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28 de Septiembre del 2015
Historias
Lectura: 14 minutos
28 de Septiembre del 2015
Redacción Plan V
La mala hora de Antonio Ricaurte

Fotos: Luis Argüello

Con una expresión de tristeza en el rostro, y acompañado de sus abogados, Antonio Ricaurte concurrió a la audiencia ante la Unidad de Contravenciones de Quito. 

 

Luis Muñoz Pasquel, ex presidente de la Fenaje, y su cliente, la concejala Carla Cevallos, en el otro extremo de la sala, escuchan al juez Máximo Ortega, quien sustanció la denuncia. 

 

El político prefirió renunciar ante el escándalo de la filtración de un vídeo íntimo en donde confesaba una supuesta relación extramarital con su colega de bancada, Carla Cevallos. La justicia de Contravenciones de Pichincha consideró que Ricaurte ofendió a la joven en el vídeo, y lo condenó a prisión y multa. Dos personajes del pasado político formaban parte de la militancia de Cevallos.

Antonio Ricaurte lucía abatido. Vestido con una chaqueta de color azul y jeans, el ex alcalde metropolitano encargado, ex concejal de Quito y ex consejero de Pichincha estaba sentado en el extremo de la pequeña sala en donde la justicia de Contravenciones de Pichincha ventilaba una denuncia en su contra puesta por la concejala Carla Cevallos.

Junto a Ricaurte, su abogado y unos pocos allegados. La sala de la Unidad Judicial es un frío sótano, al que se accede bajando al subsuelo de un edificio de oficinas del Estado en el sector de La Mariscal, que antes albergaba una dependencia de la Comunidad Andina.

La sala contiene algunos escritorios en el frente, en donde el juez Máximo Ortega Veintimilla, un magistrado cuencano a juzgar por su acento, ha instalado la audiencia en contra del ex concejal. Dos banderas se pueden ver en los costados del pequeño salón, que no tiene ventanas y que, originalmente, debe haber sido una bodega.

El sitio no parece el más adecuado para la majestad de la justicia de la República, pero será el escenario en donde el togado cuencano habrá de ventilar el conflicto público entre los dos miembros del Concejo Metropolitano de Quito.

El sitio no parece el más adecuado para la majestad de la justicia de la República, pero será el escenario en donde el togado cuencano habrá de ventilar el conflicto público entre los dos miembros del Concejo metropolitano de Quito.

Afuera, desde las 10:00, en la estrecha vereda de la calle Roca, frente a la Embajada de Rusia, se habían empezado a concentrar los militantes de Carla Cevallos. Una figura desconocida para muchos, debido al tiempo transcurrido, se movía organizando la concentración. Se trataba de Oswaldo Gallo, el líder del movimiento Cero Corrupción, una organización que en el año 2005 se convirtió en la fuerza de choque del ex presidente de la Corte Suprema de Justicia, Guillermo "Pichi" Castro Dáger. 

La reaparición de Gallo en la calle Roca, la mañana del 25 de septiembre, resultó sorprendente para quienes esperaban ver en las bases de la concejal Carla Cevallos a grupos de mujeres organizadas. Quienes apoyan a la concejal son, según se lee en sus carteles, habitantes de varios barrios del Sur de Quito. Están ahí los moradores del barrio Marcelo Ruales Martínez, o de la Agrícola Huertos Familiares Balcones de Zabala, entre otros.


Los militantes de Carla Cevallos portaban carteles con consignas feministas frente al edificio judicial de la calle Roca.

Además de los letreros con la identificación del barrio, llevan otros de color fucsia, con leyendas como "Carlita creemos en tí, basta de machismo", o "Carlita eres un ejemplo de valentía". Es curioso pero quienes cargan los letreros con reivindicaciones de género son en su gran mayoría hombres. Este portal constató que, entre las 10:00 y las 15:00 que duró la audiencia, no se hizo presente en el sitio ninguna de las figuras del feminismo nacional, como Rocío Rosero por ejemplo, quien, en cambio, sí estuvo apoyando a la franco-brasileña Manuela Picq. 


Moradores de un barrio del sur de Quito portan carteles que los identifican, mientras respaldan a Cevallos.


Vestida con un chaleco rosado, la concejala llegó acompañada del ex dirigente judicial Luis Muñoz Pasquel. 

