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27 de Septiembre del 2016
Historias
Lectura: 15 minutos
27 de Septiembre del 2016
Gustavo Isch

Consultor político, experto en comunicación electoral y de gobierno. Docente de la Universidad Andina Simón Bolívar

Elecciones 2017: los binomios que marcarán la diferencia

Uno de los factores que gravita cada vez con mayor relevancia en el cálculo que los equipos de campaña, es la selección del binomio presidencial adecuado.

 

Uno de los factores que gravita cada vez con mayor relevancia en el cálculo que los equipos de campaña es la selección del binomio presidencial adecuado. Ungir al sujeto que complemente la papeleta electoral no es tarea sencilla, ya que como mínimo, debe personificar el justo equilibrio regional, provenir de una ciudad de alta incidencia política -lo cual aporta un indispensable peso simbólico ante la comunidad nacional-, evidenciar un criterio de inclusividad, y aportar atributos que el candidato presidencial no posea, al tiempo que minimizar sus defectos.

Por razones de estrategia electoral, las élites en campaña y sus equipos asesores siempre han tratado de hallar una fórmula cuya composición les permita captar la votación mayoritaria, gracias a la cual accederán al poder político en representación de una colectividad. Las elecciones presidenciales son el laboratorio más acabado, donde se definen los perfiles de candidaturas cuyos atributos y debilidades se someten a un escrutinio tensado por las expectativas de vida de una sociedad heterogénea, dispersa, compleja, y por la lucha de proyectos políticos, ideologías  e intereses de grupos de presión enfrentados para hacerse con el poder.

Es por ello que en un contexto de competencia electoral de una densidad tan alta,  casi tan importante como saber qué hacer para satisfacer las demandas y expectativas ciudadanas,  es el contar con las personas adecuadas que se presentan como las mejor calificadas para hacerlo; se trata entonces de combinar en su justo nivel  la puesta en escena de una propuesta de gestión, y de los sujetos que liderarán su realización. Deberá ser una propuesta potente, seductora, fácil de entender,  que sintonice con el público objetivo de la campaña, y que sea enarbolada por figuras cuya personalidad fácil y rápidamente sintonice con la gente.

Diez años de populismo desenfrenadamente alegórico y caudillista, demuestran que en el Ecuador de hoy, el candidato es el mensaje.  Si del lado de quienes han colonizado la esfera pública durante una década a punta de propaganda plebiscitaria y antagonista, no quedan dudas de esta afirmación, tampoco deberían poner cara de escepticismo quienes en cambio, desde el lado de la oposición, no han podido superar su imagen de líderes cantonales,  pendencieros de curul, oportunistas profesionales, o acaudalados repentinamente condolidos con el pueblo.

El exbanquero Guillermo Lasso y Paco Moncayo son los únicos que tienen credenciales para mostrar experiencia y capacidad dignas de un solio presidencial.

Según todas las encuestas realizadas hasta la fecha, un promedio del 50% de electores aún no está convencido de que alguno de ellos merezca su voto. De concretarse la candidatura del General Paco Moncayo, en esta semana, como aspirante presidencial de la tendencia de centroizquierda, es evidente que ese porcentaje se modificará de manera importante, lo cual significa que los ecuatorianos deberemos optar entre un candidato del oficialismo, uno de la derecha que seguramente será Guillermo Lasso, y el ex alcalde de Quito.

El exbanquero Guillermo Lasso y Paco Moncayo -quien es recordado como jefe del teatro de operaciones en la victoria militar ecuatoriana en el Alto Cenepa y como alcalde de Quito en dos periodos- son los únicos que tienen credenciales para mostrar experiencia y capacidad dignas de un solio presidencial. Otros aspirantes, con poco o nada que mostrar como realizaciones propias o al frente de modelos de gestión, son adversarios electorales del Estado candidato sin ninguna opción, y se irán desvaneciendo al poco tiempo de arrancar oficialmente la campaña.

En el caso de Cynthia Viteri, es evidente que ha llegado al techo de su intención de voto y que Jaime Nebot no será capaz de endosarle parte importante de su popularidad más allá de Guayaquil; la posibilidad de que Paúl Carrasco sea su binomio es para ella una de esas sumas que en política, más bien restan. Así también, la incómoda presencia de Ramiro González, hasta hace poco uno de los hombres fuertes del correísmo es, como anticipamos, un boquete irreparable en la imagen de Viteri, y evidencia que la estrategia de Madera de Guerrero-Partido Social Cristiano, privilegia la Asamblea Nacional por sobre la Presidencia de la República. Un golpe bajo a la candidatura de Lasso y un disimulado espaldarazo a la de Lenin Moreno. 

