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11 de Noviembre del 2015
Historias
Lectura: 20 minutos
11 de Noviembre del 2015
Juan Carlos Calderón

Director de Plan V, periodista de investigación, coautor del libro El Gran Hermano. 

Margoth Escobar y los espíritus de la selva

Foto: CIDH

Margoth Escobar lee su parte en la audiencia de la CIDH, de mujeres contra el Estado ecuatoriano, el lunes 19 de octubre en Washington.

 

Esta es la historia de la lucha de una mujer de 65 años de edad, una comerciante y activista de los derechos de la naturaleza en Puyo, provincia de Pastaza. De cómo fue criminalizada, encarcelada y golpeada, acusada -además- de ataque a la autoridad; de cómo salió ilegalmente de Ecuador para testimoniar en Washington D.C ante la CIDH, de cómo rechazó ofertas de asilo político para volver y enfrentar las acusaciones y de cómo fue finalmente sobreseída por la solidaridad y apoyo del pueblo de Puyo y de las organizaciones de mujeres. Esta es la historia de Margoth Escobar, una historia de resistencia.

Cuando en Washington DC se enteraron que Margoth Escobar había tomado el avión para llegar al aeropuerto Ronald Reagan, cundió la angustia y la desazón. Varias de sus compañeras, que días antes habían acudido a la ciudad sede de la CIDH a una audiencia temática, prácticamente exigieron a Yakuam, su hijo, que la bajara del avión. Ya es tarde les respondió, ya está embarcada, ha sido su decisión, les pido que la respalden.

Su testimonio ante la Comisión estaba previsto para el lunes 19 de octubre, y ese domingo 18, el avión que la llevaba desde Bogotá, aterrizó en medio del alboroto de Patricia Gualinga, Ivonne Ramos, Esperanza Martínez y otras compañeras que estaban esperándola. Con abrazos y lágrimas de alegría, ella fue trasladada de inmediato a las reuniones preparatorias para la importante cita del día siguiente. Fue la culminación de un viaje relámpago de 40 horas intensas, donde no solo jugó la suerte sino la audacia y la voluntad de Margoth Escobar por testimoniar.

Ella era la voz que faltaba de ese grupo de seis mujeres que habían pedido audiencia para denunciar la represión misógina del gobierno de Rafael Correa. Solo Margoth Escobar no estaría, y era un vacío enorme, pues la historia de esta mujer de 65 años de edad era la más clara  y poderosa prueba del maltrato del gobierno a las mujeres -según la denuncia ante la CIDH-, cuando en las jornadas de protesta de agosto del 2015 recibió golpes, patadas, prisión y maltrato psicológico por parte de agentes policiales, en el Puyo, ciudad donde viven trabaja y lucha junto a los pueblos indígenas y movimientos sociales.

A la una de la mañana del sábado, el vehículo salió a toda velocidad hacia Baños. Yakuam apretó tanto el acelerador que a la hora del desayuno estaban ya en Ibarra, donde tomaron café con humitas.

Su caso iba a estar representado por su abogado, Willman Jaramillo,  debido a que a Margoth, luego incluso de haberla golpeado de esa manera, la Policía y el ministro del Interior le pusieran un juicio penal por ataque a la autoridad y entre las medidas cautelares impuestas, como presentarse dos veces a la semana ante un juez, no podía salir del país.

Así que cuando unas tres semanas antes del 19 de octubre recibió la notificación de la CIDH de que su petición de audiencia había sido aceptada, pidió al juez de llevaba su causa la autorización para salir. Pero el juez no le concedió el permiso porque le dijo, a través de su abogado, que no le servía un correo electrónico, sino una carta física de la CIDH; luego que la necesitaba notarizada, en español, no en inglés y que la traducción debía ser hecha por un perito certificado por el Consejo de la Judicatura. Margoth y su abogado hicieron todo pacientemente y entregaron el pedido del juez, con las condiciones que había puesto. Mientras tanto, había pedido la visa estadounidense, la cual se la dieron a ella y a su procurador. Pero el juez no respondió.

Con resignación se resolvió que Margoth se quedara en Puyo mientras el abogado viajaba a Washington con la delegación de mujeres y activistas que iban a participar en la audiencia. La activista y comerciante se quedó rumiando su frustración.