En una papelería contigua al edificio judicial, los simpatizantes de la concejala han pedido prestado luz eléctrica, para instalar unos altoparlantes que usarán para digirse a los presentes. Además de los carteles barriales y feministas, han puesto unas pequeñas banderas de color fucsia en los postes cercanos. Gallo se movía discretamente en el sitio, a la espera de la llegada de la denunciante.

Mientras tanto, en el Palacio Municipal, Antonio Ricaurte había convocado una rueda de prensa. En ella anunció su decisión de renunciar a su puesto en el Concejo Metropolitano pues, dijo, prefería conservar a su esposa y sus hijos. Ricaurte sostuvo que, ante el escándalo que se había desatado por el vídeo en internet en donde ventila su supuesta relación con la concejala Cevallos, prefería dejar el Concejo Municipal. 

Luego de anunciar su renuncia, el concejal fue a su cita con la justicia. Así estaban las cosas cuando, cerca de las 11:00, llegaron al edificio judicial de La Mariscal acusadora y acusado, acompañados de sus abogados. Carla Cevallos se apersonó en el sitio ante las aclamaciones de sus partidarios. En los alto parlantes sonó un jingle de la joven política. Ella viste un chaleco rosado sobre su vestido.

Atrás, con el pelo más cano y corto, reaparece como su abogado otra figura a la que no se había visto en los foros judiciales en por lo menos diez años: Luis Muñoz Pasquel. Muñoz Pasquel, ex presidente de la Federación de Judiciales del Ecuador (Fenaje) y conocido dirigente gremial, se enfrentó en el año 2005 a la Corte Suprema de Castro Dáger. En una gresca fue herido en un glúteo con un pulzón, por lo que fue a parar al hospital. Acusó penalmente por tratar de matarlo a Oswaldo Gallo, el líder de Cero Corrupción. Los dos aparecían ahora apoyando a la joven concejala quiteña. 

Qué hacían ambos personajes, enemigos mortales hace apenas una década, apoyando a la joven concejala quiteña es un misterio.

Muñoz Pasquel -se dijo luego de que dejó la presidencia de la Fenaje- se instaló fuera del país y se retiró un tiempo de la vida pública; luego volvió a su oficio de abogado. En ese soleado viernes, había vuelto. Lucía un traje de color crema, y en la solapa, una escarapela con el compás y la escuadra, símbolos de la masonería. 

La joven concejala entra al pequeño edificio judicial en apoteosis de sus militantes. Antes había ingresado el ex concejal, acompañado apenas por cuatro o cinco amigos y asesores de su perdida curul en el Concejo. Los amigos de Ricaurte, entre ellos su asesor de confianza Santiago Guerrero, y otros, se colocan discretamente en la puerta del edificio. Como no logran entrar a la sala de la audiencia, se retiran a prudente distancia de las personas que apoyan a Cevallos.

Adentro, el togado cuencano ha instalado la audiencia. La audiencia es verbal y tanto Luis Muñoz cuanto el abogado de Ricaurte, Estuardo Zúñiga, se miran desafiantes.

Los dos abogados parecen creer que están en una de esas audiencias en una lujosa corte de Estados Unidos, con muebles de madera tallada y óleos en las paredes. Por ello, alzan la voz, objetan las preguntas y respuestas, interrogan y vuelven a interrogar a los testigos. Pero las ínfulas de los dos letrados contrastan con lo modesto del salón judicial, en donde hay apenas espacio para el juez, sus asistentes y las partes, vigilados por policías de la Función Judicial. No hay buena ventilación y hace calor. 

Luis Muñoz objeta las preguntas de Zúñiga a una testigo de la acusación. ¿Es usted feminista? le pregunta el defensor de Ricaurte, a lo que Muñoz responde que la pregunta es inconstitucional. El juez le da la razón. La pregunta no tiene lugar. Zúñiga parece querer sostener que el del vídeo no es Ricaurte. Pero la tiene cuesta arriba: está claro que es el ex concejal quien, demacrado, confiesa su supuesto desliz con su colega en el Concejo y la cubre de epítetos. 