La ventaja aparentemente cómoda que mantenía el exvicepresidente, Lenin Moreno y hoy seguro candidato del oficialismo, se ha reducido a la mitad desde diciembre del 2015 al mes de septiembre de este año. Los números de Lasso no repuntan y mantienen un promedio muy vulnerable a los movimientos de las otras fuerzas de derecha. Incluso el PRIAN, PSP y Fuerza Ecuador -ex PRE- operan como molestas goteras en el arca construida por el candidato de CREO, quien era el más opcionado para competir con el heredero de Correa, solo por el hecho de que no aparecían en el tablero las candidaturas de Viteri ni la de Moncayo.

La data sobre las posibilidades de Moncayo es muy alta: 14% para iniciar la campaña, considerando que aún ni siquiera arranca oficialmente. Si a ello se suma el porcentaje de indecisos –no menos del 50% del electorado- la conclusión es que nada está dicho todavía en las predicciones electorales. El triunfo de alguna de las tres fuerzas en carrera dependerá mucho de la calidad de la campaña que realicen, y de que las fuerzas de la oposición precautelen la transparencia de los comicios en el CNE. Hay que tomar nota también, de que estos detalles son omitidos en la recurrente presentación que algunos análisis registran y se difunden editorialmente desde varios medios de comunicación. Lo cual poco contribuye a crear un clima favorable a la adecuada información ciudadana, en el proceso de conformación y posterior decisión de su preferencia electoral.

La ventaja aparentemente cómoda que mantenía el exvicepresidente, Lenin Moreno y hoy seguro candidato del oficialismo, se ha reducido a la mitad desde diciembre del 2015 al mes de septiembre de este año.

En tal escenario, es fundamental la selección del binomio presidencial con el cual las tres fuerzas principales en carrera competirán hacia la meta fijada para el 19 de febrero del próximo año.

Uno de los factores que gravita cada vez con mayor relevancia en el cálculo que los equipos de campaña, es la selección del binomio presidencial adecuado. Ungir al sujeto que complemente la papeleta electoral no es tarea sencilla, ya que como mínimo, debe personificar el justo equilibrio regional, provenir de una ciudad de alta incidencia política -lo cual aporta un indispensable peso simbólico ante la comunidad nacional-, evidenciar un criterio de inclusividad, y aportar atributos que el candidato presidencial no posea, al tiempo que minimizar sus defectos.

Empujados por los lineamientos elementales del marketing político, los perfiles seleccionados deberán  cumplir requisitos identificados mediante una primera y profunda exploración cualitativa, cuantitativa y georeferencial. Ello elimina la irracionalidad de seleccionar un binomio de la misma región –Costa o Sierra-, con lo cual  la estrategia de “ofrezca caserito” desplegada calculadamente por ciertas agrupaciones, o a título personal por un par de  dirigentes, se vuelve inviable. Bien harían sus impulsadores en renunciar a sus intereses particulares y grupales y reorientar sus capacidades hacia el fortalecimiento de una candidatura con posibilidades de triunfo.

Igualmente, las aspiraciones de precandidaturas vicepresidenciales que no aporten un número considerable de votos deberán ser suprimidas por equipos de asesoría medianamente eficientes. A estas alturas, es incuestionable que los electores  no optarán por figuras inviables electoralmente, más allá de de los afanes que exhiban en primarias de resultado anticipado, para postularse casa adentro.

Por otro lado, la figura del vicepresidente seguramente estará siendo escaneada prolijamente por los equipos de campaña de los presidenciables. Las experiencias que registra la atribulada historia democrática ecuatoriana, está ampliamente jalonada por episodios en los que la lealtad del binomio ha sido puesta en tela de duda en demasiadas ocasiones, y quizá con  razón.

Llamados “conspiradores a sueldo” por un expresidente constitucional, los vicepresidentes de ayer y hoy, y los actuales aspirantes a ese sacrificado y fino oficio de ser el Número 2, deben cargar con el karma de sus antecesores, muchos de los cuales terminaron como figuras  decorativas o como enjutas vedettes de frentes sociales ineficientes; en tanto que otros más afortunados y pacientes, llegaron a la presidencia carentes de legitimidad y en medio de tormentosas coyunturas.

Solo una vuelta de tuerca bien analizada podría recalar en una figura manabita como opción diferente a la de una figura capitalina para completar la papeleta.

