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14 de Julio del 2017
Historias
Lectura: 9 minutos
14 de Julio del 2017
Gustavo Isch

Consultor político, experto en comunicación electoral y de gobierno. Docente de la Universidad Andina Simón Bolívar

La línea roja

Foto: Presidencia de la República

El día de la despedida de Rafael Correa, el presidente Moreno y el vicepresidente Glas levantaron un retrato de Rafael Correa desde el balcón del palacio de Carondelet.

 

Correa y sus fieles diletantes se niegan a entender y a aceptar que el problema de las dos visiones para gobernar y hacer política no es un dilema que solo incumbe al movimiento verde flex, sino que nos incumbe a todos. Las radicales guarichas de la revolución ciudadana y sus coidearios, no tienen ninguna autoridad moral para trazar una imaginaria línea divisoria que parta en dos al país entero. El presidente Moreno no debe caer en ese juego.

Los de Fuente Ovejuna, una noche del mes de abril del mil y cuatrocientos y setenta y seis, se apellidaron para dar la muerte a Hernán Pérez de Guzmán, Comendador Mayor de la Calatrava, por los muchos agravios que pretendían averles hecho: Y entrando en su misma casa le mataron a pedradas, y aunque sobre el caso fueron embiados juezes pesquisidores que atormentaron a muchos dellos, assí hombres como mugeres no les pudieron sacar otra palabra más désta: “Fuente Ovejuna lo hizo”.

Sebastián de Covarrubias

Si las crisis ofrecen algo positivo, es que sacan a la luz mucho de lo que permaneció oculto y merece ser purgado para redefinir un nuevo sujeto, de cualidades y naturaleza superiores al que se deja atrás; en términos ideales no se trata de perfeccionar un defecto, sino de superarlo para bien. Políticamente hablando, una sociedad sometida a un régimen que nunca tuvo la intención de convertirse en un proyecto democrático capaz de reconocerse a sí mismo como perfectible, tiene el derecho y la obligación de optar por un cambio.  Durante las elecciones pasadas, todos los candidatos que compitieron por la presidencia, y la absoluta mayoría de ecuatorianos, reconocieron la necesidad de un cambio.

Las fricciones entre el expresidente y el actual mandatario no son cosa menor. Se producen a menos de dos meses de que Lenín Moreno haya asumido la presidencia de la república.

Durante una década, Correa se convirtió en el líder de la contrademocracia en el Ecuador, y eso es decir mucho en un país de tan precaria como azarosa vida política. Su liderazgo personalista, su estilo confrontativo, su incapacidad para entender que los límites a los excesos de las mayorías electorales vienen dados por el respeto a las minorías, auspició el manejo autoritario y obcecado de su gobierno, durante el cual se “metió la mano” en la justicia, se truncó la independencia de poderes, se estableció una institucionalidad funcional a los designios del poder político, se acosó a las libertades, se combatió a la prensa, se persiguió a las voces disidentes, se criminalizó la protesta social.

Hoy Correa es el principal opositor al régimen de Lenín Moreno; le va la vida en ello, y nuevamente equivoca el libreto: su bronca no es con Moreno, es con todos los ecuatorianos, incluso con los que no votaron por el actual presidente. Los enmarañados arbustos de “su” revolución ciudadana no le dejan ver el bosque.

Hoy Correa es el principal opositor al régimen de Lenín Moreno; le va la vida en ello, y nuevamente equivoca el libreto: su bronca no es con Moreno, es con todos los ecuatorianos, incluso con los que no votaron por el actual presidente.

Correa y sus fieles diletantes se niegan a entender y a aceptar que el problema de las dos visiones para gobernar y hacer política no es un dilema que solo incumbe al movimiento verde flex, sino que nos incumbe a todos. Las radicales guarichas de la revolución ciudadana y sus coidearios, no tienen ninguna autoridad moral para trazar una imaginaria línea divisoria que parta en dos al país entero.  El presidente Moreno no debe caer en ese juego.

