por miles de tirios y  troyanos en todo el país. Aquella vez, obviamente, el disparo literario de Alejandro Carrión estaba dirigido a la diana de la Presidencia de la República. Velasco Ibarra escuchó en concentrado silencio dicha lectura. Él era un individuo de tipo psicológico que acoyuntaba dos caracteres vitales: ser introvertido y ser un agresivo pasivo. Caracteres aparentemente contradictorios, que contextualizaron lo que habría de suceder a partir de entonces. Es que, terminada la lectura y bebido el último sorbo del primer café tinto del día, el presidente Velasco Ibarra habría dicho: Ojalá este canalla se comiera su propia bazofia...

Ocupando los rincones de la amplia sala ministerial, parados, silentes, como postes anodinos o perros amaestrados en estado de sedación, estaban los pesquisas de mayor confianza del alto funcionario gubernamental.

El ministro Concha Enríquez se guardó el periódico en el bolsillo lateral derecho de su fina leva de casimir irlandés y se retiró a su oficina. Se fue caminando por aquel pasillo frío, algo húmedo y semi oscuro que une por la parte interior los dos edificios de clásica  arquitectura, el de la Presidencia de la República y el del Ministerio de Gobierno. Al llegar a su despacho, encontró a varios amigos y corifeos de confianza, que le esperaban mientras bebían —también ellos— un café tinto brindado por la diligente secretaria de confianza del “Señor Ministro”. Ocupando los rincones de la amplia sala ministerial, parados, silentes, como postes anodinos o perros amaestrados en estado de sedación, estaban los pesquisas de mayor confianza del alto funcionario gubernamental. Éste, luego de los saludos de rigor, con abrazos y palmadas sonoras en la espalda de sus amigos y adulones de ocasión, comentó lo escrito por el periodista, enfatizando con su voz ronca y acento guayaquileño, las frases acres de Alejandro Carrión en franca crítica al primer mandatario. Terminó su alocución repitiendo con inconfesable intención, la frase sentenciosa de Velasco Ibarra: Ojalá este canalla se comiera su propia bazofia...

Presidente José María Velasco Ibarra. Foto: Archivo Ultimas Noticias

Entre los presentes, unos se rieron con muestra de sádico agrado, otros hicieron una mueca de aceptación mezclada con una pizca de asco. En su intimidad, quizás todos mentalizaron: Comerse la propia mierda, atatay, atatay... Pasaron de inmediato a tratar los asuntos por los que, cada cual vino esa mañana al despacho ministerial: los consabidos palanqueos de puestos burocráticos, el sacarle del calabozo de la Intendencia a un amigo que se pasó la raya en estado de borrachera la noche anterior, el facilitar un trucho permiso ministerial que permita el paso por la frontera norte de un camión con contrabando... En fin, cosas de la rutina en el ejercicio del poder político contingente.

Pero nada había concluido en cuestión de torturas apestosas. La frase pronunciada por el Presidente “Ojalá este canalla se comiera su propia bazofia...” quedó zumbando en los tímpanos de los orejones, que eso eran los pesquisas del gabinete ministerial. Entonces, el jefe de aquellos policías vestidos de civil —llamados por el humor quiteño “Los pichirilos” — empezó a tramar su acto criminal contra el columnista más odiado por quienes pululaban en los pasillos del Palacio de Carondelet. En efecto, con una orden falsificada de allanamiento domiciliar, el sórdido proyecto empezó a correr tiempo.

Por la noche, se le sacó de su hogar a Juan sin Cielo, se le llevó a la fuerza a las afueras de la “franciscana ciudad de Quito”; en el trayecto se le habría forzado a tomar un bocado de agua con una pisca de un fármaco conocido, que provoca diarrea en minutos; al llegar a un sitio abandonado de los extramuros de la ciudad, llamado Los Sauces, donde a esas horas de la noche sólo transitaban unas almas que lleva el diablo, se le sacó al rehén del vehículo oficial —una camioneta Ford modelo 1952, color verde, sin placas, de la Policía—; se le dio unos cuantos toletazos, se le quitó el pantalón de pijama que llevaba y el calzoncillo, y con un movimiento brusco, se le sentó en cuclillas sobre el piso, donde sin control de sus esfínteres, el periodista defecó, eso sí, apuntando su acto biológico sobre un ejemplar de El Universo, edición de esa mañana, donde él había publicado su columna criticando al Presidente.

esta vez no bebieron el alcohol a pico de botella como era su vulgar costumbre, sino que usaron el ardiente líquido para enjuagarse las manos que aún conservaban el tufillo de la apestosa materia fecal. Uno de ellos —el más católico de todos— dijo: Hagamos como Pilatos, lavémonos las manos...