De ahí que los aspirantes a la segunda magistratura deben, además, cumplir requisitos de honorabilidad política sobre el cual ningún  detector de mentiras está en capacidad de prender alertas en estos precisos momentos. La fuerza de las circunstancias ha obligado a algunos vicepresidentes a notarizar en emotivas declaraciones públicas, una virtud por demás obvia y elemental.

Acudiendo al ejemplo más reciente, recordemos cómo, el  heredero de Correa, tuvo que reiterar su lealtad con el líder de Alianza País y, seguidamente, con “el proyecto”, como una respuesta abierta al calor de las suspicacias que se tejieron sobre su fidelidad política hace muy poco tiempo atrás. Para nadie es desconocido que confianza, es un concepto que parece difícil de encontrar entre  los círculos de poder verde flex, respecto a sus propias cartas electorales.

Queda claro, entonces, por qué se privilegiará el armado de binomios que entre las fuerzas realmente opcionadas para ganar, buscarán afincar su campaña y sumar posibilidades contando con una figura quiteña, puesto que Guayaquil ya está representada en el probable binomio oficialista, y lo ha estado durante varios años con Jorge Glas como compañero de Rafael Correa.

Lenin Moreno, ingeniero quiteño, continuador de la sucesión hereditaria tal como Maduro en Venezuela, Cristina en Argentina, o la esposa de Ortega en Nicaragua, cumple también con esa seña del perfil ideal.

Solo una vuelta de tuerca bien analizada podría recalar en una figura manabita como opción diferente a la de una figura capitalina para completar la papeleta. Lasso ha anunciado claramente que su candidato vicepresidencial será de Quito, por lo cual la única puerta aún abierta para esa hipotética jugada la ofrece la candidatura del general Paco Moncayo, quien por ser quiteño, está obligado a buscar su complemento entre Guayas y Manabí. El inventario no da para más. Solo en la década del derroche económico y la arrogancia, hubo para el Austro un cupo en el reparto del pastel político con una sobredimensionada cuota de poder.

El porcentaje aún mayoritario de electores, vive acicateado por lo que queda de una prensa que, más por cálculo que por ignorancia, y luego de una superficial lectura a los enunciados maquiavélicos,  reedita el clásico enfrentamiento entre el bien y el mal, entre el fin y los medios, como paradigma ético de acceso y ejercicio del poder.

Así se definirán los binomios que en las elecciones del 19 de febrero de 2017 marcarán la diferencia. Ello debe ser entendido y procesado de modo público y notorio, sin menoscabar, disfrazar, ni satanizar el procedimiento.

Cada vez que se plantea el problema de la nueva forma de hacer política, muchos analistas y, ciertamente, muchos políticos ingenuos, desgastan el tema ya de por sí bastante manido y malentendido. La confusión entre los escenarios ideales, casi utópicos, superponiéndose a los que devienen del pragmatismo impuesto por los nuevos escenarios de competitividad política y de pluralidad social, están afincándose en el Ecuador a fuerza de darse de narices contra la pared de la realidad. Los actores principales de las contiendas electorales y sus equipos de investigación y asesoría lo saben un poco más que el porcentaje aún mayoritario de electores, acicateados por lo que queda de una prensa que, más por cálculo que por ignorancia, y luego de una superficial lectura a los enunciados maquiavélicos,  reedita cada vez y cuando el clásico enfrentamiento entre el bien y el mal, entre el fin y los medios, como paradigma ético de acceso y ejercicio del poder.

Binomio es un término que se estableció en el siglo XVI y del que se ocupan mayoritariamente las matemáticas y la política. Un concepto que se encuentra entre la paradoja de la mayor racionalidad, y aquella en la que la lucha contra la incertidumbre es la constante. Un binomio, políticamente hablando, es el resultado de una suma, una conjugación determinada por la capacidad de sumar o restar; multiplicar o dividir. Siglos más tarde, desafortunadamente, en una campaña electoral construir un teorema o una ecuación perfecta para un binomio, es más que un ejercicio matemático.

El futuro de la democracia ecuatoriana está en juego  en las próximas elecciones, y su transformación  responde a un proceso dinámico en el que, adicionalmente, todos los actores comprometidos con él, son sujetos potencialmente maleables por las nuevas técnicas electorales y de gobierno, cuyas aplicaciones tienen mucho que ver en la configuración de Estados proclives a mantener modelos de representación que alcahuetean la captación de obsecuentes o de analfabetas políticos; o de otros modelos, capaces de incentivar una mayor cualificación de la sociedad en general. Finalmente, el elector tiene la palabra.

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