Era el viernes 16 de octubre y en la noche se citó con un amigo entrañable en el EscoBar, el local de su hijo decorado a la usanza tradicional, con caña guadua y motivos indígenas y que en el Puyo es el oasis de la cerveza artesanal. Luego de una larga charla, en la cual ella mostraba su molestia por que el juzgado no la dejó partir, resolvió, junto a su amigo, en un arranque de audacia, llegar a Washington a como diera lugar. Si hijo la miró a los ojos: sabes lo que te puede pasar. Pero le conocía la mirada: ya mamá, ya dijiste, pero yo te llevo. Así quedó designado conductor oficial del vehículo con el cual emprenderían la travesía Margoth, Yakuam, su amigo y la esposa de este.

A la una de la mañana del sábado, el vehículo salió a toda velocidad hacia Baños. Yakuam apretó tanto el acelerador que a la hora del desayuno estaban ya en Ibarra, donde tomaron café con humitas. Dos horas después estaban en la frontera con Colombia. Ahí apareció por primera vez uno de los "espíritus de la selva" a los cuales Margoth atribuiría su viaje: selló sin problemas su pasaporte de salida por Ipiales. Pero el tiempo apremiaba, eran un poco menos que las tres de la tarde y siguieron derecho hasta Pasto, con la esperanza de alcanzar el último vuelo a Bogotá; llegaron 10 minutos antes de las cuatro de la tarde, cuando la nave estaba a punto de decolar. Fue un milagro; cualquier demora en el camino les hubiera obligado a viajar a Bogotá hasta el otro día. Lo cual tornaba improbable que Margoth alcanzara a llegar a la audiencia. 

Su amigo y la esposa de este se quedaron en Pasto, mientras Margoth y su hijo se embarcaron para Bogotá. Al llegar, en la  noche ya, buscaron en el counter internacional un vuelo que la llevara a Washington. Pero los precios escapaban de su presupuesto; así que Yakuam consultó por internet con un amigo experto en encontrar pasajes baratos, y consiguió uno para las diez de esa misma noche a mitad de precio. Así que ahí iba Margoth a testimoniar en la CIDH, sin que nadie supiera algo del gran escape. Yakuam  se quedó en el aeropuerto de Bogotá y ya cuando se percató de que la nave empezaba  despegar resolvió avisar a las otras compañeras que estaban en Estados Unidos.

Nadie podía imaginar que Margoth haya podido salir del país de esa manera. De lo que sí estaban seguros sus compañeras y algunos abogados de derechos humanos, que habían sido convocados ese domingo de urgencia para hablar del caso, era que al regreso al Ecuador le esperaba la cárcel. Pero nada de eso pasaba por la mente de Margoth la noche de ese domingo cuando fue recibida por los brazos nerviosos de sus amigas y la preocupación de su abogado. La condujeron a una reunión del Centro de Justicia y Derecho Internacional, CEJIL que se había convocado de urgencia. Ahí todos la acogieron, la abrazaron y dieron su respaldo. Nunca había sentido tanta solidaridad, y por eso, cuando empezó a contar su historia, ella, una mujer dura, habituada a los golpes de la vida, que había soportado la agresión policial sin soltar una lágrima, en medio de esos rostros amigables y extranjeros, lloró. Y entre lágrimas dijo que había resuelto salir ilegalmente porque nada era más importante que contar al mundo lo que estaba pasando en el Ecuador, cómo los hombres y mujeres eran maltratadas, intimidadas para causar miedo; quería desnudar al gobierno de Correa y, a pesar de que se lo pidieron, no quiso contar cómo llegó a ese lugar, solo que fue solo una conspiración de los espíritus de la selva.

Luego de la reunión, sin oportunidad para el descanso, las peticionarias se juntaron y prepararon el documento que sería leído colectivamente en la audiencia. A cada una le tocaba hablar dos minutos se les había dicho, tiempo insuficiente para que Margoth contara cómo le nació la conciencia, las razones de su compromiso vital con la naturaleza y los pueblos originarios y la situación del Ecuador que deseaba denunciar. Y quería terminar con una frase como: viva la vida, viva la naturaleza, carajo! Esa expresión, tan común en el mundo rural ecuatoriano, se le había pegado como planta espinosa y la  mencionada siempre, sea en momentos de ira, de alegría, de tristeza o para dar ánimos.

