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24 de Marzo del 2019
Historias
Lectura: 26 minutos
24 de Marzo del 2019
Gustavo Isch

Consultor político, experto en campañas electorales. 

Elecciones 2019: las razones tras los resultados
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Foto: Luis Argüello

Los electores en Ecuador estuvieron condicionados por la apatía y la incertidumbre. 

 

Los resultados preliminares de las elecciones seccionales son el resultado de un proceso de transición inacabado, en el que la polarización y la crisis de liderazgo cimentan un futuro donde en la decepción, hay lugar para todos.

¿Qué pasó ayer? Responder esa pregunta afirmando que en las elecciones efectuadas este 24 de marzo triunfó la democracia, sería echar mano a un cliché desgastado e inútil, y nos remite a señalar su sentido paradójico, pues la tan manoseada frase no alcanza ya a disimular la inocultable crisis de este sistema en el país, el cual expresa mucho más que una recurrente crisis de representación.

Los resultados preliminares de las elecciones seccionales y para elegir a los miembros del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social definitivo -CPCCS- en el Ecuador, son el resultado de un proceso de transición inacabado, en el que la polarización y la crisis de liderazgo cimentan un futuro donde lo único claro es que, en la decepción, hay lugar para todos.

Esta vez el correísmo no fue el exclusivo “enemigo común” de esta campaña, en la que participó bajo una bandera “prestada” (Compromiso Social-listas 5) luego del divorcio e implosión de Alianza País. Las redes sociales fueron la arena preferida en la que se escenificó una infame y encarnizada campaña sucia de todos contra todos, que minimizó como siempre el debate razonado y respetuoso, imponiendo sus condenables formatos al morbo de desprevenidos, o a la cerrazón de fanáticos internautas, con la difusión de noticias falsas, videos infamantes,  pseudoencuestas, el rumor, el miedo, la intolerancia, la xenofobia y la banalización de la política.

Un mes antes de los comicios, diversos sondeos registraban estadísticas que avergonzarían a cualquier élite política y preocuparían seriamente a una sociedad medianamente responsable: en promedio, 8 de cada 10 ciudadanos anticipaban que acudirían a votar sin sentir afecto hacia ninguna organización política; 7 de cada 10 electores habían anunciado que votarían por personas, no por partidos; un poco menos del 50% declaraba conocer sobre el CPCCS (en Quito casi un 10% más que en Guayaquil); y más del 60% no había aún revisado los nombres de los candidatos a ese organismo. Pero la ambición es porfiada y la desmemoria juega en el lado oscuro de la democracia: 13'261.994 electores ecuatorianos fueron habilitados para elegir de entre 81.299 candidatos -calificados por el CNE hasta el 26 de febrero- a 221 alcaldes, 23 prefectos y viceprefectos, 558 concejales urbanos y 747 rurales, 4.080 vocales de 816 juntas parroquiales, y a los 7 consejeros del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCCS) para el cual se inscribieron 133 hombres y 68 mujeres.
Contra viento y marea, 8 partidos políticos, 15 movimientos nacionales, 72 movimientos provinciales, 164 movimientos cantonales y 21 movimientos parroquiales se lanzaron tras los más de 3 millones de dólares del Fondo Partidario y se aprestaron a participar en una campaña corta, llena de clivajes y características inéditas; sin reparar en el diseño institucional marcado por la Ley Orgánica Electoral, la Ley de Partidos Políticos y el mismo Código de la Democracia, que  habían terminado por triturar a los partidos en el marco de la novelería refundacional auspiciada en la década pasada, la cual promovió una supuesta “ampliación de la participación social y  de los derechos democráticos”, abriendo de par en par las puertas a la creación de movimientos provinciales, cantonales y parroquiales irrelevantes y a candidatos oportunistas.

Las redes sociales fueron la arena preferida en la que se escenificó una infame y encarnizada campaña sucia de todos contra todos, que minimizó como siempre el debate razonado y respetuoso, imponiendo sus condenables formatos al morbo de desprevenidos, o a la cerrazón de fanáticos internautas, con la difusión de noticias falsas, videos infamantes,  pseudoencuestas, el rumor, el miedo, la intolerancia, la xenofobia y la banalización de la política.


Como era de esperarse, la fragmentación y atomización del escenario electoral que se produjo colapsó el interés de los votantes de por sí reacios a inmolarse colectivamente en beneficio de una “clase política” desprestigiada, obligándolos a confrontar con un número sin precedentes de candidatos a dignidades seccionales, y a cuestionarse para qué debían elegir a los integrantes de un organismo como el CPCCS, condenado probablemente a desaparecer.  La indecisión se asentó durante toda la campaña y en ocasiones marcó la cancha.