Sin poder defenderse para nada del tormento, la víctima del acto criminal hizo todo, todo lo que mandaban los pesquisas, sin imaginarse que el final trágico iba a ser aún peor. Por acción de sus captores —que previamente se habían arremangado sus viejas levas de casimir ordinario— el periodista más notable del Ecuador de entonces, a riesgo de asfixiarse si no abría la boca, fue obligado a tragar la materia de su obligada defecación. Acto de coprofagia aún más vil, pues era cometido con la víctima todavía en estado de shock. Culminado el hecho criminal, los pesquisas se retiraron de la escena.

Antes de subirse a la camioneta sin placas de la Policía —que les esperaba con el motor encendido y las luces apagadas— se acordaron de que en la “secreta” delantera del vehículo solían tener una botella de aguardiente puro, que lo consumían para pasar el frío de las noches quiteñas, cuando hacían alguna misión policiaca. Pero esta vez no bebieron el alcohol a pico de botella como era su vulgar costumbre, sino que usaron el ardiente líquido para enjuagarse las manos que aún conservaban el tufillo de la apestosa materia fecal. Uno de ellos —el más católico de todos— dijo: Hagamos como Pilatos, lavémonos las manos...

Así se consumó un acto criminal que no fue ordenado por el Presidente de la República, quien solamente pronunció esa mañana su pilatosa sentencia: ojalá este canalla se comiera su propia bazofia... Este caso real —contado ahora con unos pocos ananayes de ficción— no ha sido el único suceso que demuestra que, en las altas esferas del gobierno de turno, se cometen —sin querer queriendo— crímenes de Estado, generalmente contra opositores al régimen de turno, periodistas críticos, diputados valientes, dirigentes estudiantiles, jóvenes que se atrevieron a tomar las armas y dejar en las bancas universitarias sus libros en ejercicio de sana hibernación... En mi vida recuerdo los casos, entre otros, de Milton Reyes, Rafael Brito Mendoza, Jaime Hurtado González, Abdón Calderón Muñoz, Arturo Jarrín, Pancho Jaime...

Un crimen de Estado es “... un acto criminal cometido por una autoridad del Estado o por particulares que actúan con respaldo de dichas autoridades, con su tolerancia o complicidad.” Son, por supuesto, crímenes políticos, en los que intervienen varios actores que, en una suerte de execrable sincronía (una mera coincidencia, se suele decir), provocan un impacto nefasto en la sociedad. Hechos que desbordan inclusive la perversa imaginación individual de sus actores puesta en escena con macabra intencionalidad. Los crímenes de Estado suelen involucrar a mandatarios que abusan del poder, unos son brillantes y hasta católicos practicantes, acaso miembros del Opus Dei; otros, esconden tras su socarrón silencio o su torpeza de movimientos físicos y mentales, lo que Jung llama la Sombra. En verdad, todos tenemos una Sombra simbólica que nos acompaña, a veces para que cometamos actos “moralmente malos”; en otras ocasiones, por lo contrario, la Sombra nos acusa con su índice simbólico, mediante “eso” que la vulgata llama “la mala conciencia...”.

El poder contingente nos hace oír a un cuplé de incondicionales “amigos del Señor Presidente”, que juegan a encubridores de los crímenes de Estado, unos por mero servilismo, otros, porque tienen “rabo de paja” en actos que también pueden ser delitos o infracciones a la ley y la moral cometidas por el abuso del poder.

