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17 de Enero del 2018
Historias
Lectura: 16 minutos
17 de Enero del 2018
Gustavo Isch

Consultor político, experto en campañas electorales. 

El libreto de la campaña sucia correísta

Foto: EFE

El 5 de enero arribó Rafael Correa para liderar la campaña por el NO en la consuta. Diez días después se desafiliaría de Alianza País en medio de una pugna por el movimiento con Lenín Moreno.

La campaña correísta que actualmente se despliega en la consulta popular, preparó el terreno con advertencias claras sobre el castigo que vendrá para los desleales ex subordinados que lucraron de cargos públicos en aquella institucionalidad estatal totalmente sumisa a Correa en los niveles legislativo, ejecutivo, judicial y de control; al mismo tiempo se dirigió a la camada de nuevos ricos engordados a la sombra del correato, los cuales han debido considerar la obligada retribución para su benefactor.

Apenas diez años le bastaron a la autodenominada Revolución Ciudadana para convertirse en un ejercicio de canibalismos político, que reemplazó a su original  proyecto de profundización democrática y de justicia social.

Durante la década pasada, todos los actos políticos del correato se apalancaron en una campaña de comunicación permanente que colonizó la esfera pública, marcó la agenda del debate, y manipuló a la opinión ciudadana llevándola a una profunda división basada en el fraude ideológico, la manipulación política, y condenándola a vivir la más profunda corrupción de nuestra historia republicana.

Dicha estrategia propagandística y publicitaria tan impecable como inescrupulosa, maquilló en más de una decena de campañas electorales o plebiscitarias durante la administración correísta, los intereses de contados grupos de poder. Son los mismos grupos que en la actualidad se disputan a mordiscos el control económico y político del Estado ecuatoriano; los mismos que aguardaban a Lenín Moreno como insaciables antropófagos, en la “mesa servida” dispuesta por Correa.

Son los mismos grupos que, no obstante la mayor bonanza económica que haya conocido el Ecuador, malversaron su economía y tuvieron el descaro de apropiarse de los ahorros de los jubilados. Son los mismos que desalentaron la inversión; los que provocaron el desempleo de profesionales calificados, de emprendedores humildes; son los mismos que desalentaron el ingreso a las universidades de cientos de miles de jóvenes; son los mismos que persiguieron a periodistas, maestros, jóvenes, mujeres y empresarios; son los mismos que controlaron todos los poderes del Estado para luego tratar de deslindar su responsabilidad directa e indirecta en el cometimiento de los actos de corrupción más escandalosos de nuestra  vida como república; son los mismos que hasta ahora tapiñan la  impunidad de abusadores sexuales de cientos de niños y adolescentes en escuelas y colegios; son los mismos que han manejado la política internacional ecuatoriana como un desagüe de ineptos y un cubil para arribistas; son los mismos y las mismas que se creyeron intocables durante el régimen de Rafael Correa.

La campaña correísta que actualmente se despliega en la consulta popular, preparó el terreno con advertencias claras sobre el castigo que vendrá para los desleales ex subordinados que lucraron de cargos públicos en aquella institucionalidad estatal totalmente sumisa a Correa en los niveles legislativo, ejecutivo, judicial y de control; al mismo tiempo se dirigió a la camada de nuevos ricos engordados a la sombra del correato, los cuales han debido considerar la obligada retribución para su benefactor.

Descalificar al adversario, mentir, movilizar el bajo fondo del sectarismo y el pandillerismo ideológico en contra de los “enemigos de la revolución”, configuran la fórmula correísta. Es la misma receta que antes usaban para victimizarse y cometer atropellos, y que ahora repiten, con la diferencia de que ya no controlan el gobierno.

Descalificar al adversario, mentir, movilizar el bajo fondo del sectarismo y el pandillerismo ideológico en contra de los “enemigos de la revolución”, configuran la fórmula correísta. Es la misma receta que antes usaban para victimizarse y cometer atropellos, y que ahora repiten, con la diferencia de que ya no controlan el gobierno.

Hoy, en el contexto de la consulta popular, la estrategia política del correísmo se muestra en el manejo de su comunicación, como un nuevo capítulo del más largo y canalla libreto propagandístico que recuerde la vida nacional.

Cabe recordar cómo, apenas iniciado el mandato de Lenín Moreno, Correa y su cartel se convirtieron en los principales y únicos opositores del nuevo gobierno. Como reza el manual de comunicación fascistoide seguido por el caudillo de la década pasada, la descalificación al adversario y el ataque marcaron contra Moreno la retórica del expresidente, y fueron creciendo en intensidad con el afán de posicionar en el imaginario de los ecuatorianos, sobre todo de los más humildes e ignorantes, la marca del “traidor” para afectar la credibilidad de Moreno entre los electores y para asegurar en favor de Correa el capital político de los adeptos más recalcitrantes al “loco del ático”.