Muchos candidatos hasta último momento se aferraron a la indecisión como anzuelo para forzar su suerte en las urnas; apelaron, rogaron y algunos hasta mintieron abiertamente a sabiendas de que matemáticamente sus opciones de triunfo eran inexistentes; de su lado, los electores entendieron siempre muy bien que una cosa era la elección para gobiernos seccionales y otra era el CPCCS; así que sufragaron por mero sentido común, tal como revelan los sufragios contabilizados hasta el momento.

El clima preelectoral y la inexorable meteorología de la realidad   

Predecir resultados es riesgoso, aún con solvencia metodológica. Proyectar escenarios electorales es complejo, pero faltando seis o más meses para una elección es, sobre todo, irresponsable. Difícil saber con exactitud cuando empezaron a volar bajito los primeros sondeos y simulaciones electorales de cara a los comicios del 24 de marzo de 2019, pero ciertamente esta perniciosa práctica empezó mucho antes de la época preelectoral.

¿En qué escenario se asentaban dichas investigaciones? ¿Cómo influyeron en la creación de matrices de opinión preelectoral en la esfera pública? ¿De qué modo marcaron las definiciones de las élites políticas, que durante el proceso previo a los comicios se expresaron en las estrategias de campaña desplegadas por los partidos, movimientos, y sus candidatos?

La crisis económica, el desempleo, la corrupción, la inseguridad y la impunidad como datos negativos principales y constantes en todos los sondeos, desde hacía ya tiempo, venían licuando a diario la percepción ciudadana sobre la situación del país, y orbitaban alrededor del proceso electoral.

Para inicios de febrero de 2019, seis de cada 10 ecuatorianos opinaban que su país va por mal camino y un 40% opinaba que la situación emporará; en tanto que a un 70% de los entrevistados el futuro le causaba preocupación, frustración y tristeza. En otra investigación apenas un mes antes de las elecciones se anotaban como causas de la preocupación e incertidumbre ciudadanas -a nivel nacional- a la crisis económica (27,5%); el desempleo y subempleo (29,6%); la corrupción (15%), y la inseguridad (7,2%). Un estudio de neuromarketing realizado en el mismo período en Quito, Guayaquil y Cuenca, concluía que el desánimo principal entre los ecuatorianos era producto de la sensación de impunidad, más que de la misma corrupción.

En otra investigación apenas un mes antes de las elecciones se anotaban como causas de la preocupación e incertidumbre ciudadanas -a nivel nacional- a la crisis económica (27,5%); el desempleo y subempleo (29,6%); la corrupción (15%), y la inseguridad (7,2%).

Las señales eran claras, solo había que saber buscarlas entre los pliegues de los sondeos de opinión. Los datos, sin embargo, no eran leídos de la misma manera por los equipos de campaña de las principales tiendas políticas; a lo sumo, todos coincidieron en aplicar la misma narrativa propagandística que partía de echar la culpa de todos los males al correísmo y su “década robada”, para luego tratar de apuntalar en territorio ofertas multiformes que mezclaban en un solo paquete, soluciones para acabar con la pobreza, crear empleos y solucionar los problemas de las localidades cantonales. La promesa del futuro perfecto, la sanción a los corruptos y la recuperación del dinero robado estructuró el lugar común de la publicidad. Algunas candidaturas trataron torpemente de representar a segmentos específicos de la población, particularmente a las mujeres, y se volvieron excluyentes. La mayoría trató, sin éxito, de conectar con los temidos e indescifrables millennials.
En este sentido, es importante señalar que la dispersión electoral y la indecisión obedecieron no solo al inédito número de candidatos en pelea, y al inequitativo método de competencia establecido a la sombra de la absurda arquitectura electoral ecuatoriana, sino al modo errático en que prácticamente todas las estrategias definieron sus objetivos y metodologías de acción. 

Esa visión a nivel nacional, salvo pocas excepciones, impidió un mejor desempeño de las campañas y de los aspirantes a los GADS, promovió la demagogia de muchos candidatos y aumentó el desasosiego en no pocos electores. Los signos negativos del contexto nacional amalgamados con las demandas locales confundieron los papeles de ciertas candidaturas y de sus equipos asesores; desde sus burós de campaña se envolvió un bollo argumentativo difícil de masticar. Para la anécdota quedan algunos nuevos clásicos de la política nacional, como aquel del candidato a la prefectura que, en un desate de entusiasmo, afirmó que cavaría un túnel en las entrañas del volcán Pichincha para abrirse paso hasta la provincia de Esmeraldas; o una chancleta rosada como símbolo del empoderamiento femenino sobre la política, posicionado por una candidatura a la alcaldía de la capital.

