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20 de Febrero del 2019
Historias
Lectura: 14 minutos
20 de Febrero del 2019
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

El mayor desafío a la Iglesia católica en 500 años

Foto: AFP

El papa Francisco convocó al sínodo mundial para afrontar las numerosas y graves denuncias de pederastia y abuso sexual. Durante cuatro días los obispos debatirán sobre su más grave crisis en 500 años.

 

La cumbre mundial eclesial va a tratar los abusos sexuales del clero y la forma de denunciarlos y evitarlos. Es el momento de reformas en profundidad.

La reunión de los presidentes de las conferencias episcopales del mundo y de los superiores de las órdenes religiosas masculinas y femeninas convocada por el papa Francisco, para el 21 al 24 de febrero, no tiene precedentes en la historia de la Iglesia, pero es que tampoco tiene precedentes el motivo de la cita: la crisis de los abusos sexuales del clero.

Un importante historiador y teólogo dijo el mes pasado que el tema significa el mayor desafío para la Iglesia católica en 500 años. “No es que sea como la Reforma protestante”, dijo Massimo Faggioli, profesor de la Universidad de Villanova, en Estados Unidos. "Pero, en mi opinión, es la más seria crisis en la Iglesia católica desde la Reforma protestante”.

El profesor no exagera, sobre todo por la crisis que afronta la Iglesia católica en EEUU, especialmente aguda por la extensión del escándalo del abuso sexual y su encubrimiento por muchos obispos en décadas anteriores pero además porque esta crisis ha derivado en cuestionamientos al papa y divisiones en la jerarquía. Más sobre este punto luego.

Aunque el Vaticano ha tratado de bajar las expectativas sobre la cumbre de esta semana, en la cual se espera que se adopte un protocolo de actuación común para todas las conferencias episcopales a fin de que no se repita el silencio cómplice de la jerarquía católica en torno a estos casos, ha llegado el momento de reformas más profundas al gobierno mismo de la Iglesia.

Múltiples escándalos

El 2018 fue un año lleno de escándalos. En EEUU un informe del Fiscal General de Pensilvania reveló que más de 300 sacerdotes abusaron de niños durante las últimas siete décadas con la complicidad de la jerarquía, que no denunció a los pederastas a la justicia ordinaria. Tras ello, se iniciaron investigaciones similares en otros estados de la Unión. En Alemania la propia Iglesia católica documentó 3.677 casos de abusos sexuales a niños en el período de 68 años entre 1946 y 2014.

Además, el propio papa desató una polémica durante su visita a Chile, cuando defendió al obispo Juan Barros, acusado por un grupo de víctimas de encubrir los abusos sexuales del sacerdote Fernando Karadima. A los pocos días, el papa se dio cuenta de su error y rectificó. Recibió en el Vaticano a tres de las víctimas de Karadima y abrió una investigación que desembocó en la renuncia de todos los obispos de ese país. Hasta ahora ha aceptado la dimisión de siete de ellos.

3.677

casos de abusos sexuales
a niños fueron documentados por la propia iglesia en Alemania, entre 1946 y
el 2014.

La lucha contra la pederastia también fue un tema de la visita del papa a Irlanda para asistir al Encuentro Mundial de las Familias en agosto. Allí pidió perdón, y aún más oró para “que el Señor mantenga y acreciente este estado de vergüenza y de compunción, y nos dé la fuerza para comprometernos en trabajar para que nunca más suceda y para que se haga justicia”. Francisco también se reunió con víctimas de abusos, en un país donde se han destapado diversos escándalos a lo largo de los años.

El gobierno de Australia también publicó un estudio sobre los abusos, y hubo informes y casos judiciales en India, Alemania, Francia y España y en otros países, incluso el Ecuador.

A fines del año pasado, el Vaticano oficializó la salida del comité asesor del papa (el C-9 vaticano) de los cardenales Francisco Javier Errázuriz y George Pell. El primero está implicado en el encubrimiento de las denuncias de las víctimas del chileno Karadima; el segundo fue recientemente condenado por un tribunal australiano por abusos sexuales a dos menores.

