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29 de Enero del 2018
Historias
Lectura: 17 minutos
29 de Enero del 2018
Gonzalo Ortiz Crespo

Escritor, historiador, periodista y editor. Ex vicealcalde de Quito. 

La aberrante crisis de Venezuela

Foto: AFP

Miles de venezolanos dejan su país a pie, cruzando el puente internacional que lo separa de Colombia en Cúcuta, en una diáspora que se dirige a todos los países vecinos. 

 

No solo que la cifra proyectada de inflación para este año en Venezuela es estremecedora sino que implicará un récord histórico pues superará a la más alta que ha habido nunca en la región. Otro efecto es la huida constante de personas, que buscan desesperadas el amargo pan del exilio porque en su propia tierra les obligan a rebuscarlo en la basura.

Varios países latinoamericanos han experimentado el drama de la hiperinflación a lo largo de su historia, pero se creía que era cuento viejo que no se repetiría jamás. Sin embargo, el anuncio este jueves 25 por el economista del Fondo Monetario Internacional, Alejandro Werner, de que su institución proyecta una inflación de 13.000% para Venezuela este año es un dato estremecedor que implicaría un lamentable récord para la región, pues superará, en caso de darse, la inflación más alta que ha tenido nunca un país de América Latina, la de 11.000%, registrada en Bolivia en 1985.

Bolivia sufrió, en efecto, una inflación desbocada entre los años 1982 y 1985, siendo la peor la de ese último año, cuando los precios crecieron a una tasa mensual de 183% y a una anual de 11.000%. A un amigo muy querido, que viajó en esos años a Bolivia y no encontraba qué regalo traer a su hijo de seis años, se le ocurrió cambiar diez dólares en billetes de ese país. Lo que le dieron llenó una bolsa muy grande, y su hijo y mi hija, que eran de la misma edad, jugaban felices a la tiendita y al banco ¡con billetes reales nuevecitos del Banco Central de Bolivia! (por cierto, ambos son notables economistas el día de hoy). El papel moneda boliviano no servía sino de juguete, lo que, por supuesto, reflejaba la crisis del aparato productivo y el pavoroso crecimiento de la pobreza.

Igual es lo que hoy vemos en redes sociales que sucede en Venezuela: dos chupetas (lo que nosotros decimos chupetes) compradas en un estadio venezolano cuestan 30.000 bolívares, que se entregan en un fajo de billetes del alto de una cuarta.

Igual es lo que hoy vemos en redes sociales que sucede en Venezuela: dos chupetas (lo que nosotros decimos chupetes) compradas en un estadio venezolano cuestan 30.000 bolívares, que se entregan en un fajo de billetes del alto de una cuarta.

Y mientras la hiperinflación y la crisis de abastecimiento tortura cada día a los venezolanos, Maduro asesina a los opositores, se inventa unas elecciones, de las que excluye al frente opositor MUD, e intenta aplicar la llamada “ley del odio” al arzobispo López Castillo de Barquisimeto y al obispo Basabe de San Felipe, a los que llamó “diablos con sotana”, por reclamar contra la corrupción y “la ruina moral, económica y social” de Venezuela. Por cierto, en las redes sociales ecuatorianas circula una noticia equivocada, la de que les metieron presos a los dos, pero una fuente del episcopado venezolano desmintió la noticia: “No están detenidos. El Presidente pidió una averiguación sobre si habían quebrantado o no la famosa ley del odio”.

El funesto presagio del FMI es todavia más dantesco, pues, fuera de la inconcebilble inflación, predice que el PIB se desplomará en 15% este año, lo que implica que Venezuela perderá 50% de su producto interno desde 2013, algo que jamás ha sucedido en la historia del continente (como recordó Werner, el año pasado ya se contrajo 14% y 16,5% en 2016).


En casi todas las grandes ciudades del Ecuador es posible encontrar venezolanos en busca de oportunidades laborales. 

La caída de la producción venezolana lastra las cifras de América Latina en su conjunto, lo que solo es de interés estadístico frente al drama humano que vive ese país. El FMI dice que mientras las otras economías siguen a buen ritmo (Perú a 4%, Colombia y Chile a 3%, México a 2,3%) y que incluso Brasil, Argentina y Ecuador han dejado atrás la recesión, la persistente crisis venezolana baja el promedio del crecimiento regional a 1,9% cuando sería de más de 2,5 si no se considerase ese país. Sin embargo, fuera de afectar los promedios, tan profunda caída no va a golpear a las otras economías de Sudamérica. “Los efectos ya se produjeron”, dijo Werner, es decir la contracción del comercio de bienes y servicios con los vecinos y otros socios comerciales se dio ya en años pasados y apenas queda afectación que producir. Aunque, por otra parte, sí vemos otro efecto en toda Sudamérica: el creciente flujo migratorio, causado por la huida constante de personas, que buscan desesperadas el amargo pan del exilio porque en su propia tierra les obligan a rebuscarlo en la basura.