El CPCCS: el hijo malnacido de la refundación correista

Poco tiempo antes de que la carrera electoral inicie oficialmente, era notorio que para las élites partidistas parecía relativamente sencillo diseñar una estrategia complementaria que de un lado, se enfoque en la promoción de obras y servicios para los gobiernos locales, y por otro lado, agende en la opinión pública la discusión política más compleja, relativa a la elección del CPCCS. Sin embargo no fue así, de hecho, enredados en buscar alianzas óptimas y posicionar precandidaturas, pocos  advirtieron la importancia que tendría la elección del CPCCS definitivo; con el paso del tiempo resultó penoso ver cómo, precandidaturas frustradas a dignidades seccionales, recién se enteraban de que la joya de la corona de estas elecciones se encontraba en el “quinto poder del Estado”, y hacia allá, como si se tratara de un premio consuelo, redireccionaban sus afanes de sacrificado y transparente servicio público.

Para la anécdota quedan algunos nuevos clásicos de la política nacional, como aquel del candidato a la prefectura que, en un desate de entusiasmo, afirmó que cavaría un túnel en las entrañas del volcán Pichincha para abrirse paso hasta la provincia de Esmeraldas; o una chancleta rosada como símbolo del empoderamiento femenino sobre la política, posicionado por una candidatura a la alcaldía de la capital.

El debate sobre una reforma constitucional que reduzca el número de asambleístas, que le devuelva al legislativo la potestad de elegir a los representantes de los organismos de fiscalización y control, sobre el fortalecimiento de la función anticorrupción del CPCCS, la eliminación del fondo partidario, la restructuración de la Asamblea, y hasta sobre la obligatoriedad del voto, fue sobreseído y pretendió darse cuando ya la campaña por el voto nulo para deslegitimar esta entidad estaba en plena implantación en la esfera pública. El CNE fue puesto contra la pared al ser incapaz de definir un método para el conteo de votos nulos en la elección del CPCCS. Pasar de lado lo que se jugaba en el país con el reconocimiento definitivo del hijo malnacido del correato, le costó al proceso electoral y a todo el país, un grave dolor de cabeza.

Si durante el correísmo se metió las manos en la Justicia, en estas elecciones es claro que las élites políticas metieron la mano en la matemática elemental. Está por verse si esto fue resultado de un plan premeditado o fue la consecuencia de un cálculo político errado. El desconcierto levantado alrededor de este tema y la pésima campaña informativa auspiciada por el CNE para promover los nombres y las propuestas de los 43 candidatos al CPCCS hicieron el resto.

Nadie puede ni debe atribuirse los votos nulos para esta elección. Ninguna vanidad y ninguna codicia por la presidencia del 2021 dan para tanto, salvo al interior de la burbuja que encierra la vanidad y desfigura la realidad en las redes sociales.

La importancia del liderazgo

Es indudable que el liderazgo político, la credibilidad y la confianza forman el capital político fundamental de quienes lideran los distintos niveles de gobierno y gestión pública. En medio de un proceso de transición tan delicado como el que se juegan en el país, la falta total o parcial de uno de esos atributos incide negativamente en el clima social. En el contexto descrito, elecciones como la que comentamos en este artículo, lejos de reactivar el interés ciudadano apuntalaron la desmotivación y el escepticismo de cara a estas elecciones.

Al inicio del mandato del presidente de la República, Lenin Moreno, el 54% de los ecuatorianos se mostraban optimistas, esperanzados y entusiasmado respecto del futuro del Ecuador; un año más tarde, en el mes de julio el porcentaje fue del 23.7%. El pesimismo, la incertidumbre, la frustración y tristeza  aumentaron en un rango que varía del 48/ al 69.3% a febrero de este año. Los continuos altibajos en la credibilidad y el liderazgo del presidente Moreno han sido registrados por diversas encuestas que pueden ser revisadas, y muestran en la actualidad un preocupante deterioro.