Pero ¿cuál es la gran diferencia puesta en juego? Ésta estriba en que la Sombra de quienes tienen poder, por caso, un Presidente de la República o un Ministro del Interior, es una Sombra grande, densa y poderosa, que, así como enerva las emociones más perversas para que se cometan crímenes horrendos, tiene el poder para que se cubra el acto vil, se lo oculte en los meandros del poder político, se lo disipe en los pasillos del Palacio de Gobierno, se ponga a jugar en la escena roles de pacotilla a cómplices perversos, se haga cantar a corifeos y a pontificar a hipócritas, se saque a la luz falsos positivos, se escriba en medios de comunicación de masas y en redes sociales mensajes acusatorios a terceros, sin carga de prueba. El poder contingente nos hace oír a un cuplé de incondicionales “amigos del Señor Presidente”, que juegan a encubridores de los crímenes de Estado, unos por mero servilismo, otros, porque tienen “rabo de paja” en actos que también pueden ser delitos o infracciones a la ley y la moral cometidas por el abuso del poder.

Homenaje y sepelio de Fernando Villavicencio en Ecuador. Foto: Rodrigo Buendía / AFP 

Epílogo: desde que se cometió el asesinato a Fernando Villavicencio sostuve que se trata de un crimen de Estado. El presidente Lasso salió la misma noche del desgraciado suceso, a decir que era “un crimen político”. ¿Por qué lo hizo? ¿Qué sabía él que ignorábamos el común de los mortales? ¿Cuándo será llamado por la Fiscal Diana Salazar a que rinda declaración por sus palabras? ¿Fue una torpeza ¡otra más de las que nos tiene acostumbrados! o una saeta lanzada con intención maleva?

El asunto se volvió muy confuso, hasta tóxico cuando aparecieron en la escena y el entorno del crimen, ministros de gobierno, jefes policiales y agentes de la seguridad pública, detectives del FBI, llamadas telefónicas de jefes de grupos criminales, celulares que aparecían y desaparecían como por actos de birlibirloque, fiscales cuarterones, medios de prensa extranjeros que demostraban saber mucho más que los medios nacionales, etc.

la novelista Agatha Christie armaba sus thrillers con un andamiaje donde ponía en orden recursos melodramáticos: el escenario del crimen, el detective intuitivo, el crimen consumado, el motivo del crimen, el método y las herramientas del crimen, las falsas pistas, un gatillero sacado de los bajos fondos para que luzca mameluco de fantoche y sea asesinado al paso...

Para colmo, un oficial de la Policía (ahora dado de baja, quien está escondido por temor a ser asesinado) denuncia con nombres y apellidos, fechas y circunstancias, a un entramado del poder político y económico actual, en el que figuran personajes cercanos al Presidente de la República, ministros, altos jefes de la Policía... Él habla de autorizaciones de exportaciones de banano que camuflan embarques de la “pasta blanca” desde los puertos ecuatorianos hacia Europa, al mismo tiempo que advierte sobre amenazas criminales en su contra, incluyendo la vida en riesgo de su familia.

Todo esto ha pasado en las semanas anteriores, en el contexto político de la primera vuelta electoral, caracterizada por una lucha palmo a palmo por ganar el ejercicio del gobierno por efecto de unas elecciones anticipadas, luego de haber sido decretada “la muerte cruzada” precisamente por el actor estelar de este drama macabro. ¿Muerte cruzada? ¿De quién? ¡Hasta la denominación constitucional es propicia para connotar lo trágico de este drama!

Se dice que la brillante novelista Agatha Christie armaba sus thrillers construyendo un andamiaje donde ponía en orden ciertos recursos melodramáticos: el escenario del crimen, el detective intuitivo, el crimen consumado, el motivo del crimen, el método y las herramientas del crimen, las falsas pistas, un gatillero sacado de los bajos fondos para que luzca mameluco de fantoche y sea asesinado al paso...

Lo más atractivo del thriller agathocristiano era la hipótesis central, el nervio narrativo manejado con fino sentido de intriga novelesca por la escritora inglesa, acompañado de las hipótesis distractoras, las falsas pistas, los supuestos para distraer a los lectores ingenuos y a los opinadores de cafetín. Finalmente, para regusto de todos, Agatha Christie hacía que brille la verdad del crimen.

Creo que el crimen de Estado que entrama al asesinato a Fernando Villavicencio, merece una Agatha Christie.

3 de octubre de 2023, día de San Francisco de Borja, SJ.

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