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29 de Julio del 2018
Historias
Lectura: 16 minutos
29 de Julio del 2018
Gustavo Isch

Consultor político, experto en campañas electorales. 

Gobierno y oposición: la lucha por monopolizar la esperanza

Foto: Presidencia de la República

Los escenarios políticos del próximo semestre muestran la consolidación de la oposición correísta y los pasos que da Moreno para administrar la escasa hegemonía.

 

La oposición ubicada en el casillero de la derecha y la centro derecha, incapaz de reflotar luego de su última pérdida electoral, mira embobada la posibilidad de que el exitoso alcalde de Guayaquil se decida a presentarse como salvador de sus muebles. La candidatura del banquero Guillermo Lasso no termina de fraguar ni consolidar su liderazgo en ese sector ni entre los electores. La fragilidad de su estructura territorial y la verticalidad con la que maneja su bloque de asambleístas, sumada a su comunicación de corte sastre con la que el banquero y sus practicantes generan eventualmente ruido mediático, son cometas que se enredan en el verano.

La política ecuatoriana desde hace algo más de una década, se caracteriza por el invariable ritmo del enfrentamiento entre gobierno y oposición. Se trata de un conflicto que permea a la sociedad entera, no acepta paños tibios, no da tregua, y parece no tener fin; el país soporta el asedio de rivales que mercadean los miedos y los deseos colectivos en una lucha por monopolizar la esperanza.

Es obvio que la hegemonía política se construye a partir de antagonismos, y también lo es el hecho de que asistimos a una dilatada coyuntura en la cual, dicha hegemonía se debate entre un discurso que propone la radicalización de la democracia desde una óptica autocalificada como “socialista”, y otra visión anclada a una propuesta republicana de la democracia. El fracaso de las tentativas por imponer ambas opciones tensiona actualmente la transición de la sociedad ecuatoriana y la lleva a un punto de quiebre que exige el momento más alto de racionalidad política de gobernados y de gobernantes.

La retórica radical de los últimos 11 años ha estado llena de palabras agudas: refundación, revolución, liberación, corrupción. Pero desempleo, estafa, angustia, incertidumbre, mentira, injusticia, son palabras graves, de las que ningún mandatario quiere hacerse cargo, y a las cuales todos los opositores han acudido para acomodarse un lugarcito en la opinión pública y en su afán de aparecer en las encuestas que certificarán su potencial electoral.

Ello no es una exageración: más de una docena de eventos electorales o plebiscitarios de carácter nacional lo evidencian; adicionalmente, el correato condujo su desbocado estilo de gobierno a lomo de una campaña de comunicación permanente incluso por fuera de los eventos electorales o plebiscitarios.

A diferencia de Correa y su tropa loca, la estrategia de Moreno prefiere marcar sutilmente la agenda en la esfera pública mediante declaraciones puntuales, que provocan nuevas escaramuzas en las que tirios y troyanos se comen entre sí, para deleite de interesados promotores del show mediático.

En este contexto, Lenín Moreno con ya 14 meses en funciones, ha cambiado de estilo de hacer política y de administrar el gobierno. En lo que queda le corresponde gestionar los antagonismos y administrar la economía; ello implica construir a diario y manejar la hegemonía. Se trata de una tarea colosal toda vez que requiere tiempo —Lenín no dispone más que de su período presidencial— y una extrema delicadeza de operadores que a todas luces no son mayoría en el círculo de confianza del mandatario. Será por ello que ha debido reforzarse con operadores ligados a Correa pese a la desconfianza y repulsión que éstos generan en la oposición; y por ello también se entiende los pataleos de opositores que miran el reloj añorando que el régimen cometa un error de bulto, o conspiran abiertamente para anticipar el fin de su mandato.

A diferencia de Correa y su tropa loca, la estrategia de Moreno prefiere marcar sutilmente la agenda en la esfera pública mediante declaraciones puntuales del presidente Moreno que provocan nuevas escaramuzas en las que tirios y troyanos se comen entre sí, para deleite de interesados promotores del show mediático; adicionalmente y en ejercicio de su control relativo del poder, Moreno ha allanado el camino a las reformas institucionales en la estructura del Estado montada durante el correato, ha facilitado la fiscalización y el curso de importantes procesos contra la impunidad de algunos actores, que a la sazón, incluyen al propio expresidente, más allá de que hay muchos y ciertamente fundamentales procesos aún intocados.

Los efectos de esta estrategia en lo político y lo comunicacional, hasta ahora le han sido favorables y le han permitido manejar su objetivo de manejar el conflicto político inteligentemente, y administrar las demandas de la oposición y las aspiraciones de la población, en niveles aceptables para su imagen y para su administración.