Pero aquel no es un tema que solo comprometa a un actor político en el país. En la actualidad, una de las debilidades más evidentes que acusa la política nacional es precisamente la falta de líderes. A diciembre de 2018, en Guayas, de un 77,8% de entrevistados que respondieron a la pregunta de si creían que existe un liderazgo político para la prefectura de su provincia, solo el 43,8% respondió que sí. En Pichincha y Quito el tema es mucho más dramático: la ausencia de liderazgo en la alcaldía capitalina data de hace más de una década y es peor cuando se mira hacia la prefectura; de hecho, ese sentimiento de abandono introdujo en el corazón del debate por captar la alcaldía y la prefectura, la preferencia o el rechazo de los electores fundadas en base a la experiencia frente a la juventud de los candidatos. Algunos cuadros interesantes recién incorporados a estas lides encajaron una escasa votación bajo el prejuicio de su “falta de experiencia”. Lo que a este respecto puede estar ocurriendo en provincias sin duda será similar en muchos aspectos.

Los escasos líderes locales o regionales -incluido el mismísimo Nebot- no le alcanzan al país para recomponer a corto plazo este desencuentro.

Cuatro al hilo

A la debacle interna y electoral de Alianza País, en la orilla opuesta se encuentran Correa y sus devotos. Los intentos por bloquear la participación del correísmo en estas elecciones fracasaron. El expresidente hizo desde su ático en Bélgica campaña abierta por sus candidatos al CPCCS y a los gobiernos seccionales. Llamó a votar “todititito por los candidatos de la 5” y anunció que inscribió candidatos en 85 juntas parroquiales, en 63 cantones con candidatos a concejales, en 49 con candidatos a alcalde, y en 12 provincias con candidatos a prefecto. Los resultados muestran que el correísmo no solo sigue vivo, sino que es más fuerte que Alianza País, organización que originalmente lo representó.

El correísmo está vivo, el morenismo no existe como corriente política y menos ideológica. Correa y Lasso se han constituido en los principales líderes visibles de la oposición al gobierno de Moreno desde el inicio de su mandato.

El correísmo está vivo, el morenismo no existe como corriente política y menos ideológica. Correa y Lasso se han constituido en los principales líderes visibles de la oposición al gobierno de Moreno desde el inicio de su mandato, y han construido su plataforma política y su trampolín electoral precisamente a expensas de las debilidades evidentes en la gobernanza que debe gerenciar Moreno, por ello no es extraño que ambos -Correa y Lasso- coincidan eventualmente en el Legislativo o en otras arenas de la política. Pese a ser antagónicos en el discurso y naturaleza de su personalidad y finalidades esenciales, parecen condenados a complementarse y encontrarse.

Los tres personajes fueron para bien o para mal, actores influyentes en estas elecciones; a su modo, los tres abonan a la sensación de incertidumbre, antagonismo y desconfianza que permea al país y predispuso a gran número de votantes. La sombra de Correa y la sola posibilidad de que sus militantes pudiesen captar gobiernos locales y peor todavía, dominar el CPCCS, dieron piola a sus adversarios durante todo el proceso electoral. La amenaza del lobo que vendrá a llevárselo todo, sirvió para condimentar la alharaca de muchos en estas elecciones que olvidan que Correa está prófugo de la justicia, y difícilmente podrá regresar pronto al Ecuador si no es para responder en los juzgados por los delitos que se le imputan y por otros que aguardan el momento para ventilarse; no obstante, el equilibrio del miedo que produce el “loco del ático” sirve todavía como recurso táctico.

En estas elecciones, el correísmo orgánico y disciplinado buscó posicionar una idea fija: “antes estábamos mejor”. Los resultados de esta campaña están a la vista. De su lado CREO, debió hacer enormes esfuerzos para obtener los números alcanzados en estas elecciones, sin poder ocultar las desavenencias internas y la indisciplina dentro de su propio bloque parlamentario.

Por su parte, el socialcristianismo se jugaba en la alcaldía de Guayaquil su permanencia como opción protagónica de cara a las presidenciales del 2021. Podían ceder la prefectura, pero era improbable que cedieran la alcaldía. Se dice que “Nebot nunca pierde”, incluso sin ser presidente. Su influencia política nacional es innegable y quizá, precisamente por ello no le ha sido necesario exponerse a una derrota en las urnas como candidato a la primera magistratura, luego de dos intentos fallidos. Lo ocurrido con la votación obtenida en Guayaquil, el haber auspiciado en Manabí a un candidato severamente impugnado, o mirar impávido cómo en El Oro un clan (padre y dos hijos) pretendan manejar el municipio como si se tratara de una camaronera familiar, bancarse el penoso resultado obtenido en la sierra central, y volver a ser irrelevantes en Pichincha y en Quito, hablan muy mal de la situación del Partido Social Cristiano y sus “guerreros de madera”.