El duelo entre los dos abogados tiene los consabidos tonos de desafío personal: el abogado de Ricaurte se queja de que al objetar Luis Muñoz se lo queda mirando cuando debe mirar al juez. El juez también interviene en el interrogatorio a una testigo, quien sostiene que compartió en su perfil de Facebook la publicación del vídeo con la íntima confesión del ex concejal. El abogado de la defensa pregunta si la testigo es amiga en Facebook de la concejala Cevallos. La testigo responde que no es amiga, sino seguidora. El juez admite públicamente que no sabe mucho de redes sociales y que no distingue bien el sutil matiz. Las alusiones a Facebook y a Youtube se convierten en el centro del debate judicial.

Cuando la fase testimonial termina, se da paso a un perito. El perito ha hecho un informe sobre el vídeo, y ha entregado tres copias. El juez llama la atención a su personal porque no le han entregado las copias a las partes. Y así, durante casi cuatro horas, los juristas debaten sobre si es o no es Ricaurte el del vídeo, y sobre si cabe o no cabe aplicarle una norma del Código Penal que castiga difamar a otras personas.

Durante casi cuatro horas, los juristas debaten sobre si es o no es Ricaurte el del vídeo, y sobre si cabe o no cabe aplicarle una norma del Código Penal que castiga difimar a otras personas.

Para las 15:00, en el fuerte sol que se abate sobre la ciudad esa tarde, los militantes de Carla Cevallos esperan que salga para conocer el desenlace de este drama. 

Primero sale Ricaurte con sus abogados. Sus amigos lo escoltan hasta la calle Reina Victoria, donde lo espera su auto. Esta vez, los militantes de Cevallos no tratan de agredirlo, pero quienes lo siguen con insistencia son fotógrafos y reporteros de televisión. Una periodista de TV, con dos micrófonos en las manos, se lanza a perseguir al ex concejal hasta cuando se sube al auto y por poco no se mete por la ventana del vehículo. Ricaurte no dice nada. Murmura apenas: "es un tema personal".

Unos diez policías antimotines con cascos y escudos han acompañado también al ex concejal. Logran evacuarlo ileso, y junto con él se va su pequeña comitiva de diez amigos. 


Escoltado por la Policía y un pequeño grupo de amigos, Antonio Ricaurte abandonó el edificio judicial. 

Mientras tanto, Carla Cevallos ha salido ya a la entrada del edificio judicial. Ni bien aparece, le dan un ramo de rosas. La joven mira satisfecha y triunfante. Luis Muñoz también luce satisfecho. El juez ha dictado sentencia en la contravención, que algunos medios de comunicación, no se sabe si por impericia o mala fe, confundieron con una demanda civil por daño moral.

Ricaurte ha sido castigado con 15 días de cárcel, USD 88,50 de multa y disculpas públicas a la concejala. Ella sostiene que su triunfo es el de la mujer ecuatoriana, de la cual se proclama adalid, mientras de fondo suena el jingle que han tocado toda la mañana en la entrada del edificio. Ricaurte no fue detenido inmediatamente: tiene la opción de apelar en tres días. 

Pero una duda queda en el aire: ¿quién filtró el vídeo que Ricaurte sostiene era una grabación íntima para su mujer? Gente del entorno del alcalde Mauricio Rodas y del propio Ricaurte confirmaron a este portal que el vídeo ya lo habían visto varios concejales, y, probablemente, el propio burgomaestre, hace por lo menos dos meses. Lo que era la comidilla en el Municipio se volvió un escándalo cuando alguien, cuya identidad tampoco se ha confirmado, lo subió a Youtube

¿Quién fue? ¿Qué intención tuvo? La concejala Cevallos sostiene que eso debe denunciarlo Ricaurte para que se investigue. Ella no puede afirmar, dijo al salir de la audiencia, que haya sido el propio ex concejal.

Carla Cevallos se mostró satisfecha por la sanción impuesta al ex concejal, pero declinó comentar sobre quién pudo filtrar el vídeo.

En el entorno de Ricaurte, por otro lado, apuntan a alguna venganza personal o política. Pero tampoco se aventuran a indicar a nadie en particular. 

Sea quien haya sido, el escándalo del vídeo le costó la curul a Ricaurte, mientras que la joven concejala, tras las aclamaciones de su militancia, se subió a su vehículo oficial del Municipio y se fue, dejando el sabor de un motín político en la calle Roca. 

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