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23 de Mayo del 2016
Historias
Lectura: 15 minutos
23 de Mayo del 2016
Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

La realidad supera a los políticos en América Latina

Fernando Collor de Melo fue destituido de la presidencia de Brasil por acusaciones de corrupción. 

 

Se puede decir de los políticos latinoamericanos que ellos no son capaces para gobernar, o que la realidad rebasa las capacidades disponibles. Y esto no tiene nada que ver con su capacidad intelectual personal. Muchos llegan al poder creyendo que es suficiente el arte, esto es, la improvisación, la intuición, la experiencia. Los políticos tienen una mirada corta; tienen “los pies y ojos en el presente”; el futuro para ellos no existe. Carecen de método para pensarlo, por eso disocian la acción de la planificación, o sea no planifican la acción; más bien creen que la planificación es un ejercicio tecnocrático de escaso valor práctico, o sólo aplicable a la economía.

Los casos de “impeachment” revelan que en América Latina los gobernantes electos democráticamente frecuentemente fracasan; ello ocurre porque gobiernan sin medir las consecuencias de sus decisiones; o sea no planifican sino improvisan.

Creen que ganan en libertad si no trazan un camino antes de iniciar su período; pero “no ver lo que va a ocurrir mañana pone en riesgo las decisiones que toman hoy”. Cuando inician su gestión no se ponen a pensar en el fin de su mandato; gobiernan el día a día, sobre todo si las circunstancias son favorables, pero cuando dejan de serlo, ya es muy tarde para pensar en el mañana; se ven presos del presente y, cuando menos lo esperan les “cae” un “impeachment” que significa “acusación, procesamiento, descrédito”.

Las “sorpresas” son el pan de cada día para los políticos en el gobierno; o sea, dada su impericia, no sólo son sorpresas los terremotos, la erupción de volcanes, las inundaciones, sino casi todo lo que ocurre en tiempos normales. La crisis económica, la inestabilidad política, el malestar social se los suele atribuir a factores externos, y nunca o pocas veces, los gobernantes reconocen sus errores.

Por eso les llama la atención que el pueblo se canse de ellos, y les exija rectificar, y, en casos extremos, separarse del cargo. Los gobernantes “ofendidos” sólo endosan a la oposición tal veredicto. Y es que claro, sería absurdo que la oposición a los gobiernos de turno no sacaran provecho de los errores cometidos por éstos. Ese es el juego de la política. Por eso los presidentes caídos en desgracia “ven” golpes de estado en cada movimiento en su contra. Como tienen un alto concepto de sí mismos y de su gestión como mandatarios, sólo los “enceguecidos” por el odio no ven las “grandes transformaciones” realizadas; su propia “ceguera”, en cambio, alimentada por sus incondicionales partidarios, les impide reconocer sus fallas en el ejercicio de sus altas funciones.

Cuando inician su gestión no se ponen a pensar en el fin de su mandato; gobiernan el día a día, sobre todo si las circunstancias son favorables, pero cuando dejan de serlo, ya es muy tarde para pensar en el mañana.

Cuando la democracia funciona los ciudadanos pueden constatar si lo que dicen los gobernantes se apega a la realidad, o si se trata sólo de propaganda o publicidad. Pero si los gobernantes “exceden” los límites constitucionales como en Venezuela, no obstante el millón de firmas logradas a favor del decreto revocatorio del mandato de Nicolás Maduro resuelto por la Asamblea, el peligro para la democracia se incrementa grandemente. Sin embargo, no es suficiente que los gobernantes respeten el imperio de la ley ni la independencia y separación de funciones, sino que los gobiernos electos democráticamente sean capaces de cumplir con las ofertas de campaña y de avanzar por el camino trazado. Si la democracia no muestra resultados satisfactorios para la mayoría de la población, y si ello se repite una y otra vez, con gobiernos de izquierda o de derecha, el sistema se debilita y da pie para que emerjan caudillismos mesiánicos.

Aquí viene el tema de los modelos. O dejamos que el Estado se haga cargo de la economía, o renunciamos a la planificación pública, sin ponerle restricciones al mercado. Se trata de dos posiciones extremas; la primera, corresponde a los regímenes del “socialismo real” que fracasaron estruendosamente en la ex Unión Soviética y demás países de Europa central y oriental: la segunda, es la del neoliberalismo que tuvo un altísimo costo político en Chile y Argentina en los setenta del siglo pasado y que, igual que la anterior, suprimió las libertades políticas y la democracia como prerrequisito para levantar su “milagro económico”.