Tolerancia cero

La problemática de los abusos sexuales por parte del clero ha sido uno de los principales desafíos del pontificado de Francisco.

Desde el principio, este papa aplicó una política de tolerancia cero que inició su predecesor Benedicto XVI, y avanzó nombrando una comisión específica, con miembros del clero y de los laicos, aunque no estuvo exenta de polémicas, como la renuncia de la irlandesa Marie Collins, una de las víctimas que formaba parte de la comisión, quien denunció que parte de la curia romana ponía obstáculos a los trabajos de este órgano.

En su tradicional discurso de Navidad ante la curia romana este diciembre, Francisco volvió a asegurar que la Iglesia hará todo lo necesario para llevar ante la justicia a los curas pederastas al tiempo que afirmó que "nunca más encubrirá o subestimará" los casos de abusos sexuales por parte del clero.

Ataque a Francisco

Sin embargo, lo que llevó el escándalo a su nivel máximo fue la tormenta que se desató sobre las acusaciones de abusos a seminaristas y sacerdotes por el excardenal Thedore McCarrick, entonces arzobispo emérito de Washington y antes de Filadelfia, seguida de la insólita carta del arzobispo y exnuncio de la Santa Sede en EEUU, Carlo Maria Viganò en que pidió la renuncia del papa, acusándolo de conocer desde junio de 2013 las pruebas de los abusos sexuales de McCarrick. Semanas antes, el propio papa había aceptado la renuncia de McCarrick y le había ordenado una vida de retiro y penitencia. 

Cuando más de dos docenas de obispos estadounidenses respaldaron la carta de Viganò, “la Iglesia llegó a un punto en que no había estado cientos de años... Se tiene que retroceder seis siglos ––al XV–– para encontrar una división tan pública de la jerarquía de un país sobre la legitimidad del papa”, considera Faggioli. En todo esto, “la parte más escandalosa no fue la carta [del exnuncio] en sí misma sino la decisión de ese grupo de obispos de EEUU de tomar partido contra el papa”, añadió el historiador norteamericano que confesó que entre agosto y mediados de septiembre, temió que se produjera un cisma.

Como lo ha revelado varias veces teólogos y comentaristas, hay segmentos del catolicismo estadounidense que creen que este papa “no es un verdadero papa”. Francisco prefirió no responder a las acusaciones de Viganò, asegurando que sus declaraciones "hablaban por sí mismas". Unas afirmaciones que generaron cartas de apoyo al pontífice por parte de conferencias episcopales de todo el mundo.

Por cierto, la semana pasada se hizo pública la condena definitiva a McCarrick: separación del sacerdocio, reducción al estado laical, privación de todos sus privilegios. Esta “reducción al estado laical”, la pena más extrema que puede imponer la iglesia, se hizo efectiva para varios obispos en los últimos meses pero es la primera vez que se impone a un cardenal. En realidad, es la más fuerte condena a un cardenal, en por lo menos 500 años de la historia de la Iglesia.

Una reforma de fondo

Pero la crisis parece requerir no solo unas instrucciones sobre procedimientos, que será un gran logro, sino una reforma más profunda de la Iglesia. Para comenzar, la reorganización de la Curia romana que Francisco ha venido haciendo pausadamente debe acelerarse. ¿Cómo debe funcionar esa burocracia? ¿Cuáles son los requisitos para ingresar y para ascender? ¿Hasta dónde llega su poder? Y, en el tema concreto de la pederastia y del encubrimiento, ¿no sería necesario un tribunal independiente de la Curia, que recepte, investigue, juzgue y decida? El papa puede nombrarlo con personas del más alto nivel y con poder para revisar los casos de sacerdotes y de obispos.

