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1 de Agosto del 2016
Historias
Lectura: 13 minutos
1 de Agosto del 2016
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

El grave predicamento de los Estados Unidos

La postulación de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos provoca el rechazo de sectores que defienden la "corrección política", pero aún así, se mantiene firme en las encuestas. 

 

Y que este pintoresco showman prejuiciado tenga tantos partidarios, incluso después de la pintura apocalíptica, desesperada, racista y negativa, airada, de Estados Unidos que hicieron él y la maratón de oradores en la convención republicana de Cleveland, es todavía más asombroso. En vez de producir la hecatombe, cada estupidez que dice le atrae más partidarios.

“Necesitamos a los mexicanos”, me dice Donald C. Dick, de 93 años, nativo de Kentucky, que ha vivido desde joven en Michigan, donde formó su familia y crió a sus cinco hijos, compartiendo su trabajo en la planta de Pontiac, donde hacía el turno vespertino, con el trabajo agrícola en su propiedad en la zona rural de Imlay City, cerca de Lansing, la capital del estado.

Pontiac, ahora me entero, es un pueblo del condado de Oakland en Michigan, al sur de Detroit, donde la General Motors puso una planta automotriz en 1926 que fabricó automóviles, cuya marca era el nombre del pueblo, hasta 2009.

“Este país no sería el mismo sin los mexicanos”, agrega. Él considera que hay millones de trabajos que los inmigrantes están dispuestos a hacer que los jóvenes nativos de los Estados Unidos ya no quieren desempeñar. “Desde recoger la fruta y la verdura hasta ser camareros en los hoteles; desde cocinar en restaurantes hasta ayudar en hospitales”, precisa. En el término ‘mexicanos’ incluye a todos los inmigrantes hispanos, por lo que critica la posición de Donald Trump. “Ese tipo está loco. Simplemente este país no podría funcionar sin los mexicanos”, asevera.

En el término ‘mexicanos’ incluye a todos los inmigrantes hispanos, por lo que critica la posición de Donald Trump. “Ese tipo está loco. Simplemente este país no podría funcionar sin los mexicanos”, asevera.

Dick no se acompleja al decir que viene de las colinas de los Apalaches, un hillbilly, término muchas veces despectivo en EEUU para persona atrasada que no acepta la modernización. Por el contrario, él reivindica sus orígenes y su historia de vida: migró hacia el norte y se insertó en la industria automotriz; peleó en dos guerras, la mundial y la de Corea.

Le ofrecen una cerveza y responde, con mucha gracia, lo que podría traducirse como: “Pero ¿para qué vamos a perder el tiempo? Vamos de una vez al fuerte”. Me habla del moonshine, un alcohol de maíz muy fuerte, cuya producción sigue siendo ilegal en EEUU, principalmente por el problema de la contaminación, que puede ser peligrosa cuando se ha usado como destilador un viejo radiador de auto, los que sueltan plomo y pueden contener trazas de anticongelante.

Pero se ríe a carcajadas de los “revenooers”, es decir de los recaudadores de impuestos, a quienes recuerda con un desprecio igual al que tenían los destiladores ilegales de aguardiente de caña por los guardias de estancos del Ecuador hasta mediados del siglo XX. Me explica que, para los campesinos de las montañas de los Apalaches era la única manera de sacar algo de ganancia de sus cultivos de maíz, pues se podía transportar a lomo de mula 12 veces más valor si en vez de maíz en grano llevaba este “whisky blanco”. Pienso que eso mismo pasaba con los cultivadores de caña de nuestras zonas subtropicales, donde los pésimos caminos hacían imposible otro medio de transporte.