La carrera hacia la hiperinflación ha sido desbocada, y no solo que no se ha buscado solucionar el alza de precios, sino que, con tozudez digna de mejor causa, se han empeñado en acelerarla: si en 2013 se registró 56% y en 2014 68%, ya en 2015 se tuvo la más alta del mundo con 180% (cuando todavía el Banco Central de Venezuela daba las cifras), en 2016 superó el 550% y el 2.400% en 2017.

Como se ve, la progresión es geométrica. La abismal cifra de 13.000% en el actual ejercicio proviene del absurdo de seguir compensando los profundos déficits fiscales con emisión monetaria, de la persecución a la empresa privada, del desplome de la producción, del cierre masivo de empresas, de la destrucción del empleo, de la pérdida de confianza de los inversionistas nacionales y extranjeros y de la creación de mafias para la distribución de víveres y medicinas.

Esta es la mayor desesperación de los venezolanos: la ausencia creciente de productos de primera necesidad, cuyos precios suben aceleradamente pero cuya propia existencia en las estanterías de los supermercados está en duda porque elementos básicos de la alimentación desaparecen durante semanas y aparecen de golpe, para esfumarse de nuevo de los anaqueles, como pasó este fin de semana tras auditorías de las autoridades para obligar a los comerciantes a mantener los precios fijados por ellas, lo que impide que los artículos y alimentos puedan fluctuar siguiendo la inflación (o al dólar en el mercado negro) y, por ende, vuelven a esconderse. Y eso, cuando llegan productos, pues generalmente los acaparan los “bachaqueros” o contrabandistas, ligados a las organizaciones populares adictas al régimen.

Lo increíble de este drama conmovedor y repugnante a la vez, es que Venezuela es el país con más abundantes reservas petroleras del mundo, y fue hasta hace poco un productor dinámico y jugador de las ligas mayores de los exportadores de crudo.

Lo increíble de este drama conmovedor y repugnante a la vez, es que Venezuela es el país con más abundantes reservas petroleras del mundo, y fue hasta hace poco un productor dinámico y jugador de las ligas mayores de los exportadores de crudo. Pero la producción petrolera ha colapsado, por la pésima gestión y el robo descarado en PDVSA de las élites del chavismo, con lo que el país ni siquiera puede aprovechar la actual alza de precios del petróleo en el mercado internacional. En efecto, el último mes de 2017 Venezuela solo produjo 1,6 millones de barriles al día, el peor registro de producción en casi tres décadas, 216.000 barriles diarios menos que en el 2016.

Otros desventurados países de América Latina, como Argentina, Brasil y Perú, además de Bolivia, vivieron el drama de la hiperinflación. Y todos tuvieron que realizar un ajuste feroz para poder salir de ella.

Argentina, tras la caída de precios de sus productos de exportación y el gran déficit fiscal financiado con “la maquinita” de imprimir billetes, la sufrió en 1989 y 1990, cuando el humor rioplatense decía que se preguntaba al carnicero cuánto valía el bife, y este respondía: “Mil veinticinco, mil veintiséis, mil veintisiete, mil veintiocho…”. En 1989 la inflación fue de 4.923% y en 1990 de 3.079%.

Los controles de precios del año 89, al igual que lo sucedido estos años en Venezuela, provocaron la caída de la producción local para el consumo interno (nadie produce para perder), mientras se aceleraba la escasez de divisas por los malos precios del trigo y la soya, lo que a su vez llevó a la escasez de divisas, la caída del PIB y la falta crónica de alimentos y medicinas.

El gobierno de Raúl Alfonsín subsidió los alimentos para los más pobres, pero no pudo controlar la inflación. El nuevo plan económico de Carlos Menem liberó el tipo de cambio y obligó a intercambiar los depósitos bancarios por bonos públicos externos, llamados Bonex 89, a diez años plazo y 8,3% de interés. Se trató, ni más ni menos que de una confiscación, pero el resultado fue la disminución del circulante y, por ende, de la presión sobre el dólar y los precios, lo que permitió disponer de más divisas y ajustar el déficit fiscal. A finales de ese año, el plan Bonex y una recuperación de los precios de los productos de exportación cambiaron la situación: la inflación bajó, en los siguientes tres años, de cuatro dígitos a dos (1.343% en 1991, 171% en 1992 y 24% en 1993).

13.000%

Es la progresión geométrica de la hiperinflación en Venezuela durante el régimen chavista.

Brasil tuvo a lo largo de los ochenta un crónico déficit fiscal, financiado, con igual necedad, con la impresión de dinero, la consiguiente devaluación de la moneda y la inflación. De nuevo, el control de precios produjo escasez y aceleró el alza. Todo se agravó en los noventa con la llegada de Fernando Collor de Mello, sus privatizaciones y la liberación del régimen cambiario, lo que desembocó en una hiperinflación de 2.075%.