En América Latina ninguna de las dos ha sido exitosa. Ni el Consenso de Washington que predominó en los ochenta y noventa del siglo pasado, ni la revolución cubana, constituyen referentes válidos para nuestros países.

Estas dos posiciones extremas tergiversan la política y lo político. Para los neoliberales la política perturba la economía, ésta debe funcionar con entera libertad, según las leyes del mercado. Para los socialistas “estatistas”, todo es política, y dado que el Estado debe dirigir la economía hay que tomarse el poder, pues sólo así se pueden vencer “las resistencias de la burguesía, del imperialismo, de la reacción”. En estos esquemas de pensamiento y acción la democracia sobra, o es un instrumento para alcanzar objetivos de clase, en el un caso de la “burguesía”, en el otro del “proletariado”.

La realidad, sin embargo, es mucho más compleja. Tomarse el poder, por ejemplo, no es suficiente, no garantiza que el proletariado alcance sus objetivos; ello se ha comprobado con los “socialismos del siglo XXI”. El caso venezolano, sin duda, es el más patético. En cerca de dos décadas de dominación, la “revolución bolivariana” lejos de remediar la pobreza, la desigualdad social, el atraso, le ha llevado a Venezuela a una situación peor que la del régimen que le antecedió. Brasil, aunque no fue parte de la misma matriz ideológica, enfrenta una situación de la que es altamente responsable tanto Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010) como Dilma Rousseff, ambos líderes del famoso PT, partido de los trabajadores.

Tomarse el poder, por ejemplo, no es suficiente, no garantiza que el proletariado alcance sus objetivos; ello se ha comprobado con los “socialismos del siglo XXI”. El caso venezolano, sin duda, es el más patético.

Las acusaciones por las que Dilma tuvo que separarse del cargo, no se sabe si temporal o definitivamente, ¿tienen algo que ver con el modelo con el que se gobernó Brasil por más de una década?¿O son producto de la incapacidad de los gobernantes para impedir que se armara un sistema de corrupción en torno a la empresa estatal petrolera Petrobras? ¿eso ocurrió porque se trataba de una empresa estatal? ¿es que acaso todas las empresas estatales son fuente de corrupción?

También Fernando Collor de Mello, fue inhabilitado como presidente del Brasil en 1992. A diferencia de Dilma Rousseff que, pese a todo, aún cuenta con apoyo de masas, Collor de Mello tras la “brutal medida para contener la superinflación- bloqueo de todas las cuentas bancarias e inversiones- perdió de golpe su popularidad”.

También en Venezuela, antes del advenimiento de Chávez, en 1989, Carlos Andrés Pérez, socialdemócrata, fue separado de sus funciones por la Corte Suprema de Justicia. ¿La causa? Haber impuesto un ajuste macroeconómico que malogró su capital político. El 17 de febrero de 1989 se produjo el “caracazo”, una explosión social de la que emergió el chavismo. Pero éste tampoco ha sido capaz de valerse de dos elementos caros para los venezolanos: “Simón Bolívar para guiar el camino y, a la vez, los hidrocarburos para hacer buenas las lecciones del padre libertador”.

Algo similar ocurrió en el Ecuador con tres presidentes que fueron desaprobados por el pueblo en multitudinarias manifestaciones. En 1996-97 Abdala Bucaram no obstante ser un político populista cometió el error de aplicar un ajuste económico “extremo, sin gradualidad, ni compensaciones”. Un caso ciertamente desconcertante fue el de Jamil Mahuad; pese a su alta popularidad como Alcalde de Quito, y su patrimonio intelectual, cayó estrepitosamente tras el feriado bancario de 1999. Curiosamente, dos decisiones trascendentales tomadas en su gobierno, la firma de la paz con el Perú y la dolarización fueron mantenidas por los gobiernos que le sucedieron. Lucio Gutiérrez que encabezó el levantamiento civil-militar del 21 de enero del 2000 en contra de Mahuad, tuvo, a su turno que batirse en retirada con la revuelta “forajida”.