Para su hija Donna, abogada de 67 años que vive en Detroit, “el hombre era Sanders”, pero ella, como su papá, votará por Hillary Clinton. Siempre lo han hecho por el partido Demócrata, como la mayoría de la familia. Sin embargo, algunos de los nietos de Donald, a los que pregunto, no están seguros de votar siquiera: desconfían de la candidata demócrata, a quien la consideran un tanto hipócrita. Pero, entre los 30 miembros de familia que están en la fiesta, solo hay dos partidarios de Trump. Son primos por parte de madre. De ellos dice Donna: “Son los únicos que tienen suficiente dinero para darse el lujo de ser republicanos”.

Entre los 30 miembros de familia que están en la fiesta, solo hay dos partidarios de Trump. Son primos por parte de madre. De ellos dice Donna: “Son los únicos que tienen suficiente dinero para darse el lujo de ser republicanos”.

También hablo con los in-laws, los no relacionados por la sangre sino por matrimonio. Uno de ellos, Harry, de 50 años, dedicado a la mercadotecnia, se muestra realmente atemorizado de lo que pueda pasar con EEUU si gana Trump, a quien considera un loose cannon. Esta expresión, que oigo mucho aplicada a Trump y que textualmente significa “un cañón suelto”, se aplica a una persona que no puede ser controlada y que hace o dice cosas que causan problemas y vergüenza a los demás. “Tenemos un sistema de controles y balances, unos poderes del Estado que realmente funcionan, así que no preveo que sucedan cosas como las que vemos en otros países como Venezuela o Egipto”, me dice. “Pero ciertamente puede haber problemas para las relaciones internacionales y EEUU puede terminar metido en algún lío que no quisiéramos.

Pero mi mayor aprensión es sobre la economía. Trump no tiene idea de lo que es producir algo: él ha vivido de la especulación”, señala. Pero, ¿no es ese el fuerte de Trump: ser un billonario exitoso?, le pregunto. Harry dice que el candidato republicano se abrió camino utilizando el truco de declararse en quiebra para no pagar a sus acreedores, y recibiendo prebendas para levantar edificios, hoteles y complejos de parte de alcaldes deseosos de atraer inversiones, “condiciones que no se dan a cualquiera y que obtuvo por métodos corruptos”.

Justo unos días después, en la convención del Partido Demócrata, Michael Bloomberg, otro multimillonario, que fue alcalde de Nueva York, habría de desmontar sin concesiones el mito de Trump como empresario. “Soy de Nueva York y los neoyorquinos reconocemos a un embaucador en cuanto lo vemos”, dijo en uno de sus punzantes ataques. Le llamó timador, demagogo peligroso e incendiario. Lo hizo con la autoridad de quien ha levantado un imperio, y fue elegido y reelegido.

“A lo largo de su carrera, Trump ha dejado atrás un historial bien documentado de bancarrotas, miles de pleitos, accionistas enfadados, proveedores que se sienten estafados y clientes desilusionados que se saben robados. Dice que quiere gobernar este país como sus negocios. ¡Dios nos ayude!”, enfatizó Bloomberg.

“Soy de Nueva York y los neoyorquinos reconocemos a un embaucador en cuanto lo vemos”, dijo en uno de sus punzantes ataques. Le llamó timador, demagogo peligroso e incendiario, enfatizó Bloomberg.

Lo que más me asombra es encontrar que este ignorante envanecido que es Trump va a tener el voto de millones de estadounidenses. En Washington conozco a Dina, republicana, miembro de una familia tradicional de Maryland, que tenía plantaciones de tabaco y algodón, que trabajó en la Casa Blanca durante el Gobierno de Ronald Reagan y en varias altas posiciones en las administraciones de los Bush. “Aún tengo mis reservas sobre Donald Trump, pero voy a votar por él”, me dice y enseguida me pregunta qué pienso yo de él. Le digo que creo que es un peligro no solo para los Estados Unidos sino para el mundo entero. Que no lo digo yo, que lo dice un medio tan conservador como The Economist. Me replica que no va a ser así: que Trump tendrá asesores y un comportamiento presidencial. Cree que el verdadero peligro es Hillary Clinton porque es untruthful, es decir mentirosa o engañadora.