El 10 de julio, ya con los primeros vientos de ruptura entre dos visiones diferentes de hacer política, Correa viajó a Bélgica rodeado de guardaespaldas, sin gozar de las mieles del poder absoluto del que abusó durante una década. Se fue dejando al país con una deuda que se calcula no es menor a los 40 mil millones de dólares y una caja fiscal en soletas; una sociedad permeada en el temor, la costumbre, y la incertidumbre; lacerada por la polarización y el antagonismo promovidos como estrategia de control colectivo durante su mandato. Gracias al periodismo de investigación, a la crítica bien fundamentada, y al activismo civil y político, la opinión pública pudo acercarse paulatinamente a la otra versión de la mal llamada revolución ciudadana liderada por Correa y conocer su rostro sin maquillaje.


Despedida de Rafael Correa. El expresidente no ha abandonado la seguridad presidencial, como lo han hecho todos los expresidentes del Ecuador.

Como suele ocurrir siempre, la crítica al poder surgió como sospecha del desastre y, para develarlo, hubo que aclarar el caos de significados con el que la millonaria campaña de comunicación permanente del correato mezcló lo esencial y lo trivial, lo nocivo y lo benéfico, lo necesario y el despilfarro, lo real y lo falseado, para colonizar la esfera pública.

Hoy el clima de opinión es distinto, aunque prima la incertidumbre son alentadoras algunas señales de cambio en ciertos campos; pueden resultar insuficientes para muchos, pero tampoco pueden ser menospreciadas totalmente.  Ahora mismo los ecuatorianos -independientemente de su posición política- tienen la oportunidad de mirar hacia adelante para enfrentar lo que se viene.  La elección es simple: caminar por los puentes y las vías que permitan avanzar, o continuar el sendero corrompido por el fanático sectarismo que quebró la economía y anegó la ética.

Correa solía retar a quienes dentro o fuera del país lo llamaban al orden por sus desmanes autoritarios. Quiénes son ellos para criticar y meter sus narices en nuestras decisiones soberanas, solía bufar; primero que ganen las elecciones, sentenciaba. Alguien debe darle la noticia al honoris causa: esta vez él no ganó las elecciones.

Lenín Moreno es el presidente de todos los ecuatorianos, independientemente de que a unos guste y a otros no. Es, incluso, el presidente de Correa y su feligresía; es el de la oposición, el de los indiferentes, el de todos. Correa solía retar a quienes dentro o fuera del país lo llamaban al orden por sus desmanes autoritarios. Quiénes son ellos para criticar y meter sus narices en nuestras decisiones soberanas, solía bufar; primero que ganen las elecciones, sentenciaba. Alguien debe darle la noticia al honoris causa: esta vez él no ganó las elecciones.

Por otro lado, el presidente Moreno, desde el 24 de mayo de 2017 está obligado a liderar un proceso complejo que involucra al país entero y no puede permitir ser condicionado por un sector que se cree con derecho de excluir a los demás; su rol fundamental y su lealtad primera no son trofeos de campaña al servicio de ningún círculo de presión, ni pueden hacerle el juego a la retórica primaria y maniquea agazapada tras una imaginaria línea roja.

Será tarea difícil pero ineludible, gobernar libre de los caprichos y ataduras pretendidamente impuestas por un sector del movimiento político que durante diez años engendró funcionarios de manos ardientes, hoy refugiados en Miami, o enjuiciados por corrupción, y que sirvió de comparsa al inclemente mercadeo de falacias pagadas con recursos públicos en las que se pintaba a diario una realidad digna de un museo para el desparpajo.

Acordarnos de olvidarlo será un proceso de aprendizaje y ejercicio selectivo de la memoria individual y colectiva. Podemos empezar por no nombrarlo más, como ahora mismo, en este párrafo. El Ecuador tendrá derecho a olvidarlo, cuando sus pataleos en twetter o las coreografías de sus incondicionales para desempolvarlo, sean menos importantes que el recuerdo de sus abusos.  Se logrará como se logró allá, en Fuenteovejuna, siglos atrás, cuando la unión del pueblo contra la opresión y el atropello se manifestó a su modo. Corresponde en el presente, bregar por un mejor país para evitar que él vuelva, como una tentación de sí mismo.

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La línea roja
 


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