Los obispos, justamente ese es el segundo punto. Como lo han demostrado cientos de casos en todos los continentes, estos actuaban, al menos hasta hace poco, tapando los escándalos y reciclando a los pederastas de una función a otra. Eso está en camino de terminar con todo lo que ha hecho Francisco. Hay una paradoja en este punto porque el Vaticano II dio mucho más poder a los obispos de lo que habían tenido en 500 años, bajo la premisa de que la Iglesia católica no es un imperio ni el papa un emperador por lo que se requería que los obispos asumieran de manera colegial mayor responsabilidad. Francisco ha trabajado sus seis años de pontificado impulsando esa descentralización y empoderando a las conferencias episcopales (ni siquiera se llama a sí mismo “papa” sino “obispo de Roma”).

La crisis de los abusos sexuales viene a ser una poderosa llamada de atención respecto de su forma de gobierno y de que su papel al frente de sus diócesis debe ser menos clericalista, es decir con mayor interés y solidaridad con las víctimas y menor espíritu de cuerpo para defender la reputación de la diócesis y encubrir a los pederastas.

Pero el concilio Vaticano II también habló de dar más poder a los laicos, aunque eso quedó en gran parte en el papel. Está claro que el gobierno de la Iglesia del futuro va a tener que tener mucho más en cuenta a los laicos, que hoy son invisibles.

El papa ya tiene en sus manos el informe sobre la teología y la historia del diaconado femenino de una comisión de 16 miembros, creada por él mismo en agosto de 2016.

A los laicos y, dentro de ellos, con destaque a las mujeres. La sensibilidad femenina, su solidaridad con las víctimas es importante para romper una cultura machista y clericalista. Es hora, además, de que el papa autorice la ordenación de diaconisas. Ya tiene él en sus manos el informe sobre la teología y la historia del diaconado femenino de una comisión de 16 miembros, creada por él mismo en agosto de 2016, aunque no se conoce su contenido y se espera un pronunciamiento del papa.

Otro tema es el de los sacerdotes y de su formación. Los seminarios fueron, en gran medida, invento del Concilio de Trento, y en 500 años lo único que ha cambiado es su pensum de estudios, pero se ha descuidado la formación de su vida afectiva. La receta sigue siendo mantener a los seminaristas en el mayor aislamiento posible del mundo y, sobre todo, de las mujeres. ¿Puede subsistir ese modelo? ¿Cómo preparar al celibato?

Y finalmente, ¿no es hora de pensar en sacerdotes casados? Ya hay alguna apertura a la posibilidad de ordenar de sacerdotes a personas casadas en lugares de gran escasez de sacerdotes, pero la Iglesia sigue cerrada a que el celibato sea opcional para los que entran.

En el manejo de la crisis de los abusos sexuales del clero, Francisco heredó los desastrosos errores de conducción de Juan Pablo II y de Benedicto XVI y ha venido trazando un nuevo derrotero, con los nuevos marcos normativos y la profunda reflexión que ha pedido a las conferencias episcopales, la mayoría de las cuales tuvieron un retiro en este mes para meditar sobre el problema.

Esta semana, en la cumbre de los presidentes de las conferencias episcopales, Francisco se juega más a fondo sobre este tema, partiendo de que la cita es en sí misma un reconocimiento de que el escándalo del abuso no era, como antes se explicaba, solo unos casos de unas pocas manzanas dañadas ni el resultado de unos medios de comunicación hostiles a la Iglesia sino que en muchos países del orbe unos enfermos patológicos encontraron acomodo y fueron tapados por una cultura clerical y obispal que debe terminar.

Solidaridad con las víctimas, transparencia y rendición de cuentas son temas para estos días de la cumbre y aunque no puede esperarse que las cosas cambien de la noche a la mañana (el abuso sexual es un problema humano presente no solo en la Iglesia sino en todas las áreas de la sociedad y muy lamentablemente en el seno de miles de familias) sí se espera que el camino que se trace sea sin retorno para la tolerancia cero en el clero católico.

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