Esta estrategia hasta ahora le ha resultado muy eficiente también en otro plano, puesto que además supera el innegable hecho de que Moreno no ha contado alrededor suyo, ni en la Asamblea y tampoco en organizaciones aliadas, con voceros carismáticos y lo que es más importante, creíbles. Incluso el propio estilo del primer mandatario, supeditado a líneas argumentales que pretenden hacerlo pasar como “uno más de la mayoría” o “un hombre sencillo” para conectarse con el auditorio, le han puesto en serios aprietos escénicos más de una vez, demostrando que lo sencillo no tiene porqué ser enemigo de lo profundo ni de lo inteligente.

En este escenario de antagonismos publicitados como irreconciliables, el plan de Moreno ha privilegiado la política en el primer año de su gobierno, mientras que para el segundo ha cedido el protagonismo a la economía. Ello obedece a la innegable urgencia de aplicar una hoja de ruta que permita enfrentar la crisis heredada luego del orgiástico carnaval de despilfarro y corrupción orquestado por el cartel correísta en el poder, y cuyas cifras más modestas sitúan en no menos de 30 mil millones, mientras otras, bastante más aproximadas en sus cálculos, ubican en los 60 mil millones de robo puro y duro de la riqueza nacional, por parte de un sistema delincuencial armado para gobernar.

El escenario económico se muestra peligrosamente al filo de la quebrada, si se mira en una línea de tiempo que termina al final del mandato de Moreno.

El equipo económico nombrado por el régimen ha marcado una agenda 180 grados distinta a la del correato: con el telón de fondo propio del marketing que impone la forma por sobre el contenido, el plan económico se inició con diálogos y mesas de trabajo a nivel nacional, subrayando en la vocación de diálogo y consenso por sobre la imposición, tal como Moreno ofreció desde su campaña electoral. La apertura a otros mercados, la reconciliación con los antiguos socios comerciales y con el FMI, la intención de suscribir acuerdos internacionales vetados años atrás en el menú de la retórica soberana, son algunos de los temas que marcan el ejercicio del gobierno en este año. Al parecer, indican que llegó la hora de gobernar y administrar.

El escenario económico se muestra peligrosamente al filo de la quebrada, si se mira en una línea de tiempo que termina al final del mandato de Moreno. Sin recursos frescos ni inversiones importantes, es imposible mantener el gasto social al que nos acostumbró la década sobrefacturada. Ni siquiera el leve repunte en los precios del petróleo alcanza para pagar el hoyo negro fiscal dejado por el gobierno de las “mentes lúcidas”, las “manos limpias” y los “corazones ardientes”.  Los recursos que deben ser destinados al pago de la deuda y los intereses de la misma impiden el cumplimiento de ofertas de campaña que en la calle, son percibidas por el hombre común como inminentes fracasos; no en balde el desempleo y la economía continúan siendo las principales preocupaciones de la mayoría de ecuatorianos y quedan muy pocos ilusos que creen que se cumplirá con la meta de 250 mil viviendas por año. El ajuste es inminente, y también es de ingenuos pensar que no se producirá.

En política, y particularmente en los escenarios de gobierno, la economía determina la percepción de la opinión pública sobre los aciertos y desaciertos de un régimen, incluso y en países de democracias tan precarias como los latinoamericanos, la economía marca la estabilidad, la inestabilidad y hasta la permanencia de un régimen; puede volver héroe a un pillo o condenar al destierro o al repudio a un pragmático. Los gobernantes del “socialismo del siglo XXI” son el fiel reflejo de estrategias políticas que optan por populismos irresponsables, comandados por Robin Hoods andinos o tropicales, que disfrazan su fraudulenta gestión bajo el discurso de la justicia social.

Moreno es consciente de ello. La fisura abierta en el dique que contenía la inmundicia gestada en una década de latrocinio ya no puede ser contenida con la mano, como en aquel famoso cuento holandés, en la que el muchacho una vez que se percata del inminente peligro, pierde la vida intentando contener la fuerza de la correntada que anegará todo su poblado. La responsabilidad del presidente Moreno en este sentido es gigantesca.

Mientras se toman medidas a mediano y largo plazo para evitar la catástrofe —lo cual, por cierto, y aunque parezca imposible, puede lograrse— la política continuará de la mano de la economía como ingrediente indispensable, como el único sucedáneo para barrer casa adentro en medio de la guerra de denuncias y escándalos que provienen del destape y que tarde o temprano podrán originarse también en los entramados del actual régimen. De la política nadie está a salvo. Como puede advertirse, este juego de equilibrios logrado por Moreno es muy peligroso y además, pone en evidencia que sectores gravitantes del país no han aprendido nada.