Al día siguiente continuaron con las reuniones, en un local cerca del edificio de audiencias de la OEA, en Washington.  No bien empezaron las sesiones preparatorias, sintió que alguien le tocó el hombro. Era una delegada de la Comisión, que la invitaba a una sesión particular con algunos jueces de la CIDH para que expusiera su caso, cómo había salido del Ecuador y lo que se podía hacer para evitar retaliaciones en su contra: "estoy aquí, evadiendo la ley de Rafael Correa; sé que voy a volver y me van a meter presa, pero igual voy a gritar viva la naturaleza, carajo". Todos la escucharon atentos y conmovidos. Al final, una de las personas, una mujer ya mayor, se le acercó y le dijo que todo le había gustado, lo único que no le gustó fue que dijera de sí misma que era una vieja. Nunca estarás vieja, el dijo, mientras tengas esa alma. Margoth -agregó esta persona- estás moviendo lo que no te imaginas. Esto nunca ha pasado, es una convulsión acá esa historia de cómo has venido, de esa valentía, decisión y voluntad por testimoniar. Margoth la escuchó en silencio, sin creerse del todo los halagos. Ella es una mujer sencilla en sus modales, poco extrovertida con extraños. Pensaba, al contrario, que no hacía sino dar más trabajo y molestias a la gente de la Comisión. En la mañana asistió a la audiencia contra el Estado ecuatoriano por la situación de los pueblos no contactados, taromenane y tagaeri y dio una entrevista de prensa.

Estaba inquieta porque no había dejado de recibir ofertas de tramitar su asilo político e invitaciones a reuniones incluso en el Senado de Estados Unidos. No se sentía una estrella, pero sin saberlo ni quererlo se había convertido en la heroína del Ecuador en ese ciclo de audiencias.

Los abogados querían también que se tramitaran medidas cautelares para ella a través de la Comisión, pero todo eso demoraría varios días más de lo previsto, lo cual la obligaba a permanecer en ese país quien sabe hasta cuando. Margoth rechazó la oferta de trámite de asilo. Y rechazó también la posibilidad de quedarse un minuto más en Washington, aún con la promesa de pagarle estadía y pasajes. Los altos funcionarios de la CIDH estaban desconcertados: ella había comprado el pasaje de regreso para el martes, o sea al día siguiente de su declaración. Ni siquiera se tomaría unos días para turistear en la bella capital estadounidense. Sinceramente les agradeció, pero quería regresar lo más pronto posible a su tierra, el Puyo. Ahí estaba su vida, aunque fuera en una cárcel, les dijo; porque ahí estaban sus raíces, y su futuro, Yakuam. Ella era la cuarta generación de la familia Escobar, que había colonizado la ciudad amazónica hace más de un siglo. Ahí estaban no solo sus amigas y amigos, decenas de familiares, sino su sustento y sus raíces. Ella gerencia dos almacenes de enseres, recuerdos, regalos, disfraces, artículos de belleza, un bazar, en el centro de la ciudad; su casa, ni pensar en abandonar su casa, situada en las afueras del Puyo: su casa es un altar de la naturaleza, llena de flores, plantas, animales, de vida. Ahí, en esa casa, casi sin luz a veces, sobre un piso de arena de río se habían reunido decenas de veces las mujeres indígenas y mestizas para tejer sus sueños y planificar sus acciones de lucha. ¿Cómo abandonar su casa, su historia? Yo no cambio mi cárcel por otra, les dijo. Solo queremos ayudarla, no sabemos cómo ayudarla, le dijeron, y ella respondió  que no quería dar molestias a nadie, siempre se había desenvuelto en la vida, tenía su trabajo independiente, su familia "y lo importante no es lo que me pase sino lo que le está pasando a mi país, quiero denunciar a Rafael Correa y contribuir con algo a que termine la persecución en mi país, solo eso quiero".


De izquierda a derecha en la foto: Esperanza Martínez, Margoth Escobar, Alicia Cahuiya, Gloria Ushigua Santi y Patricia Gualinga en la mesa de Peticionarias de la CIDH, en Washington. Foto: CIDH

Lea: Las cinco mujeres que denunciaron al Gobierno en la CIDH

No fueron al salón de belleza pero entre todas se ayudaron para presentar en la audiencia la mejor versión de sí mismas.  Alicia Cahuiya, Patricia Gualinga y Gloria Ushigua Santi, dirigentes del pueblo amazónico indígena wao y kichwa, lucieron sus coronas de plumas y sus atavíos ceremoniales;  Esperanza Martínez, con una blusa sencilla y bufanda, pero Margoth apareció con un elegante chal tradicional negro con blanco con motivos indígenas, una blusa negra, y sus cabellos bien acicalados. Sus compañeras la molestaron: miren a la oveja negra vestida de abuelita buena. Tenía que estar presentable porque no venía a la audiencia a dar lástima sino a representar a las mujeres de su país, les dijo entre vanidosas sonrisas.