La idea de “la traición” y “el traidor” no son datos menores en la campaña por el NO. En la estrategia correísta, apelan al sentimiento cristiano y popular que siempre rechaza y castiga la traición como un acto grave, casi imperdonable; es apto para un uso claro, limpio, simple y conciso de un concepto comunicacional, aprovechado como eje de su campaña sucia. En este sentido es bastante más eficiente que el mensaje complejo, dividido en siete preguntas que deben ser larga y difícilmente explicadas y “aterrizadas” entre los electores, por quienes apoyan la opción del SÍ.

Por ello más inteligente que debatir en territorio estos contenidos, es posicionar el mensaje más claro de la campaña a favor del SÍ que requiere, paradójicamente decirle  “NO a Correa y sus corruptos”; acaso los primeros y peores traidores de la Constitución de  Montecristi.

En la estrategia correísta, la apelación al concepto del “traidor” y la “traición”, sirve además para tapar bajo la alfombra entre sus seguidores y entre los incautos, los errores y escándalos de su administración. El recurso cobra fuerza con la presencia de Correa haciendo campaña en territorio, mostrándose como el mesías dispuesto a sacrificar su familia para inmolarse en defensa de los pobres y de la revolución que se ha robado el presente y amenaza el futuro.

 

Correa despliega este relato comunicacional en territorio y utilizando de manera privilegiada radios locales y algunos canales de tv, así como sus intocadas redes sociales y troll-centers, para subir exponencialmente el efecto de su verborrea apocalíptica y mentirosa.

Correa despliega este relato comunicacional en territorio y utilizando de manera privilegiada radios locales y algunos canales de tv, así como sus intocadas redes sociales y troll-centers, para subir exponencialmente el efecto de su verborrea apocalíptica y mentirosa. Él y sus estrategas utilizan apropiadamente estos espacios, conscientes de que  ya no controlan sus medios incautados, sus sabatinas, y sus recursos publicitarios, así como tampoco pueden sojuzgar a los medios privados que amenazaba y presionaban a golpe de cadenas nacionales, juicios, ataques a periodistas, y con la persecución de su peón en la SUPERCOM.

La radio se caracteriza por su capacidad de llegada a los más recónditos y diversos entornos, y adicionalmente, por un factor esencial: genera un efecto credibilidad y empatía con las audiencias que ningún otro medio logra. Todo lo que escucha un oyente, es asimilado como real, cierto, familiar, digno de crédito. Eventualmente ciertos formatos de radio abren micrófonos potenciando un diálogo directo con la gente, amplificando ese efecto en niveles insospechados; basta recordar el rol que este medio de comunicación jugó en la caída de Lucio Gutiérrez, por solo citar un ejemplo.

Moreno y la oposición parecen haber olvidado que el uso de esta formidable arma de comunicación masiva fue perfilado por el correísmo desde el concurso de frecuencias administrado por el CORDICOM, el mismo que fue denunciado por quienes aseguran estuvo amañado y viciado de corrupción. La clave en este tema fue siempre crear una red de radiodifusoras abiertas a las campañas políticas en las que el correato anticipaba que iba a jugarse la vida, tal como ocurre hoy mismo. Correa está aprovechando al máximo este medio en las narices del morenismo y la torpe oposición política de la centro derecha.

Por su parte, las redes sociales son claves en dos niveles: la creación de un clima de opinión, y la interacción social masiva.
En el primer nivel, es evidente que independientemente del número de personas conectadas para hacer política de manera orgánica o regular a través de las redes, éste medio tiene la capacidad de crear corrientes de opinión pública que inciden en la definición de la agenda global, al punto que los propios medios masivos de comunicación tradicionales como los periódicos y los noticieros televisivos o radiales, siguen esas tendencias, se conectan en las diversas plataformas, y están obligados a posicionarse en esa arena movediza y de alto riesgo.

Por otro lado, las redes ofrecen a los usuarios lo que ningún otro medio puede ofrecer: una interacción en tiempo real en la cual todo el mundo puede activarse y expresarse. Su enorme peligro deviene precisamente de esa fortaleza, debido a que millones de incautos usuarios que se manifiestan en las distintas plataformas con el único afán de desahogar su vanalidad, su resentimiento, y algunos también sus buenas intenciones o posición informada respecto a un asunto, lo hacen en un medio estratégicamente conducido y manipulado por un pequeño ejército de hackers y programadores que son instruidos para crear tendencias sobre auténticas falsedades, calumnias, campañas de difamación, campañas de ocultamiento, y para crear falsos liderazgos de sujetos de dudosa reputación.
Mediante sistemas informáticos que la mayoría desconoce, un ser anónimo o un delincuente pueden ser convertidos en cenizas o en grande estrellas e influyentes conductores de la opinión pública en las redes. Con un poco de inversión y un community manager de nivel medio, cualquiera puede mostrarse en la efímera y engañosa vitrina virtual, como un popular sujeto seguido por decenas o millones de fans.