Y que este pintoresco showman prejuiciado tenga tantos partidarios, incluso después de la pintura apocalíptica, desesperada, racista y negativa, airada, de Estados Unidos que hicieron él y la maratón de oradores en la convención republicana de Cleveland, es todavía más asombroso. En vez de producir la hecatombe, cada estupidez que dice le atrae más partidarios.

Por su parte, la convención demócrata en Filadelfia, con un comienzo caótico por la actuación de los partidarios de Bernie Sanders ––quien más tarde habría de manifestar su total apoyo a Clinton y pedir que se proclamara su candidatura presidencial por aclamación––, no solo fue más diversa, mejor organizada y producida, sino que presentó una visión más optimista del país.

Pero, para mí, el contraste más notable fue en los contenidos de las políticas: cero detalles en la republicana y muchos en la demócrata. Mientras Trump repite que lo que va a hacer es “fantástico” y “maravilloso” y “nunca visto”, sin decir ni una sola vez cómo lo hará, los oradores y la propia Hillary presentaron una plataforma sesuda e inteligente y, como todos los analistas coinciden, la más progresista en décadas del partido Demócrata. Y esto último se lo debe a Sanders, que forzó al partido hacia la izquierda. En el sitio web de Hillary Clinton hay programas detallados sobre cada uno de los grandes temas. Allí también se puede comparar las calificaciones de los dos candidatos, que no pueden ser más contrastantes. El propio presidente Obama lo dijo en la noche del miércoles: “No creo que haya habido jamás alguien tan calificado, incluyendo a Bill (Clinton) y a mí, para desempeñar el cargo” de presidente de Estados Unidos.

El propio presidente Obama lo dijo en la noche del miércoles: “No creo que haya habido jamás alguien tan calificado, incluyendo a Bill (Clinton) y a mí, para desempeñar el cargo” de presidente de Estados Unidos.

Y, sin embargo, una ecuatoriana que vive 42 años en Washington dice que Trump tiene razón y que aunque no va votar, lo haría por él, pues está de acuerdo en prohibir la entrada de los musulmanes, por el riesgo de que puedan cometer atentados. No le convence mi argumento de que la mayoría de los autores de los atentados con muertes múltiples que se cometen en EEUU son, de lejos, blancos anglosajones. Es inútil discutir: me doy cuenta de que la señora, como algún segmento de los inmigrantes, quiere cerrar la puerta a nuevos inmigrantes porque ya tiene la ciudadanía estadounidense y se siente amenazada. Como si deportando a los mexicanos y bloqueando la entrada a los musulmanes se solucionaran los problemas, que es lo que Trump intenta vender.

Con todo, recuerdo mi conversación con Nick Mills, el historiador y educador estadounidense muy conocido en el Ecuador. Al iniciar este largo viaje por Estados Unidos, le visité a él y a su esposa Dolores, en su casa en Carlsbad, Nuevo México. Con 42 grados a la sombra, en medio del paisaje del desierto, conversamos mucho sobre lo que sucede en Estados Unidos. Los Mills, y sus amigos académicos con los que estuvimos, creen que finalmente Hillary Clinton ganará las elecciones; coinciden en que la candidatura de Trump se explica por el malestar de un segmento de la población pero que una cosa es ganar la nominación y otra muy distinta ganar las elecciones. Trump podrá seguir haciendo titulares con sus pachotadas, pero los votantes considerarán si el mero deseo de cambiar de rumbo y de hacer las cosas de manera distinta puede permitir llevar a este peligroso demagogo a la Casa Blanca. O es preferible una opción más razonable. La señora Clinton, según los Mills y sus amigos, tiene que hacer un gran esfuerzo por pulir su imagen, reducir el escepticismo que despierta y aparecer más transparente y frontal. Muchos de los votantes, aceptaron los Mills y sus amigos, votarán contra el otro candidato. El tema es quién, al final de los 100 días que faltan, será el menos odiado. Como dijo Bloomberg, esto no es un reality show, esto es la realidad.

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