Cuando estas mujeres se sentaron en el lado de los peticionarios, las sillas vacías del Estado no opacaron el momento mágico e histórico que se estaba presentando la tarde de ese lunes 19 de octubre en la sala de audiencias de la CIDH. No era de todos los días que un Estado sea acusado por mujeres dirigentes de atropello a los derechos humanos y violencia de género. Y el testimonio de ese momento se notaba entre el público presente: todas las mujeres que trabajaban en la CIDH las estaban acompañando. Margoth habló, como todas sus compañeras, con convicción y con alma de mujer. Ya estaba ahí, para eso había corrido 40 horas de viaje a velocidad suicida, para eso había arriesgado su libertad y su vida. Habló, y al  final de sus palabras, que muchos en esa sala escucharon con lágrimas en los ojos, recordó mentalmente la advertencia de su amiga Patricia Gualinga antes de empezar la audiencia: por favor Margoth, no termines con la palabra ¡carajo!

Margoth Escobar regresó al Puyo con la misma discreción con la que se fue. Los habitantes de la hermosa capital de Pastaza la vieron pasar, el viernes 23 de octubre, acompañada de todos los periodistas de la ciudad, sus amigos y parientes, hacia la Fiscalía para presentarse como ordenaban las medidas cautelares emitidas en su contra. El funcionario anotó el trámite, le hizo firmar el formato correspondiente y nada más. Nadie la metió presa. Días más tarde confesaría que estaba completamente segura de que la iban a detener, pero Margoth sabía, y sus compañeros sabían, que ella se había convertido en un ícono de resistencia en la ciudad amazónica. Su nombre había sido internacionalizado, y por  su propia valentía había eludido las leyes del gobierno y dado testimonio de lo que pasaba en el Ecuador. Si Margoth Escobar iba presa, era muy probable que la ciudad se levantaría.  


La señora Escobar, rodeada de policías, antes de su ingreso a la audiencia en la Corte de Puyo, Pastaza.

El martes 10 de noviembre fue convocada a asistir, en la Corte del Puyo, a la audiencia penal por la acusación particular que puso contra ella el ministro del Interior y la Policía Nacional y los cargos de la Fiscalía nacional, por ataque o resistencia a la autoridad. Cientos de personas se movilizaron con ella, pero la Policía impidió la entrada de la familia y compañeros, a pesar de ser una audiencia pública. Ni siquiera se permitía el paso de la funcionaria delegada de la Defensoría del Pueblo. Un día antes, en Quito, el Alto Mando de las Fuerzas Armadas había entrado como Pedro por su casa en la sala de audiencias de la Corte Nacional de Justicia para respaldar a exoficiales del ejército acusados de delitos de lesa humanidad.

No importaba, fuera de la Corte había una fiesta: con tambores y redoblantes mujeres y hombres de Puyo y Quito apoyaron rítmicamente a Margoth Escobar. Ella, vestida de negro, y su abogado, Willman Jaramillo, quien estuvo junto a ella también en la CIDH y fue el único abogado en la ciudad que se decidió a representarla, estuvieron once horas frente al juez, junto con algunos periodistas que pudieron entrar y la defensora del Pueblo de Pastaza, funcionaria que demostró ese día un interés inusitado y reciente por el caso.


Jóvenes y niños baten los tambores en respaldo a Margoth Escobar frente a la Corte de Puyo.

A las siete de la noche, el juez de la causa declaró que no encontró evidencias de las acusaciones de la Fiscalía, el ministerio del Interior y la Policía Nacional contra Margoth Escobar. Citó además la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en favor del pueblo mapuche contra el Estado chileno, en la cual la Corte reconoció el derecho a la resistencia y a la libertad de expresión de los pueblos y ciudadanos. Y sobreseyó definitivamente a Margoth Escobar, liberándola de todo cargo. Al conocerse la noticia, los tambores resonaron con más fuerza junto a los gritos de ¡libertad, libertad!,y ¡Victoria! Margoth bailaba a su ritmo, junto a los espíritus de la selva.


Margoth Escobar baila al ritmo de los tambores durante el receso de la audiencia.

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