La oposición ubicada en el casillero de la derecha y la centro derecha, incapaz de reflotar luego de su última pérdida electoral, mira embobada la posibilidad de que el exitoso alcalde de Guayaquil se decida a presentarse como salvador de sus muebles. La candidatura del banquero Guillermo Lasso no termina de fraguar ni consolidar su liderazgo en ese sector ni entre los electores. La fragilidad de su estructura territorial y la verticalidad con la que maneja su bloque de asambleístas, sumada a su comunicación de corte sastre con la que el banquero y sus practicantes generan eventualmente ruido mediático, son cometas que se enredan en el verano.


Dos sectores de la derecha se disputan la continuidad en el gobierno de Moreno. La oposición real, sin embargo, la hace solo el correísmo.

Pese a la severidad con que se anticipa el futuro inmediato, el canibalismo político azuzado por los intereses de las élites y magnificado por los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales, pintan un paisaje desalentador.

SUMA, el partido del alcalde quiteño Mauricio Rodas es una agrupación severamente golpeada por los incesantes ataques a la deficitaria administración del burgomaestre.

El centro político, por otra parte, pugna por copar el campo de la representación política con Democracia Sí y una Izquierda Democrática anclada a viejos liderazgos y estructuras cuya máxima aspiración consiste en ganar la Alcaldía de Quito. El exceso de confianza a su único candidato que por cierto encabeza las encuestas, podría pasarle factura en la capital, para ello tan solo se requiere que otro candidato con posibilidades aparezca en la papeleta, o que equivoquen su política de alianzas.

El correísmo cobijado en un movimiento que ni siquiera podrá inscribirse a tiempo para participar, es a la fecha de este artículo, un estertor. El peso político de las organizaciones siempre marginales y locales encasilladas en la tendencia de izquierda, entre las que se incluyen las otrora poderosas organizaciones indígenas, es focalizado, local, fragmentado, y sin capacidad técnica de competir electoralmente como lo exigen la técnica y el sentido común en este siglo.

En la sociedad civil, el veganismo político de los millennials, y el hastío de amplias capas de la población, sumados a la incertidumbre de la mayoría frente a temas como la falta de empleo, la inseguridad, la política migratoria del régimen frente al éxodo de venezolanos y en menor medida de haitianos y cubanos, configuran un electorado de alto riesgo para cualquier candidato. Pese a la severidad con que se anticipa el futuro inmediato, el canibalismo político azuzado por los intereses de las élites y magnificado por los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales, pintan un paisaje desalentador; pese a su descredito creciente que lo ubica con menos de 15% de credibilidad, Correa continua siendo un actor cuyo capital político ya quisieran otros aspirantes a Carondelet.

El Consejo de Participación Ciudadana y Control Social Transitorio, convertido en el protagonista más relevante de este entramado, eventualmente trasgrede los límites de la legalidad para satisfacer la vindicta pública convertida en fuente de legitimidad; la irreductible posición de sectores que interpretan su propia partitura al interior de este organismo impone el ritmo al proceso de reinstitucionalización del Estado, mientras el tiempo corre y otros problemas serios y complejos para la nación no terminan de afinarse. El Consejo de la Judicatura ha cometido errores impensables; y leyes como la de comunicación se tejen y destejen como el manto de Penélope.

En Ecuador, al momento se han registrado 172 movimientos políticos; con apenas algo más de 16 millones de habitantes, 13 millones están empadronados para votar desde los 16 años de edad, lo que significa en términos aproximados, que hay un movimiento para cada 75 mil electores; el país admite el voto de extranjeros, e históricamente registra un 25% de ausentismo electoral.

Es lo que hay y lo que refleja el país. Es lo que actualmente desnuda sus partes íntimas como proyecto democrático y como república. La política convertida en una profesión marcada por intereses particulares y corporativos, alejada del servicio público —salvo excepciones contadas—, manejada por élites y desplegada en medio de novelerías o de viejos recetarios dogmáticos; una política utilizada como vehículo de enriquecimiento y arribismo; un país de ambiciones desmedidas que transitan en una sociedad confundida, dividida, enemistada, caracterizada por los desencuentros en lugar de fortalecida por la riqueza de sus diversidades y siempre proclive a caer en los cantos de sirenas.

No será de sorprendernos si al final del día, nos mirará desde el espejo con su rostro de pendejo, el recurrente capricho con el que los ecuatorianos se empeñan en abrazar liderazgos mesiánicos, revoluciones fallidas, y gobiernos a los cuales culpar de la inmadurez política, el sectarismo y la falta de responsabilidad cívica del conjunto de sus habitantes.

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