Mediante sistemas informáticos que la mayoría desconoce, un ser anónimo o un delincuente pueden ser convertidos en cenizas o en grande estrellas e influyentes conductores de la opinión pública en las redes.

Ambos recursos, la radio y las redes sociales, Correa y sus operadores las conocen a la perfección. La estructura correísta en este sentido está prácticamente intacta; asombra verlos incluso en las mismas entidades públicas en las que antes laboraban, sin que el actual gobierno pueda o quiera darse por enterado.

En la campaña por la consulta popular, este es un asunto preocupante. Años de experiencia en la comunicación electoral o de gobierno, nos permiten afirmar que las encuestas -incluso en los momentos en que revelan los mejores índices de aprobación hacia cierto candidato o propuesta- no son instrumentos plenamente confiables para revelar la intención de voto que se expresa únicamente el día de los comicios.

Sabemos también que una hábil estrategia de un lado, o errores imperdonables de otro lado, pueden alterar en cuestión de horas y repentinamente una intención de voto.
La campaña en favor del SÍ manejada por el morenismo es tibia, técnicamente deja mucho que desear, y genera muchas dudas. Está llena de errores de cálculo y un manejo de imagen difícilmente atribuibles a profesionales serios o con algo de sentido común. De seguro en el gobierno existen comunicadores competentes, pero parecería que viven en franca minoría frente a los rezagos del correísmo que pululan a sus anchas en la administración pública, y que al más alto nivel rodean al propio presidente.

Si la opción afirmativa gana en esta consulta, no será por la campaña morenista, sino por el hartazgo ciudadano sobre la desgastada figura de Correa y su patético manejo personal en territorio, el cual es bien disimulado por su equipo de comunicación. También porque un amplio sector ya puede haber definido su voto, no a favor de Moreno, sino por su rechazo a la corrupción, a la impunidad, al desempleo, a la violencia verbal y física, a la metida de mano en la justicia, o a la falta de inversión y la crisis generadas en el correato.

Si la opción afirmativa gana en esta consulta, no será por la campaña morenista, sino por el hartazgo ciudadano sobre la desgastada figura de Correa y su patético manejo personal en territorio, el cual es bien disimulado por su equipo de comunicación.

Es probable también, que si las estadísticas que tenemos en este momento no varían, a la mayoría de ecuatorianos no le importen significativamente los inexcusables errores políticos que “al hilo” se produjeron recientemente, y que en el timing de la consulta podrían ser devastadores de no mediar ciertas circunstancias; nos referimos al uso de dineros destinados a los damnificados del último terremoto que afectó la costa ecuatoriana; pasando por la presentación de la terna para ocupar la vicepresidencia de la república; y, terminando en la naturalización y el vergonzoso intento de acreditar a Julián Assange como diplomático ecuatoriano en Londres.
Moreno parece seguir cercado y ello genera desconfianza. Las aparentes dubitaciones de ciertas ejecutorias revelan su vulnerabilidad al estar todavía rodeado de lo peor del correato. Si el resultado de la consulta popular le es favorable, el presidente está en la obligación moral de barrer la casa, y usar cloro para desinfectar el ambiente que le faculte ejecutar la profunda cirugía que ofreció en campaña, y que evidentemente es una operación larga y delicada.

Destacan en esta campaña del descomunal esfuerzo desplegado por el movimiento político que aparece como el protagonista principal de la opción por el SÍ, liderado por Gustavo Larrea, y lo que Unidad Popular alcanza para hacer en ciertos espacios locales. Otras fuerzas políticas prácticamente han permanecido a la expectativa, en un cálculo reprochable que los hace esperar los resultados de febrero, “sin mojarse el poncho”. Sobre ellos la ciudadanía debe formarse una evaluación firme cuando esta campaña termine.

En el último tramo de esta campaña, hay razones suficientes que deberían quitar el sueño al menos un poco, a quienes dan por seguro el triunfo del SÍ. Antiguos favores y la sola posibilidad de que el correísmo triunfe, franquean el escenario de la ingobernabilidad, la desestabilización del actual régimen, y la ganancia a río revuelto de los mismos pescadores de la década robada.

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