Lamentablemente en estos casos no hubo “impeachment”, no hubo juicio político, no hubo lugar para el “debido proceso”.

Rafael Correa también suscitó muchas esperanzas cuando asumió la presidencia en el 2007; su juventud, su preparación intelectual, su dinamismo presagiaban un exitoso desempeño; sin embargo, su prisa, su determinación de mostrar resultados ¡ya!, en el corto plazo, le llevaron a descuidar la reflexión que antecede y preside la acción; de ahí que emprendiera en la gran obra pública sin medir los tiempos ni prever los cambios en el escenario económico con la caída de los precios del petróleo. En el plano cultural la “toma del poder” se tradujo en la santa guerra política contra los “aparatos ideológicos del Estado”, controlados por la “burguesía”. Ello lo ligó a una política de masas clientelar con la que pretendía ganar el respaldo popular con fines electorales e ideológicos. Esto último le confirió crédito en el mundo académico internacional, en el que Correa fue objeto de homenajes y agasajos.

En el plano cultural la “toma del poder” por el correísmo se tradujo en la santa guerra política contra los “aparatos ideológicos del Estado”, controlados por la “burguesía”.

La crisis económica que le cayó encima al Gobierno, más el terremoto, muestran el grado de impreparación del país y del Estado para encararlos. La población percibe la responsabilidad del Gobierno en esta impreparación, lo cual se refleja en el descenso del nivel de apoyo a su gestión y de la credibilidad de su palabra.

Aquí tampoco pudo haber “impeachment” por el control casi total del Ejecutivo de las funciones del Estado. La falta de transparencia en el manejo de los recursos públicos pone en duda la probidad de la gestión del Gobierno. Las continuas manifestaciones ciudadanas en las calles llevaron al presidente Correa a autoimponerse la prohibición de postularse para un nuevo período.

Queda claro, pues que lo que con mayor fuerza determina el éxito o fracaso de un gobierno es la ligereza con que los ungidos al poder toman la dura y compleja tarea de gobernar. Los políticos en general-desde luego con las excepciones del caso- no ven más allá de la coyuntura, del aquí y el ahora, lo cual también ocurre con un buen número de periodistas-también en este campo hay excepciones.

Los debates de los políticos que recogen los medios de comunicación se centran en las elecciones, no en el mañana, en las urgencias, no en las importancias, en los hechos, no en los procesos. De ahí que una vez terminada la campaña electoral y proclamados los resultados, los gobernantes electos repiten las equivocaciones de quien los precedió; lo cual quiere decir que los políticos no aprenden de los errores.

De alguna manera se puede afirmar, por las experiencias analizadas, que ellos no son capaces para gobernar, o que la realidad rebasa las capacidades disponibles. Y esto no tiene nada que ver con su capacidad intelectual personal. Muchos llegan al poder creyendo que es suficiente el arte, esto es, la improvisación, la intuición, la experiencia. Los políticos tienen una mirada corta; tienen “los pies y ojos en el presente”; el futuro para ellos no existe. Carecen de método para pensarlo, por eso disocian la acción de la planificación, o sea no planifican la acción; más bien creen que la planificación es un ejercicio tecnocrático de escaso valor práctico, o sólo aplicable a la economía.

Por eso es que los otros campos de gobierno suelen quedar libres para todo tipo de ensayos y aventuras, como “el político, las relaciones internacionales, la seguridad nacional, el desarrollo de la ciencia y la tecnología, la competitividad económica, el equilibrio ecológico”, entre otros. No hay coherencia entre la política económica y las demás políticas públicas. Además, el diálogo entre economistas y políticos suele ser un diálogo de sordos.

Lo que no saben, entonces, es cómo cambiar el estilo de hacer política que es algo muy distinto a disputarse la verdad “intrínseca” de los modelos contendientes. La lucha por la “verdad” prevalece sobre el esfuerzo, silencioso pero responsable, por aprehender los métodos y técnicas de gobierno más eficaces, sea para el uno o el otro modelo. Los modelos no son buenos per se, mucho depende de cómo se los lleva a la práctica, cómo se los administra, sin caer en los extremismos ideológicos tanto del un bando como del otro. Además, no hay modelos químicamente puros; no son totalmente incompatibles, por eso son posibles las alianzas y la construcción de consensos.

Entendida así, la política sí podría contribuir a afianzar la democracia.

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