Como se recuerda, eso solo pudo ser controlado con el “Plan Real” de Fernando Henrique Cardozo, primero como ministro y luego como presidente. El plan implicó una nueva moneda (a una tasa de cambio de 2.750 cruceiros por un real), moneda que quedó alineada con el dólar, un fuerte ajuste fiscal y la apertura comercial. El conjunto de medidas ––a las que se sumó un elemento poco medible, pero clave en la economía: la dosis de confianza del público en las nuevas autoridades––, logró parar en seco la inflación: de 43,1% mensual en el primer semestre de 1994 bajó a 1,7% en 1995.

Sin embargo, las de Bolivia y Perú fueron las dos peores historias de inflación, antes de la que hoy vive Venezuela. La caída de los precios de sus productos de exportación y el alto endeudamiento (y la disparada de las tasas de interés con la crisis de la deuda en los ochenta) se combinaron en Bolivia para impedir importaciones, causar escasez de alimentos y medicinas, déficit fiscal y la conocida respuesta de la emisión inorgánica de dinero.

La brutal hiperinflación solo se solucionó con un programa de estabilización monetaria, que implicó la creación de una moneda más fuerte (el “boliviano”), el control de la emisión, un tipo de cambio flotante y una medida casi suicida: el cese temporal del pago de remuneraciones y de las inversiones del sector público.

La brutal hiperinflación solo se solucionó con un programa de estabilización monetaria, que implicó la creación de una moneda más fuerte (el “boliviano”), el control de la emisión, un tipo de cambio flotante y una medida casi suicida: el cese temporal del pago de remuneraciones y de las inversiones del sector público. Con ello se bajó la inflación a un dígito y se arreglaron las finanzas públicas.

La hiperinflación del Perú fue breve pero intensa: llegó a ser de 7.481% por dos meses, producto del agotamiento del presupuesto y las reservas internacionales en los programas sociales del gobierno de Alan García (1985-1990). La caída de la cotización del sol frente al dólar, la escasez de alimentos (la Iglesia católica armó un sistema que daba de comer a 7 millones de personas al día) y la tensión social, se detuvieron con el programa de shock aplicado por Alberto Fujimori (“Fujishock”). La hiperinflación solo duró meses y los precios siguieron bajando poco a poco hasta que la inflación llegó a solo un digito.

Hay múltiples parecidos en la hiperinflación de esos países, pero en Venezuela los procesos se han exacerbado. En todos, un detonante de la crisis fue la caída de los precios de sus productos de exportación, pero al ser Venezuela de los mayores exportadores mundiales de crudo, podía haber tenido un colchón y recortado su gasto público para no financiarlo con impresión de billetes. De esto se libró el Ecuador en 2015-2016 por tener el dólar, porque a Correa no le faltaban ganas de “tener moneda propia”, como lo repitió varias veces.

Las medidas económicas del régimen de Nicolás Maduro han complicado la crisis. 

El pánico a que huyan las divisas llevó a Chávez y luego a Maduro a estrangular el mercado de cambios a tal punto que se afectó la capacidad de importación, llevando a la caída de la producción y a una situación de insolvencia generalizada (las industrias venezolanas debían a sus proveedores del exterior; el propio Estado no pagaba a sus acreedores, sean compañías de aviación, cuentas de compensación como el sucre o tenedores de bonos), agravándose el desbalance entre oferta y demanda internas con cada productor que salía del mercado. A la necedad en perseguir a los comerciantes, acusándolos de acaparadores, se unió la incapacidad manifiesta del Estado de gestionar el abastecimiento y la corrupción de la alta dirección, los mandos medios y los distribuidores (han sido repetidos los casos de los contenedores abandonados en los que se encuentra comida dañada, y se ha descubierto inmensas bodegas de alimentos de los propios gobernadores chavistas).

Mientras tanto, Nicolás Maduro, el sanguinario dictador que malgobierna ese país a la deriva, anunció antes de Navidad que iba a lanzar una criptomoneda llamada “petro” que, dijo, estaría respaldada en reservas de oro, gas y diamante, una cosa delirante de la que no se ha sabido nada más.

Por otro lado, el país se encuentra en situación de “default”, y no tiene reservas para afrontar los pagos atrasados de 2017 y los que debe cancelar este año, lo que no impide que Maduro se empeñe en aislar cada día más a su país, expulsando a embajadores extranjeros por un quítame allá esas pajas. En Maduro y su gobierno no tienen confianza ni los venezolanos ni los extranjeros, y mientras no caiga del poder ––el que defiende a sangre y fuego como lo probó con la represión de las marchas del año pasado y el reciente alevoso asesinato de Oscar Pérez y sus compañeros––, la situación solo podrá agravarse. Quien con su hambre, su enfermedad, su angustia, su inseguridad, paga esta canallada, es el pueblo venezolano, que alguna vez creyó en Hugo Chávez.

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