La burbuja de las redes sociales y las falacias del voto nulo

Un electorado caracterizado por un perfil sociológico distinto, con importantes segmentos  literalmente atrapados en las redes sociales, conformado por comunidades heterogéneas desconectadas de las viejas prácticas políticas e influenciado por nuevas sensibilidades sociales, también exigía de las tiendas políticas y sus candidatos, estrategias y perfiles adecuados para establecer la indispensable conexión que facilita la sensibilización, despeja las dudas, y cierra el ciclo electoral con el voto. Está claro que la enorme mayoría de ofertas electorales fue altamente incompetente para administrar un entorno que había variado sustancialmente en comparación con el cansino guión del recetario manejado durante décadas, por los caciques y gerentes propietarios de los partidos tradicionales y movimientos sociales presentes en estas elecciones.

Llamar a votar nulo para el CPCCS bajo el argumento de que “nadie conoce a los candidatos” fue y es una falacia de las más audaces. Se utilizó para deslegitimar la elección definitiva de un organismo que bajo el correísmo fue nefasto, pero que bien sirvió a Moreno y al presidente de esa entidad, Julio César Trujillo, para reinstitucionalizar el país, recuperar la penosa democracia que tenemos -pero democracia al fin- aun cuando queda mucho por hacer, y cuasi canonizar al presidente de esa entidad. Si el no conocer a los candidatos para el CPCCS fuese razón de fondo para anular la elección, podría inferirse que también habría que desconocer a la gran mayoría de candidatos a otras dignidades; o mejor aún, desconocer mediante el voto nulo a los bien conocidos, pero por su falta de probidad, por su jabonosa ideología, o por su falta de formación.

En esta elección en particular ¿Cuáles son los parámetros para validar el conocimiento o desconocimiento de un electorado frente a sus candidatos?  ¿Dónde están consignados estos parámetros calificadores? ¿En qué ley, en qué manual, o en que dimensión jurídica que no esté dentro de la burbuja de las redes sociales se encuentra la legitimidad de quienes argumentaron este justificativo?

El temor a que el correísmo capte de nuevo ese organismo es más entendible, pero como argumento llega contaminado por la falta de respuestas a las anteriores interrogantes. Y es una contradicción argumentar que el voto nulo en ese sentido, opera como una suerte de mandato de conciencia de los electores para eliminar el CPCCS; si una mayoría de ciudadanos no conocían qué es, para qué sirve el CPCCS ni quienes aspiraban integrarlo, es evidente que habrán anulado el voto por ignorancia, no por convicción. Pero ese no es el objetivo de estas reflexiones; menos aún repasar los nombres de los ganadores y perdedores; y tampoco el comentar sobre la nueva configuración del mapa político que puede consultarse fácilmente en los datos oficiales. Para leer los “qué” sirven las estadísticas, los “porqué” explican las causas, y eso es lo realmente importante.

La inteligencia publicitaria en el exilio

Otro dato que salta a la vista en toda evaluación preliminar de esta campaña muestra cómo, a buena parte de los equipos de estrategia, les resultó cuesta arriba producir mensajes y piezas capaces de sintonizar con la ciudadanía; diferenciar la paja del trigo; lo inmediato, de lo de fondo; las demandas elementales de la ciudadanía referidas a las competencias municipales, del clima social y político que trasudaba incertidumbre, hastío, inseguridad, despecho. La pregunta de cómo se influirían mutuamente ambas dimensiones en el voto de los electores terminó por desgranarse en ofertas que navegaron entre la demagogia, el oportunismo más ramplón, la visión tecnocrática, o hasta la impresentable tragicomedia que fueron reflejados en diversas  producciones publicitarias. Salvo chispazos de creatividad realmente excepcionales, quedará para el inventario de esta campaña el plagio impúdico que al menos 5 equipos de campaña hicieron de piezas producidas por otros.

La publicidad electoral auspiciada por el CNE para promocionar a los candidatos al CPCCS que debieron bancarse los televidentes, jugada al filo de la cancha entre la pedagogía elemental y la imbecilidad, sazonada por las presentaciones de algunos candidatos en ese espacio público, ponen en tela de duda si realmente somos la única vida inteligente en este pedazo del universo
En la actualidad, la política es cada vez más directa, con la gente. La publicidad es un placebo que poco aporta y muchas veces incluso llega a ser ridiculizado. Bien por la gente. Las elecciones del 24 de marzo del 2019 con sus enseñanzas, estarán con nosotros algún tiempo, para ratificarnos que, pese a tanto y a todo, los ecuatorianos todavía vivimos en una democracia empantanada.

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